
Cabizbajo, como sobrellevando el peso del mundo, sin humor y resignado a la fuerza,…Sí. Éste podría ser el retrato de un enfermo con escasos horizontes. Es un cuadro con el que muchos de nosotros nos hemos podido encontrar casi a diario, si no lo hemos sufrido en nuestras carnes. 
Y sin embargo existen muchísimos enfermos que llevan su enfermedad ‘deportivamente’, porque son capaces de reírse de ellos mismos y de su enfermedad y vivir el día a día con un envidiable sentido del humor, procurando no amargar a quienes tienen a su alrededor. Pero ¿eso es lo habitual? No lo sé, pero me temo que no.
Y acaso esta obra de misericordia vaya en este sentido, porque estas personas, estos enfermos, están necesitados de ayuda y cuidados, no solamente físicos, sino también afectivos. Y no digamos espirituales.
La enfermedad es algo inherente a la persona y me parece que todos, en mayor o menor grado, hemos pasado por ella. Y según vamos avanzando en edad y nuestro cuerpo va perdiendo fuerzas y defensas, nos volvemos más vulnerables y nos percatamos que vamos avanzando etapas en la vida.
Nos volvemos más sensibles y acaso tengamos más necesidad de comunicación, de ser escuchados, de sentir un calor humano a nuestro alrededor por parte de la familia, de los amigos, de los compañeros,…
Es un hecho que hemos constatado cuando hemos llevado la Comunión a los enfermos que no pueden salir de casa por su enfermedad. Desean contarnos cosas de sus dolencias, de su familia,… Y se les debe escuchar. Esa actitud es para ellos como un bálsamo que les alivia de alguna manera. Cuando terminamos suelen pedirnos que vayamos a verlos en cuanto podamos entre semana.
Puede haber alguno que piense o diga (les aseguro que yo lo he oído) ‘¿Por qué me castiga Dios con esta enfermedad? ¿Qué habré hecho yo?’ Y las cosas no pueden ir por ahí. Seguir ese camino es una demostración de no conocer las Escrituras, porque no podemos ni debemos perder de vista la actitud de Jesús con los enfermos en su etapa vivida entre nosotros.
Por donde iba, le sacaban enfermos de toda índole y demostró que no era insensible ante el dolor ni el sufrimiento humanos. Paralíticos, ciegos, cojos, leprosos,… A todos curaba aunque previamente les pedía que tuvieran fe. Incluso muertos, a quienes resucitó (la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naím, a su amigo Lázaro).
Tanto es así, que la Iglesia recogió su testigo y hace presente a Jesús en la enfermedad desde los primeros tiempos hasta hoy, a través de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, pero específicamente podemos leer lo que dice Santiago: ‘Si alguno de vosotros cae enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con óleo en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor lo restablecerá, y le serán perdonados los pecados que hubiera cometido’. (Sant. 5, 14-15).
Pero nosotros, aun siendo mucho lo que dice, no podemos quedarnos ahí. Hemos de llegar a lo que dice San Pablo: ‘Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia’. (Col. 1, 24). Si sabemos que hay enfermos y sin importar que los conozcamos o no, nuestros propios padecimientos podemos ponerlos en manos de Dios y ofrecérselos por ellos. Él sabe lo que cada uno necesita en cada momento.
Por eso, aunque nos tengamos que morder nuestra propia impotencia ante el hermano enfermo al que visitamos intentando transmitirle paz, serenidad o ánimo. Al no poder aliviar sus padecimientos, tenemos la oración de intercesión y el ofrecimiento de los males propios para que el Padre común que tenemos actúe como quiera y cuando quiera. ¿Es así o no lo es? Y eso es poner en funcionamiento la Comunión de los Santos.
Recuerdo una vivencia muy especial para mí que voy a compartir con ustedes. Un amigo y compañero de profesión con quien tenía una relación personal muy frecuente, ya que estábamos en el mismo grupo de oración y de formación, enfermó. Su corazón estaba muy castigado y había estado ingresado en el hospital en diversas ocasiones. En una de ellas fuimos varios a compartir con él nuestro tiempo y nuestro humor, ya que él lo tenía muy desarrollado.
Cada vez que íbamos no podíamos evitar la impresión de que la habitación donde estaba encerraba algo muy especial, porque nos parecía que era como un lugar donde el mismo Jesús estaba sufriendo a través de Ricardo, nuestro amigo. Pues bien. Cuando llegó la hora de irnos le cogí la mano para despedirme de él hasta la próxima visita. ‘Hasta pasado mañana’, le dije. Él me respondió indicando hacia arriba con el índice de la mano libre: ‘No. Hasta el Cielo. Allí nos veremos’.
¿Cómo podría decirles el sentimiento y el impacto que recibí? Se me hizo un nudo en la garganta que me impedía decirle nada, pero aun pude balbucear algo ininteligible. Veinte minutos después, cuando llegué a mi casa, mi esposa me dijo que habían llamado del hospital diciendo que Ricardo había fallecido. Sinceramente, lloré. Eran muchas vivencias las que compartimos y que en ese sentimiento de impotencia recordé agolpándose en mi memoria. Después, vino la oración y la vuelta inmediata al hospital para organizar las cosas necesarias junto con los demás compañeros del equipo de formación.
Es muy probable que ustedes también tengan sus propias experiencias ante el dolor y la enfermedad y tal vez de mayor envergadura. Discúlpenme la confidencia y la confianza con ustedes. Creo que me entenderán.
El mundo de la enfermedad y del dolor abarca un campo muy grande, pero cuando nos metemos dentro, bien como enfermos bien como visitadores, cuidadores o animadores, sabiendo empatizar con quien sufre, pienso que estamos siendo solidarios con esos pedazos de la Cruz de Jesucristo en el siglo XXI. Y eso no es difícil. Basta que queramos compartir nuestro tiempo libre con esas personas que directa o indirectamente están pidiendo un mínimo de atención y saber que se les sigue considerando personas. Es el sentido que tiene esta Obra de Misericordia.
Y con los ancianos ocurre exactamente lo mismo. Son seres humanos que han dejado lo mejor de su vida en la familia, en la sociedad,…Han luchado mucho por sacar todo cuanto dependía de ellos adelante. Y cuando pienso que se habla de darles ‘una muerte digna’, en un infame gesto de ocultar la eutanasia, me sublevo contra los que así piensan bajo la capa de un falso e inicuo progresismo. ¿Quiénes son ellos para arrogarse una función que únicamente pertenece al auténtico Señor de la vida y de la muerte? Solamente Dios puede disponer de la vida. A cada uno nos va a llegar el momento y será cuanto menos lo esperemos. ‘Velad, pues no sabéis el día ni la hora’ (Mt. 25, 13).
Si somos personas que participamos de la sensibilidad de Jesús ante los enfermos y ancianos nos sentiremos portadores del calor humano que pueda llevar a esas personas el bálsamo de la compañía, del saber escucharles, del detalle oportuno ante su soledad haciéndole ver que es una persona muy importante para todos, pero especialmente, para Dios.
Que Jesús de Nazaret y Nuestra Señora del Cabo nos bendigan y ayuden en nuestra labor de cada día.
domingo, 27 de junio de 2010
Obras de Misericordia (III). Visitar y cuidar a los enfermos
domingo, 20 de junio de 2010
Obras de misericordia (II)

Hay un dicho popular que dice ‘Algo tendrá el agua cuando la bendicen’. Y sí. ¡Claro que tiene algo! A poco que nos pongamos a bucear en la Biblia nos encontraremos con muchos pasajes que pueden significar muerte o vida, según el contexto que tengan en cada momento.
A modo de vista rápida tenemos el paso del Mar Rojo por los israelitas (Ex. 14, 15-31). Supuso muerte para los egipcios y vida y libertad para el pueblo israelita. Y más adelante, cuando el agua comenzó a escasear y Moisés acudió de nuevo a Yavé, éste le dijo que acudiese a la roca de Horeb y golpease en ella con su cayado. De allí brotó el agua que calmó la sed del pueblo (Ex. 17, 1-7).
Acaso hoy que los avances tecnológicos nos permiten tener agua en nuestras propias casas, no se llegue a valorar tanto el contenido que encierra ‘dar de beber al sediento’, pero desgraciadamente eso no ocurre en todas partes. Existen lugares en este planeta que su escasez la hace un bien codiciado y necesario. Y si la tienen, acaso está contaminada. Y de ella beben y se asean.
A fuerza de contemplar tantas veces fotografías de lugares en el que sus habitantes, mal nutridos y sin agua, apenas subsisten que casi no les hacemos caso debido quizá a nuestra propia impotencia personal para solucionar ese gravísimo problema que, pese a quien pese, ahí está presente a los ojos del resto de la humanidad.
Creo recordar que en cierta ocasión, hace ya muchos años, Manos Unidas estuvo llevando a cabo un proyecto de construir una obra que llevase agua potable a un poblado. Esa Institución tiene, al menos por lo que yo conozco, el objetivo de ir solucionando problemas de este tipo y de otros muchos. Gracias a la labor callada, incansable y abnegada de sus componentes existen seres humanos que tienen mínimamente cubiertas estas necesidades básicas.
Hubo épocas, especialmente en la Edad Media, en que eran muchos los caminantes que cuando se desplazaban de un lugar a otro tenían que recurrir a ir bebiendo agua en las fuentes de los pueblos o pedirla en las casas solitarias que se encontraban a su paso.
Sí. Tiene su importancia dar de beber al sediento. Cuando Elifaz, uno de los amigos de Job, le visita y habla con él, le dice, entre otras cosas, ‘no diste de beber al sediento’. (Job 22, 7). Y es el mismo Jesucristo quien enseña a los discípulos la importancia que tiene este gesto: ‘Quien dé un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, os aseguro que no se quedará sin recompensa’ (Mt. 10, 42). 
Y es también Jesucristo quien da al agua un sentido que trasciende su mismo objetivo físico. Cuando tiene un encuentro en el pozo de Siquem con una samaritana, valiéndose de la sed que tiene le pide agua a esa mujer, cosa que le extraña a ella, ya que los judíos y samaritanos no se llevaban muy bien. El diálogo entre ambos, catequético al cien por cien por parte de Jesús, no admite duda alguna: ‘Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva’. Y sigue más adelante. ‘Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed; en cambio el que beba del agua que yo quiero darle nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna.’ (Jn. 4, 6-14). Jesús desea abordar, precisamente en esa mujer, la sed de amor y cariño que todos anhelamos y que solamente Él es capaz de plenificar.
Todos tenemos ese tipo de sed por mucha agua material que bebamos. ¿Cuántas veces hemos acudido a la Palabra para buscar la serenidad, la paz interior en determinados momentos difíciles por los que hemos atravesado? Y en esa meditación seria, profunda, confiada y de abandono en las manos del Creador de todo y de nosotros mismos, hemos vista colmada y calmada la sed de Dios que teníamos. No hay nada comparable a los momentos íntimos de diálogo con Jesús Sacramentado después de recibirle en la Eucaristía, en las visitas que le hacemos en el Sagrario o en la compañía que le hacemos en una Exposición del Santísimo.
Mi esposa y yo estamos deseando que llegue el último jueves de cada mes para acudir, juntamente con otros miembros del Apostolado de la Oración (APOR), a esa hora de oración comunitaria en un templo con el Santísimo expuesto, seguido de la Misa. Precisamente hace unos días, el domingo día 13 de junio, nos juntamos las tres Diócesis de la Comunidad Valenciana en la localidad de Gata de Gorgos para orar en común ante el Santísimo. Es de suponer la gozada que esto supuso. Nos llenamos de esos ríos de Agua Viva que Jesús explicó a la mujer de Samaria.
Realmente, cuando se habla en público en alguna homilía o charla y nos damos cuenta de la atención que la gente presta y el aprovechamiento que siente para su vida, nos damos cuenta de la sed de Dios que existe hoy en pleno siglo XXI por mucho que determinados Gobiernos pretendan eliminar a este Ser Supremo de la vida de los ciudadanos. Y cada vez se sale más convencido de lo que Jesús prometió: ‘Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia’ (Mt. 16, 18).
Sí. Yo también pienso que algo tiene el agua cuando el mismo Jesús la elige como símil para explicar lo que es su Gracia e incluso Él mismo, valiéndome del dicho popular con el que encabezo esta entrada. Confiémonos al Amor de su Sagrado Corazón y al de su Madre. Ellos calmarán nuestra sed de Vida Eterna.
Que Jesús de Nazaret y Nuestra Señora la Virgen de Candelaria nos bendigan.
sábado, 12 de junio de 2010
Las Obras de Misericordia (I)

Ese recuerdo es el que me hizo pensar: ¿y por qué no? Apenas se oye hablar de las Obras de Misericordia y da la impresión de estar pasadas de moda, pero analizando su contenido, aunque sea de forma superficial, podremos ver que encierran una actualidad y vigencia que merecen, al menos, algún comentario aunque sea breve.
El hecho de no tener grandes ni profundos estudios sobre este ni otros temas, como he dicho en ocasiones anteriores, no impide que haya leído, estudiado o meditado desde mi juventud muchos temas de la Iglesia, la Palabra, la Moral, los Sacramentos u otros temas que han contribuido a tener una formación eclesial que, acaso por mi vocación profesional, me ha llevado a transmitir a los demás mediante cursillos de diversa índole, reuniones formativas o lo que en cada momento ha ido surgiendo en la Parroquia a la que hemos pertenecido mi esposa y yo o en los lugares de nuestra Diócesis en los que hemos sido llamados.
El Papa y la Jerarquía no cesan de indicar que los cristianos debemos estar presentes en los medios de comunicación social aprovechando la tecnología existente. Cuando me matriculé en la Universidad en Informática para ponerme al día en esta materia, pude entrever que el mundo de los blogs ofrecía un campo fenomenal para hacer presente a Jesús de Nazaret. Ahí nació, ya hace dos años, este blog a través del cual he ido experimentando que en pleno siglo XXI el Logos no deja indiferente a nadie. Continúa atrayendo a la gente. Sigue siendo el eje motor de la vida de muchos que, en ocasiones, se la ofrecen entera y viven por Él, con Él y en Él.No sé si me estoy poniendo pesado, pero es que estas reflexiones que me hago son el motivo por el que he decidido escribir algo sobre las Obras de Misericordia que, me da la impresión tienen su origen en la doctrina de Jesucristo, más concretamente cuando habla a sus discípulos del Juicio Final. (Mt. 25, 31-46).
Allí nombra a los que tienen hambre o sed, a los que están desnudos o en la cárcel, a los emigrantes o forasteros,… Sí. Hay un amplio campo para la meditación, la deducción y el comentario. Solamente es menester voluntad y apertura al Espíritu por nuestra parte y Él hará el resto.

El Salvador ya dejó claro en cierta ocasión que ‘no he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a llevarlas hasta las últimas consecuencias’. (Mt. 5, 17). Y en ese sentido viene bien recordar que en el A.T. Isaías, al hablar de la clase de ayuno que quiere Dios, también pone frente a nosotros la misericordia del Creador con nuestros semejantes (Is. 58, 6-7). Y es lo que nos toca en la medida de nuestras posibilidades, no solamente económicas, sino también las que puedan corresponder al empleo de los talentos que el Señor nos ha dado a cada uno.
De cualquier modo, el contenido de las Obras de Misericordias ha estado siempre latente en la existencia de las personas y en la vida de la Iglesia. Y ya entramos en materia.
Soy consciente de que en cada una de ellas hay muchísimo que decir, muchísimo que interpretar, muchísimo que hacer,…pero a fin de cuentas no se trata de dogmatizar y mucho menos de dar lecciones a nadie (no soy quién para ello), pero sí de plantearnos a nivel personal qué podemos hacer desde nosotros mismos para realizar lo que en conciencia creamos que debemos y podemos hacer.
La primera de las Obras Corporales es dar de comer al hambriento. ¡Qué raro es el día que las noticias de la prensa impresa, en la televisada o simplemente en la cotidianidad de cada día no nos tropezamos con esta terrible lacra de hoy.Lo sencillo es entregar a Cáritas algún donativo para sus comedores o para las atenciones más perentorias que deben atender a diario. Incluso podremos dar de comer nosotros a cualquier necesitado, pero no vayamos a caer en el simplismo de pensar que le damos la limosna para que se compre el alimento o darle el alimento mismo y pensar que ya tenemos tranquila nuestra conciencia. También hemos de cuidar la forma que tengamos de dárselo para que en su necesidad no se sienta humillado con nuestro gesto, porque hay unas formas de dar … y otras formas de dar (con altanería, autosuficiencia, prepotencia,…por ejemplo).
No debemos perder de vista que por muy indigente que sea es un ser humano que tiene una dignidad, y ésta es la propia de un hijo de Dios. Y como tal y como persona, nuestro respeto debe ser absoluto.Imposible olvidar el día que vino una señora que conocíamos y sabía que estábamos en Caritas parroquial a decirnos que un matrimonio de su escalera estaba pasando necesidad. En un momento recogimos alimentos entre todos los vecinos de nuestra escalera y marchamos a llevárselos. En su nevera solamente había una lata de sardinas en conserva. Pasaban frío también al habérseles terminado el gas butano de todas las bombonas de su casa. Se solucionó momentáneamente ese caso y a continuación se tomó nota para darles semanalmente una bolsa con alimentos hasta que encontrase trabajo alguno de ellos. Fue enorme la satisfacción personal de cuantos contribuimos a solucionar ese caso.
Tal vez no hubiese sido posible si un grupo de señoras, en su reunión formativa semanal en la parroquia en la que se planteaban algunos problemas familiares que se conocían referentes a necesidades alimentarias y de otra índole, no hubiese pedido al párroco la creación de Caritas parroquial. Éste acudió al Obispado y, tras los trámites necesarios, se fundó esta Institución en nuestra Parroquia. En cuanto lo comunicó desde el ambón en el que exponía su homilía dominical y solicitó colaboradores, hubo una respuesta inesperada: al cabo de un mes ya había quinientos socios y unas dos decenas de voluntarios/as para colaborar directamente en la Parroquia o visitando a personas necesitadas.
Personalmente no me cabe la menos duda que la acción del Espíritu fue la que nos movió a tanta gente.
Ahora bien. Tampoco podemos perder de vista el otro tipo de ‘hambre’ que existe. En el primer Cursillo de Cristiandad para jóvenes con edades comprendidas entre los 17 y los 22 años al que asistí como coordinador del mismo, pude constatar el hambre de Dios que había. Y también que los muchachos la tenían sin ser totalmente conscientes de ello. Así lo manifestaban después de cada una de las charlas en los planteamientos escritos que nos pasaban. Eso nos llevó a que después de la cena de cada día hiciésemos un diálogo abierto, fuera de todo convencionalismo o estructuras, en el que exponían sus dudas y manifestaban sus opiniones.Y sí. Hubo que ‘darles de comer’.Fue una experiencia maravillosamente enriquecedora para ellos y para todo el equipo que impartíamos el Cursillo.
Pienso que es necesario enfrentarnos a nuestros propios problemas con mentalidad abierta y corazón sincero. Creo que Zaqueo, cuando oyó hablar a Jesús durante la cena que compartieron, supo encontrar la respuesta adecuada y dar un vuelco al comportamiento de su vida. Su conversión fue una opción personal y radicalmente efectiva en el ámbito social y como persona. Fue el nacimiento de un hombre nuevo que transformó su corazón de piedra en un corazón de carne, despojándose del ‘hombre viejo’ que llevaba. Parece como su hubiese oído ya a Pablo dirigirse a los cristianos de Colosas: ‘Despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su Creador’. (Col. 3, 9-10). Después vendría la transformación en su entorno devolviendo lo que había defraudado.Nuestro cristianismo no lo podemos fundamentar solamente en unas prácticas externas si no están basada en el encargo de servirnos unos a otros, ayudándonos mutuamente, como manifestó Jesucristo el Jueves Santo en el lavatorio de los pies a los discípulos. (Jn. 13, 12-17).
Juan insiste en esto: ‘Si alguno tiene bienes en este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad’ (IJn. 3, 17-18). Es el enfoque que le da a este tema.
En definitiva, es dar de comer a cuantos tienen, quizá sin saberlo, hambre de Dios. Y en estos tiempos que corren hay así mucha gente. Y, como también dijo Jesús en la multiplicación de los panes y de los peces, ‘Dadles vosotros de comer’ (Mt. 13, 16). Y ese ‘vosotros’, hoy, somos nosotros.

Que Jesucristo, la Palabra hecha Hombre, y su Madre Nuestra Señora de El Viejo, nos bendigan con abundancia.
domingo, 6 de junio de 2010
El Padre Nuestro (y IV)
Y ahora hay que adentrarse en la recta final de esta oración comprometida y comprometedora, porque de alguna manera nos obliga a plantearnos continuamente nuestras actitudes ante los diferentes momentos que nos toca vivir y, como cristianos, vivirlos de cara al Padre intentando darle la respuesta que Él espera de cada uno de nosotros.
No nos dejes caer en la tentación. ¡Ay, qué crudo lo tenemos! Nada menos que la tentación. Concepto tal vez banalizado en nuestra sociedad, pero que encierra en sí mismo un contenido que algo debe tener que cuando Jesús enseña esta oración a sus discípulos y, por extensión, a sus discípulos de todos los tiempos. Y nos recomienda que pidamos a Dios que no nos deje caer en ella.
Pero atención, no nos confundamos. En ningún momento nos dice que pidamos que nos libre de tenerlas, sino que cuando las padezcamos tengamos el coraje suficiente para hacerles frente y la humildad necesaria para acudir a nuestro Padre pidiéndole que no puedan con nosotros. Con su ayuda podemos dominarlas a través del dominio de nuestro propio ego, entre otras cosas. No olvidemos nuestras limitaciones humanas y, por tanto, nosotros solos, solamente con nuestras propias fuerzas, nada tenemos que hacer. Pienso que ese es el sentido de esta petición.
Tentaciones de Jesús.-James Tissot
El mismo Jesús no se libró de tenerlas y las padeció en ese período de preparación en el desierto de cara al comienzo de su vida pública. (Mt. 4, 1-11). Estuvo directamente acosado por el mismísimo Satanás. Y el Salvador pudo con él, le venció, pero el diablo no cejó en su empeño. Si tenemos en cuenta los Evangelios podremos ver que son bastantes las ocasiones en que este personaje se hace presente: Curación de un mudo (Mt. 9, 32-33) ; un endemoniado ciego y mudo, (Mt. 12, 22) ; un niño endemoniado, (Mt. 17, 14-18) ; en Gerasa, (Mc. 5, 1-15) ; María, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios ( Lc. 8, 1-2) ; … y Jesús siempre se compadecía de los posesos y mandaba sobre los espíritus malignos que los poseían.
Nosotros no somos mayores que el Maestro. El tentador siempre está al acecho buscando cualquier resquicio en nuestra defensa contra él, intentando penetrar a través de las cosas, objetos, circunstancias, que nos alejan del camino recto que Dios nos marca a cada uno. ‘Estad alerta y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda buscando y busca a quién devorar, al cual resistiréis firmes en la fe… Y el Dios de toda gracia, que os llamó en Cristo a la Gloria eterna, después de un breve padecer os perfeccionará y afirmará, os fortalecerá y consolidará’. (1Pe. 5, 8-10). Pedro, el gran amigo de Jesús, sabe lo que está diciendo y así se lo dice en esa carta a los cristianos del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Y… a nosotros mismos.
Personalmente me maravillo de lo que es capaz de escribir Pedro, rudo pescador, absolutamente incapaz de entender nada de cuanto vivía y presenciaba mientras estuvo con Jesucristo, y que a partir de Pentecostés tuvo una radical transformación que le permitió ir desarrollando su Primado en la Iglesia naciente, a impulsos del Espíritu Santo. Y eso es un estímulo para nosotros para darnos cuenta que el Espíritu Divino también actúa sobre nosotros si nos abrimos a su acción.
¿Qué vamos a temer si nos mantenemos firmes en la Fe, la Esperanza y el Amor con la ayuda del mismo Espíritu que, además de resucitar a Jesús al tercer día de su muerte en la Cruz, impulsó e impulsa la Iglesia, ante la cual ‘las puertas del infierno no prevalecerán’? (Mt. 16, 18).

Jesús, en su agonía en Getsemaní, va buscar a sus amigos. Tal vez tuviese necesidad de un apoyo material para esos momentos tan amargos de su existencia. Y los encuentra dormidos. Cuando se despiertan aún es Él quien les anima y aconseja: ‘¿De modo que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca’. (Mt. 26, 40-41). Ya lo estamos viendo, amigos. Es la recomendación de Jesús para todas las personas de todos los tiempos. Él y su Madre, la Virgen, no nos dejan, pero es necesario aportar todo nuestro esfuerzo y voluntad hasta el límite de nuestras posibilidades. Ellos hacen el resto, que no va a ser poco.
La Maternidad de la Virgen no es un hecho aislado en base a unas simples palabras pronunciadas en un momento difícil. No es solamente el hecho material de que el Salvador las dijera en esos momentos tan horrorosos y amargos para Él. Ahí está contenido todo lo que puede implicar una maternidad espiritual para todos los componentes de la Humanidad. Y la Virgen, estoy seguro de ello, se emplea a fondo para ayudarnos a superar cuantas pruebas o tentaciones tengamos a las que nos somete el maligno. No en vano es la Mujer que le aplastará la cabeza y contribuirá a que el bien se esté instaurando constantemente en la Creación.
Y líbranos del mal. Pero no minusvaloremos al tentador. Es terrible y tiene su propio poder, ciertamente inferior al de Dios, pero es superior a nosotros.
El mal existe y esto es un hecho cierto e incuestionable. Y el autor del mismo no es otro que ese ser lleno de soberbia que se alzó contra su Creador. ‘¿Cómo caíste del cielo, lucero brillante, hijo de la aurora? ¿Echado por tierra el dominador de las naciones? Tú, que decías en tu corazón: subiré a los cielos; en lo alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono; me instalaré en el monte santo, en las profundidades del aquilón. Subiré sobre la cumbre de las nubes y seré igual al Altísimo. Pues bien, al sepulcro has bajado, a las profundidades del abismo.’ (Is. 14, 12-15). Isaías nos hace una descripción de la soberbia de ese ser que quiso y quiere destruir la acción del Creador.
‘Fuiste perfecto en tus caminos desde que fuiste creado hasta el día en que fue hallada en ti la iniquidad’. (Ez. 28, 15). Es este otro profeta que también nos da un retrato de este funesto personaje.
De ‘este ser’ es de quien Jesús nos recomienda que pidamos vernos libres de sus acechanzas, de su poder fatal, de su reino de tinieblas, mentiras y pecados. De su negación de Dios. Si nuestros corazones están ansiosos de felicidad, de libertad, de alegría, no tenemos cabida en las seducciones de este engendro del mal. Nuestro objetivo es el Dios Uno y Trino que nos llamó a la vida y nos destinó a la Felicidad (así, con mayúscula) y al Bien. El mismo Salvador no dudaba lo más mínimo en actuar contra él cuando le presentaban personas poseídas, como he comentado con anterioridad.
Las falacias y falsas apariencias de bondad del maligno no son otra cosa que un apartarnos de los caminos de Dios. Sus propósitos son debilitar las naciones (versículo 14 del capítulo indicado de Isaías), trastornar los reinos (vers. 16), devastar las ciudades y no liberar a sus cautivos (vers. 17). El libro de Job es muy gráfico en ese sentido: ‘Vinieron un día los hijos de Dios a presentarse ante Yavé y vino también entre ellos Satán, a quien preguntó Yavé: ¿De dónde vienes? Respondió Satán: Vengo de dar una vuelta a la tierra y pasearme por ella’. (Job 1, 6-7). Ya ven. Siempre está paseando por ella, por los que debieran ser nuestros dominios de la Creación. (Gen. 1, 27-28). Y no va a hacer turismo precisamente. Tan envidioso estaba de la felicidad de Adán y de Eva como de la felicidad que tenemos hoy nosotros intentando seguir a ese Dios Amor que tanto espera de nosotros y nos destina a la Eternidad en ese estado de perfecta Bienaventuranza, adorando en plenitud a la Trinidad con el resto de la Iglesia Triunfante. ‘Pero temo que como la serpiente engañó a Eva con su astucia, también corrompa vuestros pensamientos, apartándolos de la sinceridad y de la santidad debidas a Cristo’. (I Cor. 11, 3). ¿Qué les parece la recomendación que Pablo hace a sus amigos de Corinto? Conocía el tema por dónde iba, ¿verdad?
Pues ese es el mal que debemos evitar y saber de dónde puede venir. Nuestros caminos hacia Dios pasan por la oración y por una confianza absoluta en Él. Sin bajar la guardia ni un solo instante. Acudiendo a la Virgen sin dudar un momento. No en vano la hemos elegido como Madre nuestra y defensora. Y ella ha dado abundantes muestras de acogida, amparo y protección a quien confiadamente acude a ella en busca de auxilio. La donación ‘Ahí tienes a tu Madre’ (Jn. 19, 27) es de una actualidad constante para cada uno de nosotros.
Áhí tienes a tu Madre .- Autor: Albrecht Altdorfer
Ese mal no pensemos, como nos explicaban siendo pequeños, que es un ser rojo con rabo y cuernos, feo con avaricia y con un tridente en la mano. No banalicemos. Como adultos tenemos capacidad de conocer que como espíritu tiene poder y es superior a nosotros. Se nos puede presentar de múltiples maneras: presentando el aborto como un progreso social, prohibiendo procesiones y otras manifestaciones religiosas por las calles, sembrando discordia entre personas provocando celos y envidias entre ellos, minando la moral y las creencias religiosas de las personas presentándolas como hechos caducos y superados,… Es la destrucción por la destrucción. Es el odio por el odio.
Pero no podemos perder de vista un hecho trascendente para toda la Humanidad: Cuando Jesucristo murió en la Cruz y derramó toda su sangre por cada una de las personas que nacieron y murieron, por las que ahora vivimos y por todas cuantas nazcan después, venció definitivamente al pecado, al mal personificado en Satán, al infierno y a todo cuanto se oponga a sus planes. Y Jesús nos quiere para Él. ‘Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. (Mt. 25, 34).
Ese es nuestro auténtico objetivo. No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.
Que nuestro Padre del cielo y Nuestra señora de Fátima nos concedan abundantes bendiciones y nos ayuden a perseverar en la Gracia.
domingo, 30 de mayo de 2010
El Padre Nuestro (III)
Estoy convencido que continua siendo responsabilidad del padre de familia llevar a su casa lo necesario para el sustento y alimentación ordinaria de todos los componentes de la misma. Lo que ocurre es que en estos tiempos lo mismo lo lleva el padre, que la madre. O los dos. Y eso está muy bien. Yo me he planteado si cuando Jesús llegó a esta petición estaría recordando los trabajos y esfuerzos de San José para mantener físicamente esa Familia. Acaso el mismo Jesús, cuando Jos
é murió, tuvo que tomar las riendas del trabajo en la carpintería para sustentar a su Madre hasta que comenzó su vida pública.
Sagrada Familia.-Autor: Jonh Rogers Herbert
De cualquier forma y sea como fuere, lo que está claro es que esta oración va dirigida a su Padre que está en el Cielo y desde la propia experiencia que como Hijo tuvo con el Padre a través de la oración comunicativa con Él, desea que se lo pidamos.
‘Danos hoy nuestro pan de cada día’. Es cierto que Jesús dijo en cierta ocasión: ‘No os inquietéis por vuestra vida, sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad como las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?’ (Mt. 6, 25-26). En definitiva, lo que nos está transmitiendo es que potenciemos la fe en la Providencia del Padre sobre todos nosotros. Pero como dice el refrán, ‘a Dios rogando y con el mazo, dando’. No hemos de esperar que nos solucionen los problemas. Debemos procurar poner los medios para conseguirlo con nuestro trabajo. Y si se tuviera la
desgracia de no tenerlo, la Providencia llevaría a través de Cáritas o de otros medios, lo que necesitemos.
Pero hay más. Me parece que todos tendremos claro que a Dios hemos de pedirle todo cuanto necesitamos, si bien Él sabe lo que realmente es necesario y nos conviene a cada uno, pero ¿tenemos claro que también hemos de pedirle luz para conocer a quién debemos ayudar y procurarle ese pan que pedimos para nosotros si otros carecen de él? ¿Hemos pensado que podemos ser instrumentos de los que nuestro Padre se vale para que los necesitados puedan cubrir sus necesidades mínimas o básicas? El Libro de los Proverbios es muy explícito: ‘No me des ni pobreza ni riqueza; dame sólo el alimento necesario’. (Prov. 30, 8),
Están corriendo tiempos en los que todos somos necesarios para todos y la solidaridad mutua debe estar a flor de piel, a flor de pensamiento, a flor de caridad,… Cada vez hay más necesidad para muchas familias y aunque Cáritas se esté empleando a tope no llega a todas partes. Incluso en España se están viendo casos realmente sangrantes. Y lo mismo en todo el mundo. Verdaderamente no podremos llegar a todos los rincones ni tampoco a todos los necesitados, pero a aquellos que estén a nuestro alrededor y podamos hacer algo por ellos, no nos podemos esconder. Isaías, cuando nos habla del tipo de ayuno que quiere el Señor, nos dice ‘que compartas tu pan con el hambriento’. (Is. 58, 7). Y por la cuenta que nos tiene, procuremos no ponernos en situación de oír la voz de Dios diciéndonos: ‘¿Dónde está tu hermano?’ (Gén. 4, 9). Y no podríamos responderle con ‘No lo sé. ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?, porque con el Creador no se juega y acaso podríamos escuchar algo que no nos gustaría.
Y todavía un poco más. Bueno. En realidad, es un ‘mucho más’. ¿Dónde está nuestra dimensión religiosa, propia de los seres humanos? ‘Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron. Este es el pan del cielo, y ha bajado para que quien lo coma, no muera’. (Jn. 6, 48-50). Casi no sería necesario aclarar que esto lo dijo Jesucristo, pero es que no se acaba ahí. Sigue diciendo: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo’. (Jn. 6, 51). Y particularmente revelador por lo que significa de entrañable y sublime para nosotros, son las palabras de la Consagración de la Misa: ‘El cual, el día antes de su Pasión, tomó el pan en sus santas y venerables manos y, levantando los ojos al cielo, a Ti, Dios Padre Omnipotente, dándote gracias, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él, porque ESTO ES MI CUERPO’. 
¿Dejaremos de pedirle que nos de ese Pan que nos catapulte a la Vida Eterna? Pues no. Radicalmente, no. Cuando rezamos el Padre Nuestro y llegamos a esta petición, el Pan Eucarístico debe tener una prioridad íntima para cada uno de nosotros. Es nuestra auténtica fortaleza para nuestra vida religiosa y espiritual. Acaso sea la unión más profunda que tengamos con el mismo Dios porque viene a hacer morada en nosotros, a visitarnos, a tener un coloquio personal, a transformarnos en templos vivos de la Divinidad. Ante eso, ¿qué podremos decir o argumentar, sino callar y adorar?
Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Una nueva petición al Padre que tampoco tiene desperdicio alguno. Aquí vemos claramente dos partes diferenciadas y complementarias. Y cuando Jesús nos enseñó a rezarlo así, a hacer de este modo la petición, sería por algo. Veamos.
En la primera parte de esta demanda parece claro que nos dirigimos al Padre con la misma actitud del hijo pródigo. Porque ‘Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría con nosotros). (1Jn. 1, 8). Reconocemos nuestros errores y pecados, y pedimos su perdón, porque tomamos conciencia de que su actitud paternal hacia nosotros no merece la respuesta fallida que le estamos dando y es necesario un cambio de rumbo en nuestro comportamiento con Él. Y nuestra esperanza radica en obtenerlo. El mensaje que Jesús transmite a lo largo de su vida es precisamente que Dios nos perdona, nos admite hasta el extremo de que Jesús va a buscar a los que llevan una vida equivocada. Se junta y habla con ellos. Les infunde esperanza en un futuro mejor y más luminoso, aunque cargado de dificultades. Siempre está esperando nuestra vuelta a Él. Hasta ‘setenta veces siete’, porque ‘no necesitan médico los sanos, sino los enfermos’. (Mc. 2,17).
‘Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa’. (Sal. 51(50), 3).Y cuando sentimos el calor de la acogida y del perdón, cuando nos llenamos del abrazo de Dios, también nos llenamos de agradecimiento hacia ese Dios ‘que no quiere la muerte del pecador, sino su conversión’ (Ez. 33, 11). , y siempre está propiciando ocasiones y oportunidades para nuestra vuelta a Él.
Pero todas estas maravillas tienen una condición que Jesús explicita cuando enseña a orar a sus discípulos: como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Todo está supeditado a nuestro perdón hacia quien nos está fastidiando, ofendiendo o creándonos problemas. ‘Porque si vosotros perdonáis a otros sus faltas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial’. (Mt. 6, 14). Dios perdona. Dios quiere perdonar. Pero Dios también quiere que en lo que a nosotros respecta, le imitemos en el perdón que le pedimos para nosotros. Quiere que esa vivencia del perdón divino que podamos sentir nos impulse a acoger a los demás sin exclusiones ni condiciones.
Especialmente ilustrativo es el ejemplo que Jesús pone en la parábola del siervo que debía mucho a su señor y éste le perdonó la deuda. Pero cuando ve a uno de sus compañeros que le debía muy poco no le quiso perdonar. La respuesta del señor no tardó en llegar: ‘Mal siervo. Te condoné yo toda tu deuda porque me lo suplicaste. ¿No era de ley que tuvieses piedad de tu compañero, como la tuve yo de ti? E irritado, le entregó a los torturadores hasta que pagase toda su deuda. Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón’. (Mt. 18, 23-35).
Y aquí voy a tocar un tema algo espinoso pero que personalmente tengo claro y que las veces que lo he consultado con quienes sabían más que yo, me han mostrado que no iba descaminado. El hecho de que yo perdone a quien me haya hecho algún daño, ¿implica el olvido? ¿Necesariamente cuando perdono tengo que ‘olvidar’ la ofensa que me han hecho? Bueno. Verán ustedes. Si yo ‘perdono pero no olvido’ en el sentido de recordar los hechos para devolverle el mal, es porque no ha habido un perdón claro, objetivo y de corazón. Esa actitud no nos sirve. No sería honrada ni posiblemente estuviese en la línea de lo que Dios espera de cada uno.
Pero voy a matizar un poco. Desde el punto de vista del ofensor, me parece que si percibe el daño ocasionado y, objetivamente, se da cuenta que debe reparar su error y lo hace en la medida de lo posible, estará haciendo realidad el consejo de Jesús: ‘Acumulad mejor tesoros en el cielo’ (Mt. 6, 20). Si permanece en su recuerdo lo que hizo y no lo quiere olvidar, para no tropezar con la misma piedra, será bueno en tanto le motiva un afán de superación personal.
Desde el punto de vista del ofendido existe una perspectiva distinta. Partiendo de la base de que la memoria es una facultad que tenemos los humanos que actúa independientemente de nuestra voluntad, podemos recordar los hechos que nos hicieron sufrir a causa de una persona concreta. Eso es natural. Lo que no debemos hacer es recordar aquellos hechos con rencor. No es bueno para nosotros. Hay un refrán que dice que ‘agua pasada no mueve molino’. Y es cierto. De lo que ha pasado debemos pasar página y seguir caminando.
Pero si perdono la ofensa y al ofensor, pero ‘no lo olvido’ en el sentido de tenerlo presente yo para no tener el mismo fallo que tuvieron conmigo, analizar el sufrimiento pasado pensando que lo que no quiero para mí no lo debo desear para los demás, podría ser válida esa actitud por lo que conlleva de aprendizaje. Sería una de las lecciones que la vida nos da. Eso supondría buscar mi perfeccionamiento espiritual a través de lo que me aporta como experiencia esa vivencia negativa. Y eso me empujaría a ser mejor.
En definitiva, perdonar es una decisión personal. El Maestro nos marca el camino a través de sus enseñanzas y de su propio testimonio. ‘Si vas a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda’. (Mt.5, 23-24). Es el mis
mo Jesús, en esa terrible experiencia de la Cruz, quien nos sigue marcando el camino: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’. (Lc.23, 34).
Y siempre, confiemos en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, como dice San Pablo, y Padre nuestro, que nos quiere con locura y siempre está dispuesto a oírnos y a perdonarnos. Que Él y Nuestra Señora del Rosario nos bendigan.
domingo, 23 de mayo de 2010
El Padre Nuestro (II)
uego la Resurrección. Ahora es el camino que nos toca recorrer aprendiendo de los errores del pasado y dando nuestra respuesta positiva a ese Padre que continuamente nos llama, nos interpela y espera nuestra respuesta diaria.Esta cercanía, Jesús nos la quiso hacer ver en esta oración en la que manifiesta su deseo de que nos dirijamos a Dios llamándole ‘Padre’. ‘Vosotros orad así: Padre nuestro…’ (Mt. 6,9).
La semana pasada comenzamos a desgranar algo de su contenido. Hoy vemos algo más. Venga a nosotros tu Reino. Pero ¿qué Reino le pedimos que venga a nosotros? Podemos afirmar categóricamente que el Reino al que hace referencia Jesucristo no es, ni tiene nada que ver, con ningún reino con estructuras temporales, ni tampoco tiene como objetivos ningún bienestar material.
Cuando Jesús está siendo interrogado por Pilato y éste le pregunta si es rey de los judíos, la respuesta no deja resquicio alguno a la duda: ‘Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo cayese en manos de los judíos. Pero no, mi reino no es de este mundo’. (Jn. 18, 37). Y es que el Reino que él nos quiso mostrar está a un nivel infinitamente superior a los de acá abajo porque es la Morada del Autor de todo, el cual desea que vivamos allí, con Él, sin pesares de ningún tipo y con una felicidad a la que nos destinó cuando nos llamó a la vida.Pedirle que venga a nosotros ese Reino es pedir que seamos capaces de cumplir esta frase del Apocalipsis: ‘He aquí que hago nuevas todas las cosas’. (Ap. 21, 5). O sea, lo injusto transformarlo en justo; la dureza de corazón transformarla en un corazón puro capaz de amar a tope; que las viejas actitudes sean transformadas en motivos para servir y que la vida de cada uno sea un constante servicio a nuestros prójimos, a semejanza de lo que nos enseñó el Maestro a través de su modo de vivir.
Se trata, por una parte, de estar haciendo un análisis crítico permanente con nuestras formas de ser y de actuar para aplicarles los índices que corrección que sepamos que nos alejan de Él. Por otra parte hemos de ver que ese Reino tiene un destino muy claro: la Humanidad. Es para todos porque es universal. Como Jesús, que quiso morir por todos precisamente para que todos gocemos de ese Reino, que es el destino último y la razón de ser de nuestra vida.Y ese viaje ya debemos empezar a prepararlo porque ‘el Reino de Dios está dentro de vosotros’. (Lc. 17, 21). No es ninguna utopía. Hemos de vivir y trabajar como si a la vuelta de cada esquina hubiésemos de tropezarnos con la puerta del Reino y entrar en ella para eternizar la forma de la vida que estemos llevando. ¿Vivimos intentando cumplir la voluntad, los planes, los pensamientos del Padre? Eso eternizaremos, porque Él nos dará bastante más del ciento por uno en ese Reino que constantemente le pedimos, sea a través de esta oración en concreto o en otros momentos de íntimo coloquio con la Santísima Trinidad. Pero nuestro esfuerzo y nuestra entrega serán valorados y premiados sin duda alguna.
Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. ¿Pero cómo podemos saber cuál es la voluntad divina? Isaías nos transmite el mensaje de Dios: ‘No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos, dice Yavé. Cuanto son los cielos más altos que la tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros mis pensamientos’. (Is. 55, 8-9). Si esto lo tenemos en cuenta, ¿qué hacemos? Aparentemente hay un desconcierto previo. Y digo aparentemente porque ahora vemos los que dijo Jesucristo.
'El Juicio Final'. Autor: Fra Angélico
Tengamos en cuenta lo que dice según nos cuenta San Mateo: ‘Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis,…cuantas veces hicisteis eso a uno de esos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis’. (Mt. 25, 31-46). Me da la impresión de que ahí ya podemos vislumbrar algo de esa voluntad divina.
El profeta Ezequiel nos transmite muy claramente los deseos de nuestro Padre, que van dirigidos a todos sin excepciones: ‘Dice el Señor, Yavé, que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva’. (Ez. 33, 11). Y esto es consolador y estimulante. Siempre está vuelto al arrepentimiento de cualquier hijo como nos explicó Jesús a través de una parábola que ya vimos en la entrada anterior.
Por lo tanto, cumplir la voluntad de Dios es abandonarse confiadamente en sus manos. Nuestra respuesta viene a través de nuestra fe manifestada en la radicalidad de nuestra confianza en quien sabemos que nos quiere con locura y desea ardientemente nuestro bien. Pero nuestro bien último. Pasaremos por ‘valles tenebrosos, pero no temeremos mal alguno porque Él estará con nosotros’. (Sal. 23 (22), 4). Lo demás…¿qué quieren que les diga? Es para meditar un poquito en este aspecto.
En cuanto a cumplir su voluntad así en la tierra como en el cielo, es desear que todo el universo esté inmerso en estos planes de Dios. Pero, ¡ojo! No vayamos a caer en el simplismo de pensar que como no vivimos en Saturno no tenemos nada que hacer. No me estoy refiriendo a eso sino a nuestro propio universo, a la sociedad que pertenecemos, a los ambientes que nos rodean, a la familia que diariamente vemos y besamos,… Ahí está nuestro pequeño mundo en el que el Padre nos plantó cuando nos llamó a la vida y a través del cual hemos de dar flores, semillas y frutos. Todo para Él. Es nuestra modesta contribución a cumplir su voluntad siendo espejos de Dios mediante nuestra conducta.
'Pentecostés'. Autor: José Segrelles
Estamos celebrando Pentecostés. Empezaba entonces la Aventura de la Iglesia. Ese día se materializó el envío a proclamar el Reino que Jesús había predicado. Nosotros somos los que hoy participamos activamente en esa Aventura. Y para eso necesitamos al Padre que nos bendiga, al Hijo que nos fortalezca y al Espíritu Santo que nos inunde con el mismo Fuego Divino de Pentecostés para que para hacer presente el Reino y cumplir la voluntad de la Trinidad que nos ha llamado y quiere contar con nosotros. Y el Espíritu Santo tiene mucho que decir. San Pablo nos lo explica muy bien: ‘Por ser hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita ¡Abbá, Padre! De manera que ya no se es siervo, sino hijo, y si hijo, heredero por la gracia de Dios’. (Gal. 3, 6-7). Y a ese Espíritu nos debemos encomendar para hacer realidad los planes de Dios.
Que el Espíritu de Dios y Nuestra Señora de la Altagracia nos bendigan y asistan continuamente.
domingo, 16 de mayo de 2010
El Padre Nuestro
Ahora sí. Ahora ya voy a entrar en esa oración que Jesús enseñó a los apóstoles y, por extensión, a todos nosotros. Aunque solamente sea por las dos primeras palabras de su comienzo, ya merece la pena. Mateo nos hace un relato genial porque, además de la oración en sí misma, nos apunta una serie de recomendaciones del Maestro que son para tenerlas presentes siempre que oremos y en la vida nuestra de cada día. (Mt. 6, 5-15).
Él no quiere las apariencias para que la gente diga o piense lo buenos que somos. Sería caer en la hipocresía (no seáis como los hipócritas…(Mt. 6, 5). Desea la sinceridad y la rectitud de intención al comunicarnos con el Padre y tal vez por eso empieza con estas palabras llenas de confianza y abandono: ‘Padre nuestro…’. Pero es que hay más. Sigue una recomendación que personalmente me llamó mucho la atención: ‘Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará’. (Mt. 6, 6).
¿Por qué? En un principio me centré en la materialidad de quedarnos solos en una habitación de la casa donde no hubiese nada ni nadie que nos distrajese y, con el Evangelio en la mano, meditar la Palabra para intentar llevarla a nuestra vida. Pero es que luego, en un retiro que hice, el sacerdote que lo coordinaba destapó el frasco de los perfumes con ese fragmento y nos fue explicando el sentido profundo que tiene esta frase, más allá de meternos físicamente en la habitación. Y eso supuso un nuevo y grandioso descubrimiento personal que ya no me abandonó.
‘Entrad en vuestro interior, en la habitación de vuestro espíritu, tal como sois –nos decía-, cerrad la puerta de todo aquello que no sea Dios para abriros a Él. Eso supone olvidarse de todos los trabajos que os ocupan, de los problemas que os obsesionan. Haced el silencio interior y dejaos llevar por el Espíritu’.
Aproximadamente era el mensaje que nos transmitió. Han pasado más de treinta años y todavía conservo esta idea. Y eso me ha llevado a meditar muchas veces el contenido de esta oración que Jesús enseñó después de este prólogo a sus discípulos.
Esa manera de comenzar está poniendo ante nosotros un acercamiento, una confianza, una familiaridad en el trato con Dios que se corresponde con lo que Él quiere de nosotros, según nos da a entender el mismo Jesús. Pienso que para los discípulos supuso una gran novedad dirigirse a Dios de esa manera. Israel no estaba familiarizado con su Dios de esa manera. Y si nos paramos a pensar en el trato que le damos al Padre en pleno siglo XXI, ¿realmente frecuentamos esa confianza a través del trato de llamarlo Padre? ¿De verdad nos dirigimos con soltura y le llamamos Padre con la frecuencia que debiéramos?
Getsemaní está todavía relativamente reciente en nuestro pensamiento y en la vivencia de la Semana Santa y aún tenemos fresco aquel ¡Abbá! desgarrador que dirigió a su Padre pidiendo que le librase de cuanto se le venía encima. Pero hay otros momentos en que la Palabra ‘Padre’ está preñada de agradecimiento y ternura. Cuando regresan los discípulos que había enviado y le cuentan las maravillas que habían hecho, pletórico de alegría se dirige al Padre y le dice: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla” (Lc 10, 17-24). Lo recuerdan, ¿verdad? No desaprovechaba ocasión alguna de dirigirse a Él en cualquier momento o circunstancia.
Esta oración es una expresión y un acto de fe, esperanza y amor hacia nuestro Padre. Cuando a través de ella nos dirigimos a Dios, viene a ser como la acogida que el Padre hace al hijo pródigo cuando vuelve y se dirige a él. Acaso uno de los que mejor haya recogido ese momento de apertura paternal haya sido Rembrant. ¿Se dan cuenta de esa cabeza del hijo recostada en el regazo de su padre? ¿Se dan cuenta de las dos manos del padre sobre la espalda del hijo transmitiéndole su cariño, su acogida, su perdón, su ánimo a comenzar de nuevo?
La actitud del hijo, y, por extensión, la de cada uno de nosotros, manifiesta una actitud de dependencia y confianza en su padre. Pero es que la actitud del padre también está expresando, a su vez, una confianza ilimitada, a pesar de su absoluta superioridad sobre el hijo.
Aterrizando en nuestra realidad, al rezar esta oración estamos manifestando también una confianza sin límites en nuestro Padre que, a pesar de lo que alguien pueda pensar, es absolutamente sensible a nuestras necesidades, problemas, sentimientos y sufrimientos de cualquier índole y sus oídos siempre están atentos a nuestros clamores y súplicas. Y, por favor, no caigamos en aquellas arcaicas concepciones de un absurdo miedo que no tiene sentido alguno de dirigirnos con total confianza y libertad a nuestro Padre, que ‘hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos’. (Mt. 5, 45). Él continuamente nos está esperando en lo alto de todos los caminos para vernos llegar y acogernos en su misericordia y en ese infinito Amor del Creador hacia su criatura preferida.
Algo verían los discípulos cuando Jesús se dirigía al Padre al orar que les impulsó a pedirle que les enseñase a orar. Y acaso esto fuese una de las cosas que más satisfizo a Jesús cuando les enseñó (y también nos enseñó a nosotros), a llamar a Dios ‘Abbá’, para que nuestra oración incluyese una naturalidad, una espontaneidad, una llaneza de trato, hasta entonces desconocida, que nos condujese a una encantadora intimidad con el Dios de la Historia, de la Revelación, de la Creación,…
San Pablo es consciente de esto y cuando escribe a la Comunidad de Roma, les dice: ‘Vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y nos permite clamar “Abba”, es decir, “Padre”. Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios’. (Rom. 8, 15-16).
‘Santificado sea tu nombre’. ¿Qué encierra este deseo que Jesús nos enseña? Cuando manifestamos nuestro deseo de que sea santificado el Nombre de Quien no tiene Nombre (‘Si ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé? Dios contestó a Moisés: Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: “Yo soy” me envía a vosotros’. (Ex. 3, 13-14). Estamos reconociendo, venerando e incluso adorando ese Nombre desde nuestras limitaciones e imperfecciones, sí, pero también desde nuestra aceptación de saber que siendo quien es y siendo como es, nos acoge y acepta como somos cada uno. Y además, nos pide nuestra colaboración con Él. Dice San Juan: ‘Ha llegado la hora en que los que rindan verdadero culto al Padre, lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad’. (Jn. 4, 23-24).
Desear que sea santificado el nombre de Dios es manifestar un deseo de algo que es propio del Padre: su Santidad. Desde esa expresión estamos manifestando el modo propio de ser de Dios. Manifestamos la honra, el respeto que le profesamos en ese Misterio Trinitario que no comprenderemos jamás en esta vida, pero que en la Vida auténtica entenderemos y sabremos adorar en plenitud y perfección.
Desde esta perspectiva resulta nimio y absurdo invocarlo como a un dios que queremos que tape nuestras miserias, fracasos y frustraciones.
Queremos que esté a nuestro servicio según las necesidades que creamos tener en cada momento, según nuestras propias concepciones de las cosas. Y claro. Al no cumplirse nuestras pequeñas y humanas perspectivas, nos desinflamos, dudamos de Él y tiramos la toalla. Eso no es santificar su nombre. Y es que Dios es inmanejable, amigos. Nos faltaría el abandono confiado en sus manos. El saber que nos transmite su propia santidad a través de la Gracia que recibimos en los Sacramentos, lo cual nos permite tener un parecido más cercano al suyo, aunque todavía muy limitado.
La próxima semana, Dios mediante, continuaremos con el contenido de esta breve pero densa oración.
Que nuestro Padre-Dios y nuestra Madre, Nuestra Señora del Nahuel Huapi, nos bendigan.