sábado, 19 de mayo de 2012

El Credo (II)

ICONO CONMEMORATIVO DEL PRIMER CONCILIO DE NICEA
Efectivamente, vamos a seguir profundizando en este tema. Pensando en él me planteé otra cuestión. Para cualquiera de nosotros puede ser fácil orar o recitar el Credo, pero, ¿siempre ha existido esa oración? Tenemos claro que el ‘Padre nuestro’  nos lo enseñó el mismo Jesucristo, (‘Así, pues, habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos,…’ Mt. 6, 9-13 y Lc. 11, 2-4), pero, ¿y el Credo? Personalmente tengo claro que si la Santísima Trinidad es el eje, el ‘leit motiv’ de su contenido, es ahí por donde se debe buscar su origen.

Jesucristo nos mostró al Padre (Felipe, uno de los doce apóstoles, dirigiéndose a Cristo, le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta»; Jesús le respondió: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre». Jn. 14, 8-9) y dejó muy claro: Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya. Porque si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere os lo enviaré’. (Jn. 16, 7), con lo cual manifiesta la Trinidad de Dios en su Unicidad.

Luego el Credo, siendo el resumen de las principales verdades que debemos creer, había que buscar una forma breve, verdadera, real para que los cristianos la pudieran manifestar, tanto los catecúmenos que se preparaban para recibir el Bautismo en la Iglesia primitiva como la generalidad de los cristianos para manifestar aquello en lo que creían, guardando fidelidad a las enseñanzas del Redentor.

Eso quiere decir que si Él es la Palabra, el Logos, las verdades que contiene están  reveladas por el mismo Dios. Los apóstoles elaboraron la redacción de esta oración y se escribió bajo la inspiración del Espíritu Santo, de la misma manera que quienes escribieron los textos del Antiguo Testamento fueron los instrumentos, ya que el Autor verdadero era y es el mismo Dios.

Así nació el primer Credo, llamado ‘símbolo de los Apóstoles’, porque es lógico pensar que fue en su tiempo cuando se elaboró y ellos, según lo que habían visto y oído a su Maestro, revisarían su redacción contenido de manera que coincidiese con lo que Jesús les enseñó, si bien al principio sería más breve.

Así ha llegado hasta nosotros sin cambiar lo fundamental de su contenido. Otra cosa es la redacción que se le ha venido dando a lo largo de los siglos transcurridos, el enriquecimiento que se le ha dado al desarrollar alguna de sus partes.

CONCILIO DE NICEA.-EL HEREJE ARRIO YACE EN UNA FOSA
 Por ejemplo. En el siglo IV, un presbítero de Alejandría llamado Arrio se enfrentó a su obispo diciendo que Jesucristo no era Dios mismo porque era una creación de Dios, lo cual era a todas luces una herejía, conocida como ‘arrianismo’. Hubo que dar una respuesta y el Magisterio de la Iglesia se manifestó en el Concilio Universal reunido en la ciudad de Nicea, en el Asia Menor (hoy llamada Iznik, en la actual Turquía), y en el cual se definió la doctrina de la consustancialidad y se condenaba la mencionada herejía.
 
Joseph Ratzinger, actualmente nuestro Santo Padre Benedicto XVI, escribió al principio de su libro La Eucaristía centro de la vida’: ‘El Credo niceno es, como todos los grandes Símbolos de la fe en la antigua Iglesia, desde sus propios cimientos una confesión del Dios trinitario. Su contenido esencial es una afirmación del Dios vivo como Señor nuestro, del cual procede nuestra vida y hacia el cual ella misma revierte’. (Capítulo primero: ‘Dios está con nosotros y entre nosotros’

En este Concilio se hizo profesión expresa de fe en la divinidad del Salvador quedando así redactado: ‘Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado: de la misma naturaleza que el Padre, …’. ¿Les suena de algo esta redacción? Pues así es. En la Misa se reza muchísimas veces el Credo con esta forma del Concilio de Nicea, adaptada a los giros lingüísticos de la actualidad.

No es éste el único caso. No olvidemos que la Iglesia ha ido formándose con el paso de los años y según las circunstancias lo aconsejaban o se creía conveniente, se daban orientaciones o normas en las que se hacía presente la Iglesia, Madre y Maestra, como dijo el recordado Papa Juan XXIII, y como puede comprobarse en la Historia de la Iglesia.
  Primer Concilio de Constantinopla.- Iglesia de Stavropoleos.-Bucarest, Rumania
Unos años después de Nicea, un tal Macedonio de Constantinopla, negaba que el Espíritu Santo fuese Dios como el Padre y el Hijo. También hubo que pararle los pies y aclarar las cosas. Esta vez fue la ciudad de Constantinopla la que acogió el siguiente Concilio Universal. En él se reafirmó el Credo niceno y se introdujo en esta oración la consustancialidad del Espíritu Santo con el Padre y con el Hijo, con estas palabras referidas al Paráclito: ‘Señor y vivificador; que procede del Padre y del Hijo; que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y conglorificado’.
  
Llegamos a un momento en el que creo conveniente, si no necesario, ver una cosa fundamental desde mi punto de vista. Verán ustedes.

Supongo que ya se habrán dado cuenta que cada cosa que escribo tiene una fundamentación bíblica. Y no puede ser menos. Si el protagonista de ambos blogs es Jesucristo, Hijo Único de Dios, que es la Palabra, el Logos, hay que fundamentarse en Él.

El tema que nos ocupa (que tendrá varias entradas, Dios mediante), el CREDO, no podía ni debía ser menos, claro. Y puse manos a la obra para buscar textos bíblicos, especialmente en el Nuevo Testamento, que apoyasen cuanto dice su contenido. También he consultado diversos autores que en algunos casos me han marcado una pauta o guía a seguir y de los que he aprendido muchas cosas. No en vano tienen unos conocimientos bastante más profundos que los míos.

Sí. Por muchos años que tengamos, por mucho bagaje cultural, religioso, espiritual que tengamos, siempre hay que estar abiertos al aprendizaje de cualquier cosa, especialmente si nos sirve para nuestro progreso como cristianos.

Además. Si tenemos en cuenta que estamos tratando con temas referidos a la Santísima Trinidad, los conocimientos son inabarcables, como inabarcable es Dios. No obstante, Él se deja descubrir por nosotros, especialmente cuando vamos con un corazón puro, un alma limpia y la sencillez  de la humildad de María, la Madre.

Es curioso, pero como decíamos anteriormente, la primera palabra que tiene, CREO, tiene una relación directísima con la Fe. Nos fiamos de Dios que se manifiesta a lo largo de la Historia y se hace Historia en cada uno de nosotros al hacernos sus colaboradores, sus instrumentos, en lo que quiere y cuando quiere, siempre que somos capaces de abrirnos a cumplir su voluntad poniéndonos incondicionalmente a su disposición. Sin reservas ni condiciones. 

Abraham, nuestro padre en la fe, así lo hizo. Moisés, adalid de Yavéh para sacar de la esclavitud a su pueblo de la tiranía del Faraón, también lo hizo así. Jesús de Nazaret también se puso a disposición del Padre para nuestra Redención y sacarnos de la esclavitud del pecado.

ALEGORÍA DE LA FE.-TIZIANO.-RENACIMIENTO
 Cuando empezamos a decir ‘creo’ ponemos nuestra fe en que cuanto dice es doctrina revelada por Dios y el CREDO, por tanto, es infalible. Aceptamos que todo cuanto dice es cierto y eso significa que nos ponemos a disposición de Dios al cual aceptamos en nuestra vida, aunque jamás le hayamos visto con nuestros ojos carnales. (‘Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y al Padre no lo conoce nadie más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.-Mt. 11, 27). Aunque con los ojos de fe lo tengamos presente y lo hagamos el eje y motor de nuestra existencia.

Jesucristo ya nos plantea este tema a través de San Juan: ‘No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí’. (Jn. 14, 1). A estas alturas, en pleno siglo XXI, ya tenemos elementos de juicio más que suficientes para creer en Jesús de Nazaret, vencedor absoluto de la muerte y Señor de la Vida.

San Pablo insiste en este punto en su carta a los cristianos de Roma: ‘En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Que la palabra está cerca de ti; en tu boca y en tu corazón. Pues bien. Esta es la palabra que nosotros anunciamos. Porque si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás. En efecto. Cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación. Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en Él su confianza no quedará defraudado’. (Rom. 10, 8-11).

Cada uno podrá pensar lo que quiera, pero si no nos queremos ‘defraudar’, como dice el apóstol, hemos de asumir el contenido del Credo de forma plena, vital, absoluta y hacerlo Vida en nuestra vida.

Esta oración o manifestación básica de nuestra fe continúa desarrollando las Verdades (así, con mayúscula), centrándolas en las Personas Trinitarias.

BODAS DEL CORDERO.-APOCALIPSIS
 En primer lugar manifiesta nuestra creencia en el Padre: CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO. Y lo hace de una manera personal: CREO, porque soy yo desde mi interior, desde mi corazón, desde mi fe, quien confiesa que Dios es realmente mi Padre y que asumo cuanto digo como cosa propia dentro de mi filiación como cristiano, como dice Pedro: ‘…que vuestra fe y vuestra esperanza descansan en Dios’. (1 Pe. 1, 21). Y San Juan también nos dice: ‘Oí luego algo así como la voz de una inmensa muchedumbre, como la voz de aguas caudalosas, como la voz de truenos fragorosos. Y decían: ¡Aleluya! El Señor Dios nuestro, el todopoderoso, ha comenzado a reinar. Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero. Está engalanada la esposa, vestida de lino puro, brillante. El lino que representa las buenas acciones de los creyentes’ (Ap. 19, 6-8).

No tiene, pues, ningún sentido que cuando en una ceremonia religiosa el sacerdote pregunta a la Asamblea ‘Creéis en Dios Padre Todopoderoso…’, se responda ‘Sí, creeMOS’., porque yo puedo decir y manifestar lo que yo creo, pero lo que otros creen, aun sabiendo que todos somos cristianos, es cosa personal de cada uno.  San Juan pone la rúbrica cuando dice: ‘Y la vida eterna consiste en esto: en que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado’. (Jn. 17, 3).
                                                                                                                                                                                                                                                             Dando un paso más, empezamos a desgranar todo aquello que a lo largo de los siglos ha dado lugar a esta síntesis de nuestras creencias.

Y el primer lugar es para el Padre. ¿Alguien se habrá parado a pensar en lo que encierran esas doce primeras palabras? Sí. Una docenita, pero ¡cuánto valor encierra su contenido! Decimos que creemos en Él y lo demostramos manifestando que es el Autor de todo, del cielo y de la tierra, como Señor, Padre y Origen de cuanto abarca el Universo. ‘Al principio creó Dios el cielo y la tierra’. (Gen. 1, 1). Él, con su sabiduría y Amor, nos ha puesto a nosotros, el género humano, como destinatarios de su obra creadora, dándonos con ello la mayor dignidad con que jamás nos hubiésemos atrevido a soñar, dotándonos de inteligencia, voluntad y libertad. ¿Somos plenamente conscientes de lo que estamos diciendo?

Decir que ‘creemos en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra’, equivale a decir que aceptamos, asumimos y proclamamos su perfección infinita, su justicia infinita, su santidad infinita. Su eternidad e inmutabilidad infinitas. Es ser conscientes de que aceptamos al Padre tal como es, con su Omnisciencia, Omnipresencia y Omnipotencia, aunque nosotros, pobres mortales, no podamos llegar a lo más mínimo de la realidad de su Ser. Otra cosa es que, como veremos al final, cuando estemos en su Reino por un acto de su infinita misericordia, podamos contemplarle cara a cara y adorarle con absoluta perfección, superada ya nuestras barreras humanas de este mundo en que estamos viviendo.

SANTÍSIMA TRINIDAD.-BECCAFUMI.-MANIERISMO
Esa es la razón de tributarle el culto de Latría, debido únicamente a Dios, Uno y Trino, como iremos viendo.

Desde los albores del cristianismo, una jovencísima Iglesia ya decía (y nos sigue diciendo) referido a Dios: ‘Cristo estaba presente en la mente de Dios antes de que el mundo fuese creado, y se ha manifestado al final de los tiempos para vuestro bien, para que por medio de él creáis en el Dios que lo resucitó de entre los muertos y lo colmó de gloria. De esa forma, vuestra fe y vuestra esperanza descansan en Dios’. (1 Pe. 1, 20-21).

San Juan también nos muestra la alabanza a Dios en el mundo futuro que todos esperamos, gozando de la presencia de Dios: ‘Oí algo así como la voz de una inmensa muchedumbre, como la voz de aguas caudalosas, como la voz de truenos fragorosos. Y decían: - ¡Aleluya! El Señor Dios nuestro, el todopoderoso, ha comenzado a reinar. Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero’. (Ap. 19, 6-7).

A través de las visiones que Dios concedió a Juan, hay una invitación a la adoración al Santo de los Santos dirigida a las personas de todos los tiempos y edades. Así nos dice de nuevo: ‘Vi también algo semejante a un mar, mezcla de fuego y de cristal; sobre este mar de cristal estaban, con las cítaras que Dios les había dado, los vencedores de la bestia, de su estatua y de su nombre cifrado. Cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: -Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justo y fiel tu proceder, rey de las naciones. ¿Cómo no respetarte, Señor? ¿Cómo no glorificarte? Sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, porque se han hecho patentes tus designios de salvación’. (Ap. 15, 2-4).

Si aquí, cuando tenemos las ideas claras y nuestro corazón está despierto, somos capaces de mantener esos momentos de oración contemplativa en los que Él entra en nosotros, hace morada en nosotros, y llena nuestro ser con su presencia inundando de felicidad y agradecimiento nuestra adoración, ¿qué será cuando lo que hacemos aquí sea ante Él mismo y nuestra oración y adoración sean perfectas? Todo esto es lo que estamos manifestando diciendo que creemos en Dios Padre Todopoderoso, porque ‘ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me conoce’. (1 Cor. 13, 12). ‘Y es que lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad se ha hecho visible desde la creación del mundo a través de las cosas creadas’. (Rom. 1, 20).



Que Dios nuestro Padre y Nuestra Señora la Virgen de Copacabana nos bendigan.

martes, 1 de mayo de 2012

El Credo (I)

SANTÍSIMA TRINIDAD.-ALBERTO DURERO.-RENACIMIENTO


Bueno. Tengo que cambiar el chip. Los pecados capitales, llamados también mortales, como vimos, ya han sido tratados. Los siete. Y también las virtudes que se oponen o con las que se combate cada uno de ellos. Ahora hay que buscar otro tema. Me he puesto a reflexionar para elegir uno de los varios que veía. Al final me he decidido por este del título de la entrada: El Credo.

Pero antes debo decirles algo. El sistema de publicación de las entradas al blog ha cambiado y todavía no estoy familiarizado con el mismo. Esto se consigue, básicamente, con la práctica. Les ruego que si hay algún fallo me disculpen. Otra vez saldrá mejor. Muchas gracias.

Volviendo al tema que nos ocupa. ¿Por qué precisamente éste y no otro? Pues miren ustedes…Basta con otear el panorama que se ofrece  a nuestros ojos sobre las actitudes de muchos cristianos, demasiados y quizá excesivos, que no tienen clara su relación con Dios y con la Iglesia. Al menos con la profundidad, responsabilidad y compromiso que se debe tener según la edad y madurez religiosa que tenga cada uno, ya que, como tantísimas veces he oído comentar, incluso a sacerdotes, hay cristianos que continúan con una fe de la Primera Comunión y no se han preocupado en profundizar más en ella.

Algunas veces, al finalizar la Eucaristía dominical, suelo ir a saludar a algunos conocidos o amigos que me encuentro en el templo, a interesarme por ellos, por su familia,…Pero en una de esas ocasiones me ocurrió una anécdota que no me resisto a contársela. Tras las preguntas sobre las familias respectivas, se me ocurrió preguntarles, ya que no vivían en la localidad donde resido: ‘¿Cómo es que hoy os veo en esta iglesia?’  Y uno de ellos me respondió: ‘Pues ya lo ves. Hemos venido a cumplir con la Parroquia’.

Sinceramente. Hay ocasiones en las que una frase puede dar pie a una reflexión. Y personalmente les puedo asegurar que estuve rumiando aquella frase extrapolándola a otros cristianos en general. Pensé: ¿Solamente se ha ‘cumplido’ con la Parroquia? El hecho del ‘cumplimiento’, ¿puede hacer referencia al ‘cumplo y miento’?

Vino luego una especie de reacción contra mí mismo.: No seas retorcido. ¿Por qué tienes que pensar así? ¿Dónde tienes archivado el capítulo 13 de tu amigo Pablo, el que escribió por primera vez a los fieles de Corinto dándoles unas pautas de la caridad tan hermosas?¿No tendrías que pensar en aplicártela?’ Y es cierto. En ocasiones nos pasamos un poco en nuestras apreciaciones, pero inmediatamente vino otra cuestión: ‘¿Cómo es que cumple con Parroquia? ¿Es que tras cualquier Parroquia no hay Nadie con Quien realmente hay que cumplir y, además, a tope?

Y si a estas personas, o a cualquier cristiano en general que suele asistir los domingos a nuestros templos, les preguntásemos: ‘Oiga, ¿por qué asiste usted a la Misa? ¿Cuáles son sus motivos de credibilidad, su razón de creer, como cristiano?’ ¿Qué nos contestaría? Eso en caso de que nos contestase algo, porque entra dentro de lo posible que nos pusiera cara de tablero de ajedrez y pensara en su interior: ‘Pero ¿qué me está diciendo este hombre’?

Pues sí, amigos. Esta es la razón por la que he elegido hablar del Credo. Qué osadía, ¿verdad? Pienso que mi atrevimiento es grande, pero confío ciegamente en el Espíritu Divino que alienta la vida de la Iglesia y que, como parte de ella que soy y somos todos en virtud de nuestro Bautismo, nos ayuda en nuestra tarea de extender el Reino de Dios en este planeta que nos ha tocado vivir.

Habría que partir de la base de que si esa supuesta persona que antes he mencionado, a la que le preguntábamos por sus motivos de credibilidad, ha crecido en la fe a la par que en edad y en madurez humanas, al hacerle la pregunta citada nos hubiera respondido con aplomo y seguridad: ‘Rece usted el Credo y conocerá por qué estoy aquí en este momento y cuáles son mis motivos de credibilidad por los que me preguntaba’. ¡Caramba! ¿Cómo nos hubiésemos quedado nosotros? Cabe también en lo posible que los que se quedasen con cara de tablero ajedrezado fuésemos nosotros, porque hay pocos cristianos que hablen gallardamente de su cristianismo. Si habíamos ido por lana al hacerle la pregunta, probablemente saldríamos trasquilados al oír esa respuesta.

Sí, señor. Así es. El Credo que rezamos no es otra cosa que una manifestación, una proclamación de las principales verdades de nuestra fe. Es aquello en lo que creemos en síntesis y lo manifestamos.

En él están contenidas  las verdades básicas de nuestra Religión católica en un resumen. Y precisamente porque creemos y manifestamos  lo que dice esta oración, es por lo que se ha venido en llamarla CREDO, ya que la primera palabra que empleamos al rezarla, es ésa: CREO.

Analizando pausadamente lo que decimos cuando lo rezamos, podemos ir cayendo en la cuenta la importancia que tiene Dios en nuestra vida, y a medida que pensamos en la segunda parte del Credo, la que hace referencia a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, también caemos en la cuenta, además de la entrega voluntaria y del sacrificio Redentor, del enorme, del infinito Amor del Padre que para rescatarnos del pecado, de las garras de Satán, no dudó en enviarnos a su Hijo para cumplir esa misión, con tal de que su obra mimada y última de su Creación, no se perdiera.

Acabo de mencionar la ‘segunda parte del Credo’ y eso me da pie para anotar, aunque estoy seguro que ustedes ya lo saben, que esta oración tiene tres partes.

En la primera se hace mención de la Primera Persona de la Santísima Trinidad, el Padre, así como de su obra creadora.



En la segunda nos referimos a la Segunda Persona de la Trinidad y su labor redentora con el género humano, relatando brevísimamente su historia desde su Concepción hasta su Ascensión a los Cielos, mencionando, incluso dos personajes que intervinieron: su Madre y el procurador romano.

RESURRECCIÓN DE CRISTO.-ANNIBALE CARRACCI.-BARROCO
La última parte se dedica a la Tercera Persona de la Divinidad y a su labor santificadora.



La Santísima Trinidad es, pues, la gran protagonista del Credo, por eso su contenido es el mayor y más importante motivo de nuestra credibilidad como cristianos católicos.

Esa debe ser la diferenciación entre un cristiano sólido, cuya vida es consecuencia de un Credo visceralmente asumido y practicado desde la radicalidad de la Fe, la Esperanza y el Amor en el Dios Uno y Trino, y un cristiano ‘pasado por agua’, es decir, que ha recibido el Bautismo, de niño ha acudido a una catequesis infantil (lógico hasta aquí) pero que luego no solamente no ha evolucionado sino que la catequesis recibida la ha echado en el cajón del olvido y, ya adulto, comienza a fabricarse una religión a su medida y conveniencia, lo cual ya no es tan lógico.

Grotesco, ¿no? Pues desgraciadamente conozco muchos de esos casos. Y lo peor es que creen tener la razón.

Hemos de estar mentalizados de que cuando nos santiguamos ‘en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’, estamos alineándonos con la Santísima Trinidad y, en su Nombre, lo estamos haciendo TODO. Desde las cosas más insignificantes como es bendecir la mesa antes de cualquier comida que hagamos o al salir de nuestros respectivos hogares a la calle, hasta vivir el acontecimiento más importante, grandioso y trascendental como es empezar la liturgia de una celebración de la Eucaristía.

Santiguarnos es manifestar nuestra creencia y nuestra Fe en las Tres Personas a través de esa señal de la cruz que nos hacemos y entramos en comunión con nuestro Dios. Ese es el deber primario y básico que tenemos como creyentes católicos.

Y más aún.  Estoy convencido del deber de profundizar en su contenido y esa es una de las razones de esta entrada en el blog y de su continuación en entradas posteriores.

Hago una pequeña pausa en el contenido de esta entrada para hacerles una confidencia. Una de las razones que me condujeron a tener el otro blog, fue con el objetivo de presentar una especie de biografía del Salvador desde los tiempos inmediatamente anteriores a su concepción y posterior nacimiento en Belén, hasta su Ascensión, siguiendo de forma necesariamente breve, con los primeros tiempos de su obra: la Iglesia, presentando algunos episodios de su vida (desde el prisma del Arte, desde luego) y de su mensaje.

Fácilmente se ve con ello que se trata de desarrollar la segunda parte del Credo. Por eso a la izquierda de este blog, en el apartado ‘Mi lista de blogs’, puse el enlace con ‘El Logos en el Arte Universal’. No solamente eso, sino que si entran en mi blog de Arte citado, verán que a la izquierda coloqué un enlace con otro blog católico, francamente magnífico, titulado ‘Arte, Fe y Cultura’, que no tiene desperdicio alguno, cosa que podrán comprobar si entran en el mismo.

Todo son maneras de profundización y formación en nuestras razones y motivos de credibilidad, en nuestra oración, en nuestra vida cristiana en definitiva, con el Autor de la Belleza y del Arte.



Seguiremos profundizando en este tema con la ayuda del Espíritu Santo y Nuestra Señora de Barangay. Que ellos nos iluminen, asistan y bendigan.








jueves, 12 de abril de 2012

La pereza (y III)

HUIDA A EGIPTO.-ANNIBALE CARRACCI.-BARROCO

Antes de meterme en alguna que otra definición, no vendrá mal un recordatorio. Es algo más que probable que ustedes, como yo, conozcamos alguna persona diligente. Una persona que sabe ser fiel con sus compromisos ante los demás en el momento preciso, oportunamente. Que no guarda para mañana lo que pueda realizar el día presente. Una persona que dentro de la seguridad en sí mismo, dentro de su madurez personal, nos transmite responsabilidad en sus actuaciones con alegría y optimismo.

Tenemos el caso concreto de San José, esposo de la Virgen María, que cuando recibió el anuncio del ángel de que tenía que huir a Egipto porque Herodes quería matar al Niño, no esperó a nada. Con prontitud se puso a cumplir el mandato Dios que por medio del Ángel le llegó. No en vano era sobre quien recaía el cuidado del Hijo de Dios y el de su esposa. ‘Levántate. Toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto. Estate allí hasta que yo te avise porque Herodes buscará al Niño para quitarle la vida.- Levantándose de noche, tomo al niño y a la madre y partió para Egipto’. (Mt. 2, 13-14). Así nos lo han transmitido. No hubo dilación alguna, sino diligencia. De acuerdo que las circunstancias tampoco permitían otra cosa, pero no le resta ningún mérito.

Las personas diligentes son capaces de saber entregarse a los demás, como San José, a través de su profesión haciendo de su vida un constante acto de servicio, sin dejar paso a egoísmos personales o a perezas del momento que pueden traducirse en omisiones del deber profesional, por ejemplo, cuando por no mover un músculo de la mano o unas neuronas del cerebro, hacen volver otro día a las personas que deben atender para tramitar el asunto que les concierne, a ver si entonces ya están más motivados para el trabajo.

No puedo dejar de citar el ejemplo de la mismísima Virgen, nuestra Madre. Apenas realizada la Anunciación, sabiendo que su prima Isabel está esperando un niño, según Gabriel le había comunicado, piensa en lo útil que podía serle y se dirige sin vacilación y con prontitud, sin pensar en ella misma, a pasar una temporada con ella para ayudarla en cuanto pudiese necesitar. ‘En aquellos días se puso María en camino, Y CON PRESTEZA se fue a la montaña, a una ciudad de Judá, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’. (Lc. 1, 39-40).

VISITACIÓN A SANTA ISABEL.-PAUL TROGER.-ROCOCÓ

Todas las personas, incluidos nosotros mismos, estamos llamados a ser diligentes. Todos estamos llamados a ser buenos profesionales, buenos esposos, buenos padres, buenos sacerdotes, buenas religiosas y religiosos, porque si Jesucristo todo lo hizo bien: ‘En el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. (Mc. 7, 37), nosotros tenemos el deber moral y real de ser como Él, que las curaciones que hacía eran en el acto.

CRISTO DE LA SONRISA

Es difícil entender esta virtud de la diligencia, aislada de otras virtudes como pueden ser la fortaleza, para mantenerse en línea y sin desmayo en esta línea de vida; de la prudencia, para no caer en falsos triunfalismos y personalismos cuando conseguimos cubrir los objetivos que nos proponemos; de la caridad, al emplearnos a fondo en ayudar al prójimo;…lo cual supone la adquisición de hábitos buenos, un entrenamiento personal constante diario, con los sacrificios que se nos puedan presentar, con la ayuda inestimable de nuestro Padre Dios, ‘por quien somos, nos movemos y existimos’. (Hech. 17, 28).

Así es. A través de la diligencia debemos hilar muy fino en cuanto nos propongamos con temple de ánimo, con coraje, con agilidad de pensamiento y de actuación, con la puntualidad necesaria en los trabajos que se nos encomienden o con los que nos comprometamos a nivel personal. No hacerlo así sería tanto como caer en la omisión, en la apatía, en la desgana, …en la pereza, en definitiva.

CRISTO BENDICIENDO.- MOSAICO.- SAN APOLINAR NUEVO.-RÁVENA

Un Padre de la Iglesia dice: ‘Al perezoso se le ha de hacer saber que muchas veces, cuando no queremos hacer oportunamente las cosas que podemos, poco después, cuando queremos, ya no podemos; porque la desidia del alma, si no se sacude con el oportuno ardor, aumenta furtivamente con el sopor, el cual hace decaer todo deseo de bien’. (San Gregorio Magno.-Regla Pastoral)

LA JERUSALÉN CELESTIAL

En el Antiguo Testamento se recogen varias citas manifestadas de muchos modos, entre ellos el de los ejemplos o los consejos. Así vemos en el Eclesiastés: ‘Todo el bien que puedas hacer, hazlo alegremente, porque no hay en el sepulcro, adonde vas, ni obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría’. (Ec. 9, 10). Es una invitación formal a trabajar con prontitud cuanto tengamos que hacer en esta vida. Con ello nos estamos preparando para la otra vida, la definitiva, llevándonos estas cosas como testigos de nuestra labor: ‘Acumulad mejor tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la carcoma echan a perder las cosas y donde los ladrones no socavan ni roban’. (Mt. 6, 20).

El primer Papa de la Historia, San Pedro, tenía muy clara la actitud a adoptar: ‘Poned todo vuestro empeño en unir a vuestra fe una vida honrada; a la vida honrada, el conocimiento; al conocimiento, el dominio de sí mismo; al dominio de sí mismo, la paciencia; a la paciencia, la religiosidad sincera; a la religiosidad sincera, el aprecio fraterno; al aprecio fraterno, el amor’. (2 Pe. 1, 5-7). Toda esta consideración entra en el campo que nos estamos moviendo, ¿no?

PREDICACIÓN DE SAN PEDRO.-FRA ANGÉLICO.-RENACIMIENTO

Porque no nos quepa la menor duda que la virtud de la diligencia tiene mucho que ver con nuestra relación con Dios, como decíamos anteriormente, y esa relación se manifiesta a través de un contacto diario con Él con la oración, con la Eucaristía semanal o entre la semana cuando se pueda acudir a ella y con todo aquello que cada uno en su interior se proponga para no defraudar a Quien tanto nos ha dado.

Cada persona puede conseguir a largo o medio plazo, según casos y personas, mayor madurez y seriedad en cuanto nos propongamos, mejor actuación en la familia y en la profesión, mejores relaciones interpersonales en los ambientes que nos podamos desenvolver…desde su diligencia y prontitud para la ejecución de cuanto haga. ¿Saben lo que decía San Juan Casiano, Padre de la Iglesia? Fíjense: ‘Para aquellos que tiendan hacia la santidad, cualquier dilación es peligrosa’. (‘Colaciones’). Y si todos los cristianos debemos tener inclinación (incluso obligación) a ser santos, la diligencia nos ayudará en cuanto hagamos.

Siempre teniendo en cuenta que la vida de cada persona ha de llenarse de ideales sin fecha de caducidad. Cuando el Duque de Gandía recibió en encargo del Emperador Carlos I de presidir la comitiva que trasladaba los restos mortales de la Emperatriz Isabel a Granada, antes de proceder al entierro se cumplió el requisito de reconocer el cadáver. Al abrir el féretro, se vio irreconocible el rostro de la Emperatriz por la descomposición y el hedor era insoportable.

CONVERSIÓN DEL DUQUE DE GANDÍA.-JOSÉ MORENO CARBONERO.-S. XIX

La impresión que recibió fue tremenda. Hasta el extremo que llegó a decir una frase que pasó a la Historia: ‘No más servir a señor que se me pueda morir’. Ahí murió el Duque de Gandía como noble y nació San Francisco de Borja, como santo. Su nuevo ideal le llevó a la santidad e incluso llegó a ser el tercer General de la Compañía de Jesús.

Este es uno de tantos y tantos ejemplos de cristianos que a través de su actividad, de su compromiso con Jesucristo, les ha llevado a cultivar una vida de virtudes, valores y entrega en la que no han dado entrada a la pereza en ninguna de sus manifestaciones. Al contrario. Siempre han estado prestos a cuanto fuere con tal de que los planes y la voluntad de Dios se hiciese presente en sus vidas.


Pienso que todos nosotros tenemos las ideas muy claras en este sentido y en quien hemos puesto nuestra Fe, nuestra Esperanza y nuestro Amor. Que Jesucristo Redentor y su Madre, bajo la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, nos acojan, ayuden y bendigan.

domingo, 25 de marzo de 2012

La pereza (II)

DULCE PEREZA.-RUPERT BUNNY.-S. XIX

Retomando el tema iniciado en la entrada anterior, y tal como les decía al finalizar, me parece muy interesante tratar aunque sea de forma sencilla y clara la pereza espiritual. ¡Ah! ¿Pero existe ese tipo de pereza? Pues sí. Y es más frecuente de lo que nos podamos imaginar. ¿Cuántas personas podrá haber que, creyendo que ya saben mucho de la vida, se permiten el lujo de decir que eso de ‘ir a Misa’, o ‘eso de rezar el Rosario’, por ejemplo, es una pérdida de tiempo?

Son cosas, dicen, ya superadas en los tiempos que vivimos y, además de no hacerles caso (o despreciarlas), pueden llegar incluso a combatirlas, no solamente verbalmente a nivel personal, sino incluso a nivel social. ¿Cómo se entiende, si no, la profanación de capillas en alguna Universidad o los ataques ideológicos o verbales en público al Santo Padre?

¿Cómo se pueden entender las calumnias lanzadas en público en algunas manifestaciones callejeras a la Iglesia Católica y la justificación, so capa de progresismo baratero, del aborto libre? No. El alejamiento de la criatura de su Creador trae estas consecuencias. Dios no es negociable ni se puede jugar con Él. Él es como es: Inmutable, Misericordioso, todo Amor,…pero también infinitamente Justo.

¿Recuerdan lo que dice en el Éxodo? Veamos: ‘No tendrás otros dios fuera de mí. No te harás escultura, ni imagen alguna de nada de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, ni les darás culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los que me aborrecen en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación, pero soy misericordioso por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos’. (Ex. 20, 3-6).

¿Qué podemos decir ante la Palabra del Señor de los Señores? Su Palabra es rabiosamente actual como en los tiempos del Éxodo israelita y va dirigida a todo el género humano. En las distintas apariciones de Nuestra Señora y Madre en Lourdes, Fátima y tantos lugares de nuestro planeta, no cesa de recomendar que recemos. Y el mismo Jesucristo recomendó a la Santa María Faustina Kowalska el rezo de la Coronilla de la Divina Misericordia pidiendo al Padre que la tenga con nosotros.

JESÚS MISERICORDIOSO

¿Y qué tiene que ver esto con la pereza espiritual? Pues exactamente lo que decía al principio: los cristianos bautizados tibios o gélidos que consideran que rezar o cualquier relación con Dios es una pérdida de tiempo, están haciendo gala de la posesión de la acedía en grado superlativo.

En la medida que permitamos que la acedía entre en nuestro interior, la pereza espiritual que conlleva contribuirá a alejarnos de ese Padre que tenemos en el cielo. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su punto 2094, dice entre otras cosas: ‘Se puede pecar contra el amor de Dios de diversas maneras…La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino’. Tétrico, ¿no creen?

La acedía nos conduce a ser tibios, a enfriar nuestra relación con Dios. Eso es precisamente lo que no desea Dios de nosotros. ¿Recuerdan lo que dice el Apocalipsis? ‘Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero eres solo tibio; ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca’. (Ap. 3, 15-16). Este mensaje apocalíptico sigue también vigente.

Es también el Catecismo de la Iglesia Católica quien en el tema de las tentaciones en la oración, también nos advierte para nuestro bien: ‘Otra tentación a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. “El espíritu está pronto pero la carne es débil”. (Mt. 26, 41)’. (C.I.C. 2733).

Y esto es grave. Ya sé que nadie, o muy pocos, no desean hablar de la muerte, pero está ahí. Nadie la puede evitar y cada uno tenemos nuestro propio momento. Eso significa que cuando estemos en presencia de Dios, que ya no habrá engaños ni razonamientos falsos, veremos nuestra vida, nuestras acciones y omisiones, pero…ya no habrá vuelta atrás. Como dijo San Juan de la Cruz, “En el atardecer de la vida, seremos juzgados sobre el amor”.

Así las cosas, todos deberemos plantearnos nuestra situación personal en cuanto a la acedía se refiere y, entre otras cosas, tener en cuanta los efectos perniciosos que pueda tener para cada uno. Por ejemplo, si una de las cosas a tener en cuenta en este tipo de pereza espiritual es que alguien reconoce que va por un camino equivocado, que se desespere y eso le haga ver una falsa solución como es el ‘ya no hay nada que hacer’. Esa especie de desesperación le impediría ser objetivo y pensar en la Paternidad de Dios para cada persona, ya que Dios no desea la muerte o pérdida del pecador, sino su conversión y restablecimiento de las relaciones mutuas entre Él y la persona que sea.

‘Venid y discutamos –dice el Señor-, aunque vuestros pecados sean como escarlata, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, quedarán como la lana’. (Is. 1, 18). Pero no se queda ahí. Más adelante todavía clarifica más su misericordia con el pecador: ‘Soy yo, y sólo yo, quien por mi cuenta borro tus culpas, y dejo de recordar tus pecados’. (Is. 43, 25).

Pero es que después, cuando Jesucristo comienza su predicación, rompe los esquemas de muchas personas de su tiempo enseñándoles a llamar ‘PADRE’ a Yavéh. Y Él mismo, en su agonía en Getsemaní, es el primero en esos momentos crudos y trascendentes, ante lo que se le viene encima, clama con toda su ternura y confianza de Hombre: ‘¡Abba, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’. (Mc. 14, 36).

AGONÍA EN GETSEMANÍ.-ANDREA MANTEGNA.-RENACIMIENTO

Una vez vencida la muerte y Él resucitado y glorioso, casi a punto de volver a su Reino, no quiso dejarnos abandonados. No era su estilo. Se apareció a sus discípulos y les encargó una misión fundamental, que tiene mucho que ver con nosotros. ‘Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá’. (Jn. 20, 22-23). Esa es la gran solución para nosotros, pecadores de todos los tiempos: el Sacramento de la Reconciliación. Ahí cobra sentido de actualidad la cita anterior de Isaías 1, 18.

Ahora, tal vez más que nunca, ante los tiempos que estamos viviendo, es necesaria la oración de intercesión por la Humanidad. No tiene sentido la acedía, la pereza espiritual para dirigirnos a nuestro Padre Celestial, como hizo Abraham en su día ante Sodoma (Gen. 18, 16-33), porque a poco que nos fijemos en los signos de los tiempos, cuanto está pasando en el mundo ¿podríamos interpretarlos como avisos de Dios para que nos espabilemos y nos reconciliemos con Él quienes lo necesiten? Con echar un vistazo al Apocalipsis de San Juan debiera ser más que suficiente, ¿no les parece?

ABRAHAM INTERCEDIENDO POR SODOMA

¿Casos de acedía en la Sagrada Escritura? ¡Claro que los hay! Cuando María, la hermana de Marta y de Lázaro, ‘se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro y ungió con él los pies de Jesús’, Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a traicionar, protestó diciendo: ¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlo entre los pobres?’ (Jn. 12, 1-8). Realmente a Judas no le importaban los pobres, según se desprende de lo que sigue en el relato evangélico. En él hace acto de presencia su acedía, su fastidio y enfado por el gesto de amor de María hacia el Maestro y probablemente que no pudiese manejar él ese dinero.

En el A.T. también existen casos, por ejemplo el de Esaú despreciando, o al menos, menospreciando los derechos de la primogenitura. (Gén. 25, 29-34). He puesto solamente dos casos para no alargarme demasiado, pero existen más, y en todos ellos se presenta la acedía como oposición a la caridad o al amor a Dios.

ESAÚ VENDE SU PRIMOGENITURA A JACOB.-HENDRICK TER BRUGGHEN.-S. XVII

Realmente es triste contemplar cuántos cristianos (al menos están bautizados), en lo referente a sus deberes con Jesucristo y la Iglesia que fundó para nuestro bien, ignoran la existencia de unas prácticas cristianas, de un Decálogo en que se encierra una Ley Moral que todos llevamos impresa en nuestro interior, la necesidad de comunicación con el Supremo Hacedor a través de la oración, de la meditación de la Lectio Divina,…

Y en muchas ocasiones consideran que todo eso es una pérdida de tiempo que no lleva a ninguna parte. Pero cuando tienen una necesidad, un problema, una enfermedad por ejemplo, acuden a Él y se atreven a pedirle cosas a cambio de otras: ‘Si Tú me solucionas esto yo a cambio te prometo …, o daré limosna a …’ Por favor. Seamos serios. Con Dios no se juega. Él nos quiere muchísimo más que todo eso y si nos conviene nos lo da gratuitamente. Solamente nos pide que le queramos. Que le tengamos en cuenta.

¿Cuánta soledad podrá encontrar Jesús en el Sagrario sin que nadie acuda a visitarle? ¿Cuántas personas acuden a la Misa dominical y no se molestan en una mínima genuflexión ante el Sagrario o en arrodillarse en el momento de la Consagración? ¡Y es el momento clave en que la Palabra con la que se creó el universo, la Persona que murió tras amarga y cruenta Pasión para resucitar después, se hace presente realmente ante nosotros! ¿Ignorancia? ¿Desidia? ¿Pereza? No sé, pero como mínimo, pienso que es una falta de consideración con el Señor.


Pienso que eso no le gustará nada en absoluto a Dios. Y hay que buscar un remedio a esas actitudes. Un modo de vencerlas. Y ese remedio es una virtud llamada diligencia. De ella hablaremos la próxima entrada y pondremos punto final a este tema.

Que Jesucristo, realmente presente en todos los Sagrarios del mundo, y su excelsa Madre Ntra. Sra.de Einsiedeln, nos guarden y bendigan.


miércoles, 7 de marzo de 2012

La pereza (I)

OCIOSIDAD Y VIDA DISIPADA.-WILLIAM HOGARTH.-S. XVIII

Todos estamos acostumbrados a oír hablar de la pereza. Incluso es posible que en algunas ocasiones nos hayamos encontrado con un estado de ánimo en el no teníamos un ápice de ganas para hacer algo que debíamos. Y nos sentábamos tranquilamente esperando un no sé qué.

Hasta que en ese marco de ociosidad abúlica oíamos, sin pretenderlo, una vocecita interior a la que llamamos conciencia, que nos lo ponía muy crudo: ‘Muchacho, muchacha, ¡qué bien estás!, ¿verdad? Pero ¿y ese trabajo que te está esperando? ¿Y ese tema que debes estudiar y prepararlo como tú sabes que puedes y DEBES hacer? ¡Venga! ¡Arriba! ¡Levántate y sacude esa pereza que te está dominando! ¡Demuestra que tú puedes más que tu pereza!’.

Y sí. A veces (otras no, y eso entra dentro de nuestra condición humana), le hacemos caso. Sacudimos esa galbana que amodorra nuestro espíritu, nuestra capacidad de respuesta ante el deber y nos ponemos mano a la obra.

Si esto nos pasa en ocasiones aisladas y no hacemos caso de esa tendencia, no pasa nada porque estaríamos en el campo de la tentación y mientras no caigamos en ella debemos estar tranquilos. Pero si esto se presenta con frecuencia y nos dejamos llevar de esa tendencia a la holgazanería, hasta el extremo de entorpecer nuestra actividad habitual, llegando incluso a perjudicar a otras personas por nuestra pasividad, podríamos llegar al pecado. Incluso al mortal, porque estaríamos faltando a la caridad.

Es obvio que en nuestro quehacer cotidiano pueden presentarse las mil y una situaciones que nos pueden invitar a la dejadez, negligencia, desidia, desinterés, flojedad de espíritu o llamémosle como queramos, pero que en definitiva no beneficia absolutamente en nada nuestra vida cristiana. Y, en definitiva, es ésta la que nos debe preocupar.

LA PEREZA.-JACOB MATHAM.-S. XVI - XVII

Pero ¿qué es ser perezoso? Bueno. Estoy seguro que cada uno de ustedes daría una definición y, además, certera, porque todos conocemos algún que otro caso. El Libro de los Proverbios nos hace una fotografía muy clara de los resultados de la vida del perezoso: ‘Pasé junto al campo del perezoso y junto a la viña del insensato. Y todo eran cardos y ortigas que cubrían su suelo, la cerca de piedra estaba derruida. Al ver aquello me puse a pensar; contemplé y saqué esta lección: duermes un rato, un rato te amodorras, cruzas los brazos y a descansar; y te viene la miseria como un ladrón, y la indigencia como un salteador’. (Prov. 24, 30-34).

Ciertamente que todos tenemos unas obligaciones inherentes a nuestro ‘ser humano’. Como componentes de una sociedad, de una familia, de una profesión y de cada una de las facetas de nuestra existencia, tenemos unos deberes, unos derechos, unas obligaciones que nos comprometen a desarrollarlos y además lo mejor que podamos y sepamos.

Dentro de estos aspectos nos tropezamos con que debemos estar al día en todas las facetas del campo en el que nos desarrollemos, y eso implica bien la realización de cursos posgrado o de perfeccionamiento, bien la lectura de libros o artículos de revistas especializadas en la materia en la que trabajemos.

LA PEREZA.-EL BOSCO.-GÓTICO

Esto parece lógico en el ambiente profesional, pero es que en la familia, por ejemplo, también cabe decir lo mismo, porque para educar unos hijos, para el trato con el cónyuge respectivo, ¿seguro que lo sabemos todo? ¿Todo lo conocemos y lo aplicamos? Y si nos referimos desde el punto de vista cristiano que es el que mayor nos compromete a nosotros, entramos en el aspecto de la profundización en la fe personal como respuesta a lo que Dios espera de nosotros como ejemplos vivos para otras personas, a pesar de los defectos y fallos que podamos tener, ya que en definitiva es la trayectoria de la vida lo realmente importante.

Fallos, incluso pecados, todos tenemos porque no somos ángeles precisamente y si como dice el Libro de los Proverbios ‘el justo, aunque siete veces caiga, se levanta otras tantas’ (Prov. 24, 16), está claro que lo importante es levantarse. Y en eso se suelen fijar mucho las personas de nuestros ambientes.

PEREGRINO A LA PUERTA DE LA OCIOSIDAD.-
EDWARD BURNE JONES.-PRERRAFAELISMO

¿A dónde voy a parar? A que todos debemos ‘ser perfectos como nuestro Padre Celestial’ (Mt. 5, 48) en todos los aspectos personales y conseguirlo nos puede suponer algún sacrificio o renunciar a algo. Y no siempre estamos dispuestos. Cuando renunciamos a nuestro deber en lo que compete a la sociedad que pertenecemos, a lo concerniente a nuestro trabajo o familia, como anteriormente citaba, podemos entrar en el campo de la pereza. Y ese ya es un terreno peligroso, pues según el grado de nuestra inhibición, podríamos caer en la levedad o gravedad de ese pecado capital.

Pero es que caer en la pereza puede conllevar la aparición de unos efectos secundarios. Como una especie de efectos que podrían aparecer y complicar aún más nuestra vida cristiana. Por ejemplo, la ociosidad, que impele a huir de todo lo que suponga trabajo, esfuerzo y sacrificio. Solamente se siente apego y cariño por la comodidad, que en principio está bien, pero no lo es todo.

También puede impulsar a que nuestras conversaciones deriven al terreno del chismorreo, a querer enterarnos de la vida y milagros de otras personas, incluso dando la opinión de lo que ‘TIENEN que hacer y de cómo TIENEN que hacerlo’, como si fuesen sabios perfectos. ¿No estarían faltando (o pecando) contra la caridad?

¿Qué decir de esas personas que por una personalidad lacia, débil, tienen frecuentes variaciones de carácter que les llevan a querer hacer alguna cosa, a emprender un proyecto, para después abandonarlo al aparecer los primeros problemas o dificultades que toda obra conlleva, por su falta de decisión o pereza para buscar las posibles soluciones que puedan existir? Pero claro, eso supone trabajo, dedicación, esfuerzo, competencia, valentía y decisión,…a lo que les cuesta llevar lo mejor de sí mismos, de nuestros valores humanos y cristianos de los que todos somos portadores para ponerlo al servicio de la empresa.

Ante el esfuerzo que debe hacerse ante cualquier trabajo se impone la holgazanería o la negligencia que vienen a estropear la conducta de cualquier persona. ‘Otro extremo contrario es el de los regalados, que, so color de discreción, hurtan el cuerpo a los trabajos, el cual, aunque en todo género de personas es muy dañoso, mucho más lo es en los que comienzan, porque (…) siendo aún nuevo y mozo comienza a tratarse y regalarse como viejo’. (SAN PEDRO DE ALCÁNTARA. Tratado de la oración y meditación). También tiene mucho tino y conocimiento de este tipo de personas, ¿no?

Me parece que todos estaremos de acuerdo en que la vida que tenemos y desarrollamos exige un esfuerzo diario y una capacidad de superación permanente ante cualquier circunstancia u ocasión para actuar según proceda en cada caso.

JOVEN DECADENTE.-
RAMÓN CASAS.-MODERNISMO

Tendremos que analizar, razonar lo más conveniente para inmediatamente poner manos a la obra sin dejar espacio a la molicie. Si no se es capaz de asumir este reto, este costo de nuestro trabajo, si voluntariamente dejamos de conocer el camino a seguir para conseguir llegar a la meta que en teoría se busca, acaso estaríamos transformando la vida en un vacío que sin darnos cuenta nos podría impulsar a una angustia que ahogaría nuestras expectativas.

¿Y en la vida espiritual? También. También se da. En muchísimas ocasiones estamos tan embebidos en nuestros quehaceres mundanos que apenas nos damos cuenta que nuestra relación con Dios está ausente o ínfimamente valorada. ‘Es que Dios nada tiene que ver con este asunto que estoy llevando’, dirían algunas personas. Pero San Pablo tiene la respuesta precisa: ‘Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios’. (I Cor. 10, 31). Eso, para el cristiano, es irrefutable.

Soy de la opinión de que San Juan de la Cruz se refiere a esto cuando dice: ‘El alma que ama a Dios de veras no deja por pereza de hacer lo que puede para encontrar al Hijo de Dios, su Amado. Y después que ha hecho todo lo que puede, no se queda satisfecha y piensa que no ha hecho nada’. (Cántico Espiritual).

INCUNABLE DEL CÁNTICO ESPIRITUAL

Es que un cristiano que desee esa unión íntima con el Creador, siempre le parece poco cuanto haga para hacer Su voluntad. Y en ese sentido la pereza no tiene cabida en nuestra relación con Él.

Toda nuestra existencia debe estar envuelta en la relación con nuestro Creador. Él nos ha dado unos talentos, unos dones, unos carismas, con los que desarrollamos nuestra actividad personal y con ellos debemos aprovechar nuestra actividad, del tipo que sea, para mayor gloria Suya y para que su Reino se haga presente a través de nosotros con nuestro propio testimonio. Con palabras, también, pero cuando sean necesarias. Nuestra vida y actuaciones diversas deben ser espejos a través de los cuales reflejemos el rostro de Dios.

¿Recuerdan la actitud del siervo miedoso y pusilánime cuando rinde cuentas a su señor del talento que le encomendó? San Mateo nos dice la respuesta de su señor cuando le pide cuentas:

PARÁBOLA DE LOS TALENTOS.-LUCAS VAN DOETECHUM.-S. XVI

‘Respondióle su amo: Siervo malo y haragán. Con que sabías que yo quiero cosechar donde no sembré y recoger donde no esparcí? Pues debías haber entregado mi dinero a los banqueros para que a mi vuelta recibiese lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez, porque al que tiene, se le dará y abundará; pero a quien no tiene aun lo que tiene se le quitará y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes’. (Mt. 25, 26-30).

San Beda el Venerable, Doctor de la Iglesia del siglo VIII, dice en este sentido: ‘Colocar el talento en un sudario es lo mismo que sepultar lo dones recibidos bajo la capa de la pereza’. (Catena Áurea).

De momento vamos a dejar aquí el tema porque la próxima entrada seguiré con éste, apenas iniciado, que tiene mucho que ver con otro tipo de pereza: la espiritual.
Que Jesús, para cuya vivencia de su Pasión y muerte nos estamos preparando en este tiempo de Cuaresma, y nuestra Señora de los Ángeles nos bendigan