viernes, 22 de junio de 2012

El Credo (IV): Concebido por obra el Espíritu Santo

ANUNCIACIÓN.-Francesco Albani.-CLASICISMO
Los cristianos católicos tenemos muchísimas ocasiones a lo largo del Año Litúrgico para meditar en los misterios que encierran la concepción de Jesucristo en el vientre purísimo de María de Nazaret, de darlo a luz conservando íntegra su pureza y virginidad, sin intervención de varón. Fue obra total del Espíritu Santo. Dios actuó según tenía previsto en sus planes desde la eternidad.

La ‘plenitud de los tiempos’ había llegado y el mensajero divino hizo acto de presencia en una humilde casa de Nazaret para anunciarle que ‘vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin’. (Lc. 1, 26-38).

Cualquier mujer, en sus mismas circunstancias, hubiese tenido las mismas dudas. ‘¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?’  A fuerza de leer, meditar o escuchar este fragmento, es posible que lo encontremos muy natural y lo aceptemos en función de nuestra fe en los Evangelios y en el Magisterio de la Iglesia, pero a poco que lo analicemos tendremos que convenir que no sería fácil para la Virgen ese momento. 

ANUNCIACIÓN.-Gillis de Coingnet.-RENACIMIENTO

Probablemente se daría cuenta inmediata de que ‘aquello’ era obra de Yavéh. Y, lógicamente, ‘se turbó’. Pero mantuvo el tipo. Supo ESCUCHAR el mensaje que le llevaban. La explicación que le dio el mensajero la tranquilizó: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios’. ¿Era totalmente consciente de lo que realmente se le pedía? Posiblemente no, pero la noticia sobre Isabel, su prima, y el remate del ángel ‘porque ninguna cosa es imposible para Dios’, la hizo abandonarse en manos de Dios y confiar en Él. A partir de ese momento comenzó a asimilar lo que se le pedía.

Pero hay un detalle que merece ser mencionado. Dios estaba seguro de la respuesta de María, pero quiso contar con LA LIBERTAD PERSONAL que tenía, como cualquier persona, para aceptar o rechazar la propuesta. Y no quedó defraudado. A partir de ese momento solamente cabía una respuesta: ‘Dijo María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’. Así de sencillo, ¿verdad? Bueno, pues… no creo que lo fuese tanto.  

ANUNCIACIÓN.-EDWARD A. FELLOWES.-S. XIX

Después de marcharse el ángel María quedó sola con sus pensamientos. Estaban sus padres, José,… ¿cómo iba a contarles todo esto? Pero siguió confiando. Muchos ríos de tinta han corrido para escribir sobre la Fe de esta mujer. Mucha saliva se ha consumido explicándola en homilías, en retiros espirituales, en Ejercicios Espirituales, en Cursos de Sagradas Escrituras…Pero es que era evidente que la tuvo y que así lo demostró a través de su confianza en Adonai, el Dios de Israel que tiene el poder y la autoridad, y que comunica su voluntad a cuantos están predispuestos obedecerle. Y María así lo hizo.

SUEÑO DE JOSÉ.-Domenico Guidi.-BARROCO
El Espíritu Santo continuó su trabajo. Sabemos positivamente cierto que se encargó de explicar a José lo sucedido y el trascendental papel que él iba a tener, a través de sueños, según nos relatan los Evangelios. Y supo aceptarlo, asumirlo y ser consecuente. El mismo Dios supo agradecérselo con creces. ¡Vivir junto a Él unos cuantos años, verlo crecer, alimentarlo, educarlo,…! Y morir junto a Él.

MUERTE DE SAN JOSÉ.-FRANCISCO DE GOYA.-ROMANTICISMO
Pues sí. Todo eso es lo que creemos cuando en el Credo decimos que Jesús fue concebido por el Espíritu Santo. También lo es aceptar que Él es el motor de la Iglesia, que la sostiene y la protege de todas las insidias y las persecuciones, más o menos solapadas, que está teniendo. Su actuación fue la promesa de Jesús Resucitado antes de partir a su Reino. Pentecostés fue el cumplimiento de la promesa y cada vez que la Liturgia eclesial celebra ese acontecimiento, está celebrando en cumpleaños de la Iglesia, puesto que en ese momento nació.

Todo en función de aquel bienaventurado ‘SÍ’ en un lugar y una fecha concreta, a través de la disponibilidad de ‘una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María’.

DESPOSORIOS DE LA VIRGEN.-CRISTÓBAL DE VILLALPANDO.-ARTE COLONIAL.-S. XVII
Y nosotros, miembros de la Iglesia militante, somos sus continuadores con nuestro ‘SÍ’ diario en el camino que vamos trazando en la familia, el trabajo, los momentos de ocio y diversión, en la oración, en nuestras Eucaristías, en nuestro abandono en los brazos de la Virgen, nuestra Madre, con la mirada puesta en Jesús, nuestro Maestro y Redentor.

Rezar el Credo no debe ser algo sin importancia. Ni tampoco debe ser una rutina memorística que vamos recitando sin saber qué estamos diciendo, sin conocer la profundidad que contienen los Misterios de esa oración. Cada vez que lo rezamos es como si estuviésemos haciendo una reválida de nuestro cristianismo. Como si renovásemos los motivos de nuestra credibilidad en la Santísima Trinidad. Como si actualizáramos las razones de nuestro Bautismo y de la posterior Confirmación. Como si estuviésemos proclamando a los cuatro vientos nuestro orgullo y alegría de ser seguidores incondicionales de Cristo a través de la Iglesia.


Continuaremos desmenuzando estas Verdades de su contenido. Que la Santísima Trinidad y Nuestra Señora de las Lajas nos bendigan y protejan.

lunes, 4 de junio de 2012

El Credo III: Creo en Nuestro Señor Jesucristo

CRISTO REY.-ICONO
Pues todo eso que decíamos finalizando la entrada anterior, y bastantes cosas más, es lo que manifestamos al pronunciar esas doce palabras iniciales del Credo. La segunda parte se dedica a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el ‘Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho…’ Así dice el Credo que suele rezarse en las Eucaristías dominicales.

   San Juan nos hace una preciosa presentación del Hijo de Dios al principio de su Evangelio: ‘Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron’. (Jn. 1, 1-5).
 
Señores. Hay que descubrirse ante San Juan, caramba. ¡Qué finura en la presentación de Jesús, Dios y Hombre verdadero! Es para una calificación de ‘sobresaliente summa cum laude’ .Claro que…el Espíritu lo inspiró, lo cual no resta mérito alguno al apóstol, que hizo lo que le correspondía. ¡Y de qué manera!

Todo cuanto dice es parte de lo que proclamamos en el Credo. Lo que ya no tengo tan claro es que todos cuantos rezamos esta oración, empezando por mí mismo, seamos conscientes de lo que estamos diciendo, porque en ocasiones lo decimos de forma automática, ya que como estamos tan seguros de nosotros mismos y como ya ‘nos lo sabemos de memoria…’.

Esta presentación nos descubre que Jesús es el Cristo. El Ungido como Sacerdote, Profeta y Rey. Es la Palabra con la cual fue hecha la Creación. Es el Logos. Confesar que creemos en Jesucristo es confesar y asumir que lo aceptamos como Redentor y Salvador de la Humanidad del pecado y, por tanto, de cada uno de nosotros. Y también es aceptar que la Obra fundada por Él, la Iglesia, es  continuadora de su misión. Y, por extensión, aceptamos también que su Vicario y representante es el Papa, sucesor directo de Pedro, por lo que su autoridad le viene dada por el mismo Jesucristo.

DA LAS LLAVES A PEDRO.-PERUGINO.-RENACIMIENTO
La fundamentación evangélica de esta afirmación la encontramos en Mateo: ‘Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

 Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.  Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo’. (Mt. 16, 13-20). 

Está tan claro que no admite duda ni discusión alguna. ¡Cuántas personas poderosas (emperadores, reyes, políticos, etc.) han pretendido perseguir, acosar y hacer desaparecer la Iglesia! Han conseguido lo contrario. Desde el imperio romano con sus terribles persecuciones. Esos emperadores, con todo su poder, han desaparecido así como sus imperios. La Iglesia, con su Cabeza al frente, Jesús de Nazaret, sigue viva y actual.  Los centenares de mártires de hoy y miles de ellos en la Historia de la Iglesia en todos los continentes son testigos de ello.

   Intentar cuestionar, combatir o rebatir la autoridad del Papa o al Papa mismo como representante de Jesucristo en la tierra, como muchos están intentando hacer, es intentar cuestionar, combatir o rebatir  al  mismo Jesucristo. Y eso es inútil. 

 PABLO ANTE AGRIPA

Para estas personas es aplicable lo que el mismo Jesús dijo a Saulo, según él mismo refiere cuando el Rey Agripa le invita a defenderse de las acusaciones de los judíos: ‘Iba hacia Damasco con plenos poderes y comisión de los sumos sacerdotes; y al medio día, yendo de camino vi, oh rey, una luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor. Caímos todos a tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón. Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo el Señor: Yo soy Jesús a quien tú persigues’. (Act. 26, 13-15).

 Esta expresión de dar coces contra el aguijón todos conocemos que se aplica a casos contra los que no se puede luchar porque se lleva todas las de perder. ¿Quién puede luchar contra Dios? Según he estudiado, solamente hubo uno, Luzbel, liderando unos ángeles rebeldes. El resultado lo conocemos de sobra. El infierno fue creado para él y sus seguidores para toda la eternidad. El Arcángel San Miguel fue testigo y protagonista directísimo de ello. (Ver Apocalipsis 12, 7-9)

APOCALIPSIS 12, 7-9.-GUERRA EN EL CIELO
Existen dos testimonios fundamentales sobre Jesucristo como Hijo Único de Dios. Y los dos corresponden al Padre Eterno. El primero de ellos lo situamos en el río Jordán. Juan bautizaba y animaba a la conversión. De repente se encuentra allí a su primo Jesús para que lo bautice. La sorpresa me imagino que sería mayúscula, pero es lo que convenía hacer, según le  comunicó. Es al finalizar cuando se produce el testimonio que Dios Padre da: ‘Bautizado Jesús, salió del agua. Y he aquí que vio abrírsele los cielos y al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre Él, mientras una voz del cielo decía: -Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mis complacencias’. (Mt. 3, 16-17). Los tres sinópticos coinciden en lo fundamental de este mensaje, incluso casi con las mismas palabras.

   El segundo se produce ante tres testigos: Pedro, Santiago y su hermano Juan.

 TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS EN EL TABOR.-Giovanni Bellini.-RENACIMIENTO

 Los llevó a un monte, el Tabor, y allí el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén’. Pero lo fundamental vino después: ‘Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle’. (Lc. 9, 28-36). Nuevamente el Creador deja constancia de quién es Jesús de Nazaret, sólo que ahora añade una recomendación en imperativo: ‘Escuchadle’. Y eso hoy…hay poca gente que lo haga.

 Melitón de Sardes, obispo y santo , es uno de los Padres de la Iglesia del siglo II. Fue Obispo de la ciudad de Sardes cerca de Esmirna en Asia Menor. Fíjense en cómo enfocó la figura de Jesucristo: ‘Este es quien cargó sobre sí los dolores de todos. He aquí el que fue muerto en Abel, atado en Isaac, exiliado en Jacob, vendido en José. He aquí el que fue expuesto a las aguas en Moisés e inmolado en el cordero.  Este es el que se encarnó en el seno de la Virgen, el que fue clavado en la cruz y sepultado en la tierra, el que resucitó de entre los muertos y subió a lo alto de los cielos. Él es el cordero que no abre su boca, el cordero inmolado, el cordero que nació de María, cordera sin mancha. Él resucitó de entre los muertos y resucita al hombre de la profundidad del sepulcro’.

¿Puede hacerse una semblanza de la figura del Salvador con tanto contenido y en menos palabras? Personalmente no me atrevo, porque Él es el Señor. Es Nuestro Señor, como dice el Credo: ‘Creo en Jesucristo, su único Hijo, NUESTRO SEÑOR’, ‘ante cuyo nombre se doble toda rodilla’ (Fil. 2, 10), como cita San Pablo.

ADORACION DEL NOMBRE DE JESÚS.-EL GRECO.-MANIERISMO
Es ésta una expresión muy poco usada hoy, porque somos muy pocos los que lo aceptamos como tal. Pero como en tiempos de Jesús, también existen hoy en la Iglesia los anawin, los pobres de Dios que a pesar del desarrollo social y económico que existe (aunque no en todas partes, por desgracia), seguimos teniendo nuestra fe y esperanza en Él, como Señor y Creador de todo. Este es a quien ‘Dios ha constituido como Señor y Mesías’ (Hech. 2, 36)

Es ésta una expresión en la que manifestamos un espíritu comunitario al reconocerlo como Señor NUESTRO, que nos une y acoge en un solo Cuerpo. En ella nos sentimos unidos en el mismo Espíritu que engendró a Jesús en el vientre de la Virgen, que lo asistió en su vida pública, que nos impulsa a nosotros en el quehacer de cada día, como parte de la Iglesia que Él fundó, porque ‘en Él vivimos, nos movemos y existimos’ (Hech. 17, 28) y, por tanto, lo sentimos tan cercano a nosotros que podríamos decir con toda tranquilidad lo mismo que San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse  en ti».
 
  Hay personas y entidades, más o menos notables o significativas, que esto se lo toman a risa, como algo superado. 

 TSUNAMI EN UNA ISLA DE SUMATRA

No estaría de más que observasen los signos de los tiempos. Desastres naturales, tragedias nucleares y un largo etcétera, son avisos algo serios para la Humanidad. Los mensajes que la Virgen ha ido dando parece que caen en tierra seca, baldía, pero Nuestro Señor, continúa estando pendiente de todos cuantos quieran volverse a Él para recibirlos con los brazos abiertos. No en vano es el Padre de la Misericordia y ‘su trono es trono para siempre’ (Heb. 1, 8).

Me parece que no está de más recordar lo que el mismo Cristo nos dijo en los Evangelios de sí mismo: ‘Todas las cosas las ha puesto el Padre en mis manos’ (Mt. 11, 27). Y en San Juan también podemos leer: ‘Mi Padre sigue obrando y yo con Él’ (Jn.5, 17).

  Por nuestra parte solamente podríamos dirigirnos a Él como indica el Apocalipsis: ‘Ven, Señor Jesús’ (Ap.22, 20).

Seguiremos profundizando. Que Nuestro Señor Jesucristo, Señor y Mesías, y Nuestra Señora la Virgen de la Pampa, nos bendigan.



sábado, 19 de mayo de 2012

El Credo (II)

ICONO CONMEMORATIVO DEL PRIMER CONCILIO DE NICEA
Efectivamente, vamos a seguir profundizando en este tema. Pensando en él me planteé otra cuestión. Para cualquiera de nosotros puede ser fácil orar o recitar el Credo, pero, ¿siempre ha existido esa oración? Tenemos claro que el ‘Padre nuestro’  nos lo enseñó el mismo Jesucristo, (‘Así, pues, habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos,…’ Mt. 6, 9-13 y Lc. 11, 2-4), pero, ¿y el Credo? Personalmente tengo claro que si la Santísima Trinidad es el eje, el ‘leit motiv’ de su contenido, es ahí por donde se debe buscar su origen.

Jesucristo nos mostró al Padre (Felipe, uno de los doce apóstoles, dirigiéndose a Cristo, le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta»; Jesús le respondió: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre». Jn. 14, 8-9) y dejó muy claro: Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya. Porque si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere os lo enviaré’. (Jn. 16, 7), con lo cual manifiesta la Trinidad de Dios en su Unicidad.

Luego el Credo, siendo el resumen de las principales verdades que debemos creer, había que buscar una forma breve, verdadera, real para que los cristianos la pudieran manifestar, tanto los catecúmenos que se preparaban para recibir el Bautismo en la Iglesia primitiva como la generalidad de los cristianos para manifestar aquello en lo que creían, guardando fidelidad a las enseñanzas del Redentor.

Eso quiere decir que si Él es la Palabra, el Logos, las verdades que contiene están  reveladas por el mismo Dios. Los apóstoles elaboraron la redacción de esta oración y se escribió bajo la inspiración del Espíritu Santo, de la misma manera que quienes escribieron los textos del Antiguo Testamento fueron los instrumentos, ya que el Autor verdadero era y es el mismo Dios.

Así nació el primer Credo, llamado ‘símbolo de los Apóstoles’, porque es lógico pensar que fue en su tiempo cuando se elaboró y ellos, según lo que habían visto y oído a su Maestro, revisarían su redacción contenido de manera que coincidiese con lo que Jesús les enseñó, si bien al principio sería más breve.

Así ha llegado hasta nosotros sin cambiar lo fundamental de su contenido. Otra cosa es la redacción que se le ha venido dando a lo largo de los siglos transcurridos, el enriquecimiento que se le ha dado al desarrollar alguna de sus partes.

CONCILIO DE NICEA.-EL HEREJE ARRIO YACE EN UNA FOSA
 Por ejemplo. En el siglo IV, un presbítero de Alejandría llamado Arrio se enfrentó a su obispo diciendo que Jesucristo no era Dios mismo porque era una creación de Dios, lo cual era a todas luces una herejía, conocida como ‘arrianismo’. Hubo que dar una respuesta y el Magisterio de la Iglesia se manifestó en el Concilio Universal reunido en la ciudad de Nicea, en el Asia Menor (hoy llamada Iznik, en la actual Turquía), y en el cual se definió la doctrina de la consustancialidad y se condenaba la mencionada herejía.
 
Joseph Ratzinger, actualmente nuestro Santo Padre Benedicto XVI, escribió al principio de su libro La Eucaristía centro de la vida’: ‘El Credo niceno es, como todos los grandes Símbolos de la fe en la antigua Iglesia, desde sus propios cimientos una confesión del Dios trinitario. Su contenido esencial es una afirmación del Dios vivo como Señor nuestro, del cual procede nuestra vida y hacia el cual ella misma revierte’. (Capítulo primero: ‘Dios está con nosotros y entre nosotros’

En este Concilio se hizo profesión expresa de fe en la divinidad del Salvador quedando así redactado: ‘Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado: de la misma naturaleza que el Padre, …’. ¿Les suena de algo esta redacción? Pues así es. En la Misa se reza muchísimas veces el Credo con esta forma del Concilio de Nicea, adaptada a los giros lingüísticos de la actualidad.

No es éste el único caso. No olvidemos que la Iglesia ha ido formándose con el paso de los años y según las circunstancias lo aconsejaban o se creía conveniente, se daban orientaciones o normas en las que se hacía presente la Iglesia, Madre y Maestra, como dijo el recordado Papa Juan XXIII, y como puede comprobarse en la Historia de la Iglesia.
  Primer Concilio de Constantinopla.- Iglesia de Stavropoleos.-Bucarest, Rumania
Unos años después de Nicea, un tal Macedonio de Constantinopla, negaba que el Espíritu Santo fuese Dios como el Padre y el Hijo. También hubo que pararle los pies y aclarar las cosas. Esta vez fue la ciudad de Constantinopla la que acogió el siguiente Concilio Universal. En él se reafirmó el Credo niceno y se introdujo en esta oración la consustancialidad del Espíritu Santo con el Padre y con el Hijo, con estas palabras referidas al Paráclito: ‘Señor y vivificador; que procede del Padre y del Hijo; que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y conglorificado’.
  
Llegamos a un momento en el que creo conveniente, si no necesario, ver una cosa fundamental desde mi punto de vista. Verán ustedes.

Supongo que ya se habrán dado cuenta que cada cosa que escribo tiene una fundamentación bíblica. Y no puede ser menos. Si el protagonista de ambos blogs es Jesucristo, Hijo Único de Dios, que es la Palabra, el Logos, hay que fundamentarse en Él.

El tema que nos ocupa (que tendrá varias entradas, Dios mediante), el CREDO, no podía ni debía ser menos, claro. Y puse manos a la obra para buscar textos bíblicos, especialmente en el Nuevo Testamento, que apoyasen cuanto dice su contenido. También he consultado diversos autores que en algunos casos me han marcado una pauta o guía a seguir y de los que he aprendido muchas cosas. No en vano tienen unos conocimientos bastante más profundos que los míos.

Sí. Por muchos años que tengamos, por mucho bagaje cultural, religioso, espiritual que tengamos, siempre hay que estar abiertos al aprendizaje de cualquier cosa, especialmente si nos sirve para nuestro progreso como cristianos.

Además. Si tenemos en cuenta que estamos tratando con temas referidos a la Santísima Trinidad, los conocimientos son inabarcables, como inabarcable es Dios. No obstante, Él se deja descubrir por nosotros, especialmente cuando vamos con un corazón puro, un alma limpia y la sencillez  de la humildad de María, la Madre.

Es curioso, pero como decíamos anteriormente, la primera palabra que tiene, CREO, tiene una relación directísima con la Fe. Nos fiamos de Dios que se manifiesta a lo largo de la Historia y se hace Historia en cada uno de nosotros al hacernos sus colaboradores, sus instrumentos, en lo que quiere y cuando quiere, siempre que somos capaces de abrirnos a cumplir su voluntad poniéndonos incondicionalmente a su disposición. Sin reservas ni condiciones. 

Abraham, nuestro padre en la fe, así lo hizo. Moisés, adalid de Yavéh para sacar de la esclavitud a su pueblo de la tiranía del Faraón, también lo hizo así. Jesús de Nazaret también se puso a disposición del Padre para nuestra Redención y sacarnos de la esclavitud del pecado.

ALEGORÍA DE LA FE.-TIZIANO.-RENACIMIENTO
 Cuando empezamos a decir ‘creo’ ponemos nuestra fe en que cuanto dice es doctrina revelada por Dios y el CREDO, por tanto, es infalible. Aceptamos que todo cuanto dice es cierto y eso significa que nos ponemos a disposición de Dios al cual aceptamos en nuestra vida, aunque jamás le hayamos visto con nuestros ojos carnales. (‘Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y al Padre no lo conoce nadie más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.-Mt. 11, 27). Aunque con los ojos de fe lo tengamos presente y lo hagamos el eje y motor de nuestra existencia.

Jesucristo ya nos plantea este tema a través de San Juan: ‘No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí’. (Jn. 14, 1). A estas alturas, en pleno siglo XXI, ya tenemos elementos de juicio más que suficientes para creer en Jesús de Nazaret, vencedor absoluto de la muerte y Señor de la Vida.

San Pablo insiste en este punto en su carta a los cristianos de Roma: ‘En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Que la palabra está cerca de ti; en tu boca y en tu corazón. Pues bien. Esta es la palabra que nosotros anunciamos. Porque si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás. En efecto. Cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación. Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en Él su confianza no quedará defraudado’. (Rom. 10, 8-11).

Cada uno podrá pensar lo que quiera, pero si no nos queremos ‘defraudar’, como dice el apóstol, hemos de asumir el contenido del Credo de forma plena, vital, absoluta y hacerlo Vida en nuestra vida.

Esta oración o manifestación básica de nuestra fe continúa desarrollando las Verdades (así, con mayúscula), centrándolas en las Personas Trinitarias.

BODAS DEL CORDERO.-APOCALIPSIS
 En primer lugar manifiesta nuestra creencia en el Padre: CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO. Y lo hace de una manera personal: CREO, porque soy yo desde mi interior, desde mi corazón, desde mi fe, quien confiesa que Dios es realmente mi Padre y que asumo cuanto digo como cosa propia dentro de mi filiación como cristiano, como dice Pedro: ‘…que vuestra fe y vuestra esperanza descansan en Dios’. (1 Pe. 1, 21). Y San Juan también nos dice: ‘Oí luego algo así como la voz de una inmensa muchedumbre, como la voz de aguas caudalosas, como la voz de truenos fragorosos. Y decían: ¡Aleluya! El Señor Dios nuestro, el todopoderoso, ha comenzado a reinar. Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero. Está engalanada la esposa, vestida de lino puro, brillante. El lino que representa las buenas acciones de los creyentes’ (Ap. 19, 6-8).

No tiene, pues, ningún sentido que cuando en una ceremonia religiosa el sacerdote pregunta a la Asamblea ‘Creéis en Dios Padre Todopoderoso…’, se responda ‘Sí, creeMOS’., porque yo puedo decir y manifestar lo que yo creo, pero lo que otros creen, aun sabiendo que todos somos cristianos, es cosa personal de cada uno.  San Juan pone la rúbrica cuando dice: ‘Y la vida eterna consiste en esto: en que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado’. (Jn. 17, 3).
                                                                                                                                                                                                                                                             Dando un paso más, empezamos a desgranar todo aquello que a lo largo de los siglos ha dado lugar a esta síntesis de nuestras creencias.

Y el primer lugar es para el Padre. ¿Alguien se habrá parado a pensar en lo que encierran esas doce primeras palabras? Sí. Una docenita, pero ¡cuánto valor encierra su contenido! Decimos que creemos en Él y lo demostramos manifestando que es el Autor de todo, del cielo y de la tierra, como Señor, Padre y Origen de cuanto abarca el Universo. ‘Al principio creó Dios el cielo y la tierra’. (Gen. 1, 1). Él, con su sabiduría y Amor, nos ha puesto a nosotros, el género humano, como destinatarios de su obra creadora, dándonos con ello la mayor dignidad con que jamás nos hubiésemos atrevido a soñar, dotándonos de inteligencia, voluntad y libertad. ¿Somos plenamente conscientes de lo que estamos diciendo?

Decir que ‘creemos en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra’, equivale a decir que aceptamos, asumimos y proclamamos su perfección infinita, su justicia infinita, su santidad infinita. Su eternidad e inmutabilidad infinitas. Es ser conscientes de que aceptamos al Padre tal como es, con su Omnisciencia, Omnipresencia y Omnipotencia, aunque nosotros, pobres mortales, no podamos llegar a lo más mínimo de la realidad de su Ser. Otra cosa es que, como veremos al final, cuando estemos en su Reino por un acto de su infinita misericordia, podamos contemplarle cara a cara y adorarle con absoluta perfección, superada ya nuestras barreras humanas de este mundo en que estamos viviendo.

SANTÍSIMA TRINIDAD.-BECCAFUMI.-MANIERISMO
Esa es la razón de tributarle el culto de Latría, debido únicamente a Dios, Uno y Trino, como iremos viendo.

Desde los albores del cristianismo, una jovencísima Iglesia ya decía (y nos sigue diciendo) referido a Dios: ‘Cristo estaba presente en la mente de Dios antes de que el mundo fuese creado, y se ha manifestado al final de los tiempos para vuestro bien, para que por medio de él creáis en el Dios que lo resucitó de entre los muertos y lo colmó de gloria. De esa forma, vuestra fe y vuestra esperanza descansan en Dios’. (1 Pe. 1, 20-21).

San Juan también nos muestra la alabanza a Dios en el mundo futuro que todos esperamos, gozando de la presencia de Dios: ‘Oí algo así como la voz de una inmensa muchedumbre, como la voz de aguas caudalosas, como la voz de truenos fragorosos. Y decían: - ¡Aleluya! El Señor Dios nuestro, el todopoderoso, ha comenzado a reinar. Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero’. (Ap. 19, 6-7).

A través de las visiones que Dios concedió a Juan, hay una invitación a la adoración al Santo de los Santos dirigida a las personas de todos los tiempos y edades. Así nos dice de nuevo: ‘Vi también algo semejante a un mar, mezcla de fuego y de cristal; sobre este mar de cristal estaban, con las cítaras que Dios les había dado, los vencedores de la bestia, de su estatua y de su nombre cifrado. Cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: -Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justo y fiel tu proceder, rey de las naciones. ¿Cómo no respetarte, Señor? ¿Cómo no glorificarte? Sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, porque se han hecho patentes tus designios de salvación’. (Ap. 15, 2-4).

Si aquí, cuando tenemos las ideas claras y nuestro corazón está despierto, somos capaces de mantener esos momentos de oración contemplativa en los que Él entra en nosotros, hace morada en nosotros, y llena nuestro ser con su presencia inundando de felicidad y agradecimiento nuestra adoración, ¿qué será cuando lo que hacemos aquí sea ante Él mismo y nuestra oración y adoración sean perfectas? Todo esto es lo que estamos manifestando diciendo que creemos en Dios Padre Todopoderoso, porque ‘ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me conoce’. (1 Cor. 13, 12). ‘Y es que lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad se ha hecho visible desde la creación del mundo a través de las cosas creadas’. (Rom. 1, 20).



Que Dios nuestro Padre y Nuestra Señora la Virgen de Copacabana nos bendigan.

martes, 1 de mayo de 2012

El Credo (I)

SANTÍSIMA TRINIDAD.-ALBERTO DURERO.-RENACIMIENTO


Bueno. Tengo que cambiar el chip. Los pecados capitales, llamados también mortales, como vimos, ya han sido tratados. Los siete. Y también las virtudes que se oponen o con las que se combate cada uno de ellos. Ahora hay que buscar otro tema. Me he puesto a reflexionar para elegir uno de los varios que veía. Al final me he decidido por este del título de la entrada: El Credo.

Pero antes debo decirles algo. El sistema de publicación de las entradas al blog ha cambiado y todavía no estoy familiarizado con el mismo. Esto se consigue, básicamente, con la práctica. Les ruego que si hay algún fallo me disculpen. Otra vez saldrá mejor. Muchas gracias.

Volviendo al tema que nos ocupa. ¿Por qué precisamente éste y no otro? Pues miren ustedes…Basta con otear el panorama que se ofrece  a nuestros ojos sobre las actitudes de muchos cristianos, demasiados y quizá excesivos, que no tienen clara su relación con Dios y con la Iglesia. Al menos con la profundidad, responsabilidad y compromiso que se debe tener según la edad y madurez religiosa que tenga cada uno, ya que, como tantísimas veces he oído comentar, incluso a sacerdotes, hay cristianos que continúan con una fe de la Primera Comunión y no se han preocupado en profundizar más en ella.

Algunas veces, al finalizar la Eucaristía dominical, suelo ir a saludar a algunos conocidos o amigos que me encuentro en el templo, a interesarme por ellos, por su familia,…Pero en una de esas ocasiones me ocurrió una anécdota que no me resisto a contársela. Tras las preguntas sobre las familias respectivas, se me ocurrió preguntarles, ya que no vivían en la localidad donde resido: ‘¿Cómo es que hoy os veo en esta iglesia?’  Y uno de ellos me respondió: ‘Pues ya lo ves. Hemos venido a cumplir con la Parroquia’.

Sinceramente. Hay ocasiones en las que una frase puede dar pie a una reflexión. Y personalmente les puedo asegurar que estuve rumiando aquella frase extrapolándola a otros cristianos en general. Pensé: ¿Solamente se ha ‘cumplido’ con la Parroquia? El hecho del ‘cumplimiento’, ¿puede hacer referencia al ‘cumplo y miento’?

Vino luego una especie de reacción contra mí mismo.: No seas retorcido. ¿Por qué tienes que pensar así? ¿Dónde tienes archivado el capítulo 13 de tu amigo Pablo, el que escribió por primera vez a los fieles de Corinto dándoles unas pautas de la caridad tan hermosas?¿No tendrías que pensar en aplicártela?’ Y es cierto. En ocasiones nos pasamos un poco en nuestras apreciaciones, pero inmediatamente vino otra cuestión: ‘¿Cómo es que cumple con Parroquia? ¿Es que tras cualquier Parroquia no hay Nadie con Quien realmente hay que cumplir y, además, a tope?

Y si a estas personas, o a cualquier cristiano en general que suele asistir los domingos a nuestros templos, les preguntásemos: ‘Oiga, ¿por qué asiste usted a la Misa? ¿Cuáles son sus motivos de credibilidad, su razón de creer, como cristiano?’ ¿Qué nos contestaría? Eso en caso de que nos contestase algo, porque entra dentro de lo posible que nos pusiera cara de tablero de ajedrez y pensara en su interior: ‘Pero ¿qué me está diciendo este hombre’?

Pues sí, amigos. Esta es la razón por la que he elegido hablar del Credo. Qué osadía, ¿verdad? Pienso que mi atrevimiento es grande, pero confío ciegamente en el Espíritu Divino que alienta la vida de la Iglesia y que, como parte de ella que soy y somos todos en virtud de nuestro Bautismo, nos ayuda en nuestra tarea de extender el Reino de Dios en este planeta que nos ha tocado vivir.

Habría que partir de la base de que si esa supuesta persona que antes he mencionado, a la que le preguntábamos por sus motivos de credibilidad, ha crecido en la fe a la par que en edad y en madurez humanas, al hacerle la pregunta citada nos hubiera respondido con aplomo y seguridad: ‘Rece usted el Credo y conocerá por qué estoy aquí en este momento y cuáles son mis motivos de credibilidad por los que me preguntaba’. ¡Caramba! ¿Cómo nos hubiésemos quedado nosotros? Cabe también en lo posible que los que se quedasen con cara de tablero ajedrezado fuésemos nosotros, porque hay pocos cristianos que hablen gallardamente de su cristianismo. Si habíamos ido por lana al hacerle la pregunta, probablemente saldríamos trasquilados al oír esa respuesta.

Sí, señor. Así es. El Credo que rezamos no es otra cosa que una manifestación, una proclamación de las principales verdades de nuestra fe. Es aquello en lo que creemos en síntesis y lo manifestamos.

En él están contenidas  las verdades básicas de nuestra Religión católica en un resumen. Y precisamente porque creemos y manifestamos  lo que dice esta oración, es por lo que se ha venido en llamarla CREDO, ya que la primera palabra que empleamos al rezarla, es ésa: CREO.

Analizando pausadamente lo que decimos cuando lo rezamos, podemos ir cayendo en la cuenta la importancia que tiene Dios en nuestra vida, y a medida que pensamos en la segunda parte del Credo, la que hace referencia a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, también caemos en la cuenta, además de la entrega voluntaria y del sacrificio Redentor, del enorme, del infinito Amor del Padre que para rescatarnos del pecado, de las garras de Satán, no dudó en enviarnos a su Hijo para cumplir esa misión, con tal de que su obra mimada y última de su Creación, no se perdiera.

Acabo de mencionar la ‘segunda parte del Credo’ y eso me da pie para anotar, aunque estoy seguro que ustedes ya lo saben, que esta oración tiene tres partes.

En la primera se hace mención de la Primera Persona de la Santísima Trinidad, el Padre, así como de su obra creadora.



En la segunda nos referimos a la Segunda Persona de la Trinidad y su labor redentora con el género humano, relatando brevísimamente su historia desde su Concepción hasta su Ascensión a los Cielos, mencionando, incluso dos personajes que intervinieron: su Madre y el procurador romano.

RESURRECCIÓN DE CRISTO.-ANNIBALE CARRACCI.-BARROCO
La última parte se dedica a la Tercera Persona de la Divinidad y a su labor santificadora.



La Santísima Trinidad es, pues, la gran protagonista del Credo, por eso su contenido es el mayor y más importante motivo de nuestra credibilidad como cristianos católicos.

Esa debe ser la diferenciación entre un cristiano sólido, cuya vida es consecuencia de un Credo visceralmente asumido y practicado desde la radicalidad de la Fe, la Esperanza y el Amor en el Dios Uno y Trino, y un cristiano ‘pasado por agua’, es decir, que ha recibido el Bautismo, de niño ha acudido a una catequesis infantil (lógico hasta aquí) pero que luego no solamente no ha evolucionado sino que la catequesis recibida la ha echado en el cajón del olvido y, ya adulto, comienza a fabricarse una religión a su medida y conveniencia, lo cual ya no es tan lógico.

Grotesco, ¿no? Pues desgraciadamente conozco muchos de esos casos. Y lo peor es que creen tener la razón.

Hemos de estar mentalizados de que cuando nos santiguamos ‘en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’, estamos alineándonos con la Santísima Trinidad y, en su Nombre, lo estamos haciendo TODO. Desde las cosas más insignificantes como es bendecir la mesa antes de cualquier comida que hagamos o al salir de nuestros respectivos hogares a la calle, hasta vivir el acontecimiento más importante, grandioso y trascendental como es empezar la liturgia de una celebración de la Eucaristía.

Santiguarnos es manifestar nuestra creencia y nuestra Fe en las Tres Personas a través de esa señal de la cruz que nos hacemos y entramos en comunión con nuestro Dios. Ese es el deber primario y básico que tenemos como creyentes católicos.

Y más aún.  Estoy convencido del deber de profundizar en su contenido y esa es una de las razones de esta entrada en el blog y de su continuación en entradas posteriores.

Hago una pequeña pausa en el contenido de esta entrada para hacerles una confidencia. Una de las razones que me condujeron a tener el otro blog, fue con el objetivo de presentar una especie de biografía del Salvador desde los tiempos inmediatamente anteriores a su concepción y posterior nacimiento en Belén, hasta su Ascensión, siguiendo de forma necesariamente breve, con los primeros tiempos de su obra: la Iglesia, presentando algunos episodios de su vida (desde el prisma del Arte, desde luego) y de su mensaje.

Fácilmente se ve con ello que se trata de desarrollar la segunda parte del Credo. Por eso a la izquierda de este blog, en el apartado ‘Mi lista de blogs’, puse el enlace con ‘El Logos en el Arte Universal’. No solamente eso, sino que si entran en mi blog de Arte citado, verán que a la izquierda coloqué un enlace con otro blog católico, francamente magnífico, titulado ‘Arte, Fe y Cultura’, que no tiene desperdicio alguno, cosa que podrán comprobar si entran en el mismo.

Todo son maneras de profundización y formación en nuestras razones y motivos de credibilidad, en nuestra oración, en nuestra vida cristiana en definitiva, con el Autor de la Belleza y del Arte.



Seguiremos profundizando en este tema con la ayuda del Espíritu Santo y Nuestra Señora de Barangay. Que ellos nos iluminen, asistan y bendigan.