sábado 12 de diciembre de 2009

Madre y Virgen

Aunque una persona esté firmemente convencida de sus creencias, hay momentos en que éstas se ponen a prueba. Y no sabemos por qué, pero es así.

El lunes 7 de diciembre hacíamos planes mi esposa y yo para visitar esa tarde un sacerdote amigo nuestro que estaba hospitalizado y trabajábamos con la posibilidad de celebrar la Vigilia de la Inmaculada con unos amigos.

Así las cosas nos distribuimos el trabajo de la mañana. A las trece horas suena el teléfono móvil mío cuando estaba haciendo unas compras y era la Policía. Me avisaba que mi esposa había sido arrollada por un coche que no respetó el paso de peatones por el que ella circulaba.

Pueden figurarse mi estado de ánimo en cuanto a preocupación, pero tenía una rara sensación de serenidad. Tomé inmediatamente mi automóvil y dirigiéndome al lugar del suceso (justo frente a la puerta de nuestro domicilio), me vino a la cabeza una jaculatoria que le dirijo muchas veces a la Virgen: ‘Mira que te he elegido como Madre mía y Defensora’. Y a ella encomendé a mi esposa.

No les voy a cansar con el calvario que pasé cuando al preguntarle no nos conocía a nuestros hijos ni a mí, pero lo peor fue cuando estando mi cara a unos centímetros de la suya, me dijo que me notaba con el tacto pero que no veía nada. Todo era oscuridad. Fue un trago muy amargo. Recordé desesperadamente al ciego Bartimeo: ‘¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!’. (Mc. 10, 47). Solamente que yo dije ‘ten compasión de ella’. Dentro de mi impotencia me sentía con una gran paz, pues como dice San Pablo ‘Sé en quién he puesto mi confianza’. (2 Tim, 1, 12).

Después de todas las peripecias, el diagnóstico: un fenomenal corte en la parte de atrás de la cabeza (quince puntos de sutura), doble fractura de cráneo y un hematoma interno que había que esperar a ver cómo evolucionaba. Si era absorbido por ella misma, iría bien, si no…habría que operar.


¿Por qué les cuento todo esto? Pues pienso que dentro de todo está la actuación de una Señora llamada María, que en un momento clave de la Historia de nuestra querida Humanidad, recibió el encargo de ser nuestra Madre. Y las madres, cuando ven a uno de sus hijos en apuros, lo dejan todo y van en su auxilio. No en vano estábamos en la víspera de celebrar su Inmaculada Concepción.

Luego, momentos de soledad, tristeza, preocupación y…oración. Pedí que le administrasen el Sacramento de la Unción, cosa que se hizo el mismo día 8 de diciembre y luego empezó a funcionar la Comunión de los Santos. Conventos de Religiosas Carmelitas Descalzas en oración por ella, sacerdotes amigos que ofrecían Eucaristías por su restablecimiento, amigos en constante oración a diario, la solidaridad de conocidos y vecinos que afloraba como suave tallo primaveral…y Dios y la Virgen trabajando en silencio.

Que María fuese predestinada desde la misma Eternidad para recibir en sus entrañas purísimas al mismo Hijo de Dios, todos lo tenemos claro, pero a mí se me antojaba que a través de Ella se estaba realizando una nueva creación por medio de la oración de la Iglesia fundada por su Hijo, para que a mi esposa le llegase la sanación. Ignoro si digo una barbaridad, pero es lo que yo sentía dentro de una paz y una profunda e ilimitada fe en mi Señor y en mi Madre, que no fallan.

Sí. Realmente la Virgen hace posible que sigamos nuestro personal camino hacia el Creador. Ella es la que da sentido real a la proyección de las mujeres en las familias, en la sociedad, porque es el faro, la estrella que nos guía hacia un más allá en el que todos anhelamos estar. ‘Bendita verdaderamente la Virgen, que posee junto con la belleza de la virginidad, la dignidad de Madre’ (Pedro Crisólogo).

Siempre se ha dicho que María es un signo de esperanza para cada uno de nosotros y para toda la comunidad de la Iglesia. Y para mí fue ese signo cuando oí que mi esposa, el día diez, pronunciaba mi nombre con claridad reconociendo mi presencia junto a ella. Era la Fe que se manifestaba. Era la Maternidad de la Virgen que respondía. Era el amor a sus hijos dolientes el que respondía a la llamada hecha desde la angustia y la esperanza. Era la cercanía de Jesucristo a través de la Madre como en Caná de Galilea.

Me hubiese podido tocar a mí, en cuyo caso hubiese estado una temporada sin publicar entrada alguna en el blog, o acaso ya no hubiese publicado nada más por haber partido al Infinito de la Eternidad junto al Padre, pero ¿por qué a mi esposa? Es una de las primeras cosas con las que interrogué a Dios: ‘¿Qué nos quieres comunicar a través de este suceso? ¿Qué nos deseas enseñar? ¿Qué esperas de nosotros?

Ahora es cuando cobra un especial sentido para mí el Salmo 23(22)

Aunque ande en valle tenebroso,
no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo;
tu vara y tu cayado me infundirán aliento.


Alabados sean Jesucristo y su Madre Inmaculada.

domingo 6 de diciembre de 2009

Adviento, una espera limitada

‘Vienen días, oráculo del Señor, en que yo cumpliré la promesa que hice a Israel y a Judá. Entonces, en aquellos días, suscitaré a David un descendiente legítimo, que practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días se salvará Judá, Jerusalén vivirá en paz y le llamarán así: El Señor nuestra salvación’. (Jer. 33, 14-16).

Estamos nuevamente viviendo el principio del Año Litúrgico con el Adviento. El texto anterior ya han podido observar que corresponde a la primera lectura de la Eucaristía del primer domingo. Y ya que no he podido asistir a la Eucaristía dominical al haberme practicado una pequeña operación quirúrgica en un pie, me he internado en mi oración de la Leccio Divina con las lecturas del primer domingo de Adviento.

Les aseguro que la riqueza de la Palabra es enorme y me parece que en eso estarán de acuerdo conmigo. Son mensajes que, recibidos desde la fe y la esperanza en el Salvador, pueden aportar a nuestra existencia una solidez inaudita para ‘fortalecer vuestros corazones y haceros irreprensibles en la santidad ante Dios’, como dice San Pablo en I Tes. 3, 13. Es la llamada a ser santos que Dios nos hace, también hoy, a cada uno de nosotros.

Y esa espera en la conmemoración y vivencia personal del nacimiento de Jesús es limitada, como he puesto en el título desde dos aspectos. Uno, el que nos indica la Liturgia en esas cuatro semanas de preparación, al final de las cuales tenemos en toda su grandiosidad, precisamente por su pequeñez, por su sencillez, por su naturalidad, el gran acontecimiento del nacimiento del mismo Dios que asume nuestra naturaleza en todo absolutamente menos en el pecado, para cumplir lo prometido a través de Jeremías, como hemos leído al principio.

Pero profundizando en la meditación me he acordado de las cuatro velas que se van encendiendo paulatinamente cada semana. Y me ha venido a la cabeza que nuestra vida es un Adviento permanente, es una espera constante de Dios y lo he comparado con las horas de un reloj en el que la aguja horaria es nuestra propia vida y el minutero nos marca los hechos y acontecimientos que la van jalonando. Verán ustedes.

La Corona del Adviento con sus cuatro velas hace acto de presencia. Nuestra existencia podríamos decir que comienza a las cero horas del reloj de la vida de cada uno. Es nuestro nacimiento desde la llamada que Dios nos hace a la vida, a la existencia. Una etapa que podría abarcar el período de la infancia con todo lo que conlleva del descubrimiento de la familia, el aprendizaje en la escuela, las primeras catequesis, primeras nociones de educación y valores para que se vayan convirtiendo en hábitos personales,…

La segunda semana, en la que se enciende la segunda vela de la Corona del Adviento, tendríamos el reloj marcando las seis de la madrugada. Podría corresponder a las etapas de la adolescencia y la juventud. Se va descubriendo el valor de la amistad, la personalidad de cada individuo va condicionando sus actos y se comienza a distinguir qué cosas impiden el correcto desarrollo personal y van puliendo nuestra existencia. Los estudios se van elevando en sus contenidos, se van tomando decisiones personales que, incluso, pueden llegar a la elección que se ha de tomar ante la vida conducente, tal vez, a analizar la vocación personal.

La tercera semana, con la tercera vela encendida, el reloj marca las doce del mediodía. Estaríamos ante la etapa de la madurez humana, en la que el desarrollo de nuestras capacidades personales, sociales, profesionales o familiares se desarrollan al máximo. Ya se está viviendo según la elección que hemos tomado en nuestra existencia como vocación religiosa, vocación matrimonial, vocación al estudio o del tipo que fuere.

La cuarta semana se encienda la cuarta vela. La última. El reloj marca las dieciocho horas, las seis de la tarde. Estamos ante la plenitud de las personas con su carga de años y de experiencia. Aparece la tercera edad y los nietos alegran la existencia de una vida con los achaques propios de esta etapa. Hay un cambio de actividades. Según las fuerzas vamos realizando aquellas cosas que no pudimos hacer antes. Es una etapa de nueva espera hasta que cada uno alcance, en su reloj personal, sus doce horas de la medianoche. Es el momento del final de nuestro propio Adviento, porque entonces veremos cara a cara a Aquel que nos llamó a la vida y nos llamó y destinó a ser sus hijos e instrumentos para hacer realidad su Reino en este mundo vivido desde el reloj de nuestro tiempo.

Por ese motivo digo en el título que nuestro Adviento es una espera limitada, porque finalizará cuando se marque la medianoche de nuestro reloj. De Dios venimos y a Él volveremos. Si hemos permanecido caminando por sus sendas y caminos, si hemos sabido ser buenos administradores de los talentos que nos ha confiado a través de nuestro estado, de nuestra familia, de nuestra opción inequívoca por Él, podremos oír de sus labios ‘Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. (Mt. 25,34).

Será un momento verdaderamente glorioso. Entonces veremos el sentido pleno de todas nuestras acciones realizadas en nuestra existencia de cara a Dios y daremos gracias, nunca suficientes, por haber permanecido en nuestra fidelidad a Quien nos llamó a la vida. Veremos que han valido la pena las privaciones, malos ratos sufridos por Él, ante esa Eternidad que se nos presenta para adorar en plenitud y perfección al Autor de todo.

También acabo con fragmentos del Salmo de la Misa dominical.



A ti, Señor, me dirijo suplicante...

Muéstrame tus caminos e instrúyeme en tus sendas.
Guíame en tu verdad; instrúyeme,
Pues tú eres el Dios que me salva: en ti espero todo el día…

Por amor de tu nombre, Señor,
Perdona mis culpas, que son muchas…

El Señor da su confianza al que le honra,
Y le da a conocer su alianza…

Mírame y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido.
Aleja la angustia de mi corazón, sácame de mis tribulaciones;
Mira mi aflicción y mis trabajos y borra todos mis pecados.

La integridad y la rectitud me protegerán
Porque espero en ti, Señor.


Es el Salmo 25 (24). He puesto solamente unos fragmentos, pero la totalidad del Salmo no tiene desperdicio alguno. Que Dios nos bendiga y nos permita vivir un Adviento inmerso en la espera del Salvador.

domingo 29 de noviembre de 2009

Los Patriarcas

Estamos hablando, leyendo u oyendo pasajes bíblicos que nos mencionan unos personajes a los que genéricamente se les llama ‘Patriarcas’. Esta palabra hace referencia a los padres de un determinado linaje, para indicar los cabezas de familia entre los israelitas. Así, nos encontramos: ‘Josafat confió la administración de la justicia en Jerusalén a levitas, sacerdotes y jefes de familia de Israel’. (2 Cr.19, 8) ; ‘El total de cabezas de familia, hombres valerosos, ascendía a dos mil seiscientos’. (2 Cr. 26, 12) : ‘Estos eran cabezas de familia, agrupados por linajes y residían en Jerusalén’, (1 Cr. 8, 28).

No obstante, el sentido que le damos a estas palabras es cuando hacemos referencia a unos ‘cabezas de familia’ muy concretos. Me estoy refiriendo a un pasaje concreto: ‘Así dirás a los israelitas: El Señor, el Dios de vuestros antepasados, el Dios de Abrahan, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre, así me recordarán de generación en generación’. (Ex. 3, 15).

Estos tres personajes bíblicos son a los que solemos hacer referencia cuando hablamos de los Patriarcas, sin excluir que hay otros más: Matusalén, Noé, Sélaj, Téraj,…

El punto de partida de todo es Abraham, la llamada que Dios le hace la obedece con todo lo que ello representa: dejar su tierra y salir a iniciar un peregrinaje a ‘la tierra que yo te indicaré’. (Gen. 12, 1). Es con él con quien hace la alianza: ‘Aquel día hizo el Señor una alianza con Abran en estos términos: A tu descendencia daré esta tierra desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el Eufrates’ (Gen. 15, 18).

Después fueron su hijo Isaac y su nieto Jacob los depositarios de esta alianza. Y con ellos solamente hizo Dios esa alianza como también a ellos solamente les prometió la posesión de la tierra prometida. El capítulo 17 del Génesis contiene todo el relato en este sentido.

Es probable que ustedes se pregunten si pretendo dar una lección bíblica. Pues no. Ni mucho menos. Lo que yo planteo es si el papel que tienen estas personas sirve para hoy, si tienen actualidad en el siglo XXI. Y pienso que sí. Son tremendamente actuales, porque a poco que miremos a nuestro alrededor podremos observar que el ambiente que nos rodea es muy parecido al que tenían los Patriarcas en su tiempo. Estaban rodeados de pueblos con otras culturas, con otros dioses a quienes rendían culto. Y frente a todo esto, supieron mantener su fidelidad a la alianza hecha entre Dios y ellos.

Tuvieron una fe increíble a nuestros ojos de hoy, pero su gran lección es que son el espejo en el que nos hemos de mirar para mantener nuestra fe y nuestra esperanza en Dios. Nosotros somos destinatarios de esa otra Gran Alianza hecha hace algo más dos mil años entre Jesucristo, Dios hecho hombre, que viene a plenificar y realizar definitivamente las promesas hechas por Dios. Promesa sellada con la Sangre del Cordero ofrecido en esa Nueva Alianza en el Ara de de la Cruz, en un lugar llamado Gólgota.







Y esos tres Patriarcas son el punto de partida de nuestra Historia de la Salvación. Es a nosotros a quienes corresponde mantener la fidelidad a nuestro Padre y Creador, Salvador y Señor del Universo, y transmitirla a nuestros descendientes y al entorno en el que nos desenvolvemos. Como ellos hicieron en su tiempo.



Tal vez, en un momento determinado, también escuchemos la voz de Dios diciéndonos: ‘No temas, (David, María, Luisa, Pedro, Walter, Guadalupe, John,…), yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande’ (Gen. 15,1).

domingo 22 de noviembre de 2009

Reflexiones

Si hacemos un mínimo de memoria bíblica, veremos que es relativamente fácil comprobar que las Teofanías han tenido lugar, generalmente, en los montes: A Moisés, en el Sinaí; Elías subió al monte que Dios le indicó, el Horeb, y en un ‘ligero y blando susurro’, pasó Dios. 'Elías se cubrió el rostro con su manto’ ; (I Re, 19. 11-16) ; la Transfiguración de Jesús fue en el Tabor y también eligió un monte para proclamar las Bienaventuranzas, su Programa de vida.

Pero hay otro aspecto que no debe pasar desapercibido. Me parece que no descubro nada nuevo cuando digo que Jesús oraba, pero es la segunda parte de esto lo que me llama la atención. ‘Una vez que la despidió, SUBIÓ A UN MONTE APARTADO PARA ORAR, y llegada la noche, estaba allí solo’. (Mt. 14, 23).

Solitariedad, concentración, desierto,…son unas notas que se van repitiendo en los distintos episodios de este tipo que nos cuentan los Evangelios. En el silencio se percibe mejor la palabra consoladora del Padre. La tierra y las piedras del monte son los únicos acompañantes de Jesús en esos momentos de intimidad. Y eso me hace pensar en alguna profundización de estos elementos, aparentemente insignificantes.

En la parábola del sembrador vuelven a aparecer: La semilla cae en terreno PEDREGOSO, otra cayó en TIERRA BUENA. (Mt. 13, 1-23). ‘Tú eres Pedro y sobre esta PIEDRA edificaré mi Iglesia’ (Mt.16, 16). ‘¿Y no habéis leído esta escritura: “La PIEDRA que desecharon los edificadores es ahora la piedra angular?” (Mc.12, 10). ‘Aquel que escucha mis palabras y las pone por obra, será como el varón prudente que edifica su casa sobre ROCA’. (Mt. 7, 24); ‘Yo os digo que Dios puede hacer de estas PIEDRAS hijos de Abraham’. (Mt. 3, 9); ‘Vosotros sois la sal de la TIERRA’. (Mt. 5, 13); ‘Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este MONTE vete de aquí allá y se iría’. (Mt. 17, 20).

Y muchas otras citas, pero me parece que estas son un muestrario suficientemente variado e indicativo de la apreciación o valoración que Jesús tenía sobre ellas. Supo colocarlas en el lugar y momento adecuados. Y eso debemos meditarlo por las connotaciones que pueden tener en nuestras vidas, por los interrogantes que nos pueden plantear, directa o indirectamente. Por las aplicaciones que podamos darles de cara a nuestra relación con Jesús.

¿Nuestra existencia es roca sólida sobre la que se asienta nuestra fe en el Salvador, con firmeza ante las dificultades que presenta el día a día en nuestro quehacer cristiano, sin dejarnos vencer ni convencer por corriente alguna contraria a nuestros criterios cristianos, acordes con la doctrina de la Iglesia? ¿Somos tierra fecunda en la que hacemos crecer la semilla de la Palabra para luego traducirla en hechos de vida y esperanza? ¿Somos páramos estériles o fecundos oasis capaces de dar agua y calmar la sed propia y ajena? ¿Somos seco pedregal o fértil huerto regado con Agua Viva y alimentado con Eucaristía que nos impulse a hacer realidad el Reino en este mundo?

No lo sé. Personalmente me planteo en mi trayectoria cristiana muchas de esas cosas y busco ayudas por todas partes para llegar a una conclusión con la ayuda del Maestro, pero a veces me vienen respuestas de donde menos lo espero:

Mi alma está desasida
de toda cosa criada
y sobre sí levantada
y en una sabrosa vida
sólo en su Dios arrimada.
(S.Juan de la Cruz. Glosa)

ooooooooooooooooo

¡ Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro ! ;
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres ;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!,
matando muerte en vida la has trocado.
(San Juan de la Cruz.-Canciones del alma)

Como ven, esos fragmentos poéticos pueden ser materia de reflexión, de meditación, de acercamiento a Dios, de adoración,…

En definitiva, la base de toda respuesta está en intentar ser espejos de Jesús. Dejarnos enamorar de Dios. En fijarnos en su comportamiento humano durante su etapa de convivencia entre nosotros. Algo tendría cuando llamó la atención de esos amigos que compartían a diario su vida. De algo se darían cuenta cuando en un momento concreto, de un día concreto, después que Jesús hubo finalizado su oración, fueron capaces de pedirle: ‘Señor. Enséñanos a orar’. (Lc. 11, 1). Y no solamente les enseñó la oración por excelencia: el Padre Nuestro, sino que además, les mostró el método para hacerlo. (Mt, 6, 5-13).

Después…Con nuestra oración personal debemos intentar acercarnos a ese Dios al que San Juan de la Cruz descubrió, cantó y adoró. Acaso no tengamos la talla poética de ese fraile carmelita descalzo, pero tenemos la nuestra propia y desde nosotros mismos podemos ponernos abiertos a la acción del Espíritu. Podremos no tener ninguna teofanía personal como otros personajes bíblicos la han tenido, pero tendremos nuestra propia experiencia de Dios a través de la oración. Entonces saldrá nuestra propia poesía que probablemente no escribamos (¿o sí?) pero que será la que llegará al Creador desde nuestra devoción y adoración. Entonces aprenderemos a ser buena tierra y sólida roca desde nuestro propio monte del trabajo diario o desde el silencio de nuestra morada.

Termino ya, pero permítanme dejarles con este regalo que nos dejó este fraile enamorado de Dios.

¿Por qué, pues has llagado
a aqueste corazón, no lo sanaste?
Y pues me lo has robado,
¿por qué así lo dejaste,
y no tomas el robo que robaste?

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para Ti quiero tenellos.

Descubre tu presencia
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

(Cántico Espiritual)

domingo 15 de noviembre de 2009

MATEO

Shalom. Buenos días. Buenas tardes o buenas noches.

He sido amablemente invitado a estar hoy aquí. El tío Maset me ha visitado y me ha ofrecido la oportunidad de estar un rato con todos vosotros. No he podido negarme porque para mí supone revivir una serie de circunstancias que marcaron hondamente mi existencia.

Permítid que me presente. Mi nombre es Leví. Mi padre era Alfeo, el cual me dio una formación y educación de acuerdo con las enseñanzas de la época que me tocó vivir, sólo que yo hice una opción más o menos acomodaticia. Mi lugar de residencia era una ciudad llamada Cafarnaúm, poblado ubicado a orillas del mar de Galilea o lago Tiberíades, ya que lo llaman de las dos maneras.

Los tiempos eran difíciles. Mi país era una colonia romana y ellos eran los que imponían sus normas aunque respetasen nuestras costumbres hasta ciertos límites. Si te ponías frente a ellos lo pasabas mal, así que opté por aliarme con ellos ya que no podía vencerles, de manera que me hice algo parecido a lo que ahora se conoce como un empleado de la hacienda pública.

Entonces esa función consistía en ser publicano, o sea, recaudador de impuestos, cosa que como es natural, provocaba las iras de mis conciudadanos judíos y me consideraban pecador. Recibía el desprecio de mis convecinos que veían en mí al típico colaboracionista con los romanos. Y en el fondo, eso me dolía y hacía que me sintiera un perfecto canalla.

Pero si tenemos en cuenta que de lo que recaudaba me quedaba una parte e iba amasando una fortuna aceptable, si bien de forma irregular, era comprensible, y como todos mis compañeros hacían lo mismo, yo lo veía como una cosa natural. Cargábamos más de lo que debíamos en los impuestos, tanto en los que eran para el César como para los del Templo, y eso engrosaba nuestros bolsillos.

Formábamos una especie de piña y nos juntábamos en frecuentes banquetes a costa de lo que habíamos robado al pueblo. Y sin embargo, después de esas comilonas siempre me venía la resaca, pero no la del exceso de comida o bebida.

Era otra más honda que no me permitía ser feliz. Tenía dinero, compañeros de trabajo (no me atrevo a llamarles amigos) y diversiones cuantas quería, pero mi vida no estaba llena. Es cierto que en mi telonio (lo que ustedes llaman despacho) las cuentas cuadraban, a mi conveniencia, por supuesto. Pero solía tener una agitación interna que no sabía a qué achacar. No me permitía ser totalmente feliz. Mi corazón que buscaba la felicidad y el amor, no lo encontraba y notaba la existencia de un vacío difícil de llenar. Me veía a mí mismo lleno de inmundicia, malestar y resentimiento contra no sabía quién. Acaso fuese contra mí mismo.

Y ese agujero anímico crecía cada vez más.

Llegué a plantearme un cambio radical en mi vida, pero ¿dónde iba a ir y cómo iba a vivir? Estaba acostumbrado a un ritmo de vida que me era muy difícil dejar. Me llegaban algunos rumores de pecadores que cambiaban de vida después de haber visto u oído a un joven rabí que les llevó una esperanza, pero ¿quién era yo para ir a verlo o siquiera que se fijase en mí, en mi insignificancia? Yo era un pecador a los ojos de mi pueblo y los rabís no nos tenían en cuenta más que para recoger los impuestos y marcharse lejos de nosotros.

En ocasiones me decía: ‘Y ¿por qué no? Debería ir a oírlo y conocerlo para ver quién es y comprobar lo que dicen de Él, pero si me decidiese a hablarle y confiarle mis problemas y mi infelicidad, ¿me aceptará o me rechazará como lo hacen los demás maestros de Israel?’

En cierta ocasión en que lo estaba pasando muy mal, no recuerdo si fue después de una de las tantas comilonas con mis compañeros, pero sí recuerdo que estaba solo y me vino en mi angustia vital un salmo que me salió de lo más íntimo de mi ser : ‘Desde lo hondo a Ti grito. Señor. Señor: Escucha mi voz. Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.’(Sal. 130(129), 1-2)


No supe cómo, ni aun hoy podría dar una razón lógica del por qué, pero una gran paz me invadió. Experimenté una serenidad como jamás había sentido. Un extraño optimismo se presentaba a mi vida, por primera vez, con expectativas de futuro, aunque no sabía exactamente cuál ni cómo iba a ser.

No tardaría mucho en saberlo.

Cierto día que estaba en mi telonio cobrando los impuestos de peaje que los pasajeros pagaban al venir por el lago de Tiberíades noté un movimiento inusual de gentes por la orilla del lago. Indagué y me comunicaron la causa: el rabí acababa de llegar con unos acompañantes después de haber curado a un paralítico. Este hecho había causado una conmoción en toda la comarca.

Preparé las cosas para ir a conocerle, pero cuál no sería mi sorpresa cuando de repente me lo encuentro frente a mi, me mira a los ojos y solamente me dice una palabra: ‘SÍGUEME’. (Mt. 9, 9)

Este momento fue trascendental en mi vida. Tanto, que le dio un giro de ciento ochenta grados y a partir de él tomé el nombre de Mateo, cosa que era frecuente entre mi pueblo: Cefas, era llamado Pedro. Saulo fue llamado Pablo, por ejemplo.

¿Y por qué elegí Mateo en vez de otro? Mateo viene del griego Mathaios y del arameo Mattai y en ambos casos su significado es el mismo: “don de Dios”, porque noté que con esa llamada se me hacía un gran regalo, una gran donación sin merecer nada yo por mí mismo.

A partir de ese momento me di cuenta que la respuesta a los interrogantes de mi vida había llegado y que ésta ya no iba a ser la misma. Mi destino iba a estar ligado para siempre con el rabí y mi seguimiento iba a ser incondicional. Así pasé a ser uno de los doce que le seguíamos a todas partes y que con el tiempo nos llamarían LOS APÓSTOLES.

Pero antes de salir de mi ambiente tenía que transmitir esa alegría que me desbordaba a todos mis compañeros y amigos. No podía callar. La mejor forma de hacerlo era invitarlos a un banquete. Sabía que iba a ser el último con ellos, pero éste sería diferente porque había invitado al mismo rabí. Así se lo presentaría a ellos y ¡quién sabe! Acaso alguno llegase a sentir la felicidad desbordante que yo sentía.

Todo Cafarnaúm se conmovió en cuanto se enteró, pues en el pueblo todo se conocía con rapidez. La gente buena se alegraba sinceramente del cambio de mi vida. Los retorcidos no dejaban de hablar entre ellos haciendo conjeturas sobre la solidez de mi conversión y buscando no sé qué razones ocultas para explicar lo que para mí era muy sencillo: abrirme al Maestro. Los indiferentes no entendían nada ni querían hacerlo. Les bastaba con los pobres y enanos horizontes de sus vidas.

No me cansaba de proclamar que el rabí era distinto de todos los demás rabís y era tanto el fuego que ponía que a cuantos invité sintieron la curiosidad por conocerlo y compartir ese momento de la despedida. A fin de cuentas invitarles a comer o a cenar era una muestra de amistad al más alto nivel y supieron corresponder a ella. Después, con el tiempo, el Maestro se despediría también de nosotros con una cena íntima inolvidable, pero ¡qué distinta de ésta!


Mi casa, esa noche, rebosaba luz, alegría,… Allí estaban los demás publicanos compañeros de profesión, había gente pecadora, incluidos hombres y mujeres de mala vida. La fiesta empezó y no reparé en gasto alguno, pero en todas las caras se notaba la tensión de esperar la aparición de ese rabí a quien llamaban Jesús y era oriundo de Nazaret.

De repente fue haciéndose el silencio. Tanto, que se hubiera podido oír cómo crecía la hierba del campo. Todas las miradas eran unánimes mirando el dintel de la puerta de mi casa. Allí se recortaba una figura alta, bien proporcionada, no exenta de una belleza que tenía su origen en sus ojos. Una mirada a la que nadie podía sustraerse ni permanecer indiferente. Su voz resonó en la estancia cargada de paz infinita : SHALOM HABERIM. PAZ A VOSOTROS.


De su fuerte personalidad emanaba un magnetismo que, desde su sencillez y cercanía le hacía ser el protagonista indiscutible de la velada. Realmente hizo fácil y grata la comunicación con todos mis invitados que, poco a poco fueron perdiendo su rigidez síquica y pasaron a un comportamiento natural con Jesús que estaba disfrutando enormemente. Creo que me atrevería a decir que su disfrute era infinito.

Observándolos a todos puedo decir que más de uno comenzó una nueva vida después de esa noche de cara a Dios.

Pero todo lo bueno tiene su parte negativa. Una sombra alteró el grato ambiente que teníamos. La provocaron los escribas y los fariseos cuando se dirigieron a los discípulos de Jesús que lo acompañaban esa noche diciéndoles hipócritamente escandalizados: ‘¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y los pecadores?’(Mt. 9, 11)

Sus discípulos no supieron qué contestar, pero el rabí que se había dado cuenta de la situación y llamando su atención les replicó: ‘No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos. Ni Yo he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’. (Mt. 9, 12)

Os aseguro que escuché con un gran gozo estas palabras. No solamente me vi retratado y acogido en ellas sino que muchos de mis invitados también se vieron reflejados en estas palabras y captaron el sentido de misericordia y acogida que tenían. A partir de ahí la cena ya se desarrolló sin más incidentes. Los que enturbiaron la fiesta con su escándalo farisaico se marcharon y nosotros quedamos con una extraña sensación de unidad y camaradería desconocida hasta entonces.

Cuando finalizamos la fiesta, ya nadie era el mismo de antes. En mayor o menor grado teníamos un planteamiento nuevo de nuestra vida, diferente al que habíamos tenido hasta entonces, si bien hubo reticentes que no desearon renunciar al estilo de vida que llevaban.

Yo, por mi parte, al día siguiente puse en orden todo lo mío y marché a presentar la dimisión de mi cargo ante las autoridades de las que dependía. Y así, con el saco vacío y el corazón lleno comencé una nueva andadura, mucho más difícil que la anterior, pero más gratificante, que solamente finalizaría cuando Dios me llamase a su presencia.

A partir de ahí comenzó la plenitud de mi vida y ésta se llenó de muchas vivencias.

Recuerdo con especial cariño el día que le pedimos que nos enseñara a rezar y lo hizo con una oración en la que a Dios lo llamaba PADRE. Es la que vosotros ahora llamáis el Padre Nuestro. El Maestro nos lo enseñó, lógicamente, en arameo, que es la lengua en la que nosotros nos comunicábamos.

Y valió la pena. Hubo muchas experiencias, algunas muy fuertes, que fueron marcando mi destino y que reflejé en unos escritos que, recopilados y ordenados, dieron lugar a lo que hoy se conoce como EL EVANGELIO DE MATEO y los destiné básicamente a que mi pueblo tuviese claro que el rabí, el Maestro, no era otro que EL HIJO DE DIOS, el Salvador que todos habíamos estado esperando durante tantos siglos. Y yo tuve la inmensa suerte y alegría de haber convivido con Él y compartir sus confidencias y enseñanzas.


Y eso no se podía perder.

Pero de eso ya dejo que os hablen diversos escritores que con el paso de los siglos han ido analizando y descubriendo la intencionalidad de esos escritos en diversas publicaciones. Yo he sido muy afortunado de compartir con vosotros unos cuantos recuerdos de mi vocación. Seguid también vosotros esa llamada del Maestro que en ningún momento os fallará y siempre permanecerá atento a vuestras necesidades y problemas.

Yo me despido y vuelvo con mi Maestro. Ahora sois vosotros los nuevos Mateo, o Marcos, o Lucas, o Juan o cualquiera de los Apóstoles, discípulos y discípulas que acompañaron y siguieron las enseñanzas de Jesús, porque os corresponde continuar la labor que nosotros emprendimos hace más de dos mil años.

Para ello siempre os acompañará la bendición del Maestro toda vuestra vida. Hasta siempre y que Él os bendiga. SHALOM.

oooooooooooooooooooooooooooooooooooooo


Bueno. No sé si debo presentarles mis disculpas por mostrarles de esta manera la parte más conocida de la vida y conversión del evangelista San Mateo. Es evidente que las cosas no sucedieron exactamente así en su totalidad, pero pienso que, de alguna manera, recogen lo fundamental de su conversión y seguimiento a Jesús de Nazaret. En cualquier caso, digamos que el ‘culpable’ de esto es mi Acompañante espiritual. Quiso que en la Catequesis de Adultos presentase la figura de este personaje evangélico y, cuando le pregunté desde qué aspecto quería que lo hiciese, solamente me dijo: ‘Métete en el personaje’.

Y no lo pensé dos veces. Por unos momentos dejé de ser ‘yo’ para presentarme como el pecador que ante la llamada del Maestro no dudó en seguirlo ante esa tremenda personalidad que tenía y la acogida que emanaba. Un par de semanas más tarde, ante un auditorio de unas cuarenta y cinco personas, Leví, luego Mateo, hizo acto de presencia. Y lo curioso es que hubo personas que luego de la charla me comentaron que les había ayudado a entender la conversión de este apóstol.

De cualquier modo, pienso que lo verdaderamente importante y el objetivo real de esta entrada, es profundizar en el proceso de conversión de Mateo, pecador como cualquiera de nosotros, pero que supo abrirse a la salvación de su Maestro. Pasó a un seguimiento sin reservas ni restricciones de ningún tipo hasta el final de su vida.

Toda una lección para cada uno de nosotros, ya que el camino de la conversión es permanente, máxime de cara al Adviento que pronto vamos a vivir. Siempre tenemos algo que modificar y perfeccionar. Y para eso nunca es tarde. Jesucristo, el LOGOS, es capaz de colmar todas nuestras ansias de paz, de libertad, de felicidad, que todos llevamos en nuestro interior.

Y de momento nada más. Les reitero mis disculpas por esta pequeña travesura, que no es en modo alguno ninguna frivolidad. Mi respeto por los Apóstoles y por todos los cristianos de todas las épocas es absoluto, ya que con su vida y su esfuerzo contribuyeron a ir levantando la Iglesia. En todo caso es, llamémoslo así, una licencia literaria.

Muchas gracias por su comprensión y que Dios nos bendiga a todos.

domingo 8 de noviembre de 2009

El Apostolado de la Oración (APOR)

‘Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos, dice Yavé. Cuanto son los cielos más altos de la tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros’ (Is. 55, 8-9)’

Creo que convendrán conmigo que para empezar no está nada mal el encabezamiento, ¿no? Pero ¿a santo de qué viene esto? Verán ustedes. A medida que pasan los años y cada uno nos vamos cargando con el bagaje de la experiencia vivida que vamos acumulando, llega un momento que se pueda creer que ya está todo, o casi todo, aprendido. Y de eso nada.

Lo que ocurre es que poco a poco se va penetrando en el sentido de las Escrituras y en lo que nos va diciendo Dios a cada uno de nosotros. Según las etapas que se viven se va viviendo la acción del Creador en nosotros de forma distinta y nuestra colaboración con Él va tomando matices diferentes.

Además del cristianismo que hemos procurado impregnar en nuestra profesión, hace algunos lustros colaboramos en la Iglesia diocesana a través de Cursillos de Cristiandad, fundando Cáritas en nuestra Parroquia junto con otros amigos y coordinados por el párroco así como trabajando en Cursillos Prematrimoniales. Pero surge un traslado de residencia a otra localidad en la que no conocíamos a nadie y nos vemos impartiendo charlas en Catequesis de Adultos. Y mire usted por dónde entramos en contacto con el Apostolado de la Oración y sin conocimiento previo de esta Asociación, nos encontramos metidos a tope en ella.

Y ustedes dirán: ¡Porque han querido! Y yo les contestaría: ¡Pues claro! Pero además existen otras razones, ya que haciendo uso de la libertad recibida por ese Padre común que todos tenemos, que tiene mucho que ver con la cita bíblica del encabezamiento, hemos descubierto una nueva llamada. Porque cuando nos tropezamos con que aquí se tiene la posibilidad de sentirnos más Iglesia a través de la oración individual o comunitaria, pidiendo por las intenciones del Romano Pontífice, por las intenciones de sacerdotes y de la Iglesia Universal, además de las propias de cada uno, nos sentimos cooperadores con la marcha y desarrollo del cristianismo y de la universalidad de la Iglesia.

Un Apostolado de la Oración extendido por todo el mundo en naciones como México, Perú, Uruguay, Francia, Venezuela, Estados Unidos de Norteamérica, Tanzania, Mozambique, Alemania, España, Argentina, Chile, Australia, Japón y tantos y tantos otros países de los cinco continentes, da a entender la riqueza de una cristiandad que permanece unida en la oración y en la adoración a la Eucaristía y en una confianza sin límites a los Sagrados Corazones de Jesucristo y de su Madre María. Es la Comunión de los Santos en acción.

No es ningún secreto que soy un enamorado de la oración como he manifestado en algunos de mis escritos anteriores, pero jamás había experimentado la intensidad de una oración comunitaria, sintiéndome más Iglesia que nunca, ante la presencia de Jesús Eucaristía expuesto en su Custodia para la adoración.

Además, la hojita que contiene las oraciones e intenciones del Papa de cada mes, así como el folleto ‘Orar la Vida’ conteniendo una oración para cada día del mes, algunas de las cuales nos hacen ver la gran talla espiritual de sus autores, compuestas por diferentes cristianos de a pie (santos reconocidos por la Iglesia o cristianos comprometidos con ella), nos hacen ver uno de tantos matices de la riqueza de la Iglesia.

Es cierto que la oración en el silencio de la habitación, incluso a altas horas de la madrugada, conlleva una experiencia de Dios directa a través del silencio y de la solitariedad nocturna. ‘Tú, cuando ores, entra en tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’ (Mt. 5, 6). Eso es una cosa. Esa es la oración personal totalmente necesaria, de diálogo personal e íntimo con el Dios que nos espera a diario y mediante la cual le presentamos nuestra intimidad, preocupaciones, alegrías, problemas o satisfacciones con las que convivimos a diario.

Pero otra cosa es el grupo, la Comunidad, la Iglesia reunida que se dirige a su Padre y Creador. ‘Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con libertad.’ (Act. 4, 31).

No obstante tengo la impresión que la cita evangélica que mejor recoge el espíritu del Apostolado de la Oración es ésta: ‘Perseveraban en oír la enseñanza de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración’ (Act. 2, 42), porque realmente lo que hemos vivido mi esposa y yo en las Asambleas y reuniones que hemos asistido ha sido así.

El sábado 24 de octubre de 2009 asistimos al X Encuentro Diocesano del APOR en la Parroquia de Santiago Apóstol de Novelda, en la provincia de Alicante (España). Allí ‘perseverábamos en la enseñanza de los Apóstoles’ (escuchando la ponencia ‘Vivir y compartir la Mesa. Eucaristía en el APOR’, a cargo del Rvdo. D. Domingo García, Doctor en Teología Dogmática y por la tarde la comunicación a cargo del Párroco de la Parroquia de San Pedro, don José Ruiz, sobre el Santo Cura de Ars, dentro del Año Sacerdotal), ‘en la unión’ (en la fraternal comida que compartimos todos los asistentes), ‘y en la fracción del pan y en la oración’, (en la Eucaristía, presidida por el Obispo de nuestra Diócesis, con la que se clausuró el Encuentro).

El jueves 29 de octubre e invitados por el grupo de Alicante, participamos en la oración ante el Santísimo, expuesto en la capilla de la Comunión de la Basílica de Santa María de Alicante, presididos por el Delegado Diocesano, y en la Eucaristía que se celebró posteriormente en el Altar Mayor.

Ahora, en contacto permanente con el Vicario Parroquial y con el Delegado Diocesano, unidos a los Corazones de Jesús y de su Madre y con la esperanza puesta en el Espíritu, intentaremos poner en funcionamiento este Apostolado de la oración en nuestra localidad.

Pienso que ni el P. Gautrelet en 1844 ni el P.Ramière y sus jóvenes compañeros estudiantes jesuitas, podrían imaginar el desarrollo y la acogida que iba a tener este Apostolado en la Iglesia, apoyado por varios Papas y encomendado a la Compañía de Jesús. Y San Ignacio de Loyola, menos todavía, aunque pienso que no dejará de interceder por este Apostolado desde Donde está.

Por nuestra parte solamente queda trabajar y orar. A todos nosotros nos corresponde sembrar y regar. Los frutos ya los recogerá el Sembrador que dio su vida en la Cruz por todos. ‘Yo planté. Apolo regó; pero quien dio el crecimiento fue Dios. Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento. El que planta y el que riega son iguales; cada uno recibirá su recompensa conforme a su trabajo. Porque nosotros sólo somos cooperadores de Dios, y vosotros sois arada de Dios, edificación de Dios’ (I Cor. 3, 6-9).

Y es que Dios no se conforma con darnos solamente la vida. También nos ha dado la santidad y nos tiene predestinados a la Vida Eterna mientras nosotros caminemos junto a Él contribuyendo a la realización de sus planes y siguiendo sus caminos.



Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador, y yo espero en ti todo el día.
Acuérdate, Señor, de que tu ternura y tu amor son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:
Por tu bondad, Señor, acuérdate de mí según tu fidelidad.

(Salmo 25(24), 4-7).

Hasta siempre, en la Comunión.

domingo 1 de noviembre de 2009

Acompañamiento espiritual en el siglo XXI

Hemos estado presenciando cómo Dios acompaña desde los primeros instantes creadores a la Humanidad, a través de unos personajes concretos de los que se ha valido para que sus planes se fueran desarrollando así como el trayecto que ha seguido hasta llegar el momento de venir Él mismo a compartir nuestra naturaleza.

Pero para empezar planteo un interrogante: ¿Qué es el acompañamiento espiritual? A pesar de haber leído lo escrito en las dos entradas anteriores, nos puede quedar la duda de que no siendo personajes más o menos importantes si lo del acompañamiento también es para nosotros. Desde mi propia experiencia mi respuesta no puede ser otra: Para Dios somos todos tan importantes como lo fue Abraham o cualquier otro personaje. Para Él somos únicos e irrepetibles y nos quiere desde nuestra individualidad. Y espera lo mejor de cada uno de nosotros en nuestra búsqueda de la perfección.

Me parece conveniente que se conozca al máximo este tema por el bien personal que nos puede aportar. Veamos.

La Iglesia ha recibido de Cristo el encargo de conducir o acompañar a cada uno de sus fieles a las cotas máximas que pueda ser capaz en su religiosidad. Dice la Biblia: ‘Más valen dos que uno solo, porque logran mejor fruto de su trabajo. Si uno cae, el otro lo levanta’, pero ¡ay del solo, que si cae no tiene quien lo levante! (Eclesiastés, 4, 9-10).

Entonces voy a intentar profundizar y desmenuzar el acompañamiento que Dios tiene con cada uno de nosotros utilizando los medios que Él nos da: la oración, los Sacramentos y un guía o caminante que actúe en nosotros, que nos engendre el consuelo de la esperanza, un compañero de camino que nos abra los ojos, que se ponga dentro de nuestras sandalias para recorrer el camino, a veces duro y con problemas, y que tal vez camine junto a nosotros a pie descalzo por las arenas del desierto de la vida cuando lo atravesemos día a día.

El acompañante va conociendo nuestros esfuerzos y debilidades y a su vez también conoce los suyos propios para realizar su propio camino con otro acompañante más veterano y curtido que él mismo que le ayude a su vez a peregrinar a la Casa del Padre en la que todos deseamos morar.

El acompañante nos ayuda a recomponer el vaso roto de nuestra existencia y formar un vaso nuevo, indicándonos pautas que nos hagan reflexionar en nuestros aciertos y errores, potenciando los primeros y enmendando los segundos. Y para ello es necesario un contacto permanente con la Palabra.

Cuando leemos la Biblia no podemos hacerlo como una novela ni como un libro de Historia, (aunque contenga Libros históricos), sino como lo que es: el libro de la palabra de Dios. El Libro de la Historia de la Salvación. Nos debemos plantear cuando leemos un pasaje de la misma: “¿Qué me quieres decir, Señor, a través de este pasaje?” Y debemos dedicarle un tiempo para encontrar esta respuesta.

No olvidemos que nos conoce a cada uno desde la primera llamada que nos hace a la vida. De adultos le vamos descubriendo y notando su proximidad sugerente en nosotros. Dejémoslo entrar. No dudemos que en ese diálogo sin palabras seremos capaces de oír su voz trayendo la paz a nuestras conciencias y el brillo a nuestros ojos. La fuerza interior que notaremos nos hará capaces de superar los muros más sólidos de nuestras dificultades.

Pero no siempre es fácil descubrir cómo deben ser nuestras actitudes, lo que Dios nos pide en cada momento, lo que espera de nosotros en cada circunstancia, porque podríamos estar acostumbrados a ir a la oración solamente para pedirle muchas cosas y la oración es mucho más.

La oración ha de ser reflexionada, meditada, sin prisas, en silencio, para acogerla en nuestro interior y llevarla a la vida, porque Él cuenta con nosotros para que le ayudemos a construir su Reino, a extender el Evangelio. Y si en la oración notamos sequedad, no nos importe. Debemos seguir con la seguridad de que Jesucristo conoce nuestros problemas, nuestro estado de ánimo y está ahí junto a nosotros acariciando nuestras almas inquietas, acaso angustiadas. Siempre permanece atento a nuestra llamada.

El acompañamiento espiritual se realiza cuando alguien inicia el camino de una vida cristiana consciente y profunda, cuando pasa a tener una experiencia espiritual personal, una experiencia de Dios más honda. A veces Dios pasa fuerte por nuestra vida y hay que aprovechar ese momento porque tal vez no vuelva a suceder.

Es una gracia actual que nos da Dios para determinados momentos de nuestra vida. La orientación espiritual se imprime en el corazón cuando brota del tú a tú, cuando hay diálogo cara a cara. Como Moisés con Yavéh Dios. Ellos hablaban cara a cara y Moisés se transfiguraba. Era otro.

Este acompañamiento se inserta en el misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Es un proceso que nos lleva a Dios, reforzando al mismo tiempo los vínculos humanos. En él, la amistad se intensifica y se cualifica sobrenaturalmente.

Conversar espiritualmente es hacerle un hueco a Jesús que viene porque, como dice el Evangelio, ‘Cuando dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt. 18, 20). Y esto nos puede recordar los encuentros evangélicos de Cristo junto al pozo de Jacob con la samaritana, con los discípulos de Emaús y con otros personajes como hemos visto anteriormente.

Cristo continúa hoy su conversación de conversión con todo aquel que lo desea, de modo que Él, el Cristo resucitado, recorra con cada uno el camino de la vida y le transforme poco a poco. Pero es necesario no permanecer con la miopía de los discípulos de Emaús y desde nuestra fe y apertura a Jesucristo vivo y resucitado, lanzarnos, como ellos hicieron, a comunicar la gozosa realidad de la Resurrección en el aquí y el ahora.

Así, Cristo entra en nuestra vida y en nuestra historia, siendo Él el protagonista de toda ella, el dueño de nuestro corazón, el Señor de nuestras miradas, el Señor de nuestras palabras, el Señor de nuestras sonrisas. El Señor de nuestra alegría.

En el acompañamiento espiritual existe una relación entre acompañante y acompañado en la que el acompañante ayuda a reconocer, acoger y responder a la acción de Dios que pasa como Salvador y Señor por nuestra vida. Veamos los tres aspectos del acompañamiento:

1º) RECONOCER. Cuando pensé en escribir sobre este tema, tenía mis dudas. Lo consulté con mi acompañante espiritual y me hizo ver que eso podría ser cosa de Dios que estaba pidiéndome que diera y compartiera algo de lo mucho que yo he recibido a lo largo de mi vida. Sí. Pensé que me lo pedía a través del consejo de ese sacerdote que era instrumento en las manos de Dios para pedir mi colaboración. Por si fuera poco, me tropecé con el profeta Jonás que, a través de la lectura de ese corto Libro bíblico, me hizo acoger la llamada. Y en ello estoy, como pueden ver.

2º) ACOGER. Es decir, llevar a mi corazón aquella petición cuando hacía oración y pensar en Jesús que era quien realmente me lo estaba pidiendo. Y recordé aquello de que Dios siempre da el ciento por uno de lo que le damos nosotros, así como aquello de ‘La mies es mucha y los obreros son pocos. (Mt. 9, 37), y ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!’(I Cor. 9,16). Me rodeaba una nube de incertidumbre y recordé al profeta Jeremías en el capítulo 1, 5-9. Lo medité mucho para luego responder.

3º) RESPONDER. Dar mi SÍ a la llamada como lo dio María en la Anunciación, porque cuando Dios, pasa fuerte por nuestra vida hay que aprovechar estos momentos. Porque cuando pasa, nos interpela: ‘¿Dónde está tu hermano?’ ‘¿Qué has hecho de tu hermano?’(Gen. 4, 8-10) y recordé al profeta Jeremías que le dijo al Señor en una ocasión: ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir, has sido más fuerte que yo. Me has podido.’ (Jer. 20, 7).

Embarcarme en este crucero de la salvación me llevó a revisar mi vida, a replantearme muchas cosas, muchas actitudes, porque cuando se habla de Dios hay que vivir lo que dices. No se puede hablar de memoria como cuando se da una clase de Historia o de Matemáticas. Se trata de ser su boca para hablar y su corazón para amar.

Se habla desde la vida. Desde el Corazón. Desde una fe profunda. Desde un compromiso con Dios y con la Iglesia. Aunque tengamos, como humanos, muchos fallos y pecados que salvar. Por eso y para eso nos confesamos y celebramos la reconciliación con Cristo resucitado. A partir de ese momento comencé a tener de nuevo mis entrevistas de acompañamiento espiritual.

El objetivo del acompañamiento es que los bautizados nos formemos para vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad, ya que todos los cristianos estamos llamados a la santidad por aquello que dijo Jesús: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. (Mt. 5, 48).

Poco a poco llegaremos a la madurez cristiana, proceso que exige orientación, cultivo personal, esfuerzo y aprendizaje de los modos con los que el Espíritu Santo actúa en el secreto de nuestros corazones.

Nos hace plantear que debemos dejar a Dios tomar la iniciativa en nuestra vida y buscar respuesta interrogantes: ¿Qué quieres, Señor, de mí? ¿Qué quieres decirme a través de este renglón torcido que pones ante mis ojos? ¿Cómo actuarías tú en este momento? En definitiva, dejarse convertir por el Evangelio.

Y así podemos decir como San Pablo: ‘Vivo yo, pero no soy yo. Es Cristo quien vive en mí’ (Gál. 2, 20). Y a esto llegaremos cuando renunciemos a nuestro ‘ego’, a nuestros caprichos y caminemos según el Evangelio. Según las Bienaventuranzas. Y si caemos o notamos que nuestra fidelidad a Él se resquebraja…pues a emprender el camino de vuelta y reconciliarnos con ese Padre que tenemos que nos ama hasta la locura de la Cruz.

Gracias al acompañamiento podemos sacar a la luz, sin miedo y con franqueza los pequeños problemas, los sentimientos, las alegrías, los logros, los batacazos (que los tendremos), como el vaso roto del alfarero.

Personalmente me he sentido así en ocasiones. Mi acompañante espiritual me aconsejó, hace ya más de 20 años, que leyese Jeremías 18, 1-6. A partir de ese momento lo he meditado muchas veces. En Mt. 11, 28-30, también dice Jesús: ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré’.

El acompañante ofrece las pistas para ir a Jesús, sirve de guía hacia la plenitud humana que trató de mostrarnos Jesús. Él ilumina los signos. Se pone al servicio del que se confía a Él para luego dejarle ir hacia lo que crea mejor. Nos muestra el camino para aprender a reconocer a Dios.

Toda nuestra humanidad recibe la melodía de Dios acompañada de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Nosotros, a veces, podríamos no entender los signos de la llamada de Dios y necesitaríamos acudir a alguien que nos ayude a reconocer lo que nos pasa y nos ponga tras la pista de Dios.

El acompañamiento nos da elementos para descubrir lo que Dios nos va dando o nos va pidiendo de forma personalizada, detectando lo que nos lleva al amor de Dios y a la humanidad. También nos ayuda a detectar lo que nos separa de Él y de los proyectos que tiene para nosotros.

Cada vez que tengamos una entrevista de acompañamiento espiritual, percibiremos la escucha misericordiosa de alguien hacia nosotros, el encuentro amable y sincero, la capacidad de encontrar los valores que tengamos y eso nos ayudará a mejorar nuestras actitudes con los demás. Detectaremos nuestros fallos. Notaremos que algo de Jesús flota en el ambiente y sentiremos más su presencia en nuestra vida y en nuestra persona. Descubriremos lo que tengamos que mejorar y marcharemos con serena paz y plácida alegría.

El conocimiento de nuestro ‘YO’ total y profundo, lo realizaremos poco a poco, paso a paso, a través de un camino por el que iremos avanzando y que quizá nunca terminemos de recorrer.

Con el acompañamiento vamos haciendo camino hacia Jesús que es quien realmente acoge lo que somos y nos restituye la esperanza.

Quien desempeña la tarea de acompañante lo hace desde la absoluta modestia de sentir que se le permite la entrada en la vida del acompañado y lo hace desde la humildad de saber que se le invita a participar en el camino del Espíritu que recorre la persona acompañada. Sólo el Espíritu Santo crea el camino a recorrer para cada persona y marca el ritmo de su crecimiento. Desde el principio hasta el fin del camino espiritual, la presencia y la acción del Espíritu es fundamental porque nos va renovando y fortaleciendo.

El acompañante vive la experiencia de Dios en su vida de oración, en su vivencia sacerdotal, religiosa, familiar y social. Además, está en contacto con la realidad de la pobreza y del sufrimiento. Es decir: tiene capacidad de percibir desde dentro la acción del Espíritu. Cuando El acompañamiento se realiza por sacerdotes suele ir acompañado o unido a la celebración del Sacramento de la Reconciliación o Penitencia.

En todo acompañamiento se trata de ayudar a las personas a crecer en la libertad de los hijos de Dios como fruto del Espíritu, ya que éste es como el viento o la brisa: sopla donde quiere, como quiere y cuando quiere.



Tras varios años, muchos años, de ser acompañado en mi vida por sacerdotes amigos, he encontrado que esta experiencia es una de las que más me han ayudado a crecer y madurar en mi vida cristiana, familiar, profesional, social,…

El acompañamiento espiritual nos ayudará a encontrar solución y paz en nuestros problemas, a aceptarlos y ponerlos en las manos de Dios. En la lucha por superar nuestros defectos, a superar crisis, a saber escoger y decidir lo que debemos hacer en cada momento y en cada situación, a tener alegría y paz, serenidad y confianza. A reírnos con frecuencia, porque el Espíritu Santo nos da el don de la alegría. A ser fuerte ante la adversidad, a estar disponibles para el Señor y para la Iglesia. A descubrir a Dios en la gente que sabe manifestarlo a través de sus hechos. (‘Por sus frutos los conoceréis’. Mt, 7, 16)

Y no olvidemos este detalle tan importante: El verdadero Maestro interior es Jesucristo, porque el que siembra es nada, como también el que riega. Todo viene de Dios que es la fuente del crecimiento. Y es Él quien produce los frutos. Nosotros solamente somos sus instrumentos.

A nosotros, hoy, también nos acompaña el Papa con sus Encíclicas. Además, en los viajes que realiza por distintos países acompaña a las gentes que acuden y a los que desde los medios de comunicación nos enteramos de sus mensajes.

Nuestro Obispo nos guía y acompaña a través de sus Cartas pastorales. Y también nos guían y acompañan los sacerdotes a través de las homilías; a pequeños grupos, a través de la Catequesis; retiros espirituales, donde los haya; a nivel personal, etc.


Se trata de dejar que Dios se configure en nosotros. Que se pueda decir al ver nuestra forma cristiana de concebir la vida como se decía de los primeros cristianos: ‘MIRAD CÓMO SE AMAN’. La recompensa la tendremos cuando podamos fundirnos con Cristo en un intenso abrazo el día que finalice nuestro peregrinar por la tierra y alcancemos la Gloria de la Vida Eterna.

Les dejo con este pensamiento del Libro del Eclesiástico. Vale la pena y, además, me da la impresión que viene como anillo al dedo.

“Trata a un varón piadoso, de quien conoces que sigue los caminos del Señor, cuyo corazón es semejante al tuyo y te compadecerá si te ve caído. Y permanece firme en lo que resuelvas, porque ninguno será para ti más fiel que él. El alma de este hombre piadoso ve mejor las cosas que siete centinelas en lo alto de una atalaya. Y en todas ellas ora por ti al Altísimo, para que te dirija por la senda de la verdad”. Ecl. 37, 15-19.

Que Dos nos bendiga a todos.

domingo 25 de octubre de 2009

Acompañamiento en el Nuevo Testamento

El acompañamiento que Dios hace al ser humano es una constante en su actuación providente a lo largo de todo el proceso de formación de un pueblo que diese cobijo y acogida a su Verbo cuando llegase el momento que nosotros conocemos como ‘la plenitud de los tiempos’. Ese fue el pueblo israelita, que en el devenir de su Historia, con sus infidelidades y sus vueltas a Dios, fue acompañado por Yavéh a través Patriarcas, Jueces, Reyes o Profetas que fueron manteniendo firme la esperanza en un Salvador.

Pero este acompañamiento no podía quedarse estancado ahí, porque ‘la plenitud de los tiempos’ tenía que llegar y llegó en su momento oportuno a través de un ‘SÏ’ fundamental, libre, resolutivo que marcó el cambio de rumbo de la Humanidad desde una jovencísima muchacha que moraba en un lugar llamado Nazaret. ¡Ah! Y su nombre era María. Y estaba desposada con un varón que respondía al nombre de José.

Desde ese momento, conocido en adelante como el Nuevo Testamento, Dios sigue teniendo la iniciativa y desea seguir acompañando a la Humanidad de una forma diferente. Tomó la decisión de ser Él mismo, en persona (y nunca mejor dicho), quien iniciaría ese acompañamiento a todos, pero de forma especial a través de unas personas claves. Vamos a detenernos en el primero de ellos:

JOSÉ .- Cuando al principio del Evangelio de Mateo encontramos el pasaje que nos cuenta cómo María concibió a su Hijo por la acción del Espíritu Santo, ‘José su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto’. (Mt. 1, 19) Humanamente era normal que pensase así, pero su talla moral la demostró con la decisión que tomó. No quería hacer daño a María. Y Dios decide enviarle un mensajero Suyo que le aclarase la situación.

Mientras José dormía el ángel mensajero de Dios le dice : “José, hijo de David, no temas recibir contigo a María, tu mujer, porque su concepción es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”. (Mt. 1, 19). Sus dudas respecto al embarazo de María quedaban claras. Y el acompañamiento divino se hace patente nuevamente.

Los Magos de Oriente.- Cuando se presentan en Jerusalén guiados por la estrella y preguntan dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer, Herodes se preocupa por si le arrebata su poder. Eso de ‘Rey de los judíos’ ¿de qué otra manera iba entenderlo si no era desde el poder terreno? Y surge el miedo a perder su hegemonía. Les dice que cuando lo encuentren vuelvan a comunicárselo para ir él a adorarle. La mentira hace acto de presencia porque lo que realmente quiere es eliminarlo.

Nuevamente el acompañamiento divino hace acto de presencia. ‘Y advertidos en sueños de que no volvieran donde estaba Herodes, regresaron a su país por otro camino’. (Mt. 2, 12). Se dejaron guiar y marcharon siguiendo el mensaje recibido.

Pero eso había que completarlo con una nueva acción acompañante. El ángel del Señor se aparece en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al Niño y a su Madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes busca al Niño para matarle”. (Mt. 2, 13). Éste fue un éxodo de Jesús que tuvo que huir de su país para instalarse en uno extranjero, huyendo del poder político. Verdaderamente fueron unos exiliados.

Muerto Herodes José recibe un nuevo aviso para que regresara desde Egipto con Jesús y su Madre a la tierra de Israel, diciéndole: “Levántate, toma al Niño y a su Madre y vuelve a la tierra de Israel porque han muerto los que atentaban contra la vida del Niño”. (Mt. 2, 20). Nuevamente se pusieron en camino para establecerse en Nazaret.

Pasan los años y continuando en esta línea acompañante de Dios, aparece un nuevo personaje en esta etapa de la Historia. Se trata de Juan, hijo de Isabel, la prima de María, y de Zacarías. Era, por tanto primo de Jesús.

EL PRECURSOR.- Antes de iniciar Jesús su vida pública, aparece su Precursor predicando en el desierto de Judea, preparando los caminos del Salvador.

Acompañaba y guiaba a las gentes diciéndoles: ‘Arrepentíos, porque está llegando el Reino de los Cielos’. (Mt. 3, 2). Las gentes reconocían sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán.

Al igual que los profetas anteriores guiaba y acompañaba al pueblo, exigía frutos de conversión y les decía que ‘todo árbol que no dé fruto será cortado y echado al fuego’. (Lc. 3, 9). Añadía: ‘El que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias’. (Lc. 3, 16).

El punto álgido de su predicación pienso que pudo ser la ‘presentación’ al pueblo del que sería su gran acompañante: ‘Vio a Jesús que se acercaba a él y dijo: Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. (Jn. 1, 29), y el bautizo en el Jordán, después del cual, cuando Jesús sale del agua, los cielos se abren y se ve el Espíritu de Dios descender sobre Él en forma de paloma y oírse una voz de los cielos diciendo: “Este es mi Hijo amado en el que me complazco”. (Mt.3, 16-17). Es el mismo Espíritu que se manifestó en su concepción y en su nacimiento y que lo acompañará durante toda su vida. La Santísima Trinidad aparece de forma inequívoca.


Una constante en el desarrollo de los Evangelios es presentarnos a Jesús en continuo contacto con su Padre a través de la oración para dejarse acompañar por Él en el silencio y la solitariedad.

El evangelista Marcos dice: “Muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí oraba”. (Mc. 1, 35). Solía hacerlo antes de comenzar su jornada de predicación. La ponía previamente en manos de su Padre y luego se dedicaba a acompañar a las personas que le seguían (por ejemplo, en la multiplicación de los panes y de los peces. Otra ocasión sería en el monte de las Bienaventuranzas cuando expuso su programa de vida, (Mt. 5, 1-12) o a cuantos iban a Él en determinados momentos (Zaqueo, Nicodemo, Marta y María, la Samaritana, María Magdalena,...).

Y siempre que debe tomar una decisión, se prepara previamente con la oración. Cuando ha de elegir a doce apóstoles de entre todos los discípulos, dice el Evangelio que se retiró al monte y pasó la noche orando (Lc. 6, 12-16), es decir, siendo acompañado a su vez por el Padre y el Espíritu Santo para que le guiaran en su actuación.

Jesús es la presencia cercana de Dios en medio de los suyos manifestada en sus encuentros con la gente a quienes mostraba la misericordia del Padre. Esta es la parte esencial del acompañamiento permanente a un pueblo y a unas gentes abatidas por el sufrimiento y el pecado.

Los encuentros frecuentes con los pecadores y los marginados no eran para condenarlos, sino para decirles que Dios no los olvida, los tiene presentes y que existe un camino de vuelta porque eran sus preferidos. Dijo: ‘No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’. (Mt. 9, 13). Va anunciándoles ya el mensaje que ha venido a traer a la tierra.

Para Jesús, acompañar en la fe significa “compartir su existencia” y esto se manifiesta en algunos pasajes en los que se puede ver la existencia de un diálogo, de una escucha, de una acogida, de una presencia misericordiosa de Dios, de un contacto con la verdad, de un nuevo horizonte de Dios.

Podemos comprobarlo en los encuentros especiales que Jesús tiene con algunas personas para hacerles ver el camino de la salvación que ya está comenzando en su predicación. Uno de ellos es el encuentro con el publicano Leví, que luego se convertiría en Apóstol y evangelista, quien cuenta el momento de su encuentro con Jesús, de su conversión, y lo celebró con una cena especial con sus amigos publicanos y el Señor. En él celebró su radical cambio de vida. Podríamos decir que en esa fiesta murió Leví y nació Mateo.

Las comidas de Jesús con los pecadores eran criticadas por sus adversarios. Sin embargo para Jesús eran momentos para acercarse a ellos y mostrarles el amor incondicional de Dios.

Hay otro personaje singular que tuvo la iniciativa de querer hablar con Jesús a solas. Y el diálogo se produjo durante la noche. El evangelista Juan nos narra el encuentro que tuvo Jesús con Nicodemo. Y Jesús se dejó encontrar.

NICODEMO .- (Jn. 3, 1-21). Hombre principal entre los judíos, miembro del grupo de los fariseos, se siente seriamente interesado por Jesús. Se acerca a hablarle de noche porque no quiere que sea conocida su simpatía por Él. Reconoce que es enviado de Dios, porque los signos que hacía no podían hacerse si Dios no estaba con Él.

Durante la conversación, Jesús enfrenta a Nicodemo con su verdad para hacer que surja la fe, sin imponerle nada ni darle soluciones ni recetas. Quiere que Nicodemo vaya descubriendo las cosas. Le invita a renacer por la acción de Dios a través de su apertura personal y le dice que nadie puede entrar en el Reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu.

Le abre otro horizonte: la gratuidad de la presencia y acción de Dios en su vida si él quiere, si se pone en las manos de Dios. Le invita a la libertad y a la flexibilidad dejándose llevar, como el viento, que sopla donde quiere, pero no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Jesús tuvo con Nicodemo una buena sesión de acompañamiento espiritual. Y Nicodemo se mantuvo fiel y acompañó a Jesús en las horas difíciles de su Pasión y Muerte.

Otro personaje muy conocido en Evangelio con quien Jesús se hizo el encontradizo, es

LA SAMARITANA .- (Jn. 4, 4-42) También aquí es Jesús quien toma la iniciativa a través de algo tan simple como pedirle que le diera de beber. Con su peculiar lenguaje, Jesús la invita a no quedarse en lo superficial. Enfrenta a la mujer con su realidad. Pero no la condena.

Le da un pequeño signo para ayudarla: “El agua que Yo le daré será en él un manantial que salte hasta la vida eterna”. (Jn. 4, 14). La invita a dar una respuesta personal a Dios. Es otra sesión de acompañamiento espiritual que tiene Jesús con esta mujer.

ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL A SUS SEGUIDORES

Si buscamos en el Evangelio de Juan, en el pasaje que narra la Última Cena de despedida de Jesús con los suyos, encontraremos lo siguiente: ‘Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, se lo ciñó a la cintura, echó agua en una palangana y les lavó los pies’. (Jn. 13, 1-15). Hizo lo mismo que hacían los esclavos y servidores. Y después de este gesto, se puso el manto, se sentó a la mesa y les dijo a los suyos: ‘Si Yo que soy el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros’.

Y lo más importante del acompañamiento que les hizo a los Apóstoles, ya avanzada la cena es en dos momentos cruciales: uno, cuando ‘tomo pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed; esto es mi cuerpo’. (Mt. 26, 26-29). El otro cuando les dijo: ‘Un nuevo mandamiento os doy: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado. En eso reconocerán que sois mis discípulos’. (Jn. 13, 34-35).

Esto es parte del testamento espiritual de Jesús que sabe próximo su fin. Podríamos decir que son sus últimas voluntades.

Y no puedo dejar de mencionar el acompañamiento que hizo después de su Resurrección a dos discípulos con un estado de ánimo decaído.

LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS .- (Lc. 24,13)

Jesús sale al encuentro de esas personas que se dirigen a Emaús. Creen que el proyecto de Jesús ha fracasado, cuando lo que realmente ha fracasado es su proyecto de discípulos por su miopía (si no ceguera) en su fe. El Resucitado camina junto a ellos haciéndose el encontradizo, como quien no sabe nada. HABLA con ellos y les PREGUNTA. ESCUCHA cuanto le dicen. PERMANECE con ellos pero no lo reconocen. Y esto es lo que asombra a Jesús.

Al atardecer se queda a compartir la cena con ellos. Les explica las escrituras pero es AL PARTIR EL PAN, justo en ese momento, cuando se dan cuenta de quién es, realmente, su acompañante. Es necesaria la Fracción del Pan para que se curen de su miopía o ceguera espiritual, porque antes, aunque les hablara Jesús en persona, seguían sin ver.

La Eucaristía es el culmen, la cima, del acompañamiento de Jesucristo a cada uno de nosotros para que le reconozcamos como el Kyrios, como el Señor de la Historia y de nuestra propia historia.

MARÍA, MADRE DE DIOS,

También Ella fue acompañada y acompañante espiritual. Acompañada por el Padre toda su vida para llevar a buen término su colaboración en la Redención, lo cual no significa que no tuviera dificultades y momentos durísimos, como cuando acompaña a su Hijo en la Pasión y al pie de la Cruz. Acompañante cuando corrió a la montaña sin tener en cuenta que está en los primeros meses de su embarazo y que puede correr riesgo el mismo Hijo de Dios. Siente la inquietud de acompañar y ayudar a su prima Isabel que ha concebido un hijo en su ancianidad. La acompañó y la sirvió hasta que nació Juan el Bautista.

María también acompaña a su Hijo en su misión y por eso adelanta de alguna manera los signos del reino: “Mira. No tiene vino”. Con su fe, con su intuición femenina, con su esperanza. Ella mira a los servidores y les dice: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2, 1-11) y Jesús se rinde. No tiene más remedio. No puede desairar, no puede fallar a su Madre. Ese consejo que María da a los servidores, podemos decir que también nos lo está dando hoy a nosotros.

Y María también acompañó a la Iglesia naciente. Estaba junto a todos los apóstoles y otras mujeres que perseveraban unánimes en la oración. (Act. 1, 12-14). Los apóstoles siguieron acompañando al pueblo y a muchos pueblos de distintos países con su predicación y con sus cartas, llamadas ‘epístolas’. Solamente San Pablo escribió 13 a distintas comunidades.

En su Carta a los Romanos (12, 2), dice así: ‘No os acomodéis a los criterios de este mundo, al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada’. (No podemos aceptar el aborto, la eutanasia, las supersticiones, etc. Estos podrán ser los criterios del mundo, pero en ningún caso, los de Dios).

En la I carta a los Corintios, en el capítulo 13, escribe sobre el amor cristiano: ‘Aunque hablara las lenguas de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de hablar en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia; u aunque mi fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes a los pobres, si no tengo amor, de nada me sirve’.

Sigue diciendo San Pablo: ‘El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia ni orgullo. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal. Todo lo disculpa, todo lo aguanta’.

Ya vemos la importancia del acompañamiento espiritual a través de la Biblia. Si analizamos el comportamiento de Dios a lo largo e toda la historia de la humanidad, es Él realmente quien acompaña a las personas de todos los tiempos valiéndose en cada momento de la persona que cree idónea para cada caso, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, sólo que en éste último es Él mismo quien viene a acompañarnos personalmente y se queda con nosotros en la Eucaristía para seguir con nosotros, como veremos la semana próxima, Dios mediante.

El Señor es mi pastor. Nada me falta…
Me conduce junto a aguas tranquilas
y repone mis fuerzas…
Tu amor y tu bondad me acompañan
Todos los días de mi vida…

Salmo 23(22)

lunes 19 de octubre de 2009

Acompañamiento Espiritual en el A.T.

Un cristiano que quiera vivir la radicalidad del Evangelio, pienso que debe hilar muy fino con el contenido de la doctrina de Jesucristo para luego hacer la traducción correspondiente proyectándola en la vida propia. Y eso no es fácil, porque como humanos que somos tenemos cierta tendencia a echar mano de nuestros convencionalismos particulares o de nuestro egoísmo en determinadas ocasiones. Y sin embargo resulta factible hacerlo, aunque el camino sea más o menos largo.

Pero aun así, lo fundamental es descubrir la necesidad de empezar a recorrerlo y tener la humildad, serenidad, objetividad y fuerza de voluntad suficiente para ver la realidad evangélica en nosotros mismos y procurar que nuestra vida discurra según la voluntad de Dios y sus caminos para seguirlos, con todas las piedras y matojos que pueda haber.

Lo que ocurre es que si ese camino lo recorremos acompañados por alguien, generalmente un sacerdote, que nos pueda marcar las guías por las que deba discurrir nuestro cristianismo, será mejor. Tendríamos que buscarlo, pero seguro que hay uno que nos satisfaga para ese menester y en un plazo más o menos largo seremos capaces de ir descubriendo lo mejor de nosotros mismos porque nuestro acompañante irá haciendo que lo veamos con meridiana claridad.

Supongo que esto no sonará a novedad para ninguno de ustedes, porque realmente el acompañamiento es tan antiguo como la Creación. Y no estoy diciendo ninguna tontería.

El acompañamiento espiritual se inició en los albores de la Humanidad.

En el libro del Génesis se nos dice que Dios bajaba al atardecer a estar con el hombre: ‘Oyeron después los pasos del Señor Dios que se paseaba por el huerto al fresco de la tarde. Y ellos se escondieron de su vista entre los árboles del huerto’. (Gen. 3,8). O sea, que Dios mismo acompaña, pasea, habla con el hombre y la mujer. ¿Cómo sabían, cómo conocían Adán y Eva que aquellos pasos que escuchaban después de su caída, eran los de Dios? Sencillamente, porque estaban acostumbrado a oírlos y les eran familiares. Yahvé paseaba cada atardecer con ellos, les acompañaba, dialogaban, eran amigos porque eran la obra mimada de su creación, los había modelado el mismo Dios y les había insuflado su Espíritu. Los había hecho a su imagen y semejanza. Los había creado para proyectarse en ellos con el mismo amor infinito que había volcado en la Creación.

Lo fundamental de este pasaje pienso que es la comunicación entre el Creador y su criatura, dentro de la sencillez con que el autor material del Génesis nos lo relata. Había una relación mutua. Una confianza mutua. Dios, aun dejándolos a su albedrío, les aconsejaba y guiaba respetando la libertad con la que les había dotado.

Fijémonos que cuando tiene que crearlos lo hace de una forma distinta al resto de la Creación. Según el Génesis 2, 7, ‘Yahvé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente’, distinto y superior al resto de todo lo creado, precisamente por ese hálito de vida que le hacía semejante a Dios y a través del cual Dios le da una parte Sí mismo. Así pues, llevamos dentro de nosotros un pedacito (perdónenme la expresión) del alma de Dios.

Por eso cuando Dios expulsa del Paraíso a Adán y a Eva no quiere dejarlos abandonados a su suerte e inmediatamente les hace una promesa de salvación: ‘Pondré enemistad entre ti (la serpiente) y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón’. (Gen. 3, 15). Y Dios continuó acompañando al ser humano.

El Dios del que habla el Libro del Génesis, está muy cerca del hombre y le sigue ayudando; lo trata familiarmente, lo acompaña permanentemente. Emigra con su criatura en la aventura de la vida por donde va y siempre se hace presente tanto al alba como en el ocaso.

Siempre misericordioso no olvida que el ser humano, aunque haya sido hecho a su imagen, es limitado, es débil y lo necesita. Pero el Señor Dios, cumple siempre su Palabra la cual se concreta en las alianzas que el Génesis nos recuerda: una, con Noé y la Humanidad; otra con el patriarca Abraham y sus descendientes. La tercera, con Moisés y el pueblo israelita, que también tiene su importancia.

A lo largo del Antiguo Testamento Dios sigue acompañando al ser humano. Veamos algunos casos de acompañamiento divino en esa época.

NOÉ .- Llega un momento en que Dios decide enviar el diluvio sobre la tierra conocida. Sus habitantes se han corrompido y sabe que Noé le permanece fiel, según dice el Génesis 6, 9, “Era justo y honrado entre sus contemporáneos. Un hombre fiel a Dios”.

Le habla y le dice ‘hazte un arca para entrar con tu familia y un par de animales de cada especie, porque todo cuanto hay sobre la tierra, morirá. Contigo, en cambio, estableceré mi alianza. (Gen. 6, 17-18).

Al finalizar el diluvio se acordó Dios de Noé y de todos los que estaban en el arca… Hizo pasar un viento sobre la tierra y bajó el nivel de las aguas. Cuando la tierra estuvo seca Dios le dijo que saliera del arca junto con todos los que estaban dentro. Noé levantó un altar y ofreció un sacrificio en acción de gracias a Yavéh Dios. (Gen. 8). Era la respuesta lógica desde su agradecimiento.

De nuevo habló Dios y estableció una alianza con Noé y sus descendientes y con todos los seres vivos que les habían acompañado. (Gén. 9, 9-10). Y siguió acompañándolo a lo largo de su vida y continuó su amistad y fidelidad mutua. Ni Dios abandonó a Noé, ni Noé se olvidó de Dios.


ABRAHAM .- Pasados unos años es Abraham, nuestro padre en la fe, el que es acompañado por Dios, también por su fidelidad. En Gen, 12 dice: “Yahvé dijo a Abraham: Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre y vete a la tierra que Yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre. Por ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra.” Abraham tuvo que abandonar todo lo suyo, salir de su seguridad y aceptar la propuesta de Dios. Es el don de la fe quien le mueve a tomar la decisión de la obediencia.

Es mucho lo que le pide Dios a Abraham. Es la sublime y exigente llamada de Dios. Tiene que dejar su tierra, su patria, y salir hacia un país desconocido con la única garantía de la promesa de Dios. Una posteridad y en ella y por ella, una bendición para toda la Humanidad. El Don de la fe se activa en Abraham y su respuesta a Dios es un acto de fe absoluta, de obediencia y de confianza plena en Dios. Así comienza la Historia del Pueblo elegido.

Se pusieron, pues, en camino hacia la tierra de Canaán. Cuando llegó, levantó un altar a Yahvé en acción de gracias. Abraham siempre anduvo en la presencia de Dios. Su fe en Él le comprometió y transformó hasta el extremo de que el propio Hacedor quiere acompañarle y asistirle siempre. Podemos verlo en estos pasajes:

“No temas, Abraham, Yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande”. (Gen. 15, 1) ; “Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Así será tu descendencia.” (Gen. 15, 5) ; “Yavéh le anunció: tu mujer, Sara, tendrá un hijo al que llamarás Isaac. Yo estableceré con él una alianza perpetua, para ser su Dios y el de su descendencia.” (Gen. 17, 19).

Pero ese Dios acompañante le pide una nueva prueba pasados unos años. Para probar su fe le pide que sacrifique a su hijo y se lo ofrezca en un altar. Esto supone para Abraham un choque interior tremendo, porque supone que el hijo de la promesa tiene que morir. Y esto se agudiza aún más cuando Isaac le pregunta: ‘Padre. Llevamos la leña para el sacrificio, pero ¿y la víctima?’ (Gen. 22, 7-8). Esto aún heriría más a Abraham, pero aún tiene serenidad para responderle: ‘Dios proveerá’. Y esa es una respuesta dicha desde la fe.

¿Dónde está la promesa de descendencia que le hizo Dios? Y a costa de no sabemos qué, la decisión de Abraham es firme: tiene total confianza en Dios. Marcha hacia el monte Moria y levanta el altar. Su fidelidad sigue en pie. No vacila. Y Dios le premia. En el último momento de la prueba Dios le manda un ángel que le detiene el brazo.

Abraham ha superado las pruebas y Dios sigue acompañándole porque se lo ha merecido. ¿Se imaginan el respiro que daría cuando su brazo quedó en el aire y oyó el mensaje del mismo que le había pedido semejante sacrificio? Quedaba claro que su fe en Dios era absoluta. Inconmovible. Y Dios lo valoró y premió.

Nosotros, igual. Podemos superar nuestras propias pruebas, si nos dejamos acompañar por Dios, por su Palabra, por la oración profunda, por los Sacramentos y, además, por un acompañante espiritual. Recordando la actitud de Abraham y procediendo como él en cualquier momento o problema que la vida nos presenta cada día. Entonces podremos decir como Abraham: ‘Dios proveerá’.

MOISÉS .- Fue salvado de las aguas cuando era un bebé de tres meses. Su salvación presagiaba su misión. Él es salvado para salvar a sus hermanos de raza de la esclavitud egipcia. Ese es el Plan de Dios con este personaje. Era el instrumento del que se valdría para liberar al pueblo que había elegido y echar un cimiento de los más importantes a la Historia de la Salvación. Porque Dios, habiendo escuchado los lamentos de su pueblo, recordó la promesa que había hecho a Abraham, a Isaac y Jacob.

Y aprovechó un día en que Moisés, pastoreando el rebaño de Jetró, su suegro, llegó al Horeb el monte de Dios, donde tuvo la gran experiencia de contemplar una zarza que ardía sin consumirse. Escuchó la voz de Dios que lo llamaba y pronto se dio cuenta que era el Dios de sus padres que le pedía algo aparentemente imposible.

Pienso que al principio pudo sentir algo muy parecido al miedo y también pudo haber excusas de muchas clases para evitar esta misión, pero no logró escaparse. Y menos cuando oyó la promesa de Dios: ‘Yo estaré contigo’ (Ex. 3, 12). ‘Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir’ (Ex. 4, 12). ¿No piensan ustedes que esto es un acompañamiento en su totalidad? De todos modos, los capítulos 3 y 4 del Éxodo nos relatan con detalle todo este pasaje.

A partir de ahí el acompañamiento divino se manifiesta en montones de ocasiones: la columna de fuego, la nube, el paso del Mar Rojo, el agua de la roca en el Horeb, en la entrega del Decálogo,…

Moisés fue un gran guía y un excelente acompañante espiritual para el pueblo israelita. Y mantenía su fe inconmovible porque hablaba a diario con Dios como lo haría con un amigo. Y Yavéh fue acompañante y amigo para Moisés. Sin embargo el pueblo pronto empezó con sus infidelidades a través de los agitadores de turno Datán, su hermano Abirón, Coré… (Núm. 16) (Becerro de oro, idolatría,…) Lo mismo que ocurre hoy entre nosotros. Siempre hay alguien que se empeña en hacernos creer cosas raras de Dios o de la Iglesia y también encuentran quien les sigue. Y sin embargo Él permanece fiel con la Humanidad y constantemente nos recuerda que su voz, su Palabra, ya vino aquí para acampar entre nosotros y acompañarnos a cada uno. Pero de eso hablaré más adelante.

Hoy también hay gente que, desde su ignorancia y sin darse cuenta, da valor a determinados objetos y confía en ellos para que les dé suerte (una pata de conejo, una brujita, un lazo rojo, etc), lo mismo que las supersticiones (el nº 13, pasar por debajo de una escalera, etc.) y eso es una falta de confianza en Dios. Son los nuevos “becerros de oro” de hoy. Si tenemos las ideas claras, no debemos dejarnos llevar por estas creencias porque van contra el primer Mandamiento de la Ley de Dios.


Y así podríamos ver distintos casos del acompañamiento de Yavéh a diferentes personas del A.T.: a David, a Tobías (con el ángel que le acompañó en su viaje), a los Profetas,… Pero con éstos permítanme, por favor, que me detenga en dos de ellos a los que admiro (lo cual no significa en absoluto que menosprecie al resto, ya que cada uno es importante en su faceta como portavoz de Dios) y que de alguna manera me han marcado personalmente a través de sus escritos, porque me han hecho ver cosas para mi vida, auténticos regalos de Dios, que jamás hubiese podido imaginar. Son Isaías y Jeremías.

ISAÍAS: Todos conocemos que bajo los escritos de este Profeta hay tres Isaías.

El primero en el s. VIII a. de C. (Capít. 1 al 39). Nos cuenta su vocación: la llamada de Dios. Dice así: ‘Entonces oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?’ Respondí: ‘Aquí estoy yo. Envíame’. (Is. 6, 8). Y a través de este primer Isaías Dios acompaña a su pueblo.

El segundo en la época del exilio. (Cap. 40 al 55). (S. VII a. de C.- Años 546 a 539 a. de C.) Éste es el auténtico guía y acompañante, el de los momentos difíciles. Y en el cap. 40, 3, dice a su pueblo: ‘Una voz grita: Preparad en el desierto un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios’. Y esto pienso que también sirve hoy para nosotros. Debemos preparar, sin pausa alguna, los caminos del Señor en nuestro interior, pero además, también en nuestros ambientes. Ahora fijémonos en estos mensajes de Dios, absolutamente vigentes hoy: ’Tú eres mi siervo. Yo te he elegido, no te he rechazado. No temas porque Yo estoy contigo, no te asustes, pues Yo soy tu Dios. Yo te doy fuerza, soy tu auxilio y te sostengo con mi diestra victoriosa”. (Is. 41, 9-10). ; ‘No temas, pues Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, mío eres’. (Is. 43, 1) ; ‘Porque Yo soy el Señor, tu Dios, tu Salvador. Porque mucho vales a mis ojos, eres precioso y yo te amo y entrego por ti reinos y pueblos a cambio de tu vida. Nada temas que yo estoy contigo . (Is. 43, 3-5). Todo lo va proclamando a lo largo de los siete años que duró su misión. ¿Entienden lo que me ha hecho ver este Profeta? ¿Y a ustedes? Porque son mensajes que hoy nos está diciendo a cada uno de nosotros, porque la Palabra de Dios es siempre viva y actual. Uno más: ‘Vosotros sois mis testigos y mis siervos a quienes Yo he elegido para que me conocierais y creyerais y comprendierais que Yo soy Dios’. (Is. 43, 10). Es un auténtico acompañamiento a su pueblo en el exilio. Y también para nosotros, ¿verdad?

El tercero es posterior al exilio, cuando el pueblo regresa y e encuentra una tierra pobre y ruinas por doquier. Todo está por hacer. (Cap. 56 al 66). Dios también se hace presente en su pueblo a través del Profeta manifestando, por ejemplo, el tipo de ayuno que prefiere: ‘Que compartas tu pan con el hambriento, que albergues a los pobres sin techo,… Entonces clamarás y te responderá el Señor, pedirás auxilio y te dirá “Aquí estoy”… El Señor te guiará siempre, te saciará en el desierto y te fortalecerá’. (Is. 58, 6-12). Y presenta una esperanza en el libertador de Israel: ‘¿Quién ese que viene de Edom, de Bosrá,, con vestidos de púrpura?...Soy yo, que proclamo la liberación y tengo poder para salvar. (Is. 63, 1-4). Si nos damos cuenta, es el mismo personaje del Apocalipsis 19, 11-13.

Y también tenemos a JEREMÍAS. Otro instrumento de Dios para hacerse presente en su pueblo y, por tanto lo acompaña siempre, le habla, le da ánimo en su misión: ‘Tú, pues, cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te mande. No tiembles ante ellos. He aquí que Yo te constituyo en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, como muro de bronce frente a todo el país. Van a luchar contra ti, pero no podrán vencerte, porque Yo estoy contigo para librarte’. (Jer.1, 17-19). Son palabras de ánimo para el profeta y para su pueblo.

Más adelante le hace ver (y a nosotros también) que la confianza en Dios no queda sin recompensa: ‘Bendito el hombre que confía en Yavéh. Es como el árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces; nada teme cuando llega el calor ; su follaje se mantiene verde ; en año de sequía no se inquieta, ni deja de producir sus frutos’. (Jer. 17, 7).

Y otro fragmento que me encanta porque me siento reflejado en él, como tal vez les suceda también a ustedes o a cualquiera de nuestros ancestros, es el del alfarero. Nos hace ver, como le hizo ver a Jeremías y a Israel, que estamos en sus manos: ‘Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, pueblo de Israel’ (Jer. 18, 1-6). Pues…así es nuestro Padre. Todo Providencia y amor.

Ya ven que es el mismo Dios quien nos marca la pauta en el acompañamiento. Y Jesucristo hizo lo propio cuando vivió entre nosotros, como veremos más adelante.

Ahora les dejo con sus reflexiones y mi oración. Que Él nos bendiga a todos y su Madre nos acompañe.

Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro,
pues tú, Señor, me das más alegría
que si tuviera trigo y mosto en abundancia.
Me acuesto en paz y en seguida me duermo,
porque sólo tú, Señor, me haces descansar confiado.

(Salmo 4 7-9)

domingo 11 de octubre de 2009

Soy rebelde

Sí, amigos. Así, a simple vista parece que suena mal, pero es así. He sido un rebelde y sigo siendo un rebelde en constante progreso.

Cuanto más profundizo en el Evangelio, cuanto más profundizo en la persona de Jesús de Nazaret, más rebelde e inconformista soy. Me ha venido a la mente el pasaje de la expulsión de los vendedores del templo: “…haciendo de cuerdas un azote, los arrojó a todos del templo,…’Quitad de aquí todo eso y no hagáis de la casa de mi Padre casa de contratación’. Se acordaron los discípulos que está escrito; ‘El celo de tu casa me consume’… Los judíos le dijeron: ¿Qué señal das para obrar así? Respondió Jesús y dijo: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’… Pero Él hablaba del templo de su cuerpo”. (Jn 2, 13-22).

Esto es lo que a los cristianos que tenemos a Dios en el eje y centro de nuestra vida nos ocurre en mayor o menor profundidad cuando queremos vivir el Evangelio y hacer presente, dentro de nuestros límites, pero con la ayuda del Espíritu, el Reino de Dios en nuestros ambientes, en nuestra sociedad, porque vemos claro que Jesús es el auténtico Señor del Universo y de la Historia.

Y ante las injusticias sociales, ante los ataques más o menos velados a Jesús, intentando ningunearlo y pretendiendo hacer fracasar su Pasión y Resurrección, a través de los ataques dirigidos a la Iglesia, me hace ser rebelde e inconformista. Aun sabiendo mis límites, me encuentro en el deber de aportar mi esfuerzo para contrarestar todo esto de alguna manera.

Se ataca a la Iglesia porque es una firme defensora de la vida y habla por esos niños y niñas que mediante leyes inicuas, absurdas e injustas que favorecen el aborto, pretenden enmendar la plana a Dios, Señor de la vida y de la muerte, pretendiendo asumir funciones que solamente son divinas, porque el ‘No matarás’ es una Ley de derecho divino.

Ante eso y otras muchas cosas se lucha. El próximo día 17 de octubre hay convocada una macro manifestación en Madrid a favor de la vida y mediante mails o directamente debemos hablar con cuantos podamos para apoyar esta protesta masiva para que la Ley que favorece el aborto sea retirada y defender esas criaturas que quieren matar sin miramiento alguno negándoles el valor más preciado que tenemos: la vida. Y quien dice eso dice otras cosas.

Nos queda el apoyo de Jesús que nos dijo: ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella’. (Mt. 16, 13-20). Y hemos de poner todo nuestro empeño en colaborar con Dios para que, con su ayuda, pueda hacerse realidad esta promesa. Con la oración, sí, desde luego. Pero también con hechos. Para eso, entre otras muchas cosas, nos ha plantado Dios en este mundo. Y aquí debemos florecer para que Él recoja los frutos.

Cuando Jesús vino a perfeccionarlo todo y su doctrina chocó frontalmente con lo legalmente establecido que miraba más las formas que el fondo de las cosas y de las personas. La expulsión de los mercaderes del templo es un claro ejemplo de ello, como tantos otros hay en el Evangelio, y eso es porque también Él era un inconformista y nos enseñó a colocar las cosas en su justo punto. También a nosotros ‘El celo de las cosas de Dios nos consumen’ y hemos de estar dispuestos a cuanto podamos y debamos hacer.


Jesucristo vino a cumplir la voluntad del Padre y marcarnos un estilo de vida de cara a nuestra colaboración con Él para trabajar en la mejora de las estructuras para nuestro propio bien. Y aquí no hay parvedad: ‘Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente; mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca’. (Ap. 3 15-16). Me parece que está suficientemente claro y no necesita ninguna aclaración.

Creo que, en este sentido, todos somos en mayor o menor grado, rebeldes en constante progreso y evolución y sin dar cabida al desánimo, aunque nuestra naturaleza nos predisponga, en ocasiones, a ello. Dios nos ayuda. ¿Qué más podemos pedir?

Que se alegren los que se acogen a ti, y su gozo sea eterno;
protégelos , y se llenarán de júbilo los que te aman.
Porque Tú, Señor, bendices al justo,
y como un escudo lo protege tu favor’.

(Sal. 5, 12-13)


Que Dios nos bendiga y hasta siempre en la Comunión.

domingo 4 de octubre de 2009

Las manos del abuelo

Corro el peligro de parecer pesado, pero… pienso que debo arriesgarme.

Verán ustedes. Si no recuerdo mal, en dos ocasiones anteriores he hablado del tema de ‘las manos’ (la última el 13 de septiembre). Ahora no es que quiero repetir tema y menos, haciendo tan poco tiempo, pero es que cuando vienen cosas a las manos se deben aprovechar so pena de que se pierdan y luego estaríamos lamentándonos mucho tiempo.

Hace unos días buscaba páginas infantiles en internet y en una de ella me encontré que había un apartado para Power Point. Allí me metí lleno de curiosidad y me encontré uno con el título que he puesto en esta entrada. Lo leí y releí. Es cierto que este tipo de montajes suelen aportar un mensaje, pero éste me hizo pensar y recordar…, volver a vivir algunas situaciones y escenas de mi infancia. (El abuelo, por ejemplo).

Me emocioné. Y oré…por mis abuelos.

Mientras nuestra existencia va transcurriendo entre el trabajo, los problemas, las inquietudes que todos tenemos, se nos escapan muchos detalles de la vida que, ya en la madurez, nos damos cuenta de ellos. Y, generalmente, es cuando los valoramos y en ocasiones nos damos cuenta del tiempo que hemos podido perder en otras cosas que nos han impedido disfrutar más plenamente de la vida familiar.

Recuerdo que cuando mis hijos iban a la escuela infantil, con cuatro o cinco años, cantaban una canción que, entre otras cosas, decía: ‘Te damos las gracias, Señor, por las manos…’Y con este Power la recordé, así como los tantos y tantos motivos de agradecimiento que tenemos para Dios por los dones que gratuitamente recibimos a diario solamente porque nos quiere. Aquellos de los que somos conscientes de recibir y otros, acaso muchísimos más, que los recibimos de Él sin saberlo nosotros.

Me parece que este Power Point es un magnífico complemento a mis escritos anteriores sobre este tema. Es una pena que no se pueda oír la preciosa música que lleva. Acaso algunos de los que leen este blog puedan volver a viejos recuerdos del pasado. Pienso que puede hacernos mucho bien y, tal vez, acercarnos más al Creador.

Que Él bendiga a su autor o autora y a todos nosotros. Les dejo con el Power. Hasta la próxima semana, si Dios quiere.

Las Manos Del Abuelo

domingo 27 de septiembre de 2009

La Palabra

A estas alturas pienso que ya se ha visto que el protagonista indiscutible de este blog es Jesús de Nazaret, el LOGOS, la Palabra de Dios que se hizo uno más como nosotros, exactamente igual que nosotros, excepto en el pecado, como tantas y tantas veces nos recuerdan San Pablo y otros autores cristianos.

Yo he leído expresiones de diversos autores en las que exponen diversas formas de mencionar al Salvador. Una de ellas hizo que me detuviese en su significado y me sirvió como meditación en varias ocasiones: ‘Jesús es el Rostro de Dios en la tierra’ o ‘Jesús es el rostro humano de Dios’.

La respuesta está contenida en la Palabra. Si leemos la Biblia y nos detenemos a meditar con ella y también a estudiarla un poquito, veremos que desde el principio, cuando la primera pareja humana rompe su relación con su Creador, éste no los abandona sino que inmediatamente surge la promesa de la Redención cuando se dirige a la serpiente diciéndole: ‘Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón.’ (Gen. 3, 15).

Pasaron los siglos y los milenios. ‘Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.’ (Jn. 1, 14). Y al tomar nuestra naturaleza, Dios se hace visible a través de Jesús de Nazaret, con su propia figura, con su propio rostro. Hombre y Dios verdadero. Es el rostro de Dios entre nosotros los humanos. Es el gran regalo de Dios a la Humanidad, que todavía, al cabo de más de dos milenios de su nacimiento, aún no se ha acabado de enterar de este magno acontecimiento.

Y cuando comienza su vida pública y su misión se empieza a vislumbrar, la Palabra, igual que cuando actuó en la Creación, comienza a hablar y a dar a conocer la voluntad del Padre, más cercano a nosotros de lo que nos podamos imaginar, porque ‘la Palabra era Dios’ (Jn. 1, 1-2). Y ahora la pregunta: ¿Somos capaces de abrirnos a la Palabra, es decir, a Dios? Si fuésemos capaces experimentaríamos en nosotros el significado profundo de ‘Mi paz os dejo; mi paz os doy’ (Jn. 14, 27). Y la alegría que sentiríamos en nuestro interior se proyectaría a los demás desde la misma Fuente de la alegría.

El profeta Jeremías hace una referencia a la Palabra diciendo: ‘¿No es mi palabra fuego, oráculo del Señor, y martillo que tritura la roca? (Jer. 23, 29). Y no es el único. Profeta es ‘hablar en nombre de otro’. En este caso los profetas bíblicos hablan en nombre de Dios. Y en este sentido, Isaías también refiere: ‘Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y sólo vuelven allí después de haber empapado la tierra, de haberla fecundado y hecho germinar, para que dé simiente al que siembra y pan al que come, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío’. (Is. 55, 10-11).

Y esta constante se va repitiendo. Ya en el Nuevo Testamento hay quien recoge este hecho y en la carta a los Hebreos expone el por qué de estas afirmaciones: ‘Porque la Palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón’. (Heb. 4, 12).

Y todo esto va encaminado también para nosotros en concreto. Israel recita en la oración de cada día: ‘Shema, Israel. (Escucha, Israel): el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno.’ (Dt. 6, 4). E Israel permanece a la escucha de la Palabra de Yavéh, porque es el centro de su existencia y de su razón de ser.

Y esto mismo va para nosotros: ‘Escucha Humanidad. Escucha mujer. Escucha, hombre. El Señor es tu Dios y Jesucristo, Dios e Hijo de Dios, ha venido para hablarte directamente y no por medio de profetas. Escúchale y haz de la Palabra carne de tu carne y vida de tu vida’. Entonces se abrirá ante nosotros la gran realidad: ‘Vi luego el cielo abierto y apareció un caballo blanco. Su jinete, llamado el Fidedigno y el Veraz, juzga y combate con justicia. Sus ojos son como llamas de fuego y múltiples diademas adornan su cabeza. Lleva escrito un nombre que sólo él sabe descifrar. Va envuelto en un manto empapado de Sangre y su nombre es Palabra de Dios’. (Ap. 19, 11-13).



Ya ven que a través de ese ‘Rostro de Dios entre nosotros’ se pueden descubrir muchas cosas. Y nosotros tenemos a nuestro alcance la lectura de la Palabra para acogerla en nosotros, la meditación posterior para profundizar en su significado, en el mensaje que nos puede aportar a cada uno en concreto, y la contemplación de lo meditado para ir saboreando ya el Reino de Dios en este mundo. Y todo ello para transmitirlo, como testigos de la Palabra, a nuestros semejantes a través de los talentos que Dios nos ha dado, de las mil una formas: TV., radio, prensa, charlas, internet, parroquias, familia,…

Les dejo con el Salmo 119 (118), 89-93:


Señor, tu Palabra es eterna, más estable que el cielo.
Tu fidelidad permanece de generación en generación,
más firme que la tierra que Tú fundaste.
Por tus mandamientos subsiste todo hasta hoy,
porque todo está a tu servicio.
Si tu Ley no hubiera sido mi delicia,
yo habría perecido en la miseria.
Jamás me olvidaré de tus decretos,
pues por medio de ellos me has dado la vida.

domingo 20 de septiembre de 2009

Zaqueo

Es sorprendente, hasta cierto punto, la buena relación existente entre Jesús de Nazaret y los pecadores (Mateo, Zaqueo, María de Magdala, la Samaritana, etc.). Digo ‘hasta cierto punto’, porque es el mismo Jesús quien lo dice con motivo del escándalo de los escribas y fariseos viendo que comía con pecadores y publicanos. Él se ve en la necesidad de hablarles, como siempre, muy clarito: ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores’ (Mc. 2, 16-17). Así que no nos debe sorprender tanto.

Había quienes con más o menos disimulo procuraban seguirle para oír esas novedades que, en muchos casos, sonaban muy bien en sus oídos. Otros oían y callaban, pero cuando alguno osaba echarle en cara algo respecto a su preferencia por los pecadores, Jesús siempre tenía preparada la respuesta, como hemos visto en el párrafo anterior, o la que tuvo que aguantar Simón el fariseo cuando invitó a Jesús a su casa a comer (Lc.7, 36-50). Vale la pena leer esta perícopa y saborear la finura y delicadeza del Salvador cuando responde a Simón, adivinando sus pensamientos sobre la mujer pecadora que lavó con sus lágrimas los pies del Maestro. ¿Cómo se quedaría Simón después de oír las serenas palabras que le dirigió mediante un ejemplo muy sencillo? ¿Cómo se sentiría la pecadora después de oír el cálido perdón de Jesús? El pasaje no tiene desperdicio alguno.

El Evangelio está lleno de muchos de esos casos de llamadas a gente que, de una manera más o menos explícita, se siente atraída por ese joven rabí que había irrumpido en los pueblos y aldeas exponiendo una serie de conceptos totalmente nuevos y que chocaban frontalmente con lo que estaban acostumbrados a oír.

Pues bien. Una de esas personas, que a mí siempre me ha llamado poderosamente la atención, es Zaqueo. ¿Por qué me llama la atención? Sencillamente porque en una perícopa con apenas 10 versículos, hay muchas cosas para pensar y para deducir, tanto por parte de Jesús como por parte del mismo Zaqueo. ¿Quién es ese personaje? Su encuentro con Jesús nos lo refiere San Lucas de forma muy breve: Jesús atraviesa Jericó y le sigue una muchedumbre. Nuestro personaje, bajo de estatura y con una curiosidad sin límites, se apresura a salir a su encuentro, pero debido al gentío debe subirse a un sicómoro para ver ‘cómo es’, quién es.

Su sorpresa es mayúscula cuando oye una voz muy clara que le dice sin rodeos: ‘Zaqueo, baja pronto que hoy me hospedaré en tu casa’. Eso ya era demasiado. Mucho más de lo que esperaba. ¡Podría hablar en su propia casa con Él! Yo he intentado meterme en su piel e imaginar los nervios y la emoción que sentiría para llegar rápidamente a su casa y prepararlo todo para recibirle. El camino hasta su casa tal vez le pareciese más largo que de costumbre.

El Evangelio nos cuenta que era ‘jefe de publicanos y rico’. Podemos imaginarnos cómo habría amasado su fortuna, pero también nos podríamos imaginar que en el fondo aún quedaba algo bueno y de honradez consigo mismo, que es lo que le llevó a conocer a Jesús. Y éste, no sabemos cómo lo supo, pero aprovechó ese rescoldo que aún le quedaba para hablarle y llegar hasta lo más íntimo de su corazón.

El resultado ya lo conocemos: ‘Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo el cuádruplo’. La respuesta de Jesús, pienso que con el rostro transfigurado por la magnífica respuesta de su anfitrión, no se hizo esperar: ‘Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo de Abraham; pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido’. (Lc. 19, 1-10).

Lo curioso es que el Evangelio ya no vuelve a mencionar a Zaqueo ni tampoco la forma en que hizo realidad su compromiso de honradez ante su invitado. Pero eso es lo de menos. A fin de cuentas el centro del Evangelio es aquel Niño nacido en Belén que ya es adulto y comienza su misión. Lo realmente importante es su reacción y la alabanza de Jesús. Es toda una lección para cada uno de nosotros.

Zaqueo, conversando con el joven rabí que ansiaba conocer, descubre el Amor, el perdón y la acogida del Padre. Y Zaqueo cae rendido ante ese Amor y responde ante esa llamada con una generosa reacción alabada por Jesús. Desde el momento en que abrió su corazón a Dios, por encima de los respetos humanos y del ‘qué dirán’, encontró una felicidad en la que jamás hubiese podido soñar. Se transformó en una persona LIBRE rompiendo las cadenas que le ataban a su esclavitud: el dinero fundamentalmente y, también, cargos y prestigio ante el invasor de su pueblo,…

Otra razón por la que me atrae la figura de ese personaje es por la enorme vigencia y actualidad que tiene para las personas de nuestros días. Por esa razón pregunto en general: ¿Cuántos Zaqueos existen hoy entre nosotros? ¿Cuántos hay a nuestro alrededor? Acaso nosotros mismos seamos uno de ellos. Sea como fuere, pienso que deberemos bajar de nuestro ‘sicómoro’ personal para dar una respuesta al Maestro que nos pide hospedarse en nuestra casa, en nuestro corazón. Y hablarle y escucharle cara a cara, abiertamente, como el Zaqueo histórico. Y darle también, como el Zaqueo histórico, una respuesta audaz y comprometida para siempre. Sin volver la mirada atrás una vez puesta nuestra mano en el arado, porque ‘nadie que después de haber puesto la mano sobre el arado mire atrás, es apto para el Reino de Dios.’ (Lc. 9, 62).



El Padre siempre nos espera con paciencia infinita. Jesús siempre nos alienta y ayuda. El Espíritu siempre nos empuja y estimula. La Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra está en permanente intercesión por nosotros. ¿Cuál es nuestra respuesta?

domingo 13 de septiembre de 2009

Otra vez las manos

Es que es un tema que siempre me ha llamado la atención. Siendo adolescente oí por primera vez a un sacerdote que nos invitaba a que mirásemos nuestras manos alguna vez para preguntarnos luego si les teníamos llenas o vacías. Era, en definitiva, una invitación a que analizásemos nuestras vidas a ver si con lo que hacíamos en ese momento las llenábamos con hechos que le dieran un sentido o, por el contrario, llevábamos una vida sin él, sin rumbo, lo que traía como consecuencia unas manos vacías. Una vida vacía y sin una ruta fija.

Luego nos explicó la parábola de los talentos y volvieron a salir las manos. Nos puso en situación de caminar haciendo cosas a través de las cuales podíamos ofrecer a Dios unos ‘intereses’ a través de unas manos llenas de obras buenas trabajando en el campo de los Evangelios. Pero que no enterrásemos los valores recibidos de Él.

Todo esto viene a cuento de que esta mañana en la Eucaristía, cuando ha llegado el momento de rezar comunitariamente el Padre Nuestro, oración que Cristo enseñó a todos a través de los apóstoles (Mt. 6, 9-13), un grupo de personas han levantado sus manos a la altura del pecho aproximadamente y, con las palmas extendidas hacia arriba, han orado de esa manera.

Y esos recuerdos que he expuesto anteriormente han fluido de nuevo a mi mente. ¿Qué simboliza orar así con las manos? Es cierto que con el cuerpo también se ora y las manos forman parte del mismo, pero cuando las veo así, pienso que es una forma de pedir… que es una forma de suplicar… que es una forma de adorar…

Pero también es una forma de apertura a Dios y a los demás. Yo debo ser receptivo a lo que Dios me dice y me pide porque es la fuente de todo. Es la Fuente de la Vida. Mis manos están en actitud de espera y de donación a la vez. Estamos dando a Dios todo el amor del que podamos ser capaces. Estamos recibiendo de Él su Amor sin límites ni condicionantes. Dios es así. Es actitud de dejarnos amar por quien es nuestro Padre, por quien nos da la facultad de poderle llamar ‘Abbá’, según nos enseñó Jesucristo.

Pienso que la oración es dejarnos querer por Dios, que al ser Amor, está haciendo de Padre nuestro. De la oración debemos orientar nuestra acción apostólica y lanzarnos a llenar nuestras manos con lo que el Espíritu Divino quiera hacer con los demás a través de nosotros. Nuestras manos serán entonces las manos del mismo Dios que actúa a través de nosotros.

El mismo Jesucristo se retiraba solo al monte, noches enteras, para hablar con su Padre. De esos momentos orantes nacía la fuerza de su predicación por los caminos de su tierra. ‘Concurrían numerosas muchedumbres para oírle y ser curados de sus enfermedades, pero Él se retiraba a lugares solitarios y se daba a la oración’ (Lc. 5, 15-16). Es necesario para ‘estar en forma’ evangélica. Es…¿cómo lo podría expresar? Lo voy a intentar: como si la Alianza de Dios con su pueblo a través de Moisés, en el Sinaí, la estuviese realizando a nivel individual con cada uno de nosotros en cada momento de oración, a partir de nuestra apertura y disponibilidad a la Trinidad.

Cuando en la Comunión he estado ayudando al sacerdote celebrante a darla a los que han asistido a la Eucaristía, seguía pensando en eso y en lo que nos dijo el sacerdote que impartió el Curso de Ministros Extraordinarios de la Comunión: ‘No olviden que no son sus manos las que van a dar el Cuerpo de Cristo. Es el mismo Cristo que se da a través de sus manos, que ahora son las Suyas’.
Si esto lo asumimos y somos plenamente conscientes de ello, también podremos decir con San Pablo: ‘Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí’. (Gal. 2, 20). Y el alma irá buscando al Amado, como dijo San Juan de la Cruz:


¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero.


Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras;
y pasaré los fuertes y fronteras.

¡Oh, bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh, prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado



RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

domingo 6 de septiembre de 2009

¿No robarás?

Soy consciente de que el hecho de poner el título entre interrogantes, da pie a que se puedan preguntar ustedes si es que dudo sobre la prohibición de robar, por lo tanto antes de meterme en el tema les aclaro que estoy totalmente de acuerdo con el séptimo precepto del Decálogo, porque al venir de Dios, ¿quién soy yo para dudarlo?

Lo he puesto así porque personalmente me parece que no debemos contemplar solamente el hecho del robo en sí mismo, sino todo lo que conlleva esa conducta de miserable, ruin y rastrero. Va más allá del simple hecho de ‘quitar algo a cualquier persona contra su voluntad’.

Fíjense que el mismo Dios, cuando está dando esta normativa, le dice al pueblo a través de Moisés: ‘No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo’. (Ex. 20, 17). Es que el planteamiento es anterior al robo en sí mismo: No se debe codiciar nada que no sea nuestro, que nos hayamos ganado con nuestro sudor, esfuerzo y trabajo.

El Libro del Eclesiástico o Sirácida dice también: ‘Con escaso alimento vive el pobre, privarle de él es cometer un crimen. Mata al prójimo quien le quita el sustento, derrama sangre quien priva de su sueldo al jornalero.’ (Sir. 34, 21-22). ¿Qué podemos decir de esto? Me temo que mucha gente tendría que revisar sus conductas, porque la prensa diaria y los telediarios nos están trayendo todos los días noticias que, desgraciadamente, no hacen realidad esta voluntad manifiesta del Creador.

Pienso que en este Mandato divino también se puede entrar en el campo de la reflexión y fijarnos en la pérdida de esos valores humanos llamados honradez; respeto a los bienes de otras personas legítimamente adquiridos, quién sabe a costa de cuántos esfuerzos, renuncias y dificultades. Y, por supuesto, el respeto a las propias personas

Y lo que es peor. Además del robo en sí mismo, la burla o mofa que hacen de esas personas despreciando a toda la familia, con quienes en ocasiones se emplea, además, la violencia física.

Humanidad. ¿Dónde vas que te alejas de tu Señor y Hacedor? Las personas decentes, honradas, nos encontramos impotentes ante estas situaciones. ‘Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?’ (Lc. 9, 54-55). Eso lo dijeron Santiago y Juan a su Maestro, el cual les reprendió. El camino va por otro sitio.

Y a propósito de fuego. ¿Qué pensar de los pirómanos? Además de destruir la Naturaleza, ¿no están robando a todas las personas del planeta el oxígeno que producen los áboles y plantas que queman, necesario para todos? A todas las familias que con sus incendios les queman sus hogares y, en algunos casos, los dejan hundidos en la miseria, ¿qué les quitan? ¿Qué nombre le podríamos dar a eso? Siguiendo en esta línea, ¿qué podemos decir de los bomberos que por apagar el incendio pierden sus vidas en acto de servicio? Sus familias, ¿cómo quedan?

No estoy escribiendo en el aire. Desgraciadamente este verano en España hemos sufrido la quema de muchas hectáreas de terreno, han ardido viviendas construidas en esos parajes y unos bomberos murieron intentando apagar las llamas. ¿Y en el resto del mundo? Escribo textualmente: ‘Los incendios forestales cercan Atenas tras devorar más de 12.000 hectáreas’ (Diario ‘Las Provincias’ del 24 de agosto). ‘El fuego amenaza a más de 10.000 hogares en Los Ángeles. Más de 14.000 hectáreas arrasadas)’. (Diario ‘Las Provincias’ del 31 de agosto). Ignoro si en esos casos fueron intencionados o no, pero como botón de muestra son suficientes.

Son hechos e interrogantes que nos hacen plantear el Séptimo Mandamiento desde una perspectiva diferente al simple hurto o robo que todos conocemos.

¿Seguimos con la casuística? Estamos viviendo unos terribles casos de gentes sin escrúpulos que engañan a jóvenes muchachas con falsas promesas de contratos laborales en otros países y cuando llegan a su destino se las despoja de sus pasaportes y de cualquier documentación y las dedican a la prostitución en contra de su voluntad. Pensemos. ¿Qué se les está robando a esas muchachas? ¿Sus documentos? Sí, pero mucho más. Me atrevo a decir que también se les quita su condición de personas libres para convertirlas en esclavas del sexo.

¿Y los que trafican con pornografía infantil? A esos niños se les está robando la inocencia como mínimo y acaso eso deje huellas muy hondas en su personalidad, tal vez irrecuperables.

El mismo Jesucristo en el Evangelio nos lo dice muy claro: ‘Es de dentro del corazón de los hombres de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre’. (Mc. 7, 21-23).

La Pasión de Cristo sigue en las calles, en los montes,…en el mundo…a través de estas personas que sufren. Nuevos Judas vuelven a vender a esos Cristos dolientes de hoy, con sus comportamientos deshumanizados carentes de escrúpulos, por unas monedas de plata. Sí. El ‘no robarás’ trasciende, en mucho, el sentido primitivo que tenía.

Todas las personas sin excepción tenemos una dignidad que nos viene de Dios y como tal es intocable. Debe ser intocable. Y eso no admite ninguna negociación. Somos, o al menos debemos ser, espejos de Dios. Y el honor de Dios es, o al menos debe ser, el nuestro. Dios sigue y seguirá llamando a la conversión. A volver con Él. Pero algunos ‘Tampoco se arrepintieron de sus delitos, sus maleficios, su lujuria y sus robos’. (Ap. 9, 21). Pero nunca es tarde. Jesucristo seguirá llamando a las puertas de todos, porque Él vino, precisamente, a llamar a los pecadores. Para eso nos dejó esa magnífica parábola del ‘Hijo pródigo’.



Él espera con paciencia infinita. Porque quiere. Y, sobre todo, porque nos quiere.

domingo 30 de agosto de 2009

Ejercicios espirituales en el desierto del hogar

Dos días después de publicar la entrada ‘El regreso’, observé que había un nuevo comentario en la entrada del 9 de agosto. Lo leí y me parece que la respuesta debo colocarla como entrada, debido a la extensión de la misma, sin contar que uno de los temas que toca es interesante a nivel general. Y ahí voy.

Apreciad@ Sr/a Euterpe: Ya hacía tiempo que no participaba en este blog con sus siempre interesantes y oportunos comentarios. Esta vez no es una excepción. Acierta plenamente en su apreciación sobre los Ejercicios Espirituales. Es absolutamente cierto que de vez en cuando es necesario hacer un alto en la vida cotidiana para revisar nuestras actuaciones, tanto a nivel social o laboral, como en el cristiano. Y a veces ese ‘paro’ se lo encuentra uno cuando menos se lo espera.

Si usted ha leído mi entrada del jueves 9 de julio, titulada ‘Un paro forzado’, podrá comprobar la realidad y certeza de cuanto dice refiriéndose a las ocasiones en que la vida nos obliga a parar.

San Ignacio de Loyola necesitó la herida de una bala de cañón en la defensa del castillo de Pamplona para ese ‘paro forzado’. A mí me tocó una inesperada angina de pecho. No pretendo, ni muchísimo menos, compararme a él, pero sí que nos iguala la voluntad inescrutable de ese Dios que todos tenemos que cuando quiere algo especial de cualquiera de nosotros nos gasta esas ‘jugarretas’, como si nos quisiera decir que nadie somos imprescindibles, pero que sí cuenta con todos nosotros para hacerse presente en el mundo. Y con tal de ganarnos para su Reino se vale de todo cuanto cree necesario, que para eso es la Suprema Sabiduría.

Y algo así me ha ocurrido a mí. Ha sido un tiempo que necesariamente me ha hecho reflexionar y analizar aspectos de mi vida que, aunque no debo cambiarlos porque sigo estando en línea con la Iglesia y con su Fundador, sí debo modificar algunas cosas y rectificar otras. Todo para mejorar. Y todo por Él, con Él y en Él.

Estos Ejercicios Espirituales innegablemente me han ayudado mucho, pero aludiendo a lo que usted refiere sobre las personas que ‘ante la imposibilidad de retirarse durante un tiempo a una Casa de Ejercicios, optan por hacerlos en la vida corriente’, voy a hacerle una confidencia, a la vez que la comparto con los lectores del blog. Cuando el año 2008 salí de hacer mi primera tanda de Ejercicios Ignacianos llevaba una carga de apuntes tomados que he ido releyendo durante todo el año en momentos de silencio y solitariedad en mi casa y reflexionando en su contenido. Pero llegó a mis manos el título de un libro: ‘Biblia y Ejercicios Espirituales’, de Bernard Mendiboure, S.J., e intuí que podía ser una proyección de esos Ejercicios en mi vida cotidiana con el correspondiente enriquecimiento espiritual. Lo adquirí, y, aunque parezca mentira, todavía no lo he terminado, porque no lo he tomado como un libro de lectura sino como un libro para meditar y para orar.

Ignoro si para quien no haya hecho previamente una tanda de Ejercicios Ignacianos podrá servirle igual. Pienso que sí, porque en definitiva es el Espíritu quien nos ‘explica las Escrituras’. Pero después de estos ejercicios del 2009 voy a continuar con él en mis ratos de oración. Personalmente me viene muy bien.

Como podrán observar, al tema de los Ejercicios Espirituales en el propio hogar hace referencia el título de la entrada. Podremos estar rodeados del bullicio de la ciudad, pero siempre, en medio de ella, donde Dios nos ha plantado, podemos buscar momentos de estar solos, con silencio exterior e interior y hacer el desierto en nuestro propio hogar. Es ese pequeño desierto personal desde cualquier rincón hogareño que nos conduce al descubrimiento del oasis donde se encuentran torrentes de Agua Viva. El desierto no es otra cosa que un aprendizaje de la intimidad con Dios. Allí madura nuestra oración y nuestra relación con el Absoluto a pesar de nuestras limitaciones.

Todo es cuestión de proponérselo. Y si además tenemos un acompañante o director espiritual, todavía mejor. Puedo decirles que me consta que hay personas que incluso por Internet se han bajado Ejercicios Espirituales y los han hecho así: en su casa y seguidos por el director espiritual.

‘Dios no pide imposibles. Él acomoda Su Gracia a nuestras circunstancias y limitaciones’, dice usted. Y es cierto. Es la Grandeza de Dios que como Padre se adapta a cada uno de sus hijos y a sus necesidades. Y de ese tema, estoy seguro, habrá muchas personas que podrían exponer su testimonio personal en todas las partes del globo terráqueo. De esas ‘acomodaciones’ pueden llegar las transformaciones personales que se operan en muchas personas por acción directa del Espíritu Santo. Y tal vez, ¡quién sabe!, alguna conversión personal, porque ‘para Dios no hay nada imposible’. (Lc. 1, 37).


Nuevamente agradezco su colaboración a través de su comentario del día 23 de agosto, en mi entrada del domingo 9 de agosto. Que Dios l@ bendiga a usted y su familia así como a los lectores del blog.

domingo 23 de agosto de 2009

El regreso


Tocaba volver. Cuando el LOGOS se transfiguró en el Tabor y tanto Pedro como Santiago y Juan querían construir tres tiendas, no para ellos, sino para Jesús, Moisés y Elías, (Mt. 17, 1-9), llegó un momento que tuvieron que bajar del monte. Había que volver a la realidad, al día a día.

Algo así nos ocurrió a todos cuantos estábamos haciendo los Ejercicios. Teníamos que volver a nuestros lares. Como cosa curiosa les diré que el único varón que estaba haciendo los ejercicios era yo. El resto eran mujeres, tanto religiosas como seglares.

Desde la reunión de la primera noche, después de la cena, en la que el sacerdote nos repartió una hojita con el contenido de la primera meditación del día siguiente, con textos evangélicos de apoyo sobre los cuales debíamos elegir uno, dos a lo sumo, y basar desde ellos nuestra meditación y oración, hasta la Eucaristía que clausuró esta tanda de Ejercicios Espirituales, hubo silencio. Total y absoluto. Pero ya conocíamos que parte de la dinámica ignaciana para ellos es fundamental el recogimiento y el silencio exterior, con el fin de facilitar el interior y favorecer la audición de lo que Dios nos decía a cada uno a través de la meditación de la Palabra o de la oración.

Como anécdota curiosa les diré que cuando se rompió el silencio yo estaba afónico a causa del silencio. Cuando en la cena comenzamos a hablar fui recobrando la voz poco a poco. Fueron diálogos muy interesantes los que estuvimos manteniendo incluso después de ella y algo se aprendió. ¡Ya lo creo!

Con respecto a mi promesa, se cumplió. En la oración de los fieles en la Eucaristía de todos los días se pidió por todos ustedes. En la Comunión, también. En la cena del último día una religiosa que se sentó frente a mí me pidió que le explicara qué era eso de pedir ‘por las personas que desde Norteamérica, Centroamérica, Sudamérica y Europa estaban rezando por todos los que estábamos allí dentro’. Se lo expliqué y quedó asombrada. No se había imaginado nada así.

Pero luego entré en Internet, abrí mi blog y la invité a verlo. Y leyó el artículo donde les decía que ustedes estarían presentes allí a través de la oración de la Comunión de los Santos, así como el comentario que entró el día 17 de agosto procedente de algún lugar de España en el que decía que “Desde España oramos por esa tanda de Ejercicios Espirituales”.

En cuanto a los Ejercicios en sí mismos puedo decir que en lo que a mi esposa y a mí se refiere han sido muy buenos. Muy duros, eso sí, pero sabíamos que no íbamos a ninguna feria a divertirnos. Se ha meditado mucho, Se ha orado mucho. Tanto en las cuatro capillas que teníamos disponibles como al aire libre.



Por cierto, que yo descubrí un lugar al que bauticé como ‘Capilla de la Virgen de la Roca’, en el que pasé muchos momentos de oración y meditación con la Madre. Francamente, me cautivó el lugar, como pueden ver en la fotografía.

Había dos capillas que yo desconocía en las que también pasé muchos momentos con Jesús Sacramentado. Una mayor, con unas cristaleras preciosas y otra pequeña en la que la intimidad parecía mayor al estar en penumbra.

Y ahora, hemos de hacer como los discípulos de Emaús cuando reconocieron a Jesús al partir el Pan. Tenemos que volver desde nuestro Emaús a nuestro Jerusalén particular: el trabajo, la familia, la Parroquia, los enfermos,…y hacer presente allí la realidad del Cristo Resucitado al que todos nosotros seguimos. Él ya se encargará de ‘explicarnos las Escrituras’ a nivel personal, según el Espíritu sople.

Solamente me resta agradecerles de corazón sus oraciones, tanto a nivel personal como comunitario y, personalmente, continuar unido a ustedes desde este sencillo blog. Muchas gracias y que Dios y la Madre les acompañen siempre.

domingo 9 de agosto de 2009

Vacaciones para el espíritu

Como recordarán, hace un mes aproximadamente tuve que tomar unas vacaciones forzosas en el hospital a causa de una angina de pecho, felizmente superada gracias a Dios.

Pero ahora nos tocan unas vacaciones a mi esposa y a mí para recomponer un poquito el espíritu que a nosotros y a todos, aunque no lo parezca, nos hace falta. Mucha falta. Salimos el martes día 11 camino de Zaragoza a Quinta Julieta, Casa de Espiritualidad, con la sana intención de hacer Ejercicios Espirituales Ignacianos durante diez días.

Ya tuvimos esa experiencia el año anterior y el provecho obtenido fue enorme, tanto que este año nos vamos con más ganas e ilusión que el anterior.

Se trata de centrarnos en Dios y repasar lo que ha sido este año para renovar nuestro compromiso con Él y con la Iglesia. Hacer una introspección personal, encomendarnos a la Virgen y, a golpes de Espíritu, tener una enorme apertura a la voz del LOGOS: ‘Señor. Aquí estoy de nuevo. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué me pides ahora? ¿Qué caminos debo recomponer para cumplir tu voluntad, para seguir siendo instrumento Tuyo a través del cual actúes en esta doliente Humanidad?

Son diez días de profundización en la Palabra y en la vida personal de cara a la búsqueda y captura de la verdadera Vida, que todos, por Gracia y Misericordia de Dios, anhelamos conseguir.




Sin embargo en esta ocasión no vamos a ir nosotros solos. Nos vamos a tomar la libertad de que todos ustedes nos acompañen. Diariamente en la Eucaristía, en la oración personal y en la comunitaria, todos ustedes que tienen la atención de leer o haber leído estos escritos van a estar presentes en nuestro interior. Y si acaso a ustedes se les ocurre pedir algo a Dios, háganlo por todos los asistentes a los Ejercicios, tanto por el sacerdote jesuita que los imparte, como por la Comunidad de Religiosas que nos atiende y por todos los asistentes. Es una manera de poner en funcionamiento la Comunión de los Santos, en la que todos creemos.

Después ya les comentaré algo de los mismos y reanudaré el tratamiento del resto de los Mandamientos que comencé. Mientras tanto… el Espíritu que actúe, la Virgen, Madre y Señora de la Creación entera, interceda por todos, Jesucristo nos hable directamente al corazón para remover nuestra esencia de cristianos y el Padre que nos bendiga a todos.



Hasta siempre y, desde luego, en la Comunión nos encontraremos.

domingo 2 de agosto de 2009

Sexto y Noveno Mandamientos

Siempre que he leído o estudiado estos mandamientos, iban juntos. Es normal. Los dos tratan de lo mismo: el sexto hace referencia a los actos externos y el noveno a los internos.

Pero no quisiera tratar este tema de una forma convencional en ninguno de los muchos puntos que tratar en este apartado. Para eso está el Catecismo de la Iglesia Católica y montones de tratados, a cual mejor, que ya cumplen sobradamente este cometido. Me gustaría partir de mis convicciones y mis conclusiones fundamentadas en la Moral católica.

Debo partir de un hecho concreto. Cuando Dios crea la primera pareja, los hace varón y mujer. Distintos pero complementarios. Y les dice “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra.” (Gén. 1, 28). Al decirles que se multipliquen, me parece que está indicando a) que el Sexto Día de la Creación lo quiere perpetuar a partir de la pareja humana, hombre y mujer, con los que cuenta desde el principio, b) que la sexualidad entra dentro de los planes de Dios, tal como Él planificó, y por lo tanto es buena en sí misma, pero rectamente encauzada.

Otra cosa es que con el paso de los siglos y como consecuencia de la primera desobediencia humana a Dios, cada uno haya entendido las cosas como le ha convenido y sin tener en cuenta al Creador para nada. Y así le ha ido a la Humanidad.

Hoy nos encontramos inmersos en una sociedad, independientemente del país que sea, en la que la pornografía, la prostitución y, desgraciadamente, un larguísimo etcétera en el que se pueden ver, en algunos casos, la pérdida de la dignidad humana. Y eso no deja de ser muy triste.

¿Saben lo que dice el Libro de los Proverbios refiriéndose a los que van buscando mujeres ‘extrañas’? Fíjense: “Miel destilan los labios de la extraña, su paladar es más suave que el aceite. Pero el desenlace es amargo como ajenjo, hiriente como espada de dos filos. Sus pies se precipitan a la muerte, sus pasos van derechos al abismo. Le tiene sin cuidado el sendero de la vida, no le importa que su camino se extravíe. Así que, escúchame, hijo mío, y sigue los consejos que te doy: aleja de ella tu camino, no te acerques a la puerta de su casa; así no entregarás a otros tu honor, ni tu dignidad a gente despiadada…”. (Prov. 5, 1-14). Parece que tiene razón, ¿no?

Personalmente puedo decir, desde mi perspectiva de hombre felizmente casado hace ya muchos años, que sí. Sí que es posible que un hombre y una mujer vivan su matrimonio cristiano, celebren sus Bodas de Plata en una ceremonia preciosa rodeados de los hijos, de la Comunidad Eclesial y de sacerdotes amigos, en la que renovamos las promesas adquiridas cuando recibimos el Sacramento del Matrimonio. Estamos convencidos que las Gracias propias del Sacramento y la Gracia de Dios, así como la ayuda inestimable de la Madre, nos ayudó y nos sigue ayudando en nuestro caminar, a veces difícil, pero siempre gratificante. Y no crean que mi esposa y yo somos iguales. Dejo constancia que somos diametralmente opuestos (en broma siempre digo, pero es cierto, que ella es de Matemáticas y yo soy de Letras) aunque siempre hemos ido unidos en lo fundamental: la unión con Dios, la proclamación del Kerigma, la oración, el trabajo en la Iglesia local y en la diocesana en muchos aspectos y procurando siempre que la presencia de Jesucristo fuese real y permanente en nuestra vida.

Es preferible alejarse de cantos de sirena que conducen a falsas promesas. Ahí no hay amor. Habrá amoríos u otras cosas, pero amor, del que proviene de Dios, no. La sexualidad, querida por Dios, no se debe exponer a ser vendida como una cosa, como una mercancía. Pienso que estos mandamientos desean protegerla, ponerla en su justo lugar así como proteger al mismo matrimonio de tantos peligros a los que hoy está expuesto. Se deben tener ideas muy claras y tener la fuerza de voluntad suficiente para cumplir los planes de Dios en nosotros y la sexualidad, abierta a la vida y dentro del matrimonio, pienso que es uno de los planes de Dios con los matrimonios.

Si esto se vive así, si se superan las dificultades que van surgiendo en el matrimonio mediante el diálogo, la tolerancia y toda esa serie de valores humanos y cristianos que existen y nos rodean por todas partes, ¿qué sentido puede tener el divorcio? Los hijos pagan las consecuencias y de eso he vivido casos en mi profesión. Es muy triste, se lo aseguro, ver sufrir esos niños.

Este es un tema que mi esposa y yo siempre hemos expuesto en los noventa y ocho Cursillos Prematrimoniales que hemos impartido en nuestra Parroquia y que han oído alrededor de tres mil trescientas treinta y dos parejas de jóvenes ilusionados en recibir el Sacramento del Matrimonio. Con el tiempo, bastantes de ellos nos han dado la razón.

Entiendo que hoy, más que nunca es necesario defender la unidad y la indisolubilidad del matrimonio por encima de todos los respetos humanos. Y nosotros, cristianos, no debemos olvidar las palabras del mismo Jesús: “¿No habéis leído que el creador, desde el principio, los hizo varón y hembra y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos unos solo’? De manera que ya no son dos, sino uno sólo. Por tanto lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. (Mt. 19, 4-6). Lo que ocurre es que tantas veces hemos oído al sacerdote decir estas palabras a los contrayentes cuando reciben el Sacramento matrimonial, que no calamos en la hondura de su significación.

Y eso no significa que cuando un hombre ve una belleza femenina o una mujer un tipazo de hombre, no se les pueda admirar. Si ya metemos fantasías de otro tipo por en medio podríamos caer, además de perder el tiempo, en el campo del noveno mandamiento y, ¿realmente valdría la pena?

Cuando Jesús dice en el Sermón del Monte ‘…todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’. (Mt. 5, 27-28), pienso que está queriendo proteger a las mujeres de aviesas miradas masculinas. Respetemos la unicidad y singularidad de hombres y mujeres. Vayamos caminando por sendas que nos conduzcan a Dios por caminos de este mundo en el que nos toca vivir, ya que, de momento, no tenemos otro. El Otro Mundo ya se nos dará por añadidura cuando seamos juzgados de Amor por quien es el Amor Total y Absoluto.


Esta vez, dejo para el final (me parece lo más apropiado) un fragmento del Cantar de los Cantares, un Libro poético de los más hermosos de la Biblia.

Coro: ¿Quién es ésa que sube del desierto
reclinada sobre su amado?

El amado. Debajo del manzano te desperté,
allí donde tu madre te dio a luz,
donde te dio a luz la que te engendró.

La amada Grábame como sello en tu corazón,
como sello en tu brazo;
porque el amor es más fuerte que la muerte,
la pasión más implacable que el Abismo.
Sus llamas son flechas de fuego, llamarada divina.
Los océanos no podrían apagar el amor,
ni los ríos anegarlo.
Quien quisiera comprar el amor
con todas las riquezas de su casa
sería despreciable.

(Cant. 8, 5-7)




Que el Amor de los Amores nos inunde de Él mismo y nos bendiga.

lunes 27 de julio de 2009

¿Dónde está tu hermano? (No matarás)

“Asesina a su pareja en presencia de su hija de cuatro años” – “Se entrega el autor de un triple homicidio” – “Atan, apuñalan y queman a un sacerdote español”.

No me he vuelto loco. Son titulares de la prensa diaria. No es necesario entrar en detalles por respeto a personas y lugares. Es el hecho en sí mismo lo que me preocupa y me escandaliza como persona. Como cristiano, todavía mucho más.

Continúa vigente la pregunta que Dios lanza a Caín después del asesinato de Abel: “¿Dónde está tu hermano?” (Gén. 4, 9). Nos estamos olvidando que hemos sido llamados a vivir por el Creador, que ha querido perpetuar el sexto Día de la Creación dando al hombre y a la mujer el poder de ser concreadores con Él en la prolongación de la especie humana, a través de su unión.

No obstante la sociedad se está apartando cada vez más del respeto a la vida, tanto la propia como la ajena. Pensamos que somos dueños de ella en vez de lo que realmente debemos ser: sus administradores. El dueño, solamente es Dios.

En pleno siglo XXI pensamos que se han conseguido logros sociales espectaculares. Se consideró un gran triunfo la abolición de la pena de muerte en muchos países. Sin embargo, esos mismos países aprueban leyes que favorecen el aborto, que es matar a un inocente y privarle del derecho a la vida (“¿Dónde está tu hijo?”), de que pueda conocer y disfrutar de la ciencia, de la naturaleza, del Arte,…del mismo Dios. ¿Quiénes somos para cometer semejante aberración, semejante crimen? ¿Verdaderamente son logros sociales la justificación y el favorecimiento de la eutanasia y del suicidio? (“¿Dónde está tu hermano?”)

Recordemos estos fragmentos bíblicos. “Antes que te formara en las maternas entrañas, te conocía. Antes que tú salieses del seno materno te consagré y te designé para profeta de pueblos” (Jer. 1, 5) .- “Yavé me llamó desde antes de mi nacimiento, desde el seno de mi madre me llamó por mi nombre”. (Is. 49, 1).

¿Somos conscientes de la llamada que Dios hace A CADA HOMBRE Y CADA MUJER DE TODOS LOS TIEMPOS como ser único e irrepetible, con sus propias características y valores? A todos y cada uno nos ha llamado por nuestro nombre. A todos y cada uno nos conoce. A todos y cada uno nos ha confiado una misión en una parcela de Humanidad para ser sus colaboradores y hacerse presente en el mundo a través de nosotros, mediante los talentos que nos ha dado individualizadamente. De ellos tendremos que presentarle en su día (que a todos nos llegará) los intereses que Él ha obtenido a través de nosotros.

Fijémonos en San Pablo: “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados. Porque a los que antes conoció, los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, los justificó; y a los que justificó, también los glorificó. ¿Qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rom. 8, 28-31). Sin comentarios. No son necesarios, ¿verdad?

Pero eso sí. Respeta a tope el mayor don que nos pudo dar: la libertad. Depende de lo inteligentes que seamos para usarla y aprovecharla. Convendría, no obstante, meditar la parábola de los talentos (Mt. 25, 14-30) y ponernos en el lugar de cada unos de los siervos en quienes el dueño de la hacienda confía. Ver, con el máximo de objetividad, en cuál de ellos estamos cada uno. Para mí fue un descubrimiento hacer esto. Tuve que modificar algunas cosas ante el magno panorama que se abría ante mi vida. Esta parábola me marcó para siempre.

Cuantas personas son partidarias del aborto, ¿hubiesen deseado que su madre las hubiese matado antes de nacer o las hubiese abandonado, recién nacidas y todavía vivas, a un contenedor de basura como alguien ha hecho, según las noticias aparecidas en los periódicos del día?

Algunas mujeres han sacado a la calle un slogan : Nosotras parimos, nosotras decidimos. ¿Decidimos? ¿El qué? ¿Matar la criatura que vive en su seno? Pienso que sería un error tremendo, porque una vez hecho, no tendría camino de retorno. Ese recuerdo sería un constante compañero de camino toda la vida. Siempre sería preferible dar la criatura a las instituciones del Estado para que pudiera ser adoptado por alguna familia. Miremos lo que dice Jesús: “La mujer que ha dado a luz está gozosa, por la alegría que tiene de haber traído al mundo un hombre” (Jn. 16, 21) ¿Por qué matar esas criaturas?

Cuando encontré en Internet la fotografía de un niño abortado, me horrorizó contemplar su cuerpo por una parte, su cabeza decapitada, sus brazos por otro sitio. Terrible. No pude evitar unas lágrimas. Aun ahora se me eriza el vello cuando la miro. ¿Eso es lo que deben decidir? ¿Eso es el progreso de una sociedad? “No condenes a muerte al inocente y al justo, porque yo no absolveré al culpable” (Ex. 23, 7).

Algo parecido ocurre con la eutanasia. He oído preguntas en el sentido de si es moral o no dar muerte a enfermos incurables aquejados de gravísimos dolores. O acelerar el final de personas, ancianas o no, que ya no son productivas a la sociedad. Miren ustedes. Yo solamente puedo dar mi visión desde mi punto de vista cristiano. NADIE PUEDE QUITAR LA VIDA A NADIE. Solamente Dios tiene ese derecho.

Otra cosa es que ante una enfermedad con sus correspondientes dosis de dolor físico, se empleen fármacos que lo suavicen. Que se usen cuidados paliativos. Pero también existe una posibilidad que conozco y que muchas personas emplean. Desde las propias limitaciones físicas, desde el propio dolor, desde la propia enfermedad, sea cual fuere, podemos proyectar a Dios ofreciéndole los propios sufrimientos, por esta Humanidad tan necesitada de oración y sacrificios.

Transformémonos en corredentores con Jesús. San Pablo nos dice: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”. (Col. 1, 24). Pienso que es un misterio enorme al fondo del cual está la Comunión de los Santos, pero fiándonos del Apóstol, podemos ver la importancia que tiene el sufrimiento fecundo de la enfermedad asociándolo a la Pasión de Jesucristo. Después, ya vendrá la participación en la Resurrección.

Siempre hemos de procurar que los planes de Dios sean realidad en nosotros o a través de nosotros. El Espíritu nos ayudará con sus Dones. La ‘paga’ ya nos la dará nuestro Padre común en su momento. El ciento por uno. O tal vez infinitamente más, porque en generosidad nadie lo supera. Y Dios tiene sus propias matemáticas, que en nada se parecen a las nuestras.

Y puestos a seguir hablando del Quinto Mandamiento, hay un aspecto que también deseo tocar, aunque sea de pasada. Se trata de cuando se mata la fama y el honor de una persona mediante mentiras, calumnias o difamaciones. “Es infamia en el hombre la mentira, que se halla siempre en los labios de los insensatos” (Sir. 20, 26). “Hay quien al hablar da tantas estocadas como palabras, pero la lengua del sabio cura las heridas”.(Prov. 12, 18) Y no nos dejemos atrás lo que dice el apóstol Santiago sobre los pecados de la lengua. (Sant. 3, 1-12) ¿Quiénes somos nosotros para hacer eso? Ni aun siendo ciertas las cosas debemos juzgar a nadie. No somos quienes. Podremos valorar, incluso juzgar, hechos reales, pero personas, no. Conozco casos concretos y son verdaderas infamias lo que se ha hecho con algunas personas. De pena.

Un aspecto más: el cuidado de la propia salud y el respeto a la salud ajena. Parece una tontería pero no lo es. Sabemos que existen personas que se drogan con distintos tipos de ellas. Eso es dañar el cuerpo en un plazo más o menos largo. Como el consumo excesivo del alcohol. O del tabaco. “La salud y el bienestar valen más que el oro, y un cuerpo robusto, más que una fortuna. No hay riqueza que valga lo que la salud del cuerpo, y no hay bien como el gozo del corazón.” (Sir. 30, 15-16).

¿Y qué decir de los conductores que al volante de sus automóviles o de sus motocicletas superan con exceso la velocidad permitida poniendo en riesgo su propia existencia, acaso también la de su propia familia, la de los peatones que circulan confiados o la de otras personas que conducen correctamente?

En fin. En este tema, como en todos, existe materia para escribir varios libros. Eso lo dejo, como he dicho en otras ocasiones, para los especialistas. Yo, como cristiano de a pie, solamente he manifestado mi opinión, pero eso sí, procurando fundamentarla en la Sagrada Escritura.

¿Nos quedamos con este Salmo? Cualquiera de las víctimas mencionadas podrían hacerlo suyo, ¿no?

A ti, Señor, me acojo; no quede yo defraudado;
ponme a salvo, por tu fidelidad,
inclina tu oído hacia mí, apresúrate a librarme.
Sé para mí roca de cobijo y fortaleza protectora,
pues Tú eres mi roca y mi fortaleza;
guíame y condúceme, por el honor de tu nombre.
Sácame de la red que me han tendido,
pues Tú eres mi baluarte

Sal. 31 (30), 1-5



Que Dios nos bendiga y la Virgen nos acompañe.

miércoles 22 de julio de 2009

Honrarás a tu padre y a tu madre (y a tus mayores)

Sí. Ya estamos en casa, gracias a Dios. Nuevas vivencias…nuevo enriquecimiento interior…pero…

Hay momentos en los que uno se encuentra con situaciones que le hacen reflexionar. A nuestra llegada al balneario hemos acudido a la Misa vespertina que se celebra a diario en la capilla. En el presbiterio hay un hombre muy mayor en silla de ruedas. Comienza la liturgia y en el momento de la Comunión el sacerdote celebrante se aproxima a la persona inválida y, con una delicadeza especial, deposita en su boca la Sagrada Hostia. Me llamó la atención. Realmente no había nada de especial, pero sí tenía algo que me llamaba la atención.

Al finalizar nos acercamos mi esposa y yo a saludar al sacerdote y… nos explicó los motivos por los que estaba allí, sin preguntarle nada nosotros. La persona que ocupaba la silla de ruedas era su padre. Noventa y ocho años y con suficiente lucidez mental para mantener correctamente una conversación. Su hijo, el sacerdote, se ocupaba de él, lo cuidaba con cariñoso esmero y lo había llevado a los baños termales para mejorar su salud física.

Esta anécdota me ha llevado a plantear el inicio del Cuarto precepto de la Ley divina y a mí, personalmente, ¡cuántos recuerdos afloran en mi memoria! Inevitablemente acuden imágenes de mi niñez, adolescencia y juventud básicamente, que se desarrollan en base a las personas de mi entorno familiar que más influyeron en la configuración de mi personalidad.

Vagos recuerdos de una madre luchadora aunque tierna y afectiva a la vez, para saltar a sus últimos momentos. Apenas tenía yo ocho años y la escena de nuestra despedida la conservo fresca todavía. Mi padre, entre la tristeza y la impotencia, tuvo que continuar viviendo. Mis abuelos, padres de mi madre y mis tías, se ocuparon de mí…

Así pasaron unos años de educación, estudios y formación en los que la personalidad de mi abuelo tuvo un papel fundamental en la configuración de mi propia personalidad. Era portador de unos valores humanos increíbles en una persona sin estudios, labrador de profesión, pero que algo debía tener cuando notarios, arquitectos, literatos o compositores se honraban con su amistad y le visitaban con relativa frecuencia.

Perdónenme estos rasgos de confidencia con ustedes, pero en el tema que hoy trato acaso tengan mucho que ver. Yo no puedo verlo desde fuera, pues aunque procure ser absolutamente imparcial, mi propia experiencia como hijo, nieto y padre va a estar presente. Mi formación y experiencia cristiana, también.

Estamos atravesando una etapa de la Historia en la que los valores humanos están desacreditados. Impera la ley del más fuerte y del todo vale para conseguir nuestros egoístas propósitos y en algunos casos (por desgracia) la violencia hace acto de presencia, incluso en el seno de las familias.

Los valores cristianos, aunque están ahí tan lozanos, frescos y válidos como en el siglo I, hay quien se empeña en luchar contra ellos, los ridiculiza y desea instaurar una educación totalitaria en la formación de la juventud imponiendo sus propios intereses antes que los intereses de la Sociedad y del bien común.

Tristemente estamos contemplando el nacimiento de una sociedad en la que una cultura de la muerte está pugnando por abrirse paso a la cultura de la vida, del respeto a nuestros mayores, del afecto familiar,… Día a día, paso a paso, se nos presenta por distintos gobiernos la eutanasia, el aborto, el abandono de ancianos y un largo etcétera como signos de progreso social. Aunque eso lo trate en el tema del Quinto Precepto, me pregunto: ¿Dónde está el HONRAR Y AMAR a nuestros padres y mayores?

Junto al sacerdote que atendía a su padre nonagenario, existen muchísimos hombres y mujeres que continúan manteniendo levantada la bandera del amor familiar, con todo lo que conlleva, incluso a costa de muchos sacrificios.

Estoy firmemente convencido de que los padres somos los primeros educadores de los hijos. Somos los encargados de prepararlos para que sepan vivir en la Sociedad como ciudadanos y de educarlos en la fe cristiana, tal como nos comprometimos en la ceremonia de nuestro propio matrimonio. Está claro que luego tomarán sus propias iniciativas y andarán su propio camino. Pero la base la ponemos los padres, como dice la ‘Declaración sobre la educación cristiana de la juventud’, del concilio Vaticano II, cuando en el punto 3 habla sobre los educadores. Entre otras cosas dice: ‘La familia es la primera escuela de las virtudes sociales que todas las sociedades necesitan. Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia del sacramento y los deberes del matrimonio, es necesario que los hijos aprendan desde sus primeros años a conocer, a sentir y a adorar a Dios y amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo’. Eso es ‘la Iglesia doméstica’.

Y educarlos no significa en absoluto consentirles en todo cuanto se les antoje. No se les quiere más por consentirles más. Los niños deben aprender que todos, sus padres incluidos, tenemos unos límites que deben ser respetados para no perder nadie el control ni el norte de su vida.

El Cuarto Mandamiento todos lo hemos aprendido siendo niños en la Catequesis formativa que hemos recibido, pero no nos equivoquemos. No va dirigido solamente a los niños. También a personas adultas que tienen a padres o abuelos a su cargo. Aunque seamos adultos, nuestros mayores siguen educándonos aunque no nos demos cuenta. En cierta ocasión leí, no recuerdo dónde, que nuestra educación no finaliza cuando mueren nuestros padres, abuelos o tutores, sino cuando morimos nosotros, porque mientras vivamos el recuerdo de las enseñanzas que ellos nos dieron permanece en nosotros y obramos y actuamos desde nuestra personalización, sí, pero según lo que nos enseñaron.

Y la honra y el cariño hacia ellos cuando ya no estén junto a nosotros, continuará manifestándose a través de la oración o el recuerdo en las Eucaristías que podamos aplicar por ellos. Y de eso doy fe yo mismo de la educación recibida a través de mi familia, especialmente de mi abuelo materno, cuyo sobrenombre “el tío Maset”, he adoptado como seudónimo en este blog, como un merecido homenaje a él y a mis ancestros. Pienso que despreciarlos a ellos sería tanto como despreciarme a mí mismo.

Y pienso también que no hago nada extraordinario, sino lo que debo. No es hacer otra cosa que cumplir con lo que Dios manifiesta en su Palabra, unas veces de forma explícita y otras de forma indirecta. Por ejemplo, fíjense en este texto: “El que honra a su padre expía sus pecados. Y como el que atesora es el que honra a su madre. El que honra a su padre se regocijará en sus hijos y será escuchado en el día de su oración”. El texto pertenece al capítulo tres del Libro del Eclesiástico, también llamado Sirácida. Aunque estos versículos corresponden del 4 al 6, les invito a leer todo este capítulo. Después, piensen y comparen con lo que tenemos en la Sociedad de hoy y podremos ver la tarea que nos toca hacer simplemente como personas. Y como cristianos, muchísimo más por la trascendencia que tiene.

“Hijo mío, no arrebates al pobre su sostén, no vuelvas los ojos ante el necesitado.” (Sir. 4, 1 y siguientes). ¿No creen que los necesitados, otros Cristos sufrientes, merecen también las atenciones del Cuarto Mandamiento? Al menos yo, así lo creo.
Y Jesucristo, ¿qué dice en este sentido? Bueno. Hay un fragmento de San Lucas que puede inducir a error. “Si alguno viene a mi y no renuncia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo”. (Lc. 14, 26). ¿Significa que hay que abandonar a todos y no hacerles caso? ¡Por supuesto que no!

Mi opinión personal es: a) Si él dijo que había venido a perfeccionar la Ley y a darle cumplimiento, no tendría sentido alguno olvidarse de ellos. b) Pienso que en esa expresión está implícita la llamada de Dios a la vocación, sacerdotal o religiosa, en cuyo caso habría que seguir esa llamada personal divina antes que la voluntad de los padres, si bien la respuesta debe ser madurada y puesta en las manos de Dios mediante la oración. Y eso no significa en modo alguno que no se atienda a los padres. El caso que les relataba al principio del sacerdote celebrante con su padre en silla de ruedas es un caso clarísimo en este sentido.

Pero existe un momento crucial en el Evangelio en el que podemos apreciar el cumplimiento de este Cuarto precepto por parte del mismo Jesucristo. Él estaba agonizando. ¿Lo recuerdan? Su misión para la cual nació, estaba a punto de cumplirse. Y ahí demostró su talla de Hombre, de Hijo y de Dios. La mujer que lo dio todo para que se cumplieran los planes del Creador iba a quedarse sola. No estaba ya su esposo. A su Hijo se le escapaba la vida a chorros mientras ella se enfrentaba a su propia impotencia. Pero no iba a quedarse sola porque su Jesús era Dios, pero también era su Hijo. Y éste entregó su testamento a Juan: “He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn. 19, 26-27). Y desde aquella hora la recibimos cada uno de nosotros en la nuestra y en nuestro corazón.



Cuidémosla, sí, y con Ella a nuestros mayores. Pero pidámosle que Ella cuide de nosotros también. Y al final, que nos lleve de la mano a contemplar el Rostro de Jesús toda la Eternidad.

jueves 9 de julio de 2009

Un paro forzado


¡Hola, amigos! Esta vez me ha tocado a mí. Una inoportuna angina de pecho (angor) en la madrugada del 4 de julio me ha remitido a urgencias del hospital, donde he permanecido ingresado hasta el día ocho. Gracias a Dios todo está controlado, si bien necesito, según me han dicho, reposo y descanso. Así que mi esposa y yo salimos a un balneario a terminar la convalecencia, aunque eso no me va a impedir que sentadito y con tranquilidad vaya escribiendo algo.

Pero ¿saben lo mejor de todo qué ha sido? Por una parte, el fenomenal funcionamiento de la Comunión de los Santos manifestada a través de la oración de mi Comunidad a nivel personal y comunitario en las Eucaristías. Por otra parte, y esta es la mejor, la visita diaria de Jesús Sacramentado a mi habitación y los momentos de intensa intimidad con Él. ¿Quién soy yo para que venga a visitarme mi Señor? (Parecido a lo que dijo Santa Isabel cuando vio llegar a su prima la Virgen, sólo que yo no me puedo comparar con esas personas ni por asomo, ¿no creen?

La acción de gracias y los momentos de posterior adoración personal a Dios Eucaristía, sin prisas, sin preocuparme por el tiempo que estaba en íntimo diálogo con Aquel que no vive en el tiempo, sin esperar, como en las Misas, que el sacerdote interrumpa esos magníficos momentos con el ‘Oremos’, camino de la finalización de la Eucaristía.

Acaso algún día ponga en común con ustedes algunos descubrimientos que he hecho (y he vivido) estos días. Si bien les puedo decir que he leído un libro exegético-espiritual del Apocalipsis de San Juan y me ha dado tiempo a empezar otro sobre los Libros Sapienciales del Antiguo Testamento. Confío que lo acabaré estos días de convalecencia. Hoy, la Eucaristía correspondiente al tercer día de la Novena a la Virgen del Carmen en su ermita marinera, la he ofrecido en acción de gracias por haber vuelto a casa bastante bien. Creo que es lo que me correspondía hacer, ¿no les parece?



En fin. Tengo la enorme satisfacción de volver a estar con ustedes. Procuraré reanudar las entradas en el blog con la asiduidad acostumbrada. Gracias por su comprensión. Que el LOGOS les bendiga.

domingo 28 de junio de 2009

Santificarás las fiestas

No sé al empezar a escribir, si todos nosotros incluido yo mismo, tenemos claro qué es, en qué consiste, la santificación. No me vale esa salida facilona de decir que ‘consiste en ser santos’ porque caeríamos en lo mismo de antes. No. De verdad que no me vale. Ahí debe haber algo mucho más profundo desde el momento que Dios es el tres veces Santo.

Jesús, cuando algunos discípulos empiezan a retirarse de Él para no volver, les pregunta a los Apóstoles si ellos también quieren irse. Y es Pedro quien toma la palabra para responder: ‘Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’ (Jn. 6, 66-69).

Pedro, al parecer, tuvo claro lo de la santidad, pero yo, aun teniendo claro esto de forma muy elemental, me he metido en Internet y he buscado mucho rato y en diferentes páginas este concepto. Y ha valido la pena. Al cabo de un día y medio he hecho un hallazgo. Algo así como si hubiese encontrado la dracma perdida de la parábola. Con unas palabras técnicas, pero muy reveladoras, he podido leer este texto:

SANTIFICACIÓN. Separación para Dios o Su Plan que consiste en tres fases: (1) Santificación posicional –unión con Cristo por medio del bautismo del Espíritu Santo como resultado de la salvación y por lo cual recibe la imputación de la rectitud absoluta de Dios. (2) Santificación experiencial –la condición temporal de separación para Dios del creyente cuando está en la plenitud del Espíritu Santo. (3) Santificación final –cuando el creyente es separado para Dios eternamente habiendo recibido un cuerpo de resurrección.

¿Qué les parece? Cortito pero muy sabroso. Acaso para alguno de ustedes no aporte nada nuevo, pero para mí ha sido algo definitivo. Jamás había oído ni leído una definición así. Es posible que esté en muchos tratados de espiritualidad, pero a mí no me había llegado nada en estos términos. Me ha impactado a pesar de que las etapas que marca ya las conocía, pero no desde ese prisma de unidad. Lo cierto es que me ha obligado a reflexionar y así lo expongo ante ustedes.

La santificación es una separación de alguien para Dios o para los planes de Dios. Pero entiendo que eso no es desde el planeta Saturno, por ejemplo, sino a partir de la cotidianidad de nuestra vida en la familia, en el trabajo o profesión, desde nuestro propio estado o vocación, desde la utilidad en la jubilación, desde las dificultades de la vida misma, desde el prisma de la juventud que lucha por labrarse un futuro, desde… Pongan aquí las mil y una cosas que ustedes conocen de su entorno y desde las que Dios nos llama a su servicio sin importar si se está sano o enfermo, si es adinerado o carente de muchos recursos, si tiene la experiencia de los años vividos o el impulso de los años juveniles.

Todo esto conforma la segunda fase del párrafo arriba indicado y me parece que dura toda una vida. Desde que nos bautizaron empieza ese período de existencia preñado de futuro, formación, entrega, descubrimientos, caídas y levantamientos, hasta esa tercera fase, la santificación final, en la que se echa la vista atrás, se analiza la propia trayectoria, el comportamiento de los años vividos y se emite, como San Pablo, el veredicto personal: ‘He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe. Sólo me queda recibir la corona de salvación, que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa’. (2Tim. 4, 7-8) .

Desde esta perspectiva solamente cabe esperar la llamada definitiva para volver ante Aquel que nos llamó, para verle tal cual Es y oírle decir personal y directamente: ‘Ven, bendit@ de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero y me alojasteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme’ (Mt. 25, 34-36). Ahí estará la santificación definitiva porque ya participaremos de la misma santidad de Dios de forma plena. Ahí daremos gracias por cuanto hicimos en la segunda fase de la santificación.

Y hasta que eso llegue habrá que continuar entregándonos en el altar de la vida diaria ofreciendo nuestro trabajo y nuestras limitaciones, conscientes de que el mismo Dios que nos ha dado soporte a lo largo de nuestra vida, lo seguirá haciendo. Luego, otros continuarán nuestras huellas apoyándose en las huellas de Jesús.

Al llegar a este punto debo centrarme de nuevo en la santificación experiencial. Si nos marcamos alcanzar la meta indicada en la tercera fase, está claro, al menos para mí, que habrá que poner de nuestra parte los medios necesarios para alcanzarla, siendo éstos básicamente dos: oración y Sacramentos.

Oración en tanto que ésta es una comunicación, una conversación con Dios como hacían nuestros primeros padres en el Paraíso antes de su caída, pero sabiendo que nosotros por nosotros mismos, somos incapaces de llegar hasta el Hacedor. Es Él quien se abaja hasta nosotros desde su cotidianidad amorosa con cada uno de nosotros.

Sacramentos, porque a través de los gestos y símbolos de cada uno de ellos, empezando con el Bautismo, base de la santificación posicional, Jesús de Nazaret, verdadero Dios (Segunda Persona de la Santísima Trinidad) y verdadero hombre, se hace presente real y verdaderamente en cada uno de nosotros llenándonos de su presencia.

¿Cómo podremos alcanzar la santificación final si no procuramos poner los medios necesarios para la santificación experiencial?

Pienso que es desde ahí de donde surge para el cristiano que desea una vida centrada en la Trinidad, la necesidad de guardar, reservar, dedicar o brindar, me da igual el verbo que queramos aplicar, un día a la semana para dedicárselo a Dios de forma especialmente personalizada, además de lo que hagamos los otros seis días restantes mediante nuestros quehaceres, nuestra oración o nuestro descanso.

Me da la impresión que cuando Dios habla a los israelitas y les dice: ‘Seis días trabajarás y harás todas tus faenas. Pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni el forastero que reside contigo’. (Ex. 20, 9-10), estaba marcando una pauta de comportamiento aplicando su pedagogía divina, más que un mandato sin más objetivo que constreñir al pueblo a su voluntad.

Israel tal vez necesitaba en ese momento que se le hablase así, recién salido de una esclavitud centenaria en Egipto para reencontrarse con sus propias raíces y con las relaciones con su Dios.

Para nosotros, Jesús nos marca un camino a seguir cuando en la cena de despedida de sus amigos aquel Jueves histórico y memorable, toma el pan entre sus Santas y Venerables manos y tras bendecirlo, dice: ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía’. (Lc. 22, 19) .

Es, como dice a continuación con el vino, ‘la copa de la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros’ (Lc. 22, 20).

Santificarás las fiestas. Lo que aparenta una orden sobre santificar el domingo o los festivos relativos a Dios, la Virgen o sobre lo que la Iglesia considere, es más el deseo de Jesús de compartir con nosotros mismos aquel Jueves Santo haciéndose presente en la Mesa de la Eucaristía a la que Él mismo nos invita, que una obligatoriedad sin más objetivo en sí misma.

Será necesario añadir nosotros nuestra compañía a Dios a través del culto latréutico de la Eucaristía, para ir conformando poco a poco, paso a paso, el camino a nuestra santificación final.

La vivencia personal de la Eucaristía, sea dominical o diaria, debe tener unos sentimientos hondos, unas reflexiones maduras, que nos conduzcan a comprometidos planteamientos personales.

La Eucaristía encierra una profundidad mayor que un simple ‘cumplimiento con Dios’, como he oído decir a más de una persona.

Pienso que la Eucaristía debe ser vivida y contemplada desde el prisma de una concelebración conjunta entre el sacerdote que la preside y los cristianos presentes, laicos o religiosos, que participamos en ella.

Pienso que las palabras pronunciadas por el sacerdote para ser respondidas por la Asamblea, no son frases aisladas que ‘él dice y nosotros respondemos’. No, porque son una simbiosis de personalidades en las que el sacerdote desde el altar y la Asamblea desde el lugar que ocupa en el templo, conformamos una única e indivisible personalidad dentro de la liturgia eucarística, sin anular la personalidad de cada uno, como un pueblo unido por la misma fe, la misma esperanza, el mismo amor.

Viene a ser algo así como si Jesús estuviese hablando con nosotros en una conversación distendida y amigable en la que todos hablamos y disfrutamos alrededor de una Mesa, compartiendo el alimento que fortalece el espíritu y anima al cuerpo a incrustarse en las estructuras mundanas para hacer llegar a los demás con nuestra propia vida, con nuestro propio testimonio, (aun a pesar de nuestras limitaciones y pecados), la realidad de lo que estamos viviendo.

Cuando salimos a participar de las lecturas ya no es Fulano o Mengana los que podamos leer. Son Jeremías, Isaías, Pablo, Pedro, Juan que están presentes ahí en ese momento en el ambón a través de nosotros y hablan DIRECTAMENTE a los ocupantes de la nave del templo. Proclaman la PALABRA recibida valiéndose de la boca y de la personalidad del lector o lectora como si estuvieran en Nínive, Corinto, Jerusalén, Éfeso o en el lugar correspondiente de su predicación de antaño.

Cuando el sacerdote expone la homilía, la Asamblea estará oyendo a uno de los profetas del siglo XXI o al mismo Jesús del monte de las Bienaventuranzas que les está hablando a ellos y les está transmitiendo el mensaje de la Palabra como lo hacía en cualquiera de sus intervenciones públicas. Y nos sentiremos responsables de llevar a nuestras vidas aquello que más nos ha calado en un afán constante de superación y de búsqueda de la perfección que Dios nos pide que tengamos: ‘Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. (Mt. 5, 48)
Para nosotros el ofertorio no debe ser simplemente ofrecer el pan y el vino a Dios. Es meter en el cáliz, simbolizado por las minúsculas gotas de agua que se mezclan con el vino, todo lo que conforma nuestra existencia: los pesares, las satisfacciones, los sufrimientos, las frustraciones, las angustias, las alegrías y tantas y tantas cosas como envuelven nuestra existencia, para ofrecérselos al Padre por mediación del sacerdote. Es poner nuestra vida en el altar. Es poner nuestra disponibilidad y nuestros talentos para dejarse modelar por Dios como barro en sus manos de Supremo Alfarero.

Es sentirnos concelebrantes cuando llegan las oraciones comunes de todo el pueblo, como el Gloria, el Credo o el Padre nuestro, pronunciadas a la vez que el sacerdote, de la misma manera que cuando varios sacerdotes concelebran pronuncian las palabras de la Consagración al unísono a la vez que extienden todos sus manos sobre el pan y el vino que pasan a ser, en función de su ministerio sacerdotal y la actuación del Espíritu Santo invocado en la epíclesis, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Porque nosotros también nos debemos sentir sacerdotes al participar del Sacerdocio de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, en función del Bautismo que en su día recibimos.

La Comunión es algo muy especial. Nos hace sentir pequeños, insignificantes, en el momento de recibir esa Hostia que sabemos, por la Fe, que Jesucristo está todo entero con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y que viene a nosotros a visitarnos en nuestra morada a pesar de haberle dicho, como el centurión, que ‘no soy digno de que entres en mi casa ...’ Pero Cristo entra. ¡Vaya si entra! Y dentro de ese momento de íntima unión entre Dios y su criatura, fluye el diálogo que ‘recrea y enamora’. La música está callada. La soledad suena en el silencio interior. No existe el tiempo. Sólo está la Eternidad, el Todopoderoso, dentro de nuestra existencia haciéndose persona de nuestra persona al acogerlo en nuestra propia intimidad.

Eso no se puede entender. Es la Fe la que nos habla. Nosotros solamente podemos abrirnos a su misericordia, a su Gracia, y dejarnos poseer. Sólo nos queda enfrentarnos a nuestros límites humanos y decirle: ‘Padre. Gracias por ser quien eres y por ser como eres. Aquí me tienes con todas mis limitaciones, mis fallos y mi nada. Haz de mí lo que quieras. Lo acepto todo con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y que yo sea instrumento de tu paz y vehículo a través del cual te manifiestes en este mundo que has redimido y que no te conoce porque no quiere conocerte. Ayúdame con tu Gracia para no defraudarte.’

Y cuando al sacerdote levanta su voz para terminar la Eucaristía y rompe el hechizo de ese momento mágico de intimidad divina, sentimos que hemos de mordernos el pensamiento y la voluntad para no enviarle alguna barbaridad mental.

Y sí. La Eucaristía termina en el templo. Pero la bendición final es el ‘Id y predicad el Evangelio a toda criatura.’ (Mc. 16, 15). ‘Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra’. (Hech. 1, 8).

Y la Eucaristía continuará en el altar de la vida diaria : en el taller, en el mar, en la casa , con la cotidianidad de cada día transformándola en la cotidianidad del taller de un carpintero llamado José, casado con una esposa de nombre María y un joven aprendiz llamado Jesús.

La próxima Eucaristía será una continuidad de la anterior y una nueva proyección hacia el futuro de la Iglesia que espera la Parusía final. Será la búsqueda permanente de la santificación personal y comunitaria.

Entonces encontraremos sentido a ‘santificar las fiestas’ y es cuando sentiremos la necesidad de seguir viviendo la Eucaristía. Será el balón de oxígeno espiritual que estaremos necesitando.

Obviamente este tema, como los anteriores y los que seguirán, Dios mediante, tienen muchas más cosas para profundizar en ellos, pero para eso les remito a los especialistas. Mi modesta aportación es lo que es, es como es y es lo que comparto con ustedes.

Les dejo con el Salmo 34 (33). Les invito a leerlo, meditarlo u orar desde su contenido.

Bendigo al Señor continuamente,
su alabanza está siempre en mi boca.
Mi alma se gloría en el Señor,
que los humildes lo oigan y se alegren.
Engrandeced conmigo al Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Busqué al Señor y Él me respondió
librándome de todos mis temores.
Mirad hacia Él: quedaréis radiantes,
y la vergüenza no cubrirá vuestros rostros.
Cuando el humilde clama al Señor, Él lo escucha
y lo salva de todas sus angustias.

domingo 21 de junio de 2009

El Nombre de Dios



a) “No te harás escultura ni imagen alguna de nada de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra. No te postrarás ante ellas, ni les darás culto, porque Yo, El Señor tu Dios, soy un Dios celoso que castigo la maldad de los que me aborrecen en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación, pero yo soy misericordioso por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos.
b) No tomarás en vano el nombre del Señor, porque el Señor no deja sin castigo al que toma su nombre en vano. (Ex. 20, 4-7)


Ya ven que he optado por tomar el segundo Mandato divino desde esa perspectiva del Libro del Éxodo, porque de este modo abarco estos dos aspectos.

Dios sigue participando hoy, como ha hecho siempre desde que nos creó, en la Historia. Y continúa dándonos pautas de comportamiento a pesar de estar en el siglo XXI, porque aunque haya enviado a su Hijo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, en la persona de Jesús de Nazaret, que nos dio un programa de vida en las Bienaventuranzas y luego lo resumió todo en el Mandamiento del Amor, también nos habló de la vigencia del Decálogo cuando dijo: “No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los Profetas; no he venido a abolirlas, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Porque os aseguro que mientras duren el cielo y la tierra la más pequeña letra de la Ley estará vigente hasta que todo se cumpla” (Mt. 5, 17-18).

En Jesucristo la Historia se personifica hasta el extremo de que ésta se organiza en dos grandes etapas: antes de Cristo y después de Cristo.

Entonces voy a tratar brevemente de las imágenes de Dios, la Virgen o los santos, consciente de mis limitaciones y remitiéndome siempre a la Doctrina oficial de la Iglesia Católica.

En diversas ocasiones he oído decir que esta Iglesia ADORA las imágenes de la Virgen o los santos, lo cual NO ES CIERTO. Voy a intentar explicarlo.

La Biblia aclara que no es lo mismo ‘ídolo’ que ‘imagen’ como adorno o símbolo que nos recuerda una determinada persona cuyas virtudes han quedado patentes.

En Ex. 25, 17-22, podemos leer que es Dios mismo quien da instrucciones: “Haz también dos querubines con oro batido y colócalos a los dos extremos de la plancha. Pon un querubín en un extremo y el otro querubín en el otro.” Etc. Los dos querubines del Arca de la Alianza eran adornos, los hicieron hombres y jamás el pueblo israelita los consideró ‘ídolos’. Ni tampoco Moisés que en este sentido era intransigente, como ya sabemos, por el episodio del becerro de oro. A ese sí que lo adoraron.

También tenemos esta otra cita en la que Dios dice a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce, ponla en un asta, y todos los que hayan sido mordidos y la miren quedarán curados. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado” (Núm. 21 8-9) . ¿Se dan cuenta? Es el mismo Dios quien encarga a Moisés que haga una serpiente de bronce para que cuantos fueran mordidos por las serpientes venenosas la mirasen y sanasen de las mordeduras. Pero NO la adoraban.

La Iglesia Católica acepta la VENERACIÓN a las imágenes de la Virgen o los santos en tanto que nos CONDUCEN, nos LLEVAN, a verlas como ejemplo a seguir por sus virtudes (algunas en grado heroico) o por vivir el Evangelio en un grado de perfección elevado. Por tanto no tiene ningún sentido decir que la Iglesia ADORE a cualquier santo o a la Virgen, (el Arca de la Nueva Alianza, como dice la letanía del Santo Rosario), a la cual se le da un culto especial llamado de HIPERDULÍA, por ser la Madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, pero éste NO ES un culto de Adoración o de Latría, que solamente se le da a Dios.

En cuanto al mismo Dios, ¿cómo vamos a hacer imágenes suyas si es un Espíritu Purísimo? Podremos representar a Jesucristo en diversos momentos de su vida humana (vida pública, Pasión, Muerte o Resurrección) pero a esas imágenes no se las adora porque no están representando a Dios si bien están refiriéndose a Él. Esas imágenes tienen mucho que ver con la historia del Arte universal, en el cual los distintos artistas de diferentes naciones, según el momento histórico que les ha tocado vivir (Románico, Gótico, Renacimiento, Barroco, etc. etc.), han plasmado en la pintura o en la escultura (incluso en arquitectura) su personal visión de la religiosidad de la época, pero en ningún caso se ha hecho como ‘ídolos’ para ser adorados, lo cual hubiese sido una auténtica aberración.

“El nombre de Dios adorado por los ángeles”, pintura del encabezamiento de esta entrada, es un magnífico fresco de la bóveda del Coreto de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar (Zaragoza), que Francisco de Goya y Lucientes, pintó en el siglo XIX, desde su particular visión del tema que trato, y a nadie se le ocurre pensar que haya que adorar nada en esa pintura, pero sí nos puede conducir a recordarnos lo que Dios debe representar para nosotros y analizar nuestra relación personal con Él.

Jesucristo, que siempre es veraz y habla muy claro, (es el LOGOS), habla de la glorificación del nombre de Dios. Veámoslo. El Domingo de Ramos ha pasado. Jesús habla de su muerte y dice: “Me encuentro profundamente abatido, pero ¿qué puedo decir? ¿Padre, sálvame de esta hora? ¡Pero si he venido precisamente para aceptarla! Padre, glorifica tu Nombre. Se oyó esta voz venida del cielo: Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. (Jn. 12, 20-32). Si Jesucristo hace esta petición a su Padre será, entre otras cosas según pienso, para enseñarnos que también debemos hacer lo mismo.

A veces me pregunto si cuando ante una situación de mayor o menor gravedad se dicen frases como ‘Dios no debería hacer esto o aquello’, o ‘¿Por qué tiene que permitir Dios esta catástrofe?’ y otras frases semejantes, no se estará fabricando un dios a nuestra medida según nuestros parámetros humanos, con lo cual estaremos fabricando un ‘ídolo’ hecho con manos o pensamientos humanos, porque ¿quiénes somos nosotros para atribuir a Dios cosas que no le son propias? ¿Por qué no dejamos a Dios que sea QUIEN ES Y COMO ES y nosotros nos ocupamos más y mejor de nuestras cosas y de nosotros mismos? Por favor. No reduzcamos a Dios a nuestros pobres límites humanos porque Él es infinitamente superior a nosotros y sus planes y sus pensamientos no son los nuestros.

Después de todo esto que he comentado paso al segundo punto del encabezamiento. ¿Qué es tomar en vano el Nombre de Dios?

Yo recuerdo que siendo un niño entre siete u ocho años por lo visto no hacía las cosas como deseaba mi familia. Esto motivó que una persona ajena a la misma, con la buena intención de apoyar los criterios educativos de mis mayores, dijo esta frase: ‘Piensa que si no obedeces a tus padres Dios te castigará y te irás al infierno’. Yo, con semejante edad, les aseguro que tenía miedo auténtico, casi terror, cuando oía semejantes cosas.

Después, ya adulto, fui descubriendo que Dios no era nada de todo eso. Más bien era todo lo contrario. Y distintos sacerdotes me fueron ayudando a descubrir el Dios-Amor que no desea la muerte del pecador, sino su conversión, y que nos llama a estar con Él, a trabajar con Él, a dialogar confiadamente con Él.

Pero esa frase me lleva a presentarles que eso podría ser una forma de tomar el nombre de Dios vanamente y totalmente fuera de lugar.

Más aún. Les propongo que consideren esta situación: Un grupo de madres jóvenes está esperando que sus hijos respectivos salgan del colegio, El tema de su conversación: dejar de fumar. En el desarrollo de la misma surge esta expresión de labios de una de ellas: ‘Te juro que ya fumo la mitad de cigarrillos que el mes pasado’.

Esta situación expuesta es ficticia, pero sí les puedo asegurar que he sido testigo presencial de varias conversaciones en las que la expresión ‘Te juro que…’ fue empleada en contextos baladíes y carentes de importancia.

El juramento. ¡Qué poco solemos conocer de él! Estamos acostumbrados a que algunos altos cargos de la Nación ‘juran’ su cargo ante un crucifijo y con la mano puesta sobre una Biblia. Pero apenas conocemos el significado del acto de ‘jurar’.

Pues es, ni más ni menos, que PONER A DIOS COMO TESTIGO DE LO QUE AFIRMAMOS. Y eso significa que a Dios debemos dejarlo tranquilo en temas carentes de significado o sin importancia. Su nombre merece bastante más que emplearlo en temas insignificantes.

Recuerdo que cuando era estudiante y salía este tema en clase de Religión, el profesor nos insistía una y otra vez en que nos metiéramos en la cabeza que para ser válido un juramento debía cumplir tres condiciones: a) Que el tema motivo del juramento fuese cierto. b) Que sea justo aquello que juramos y c) Que haya una necesidad absoluta, sin precipitaciones y ponderadamente, de hacer el juramento; de poner a Dios como testigo.

Jesucristo nos da una pauta: “Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados ‘No jurarás en falso sino que cumplirás lo que prometiste al Señor con juramento’. Pero yo os digo que no juréis en modo alguno,…Que vuestra palabra sea sí cuando sea sí; y no cuando es no. Lo que pasa de ahí, viene del maligno”. (Mt. 5, 33-37). Es decir: que nuestra palabra (nuestra palabra de honor) debe ser suficiente por sí misma como veraz sin necesidad de invocar a Dios como testigo. Si no somos creíbles para nuestros semejantes, ¿qué clase de personas seremos? ¿O es que no nos fiamos unos de otros? Esto ya sería muy serio. (No he puesto toda la perícopa por razones de espacio, pero sería conveniente leerla.)

Como he dicho en ocasiones anteriores, con el honor de Dios no se debe jugar. Y su nombre debe ser respetado.

Por cierto. Esto nos lleva a otro tema: la blasfemia, desgraciadamente tan usual en nuestros días. Es una pena. Porque querer ofender a Dios, a la Virgen, a los santos o las cosas sagradas es una infamia que no conduce a ninguna parte porque Dios es inmutable. Eso sin contar con que educativamente muestra el mal gusto, la bajeza y la carencia de respeto hacia las personas que la escuchan.

No, amigos. El nombre de Dios es suficientemente grande y digno para que se le nombre con todo el respeto y la consideración que su grandeza y majestad merece.

Y el amor que nos tiene a toda la Humanidad, sean quienes fueren, requiere una correspondencia adecuada, ¿no les parece?

Y les dejo con un nuevo Salmo, el 13 (12). Se le titula “Bendito sea el nombre del Señor”. Me parece suficiente los versículos 1 al 3, pero si lo desean y lo meditan entero, podrán descubrir la riqueza que contiene.



¡Aleluya!
¡Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor!
¡Bendito sea el nombre del Señor
desde ahora y para siempre!
Desde la salida del sol hasta su ocaso
sea alabado el nombre del Señor.

viernes 12 de junio de 2009

El Primer Mandamiento

Es posible que sea iterativo, pero aun a riesgo de ello debo advertir que no voy a tratar los temas del Decálogo ni de ningún otro tema como los especialistas respectivos, pues no lo soy, pero sí deseo hacerlo desde un punto de vista personal, dentro de la doctrina oficial de la Iglesia Católica y sin ningún ánimo de polemizar.

Cuantas veces escucho Radio María y a través de sus ondas me llegan las charlas de Obispos y sacerdotes, en muchos casos elevadas, bien argumentadas, fenomenalmente expuestas y con vocabulario adecuado y preciso, los admiro y los escucho, pero yo, al no llegar donde ellos llegan, pienso que eso no significa que no pueda dar mi opinión desde otro aspecto y con formas diferentes. En cualquier caso, soy yo con mis circunstancias quien tiene la osadía de hacer estas exposiciones en el blog, con mi estilo personal y siempre confiando que el Espíritu divino me asista como cristiano de la calle que intenta vivir el cristianismo y exponer sus puntos de vista.

En fin. Que no sé en qué camino me he metido, pero siento que como laico comprometido hasta la médula con mi Dios y Señor, Uno y Trino, también debo dar mi opinión respecto al Decálogo, que, personalmente, siempre he procurado cumplir, y desde mi propia experiencia, que como siempre, comparto con todos ustedes. Por supuesto ha habido (y hay) fallos por mi condición humana y pecadora como le puede pasar a cualquiera, pero siempre me he encontrado con el perdón de Jesucristo en el Sacramento de la Confesión.

“No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los Profetas. No he venido a abolirlas sino a llevarlas hasta las últimas consecuencias. Porque os aseguro que mientras duren el cielo y la tierra la más pequeña letra de la Ley estará vigente hasta que todo se cumpla”.(Mt. 5, 17-18)

Con esta frase de Jesucristo arranca el sentido de mi entrada de hoy. Veamos.

Si miramos el libro del Éxodo podremos leer: “Yo soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud.” (Ex. 20, 1-6). No pongo toda la cita por no alargarme, pero léanla, por favor. Leído así ese texto, parece que nos ponemos ante un Dios severo que parece decir: ‘¡Eh! Que Yo he hecho esto por vosotros y ahora como pago o contrapartida debéis hacer…’

No. Nada más lejos de la realidad. No olvidemos el contexto de la época en que Dios se dirige a su pueblo, la mentalidad de éste y la de los pueblos limítrofes que tienen sus propios dioses y Dios sabe que su pueblo puede seguirlos y apartarse de Él, como ya lo demostró con la idolatría del becerro de oro.

Es un momento muy difícil para Israel que está pasando de ser un pueblo esclavo, sometido a las leyes y arbitrariedades egipcias, a ser un pueblo libre y cultual que quiere ser agradecido a su Dios por haber escuchado su clamor y haber enviado un libertador como Moisés en el que tiene puesta su confianza como mensajero de Yavéh y líder en el éxodo por el desierto.

No tiene leyes, no sabe regirse todavía por sí mismo, pero sí tiene añoranza, en ocasiones, por la comida de Egipto: ‘¡Cómo nos acordamos de tanto pescado como comíamos en Egipto, de los cohombros, de los melones, de los puerros, de las cebollas, de los ajos! (Núm. 11, 5). Tiene tendencia a mirar hacia atrás en lugar de proyectarse hacia el futuro. (Como puede pasarnos a nosotros en ocasiones).

Realmente necesitaba una normativa y Dios, que siempre está pendiente y conoce lo que nos conviene a cada momento, comunica a Moisés el camino a seguir a través del Decálogo y otras normas. Quien tenga curiosidad y quiera, puede leer el libro del Éxodo del capítulo 20 hasta el final de este libro. Encontrará ‘algunas’ normas.

Hay una expresión que Dios dice a Moisés en el Sinaí cuando éste desea saber qué dirá a los israelitas cuando le pregunten cuál es el nombre del Dios de sus padres. Fíjense la respuesta: “YO SOY EL QUE SOY”. (Ex. 3, 11-15).

Esta respuesta siempre me ha llamado la atención, porque aunque aparenta decirle algo así como ‘¿Y a ti qué te importa mi nombre o quién soy?’, si analizamos el sentido profundo de la expresión lo que está manifestando realmente es que su Omnipotencia está fuera de todos los parámetros humanos de inteligencia y comprensión. Nosotros no podemos estar en ese nivel.


Quiere dejar claro que estaba con Israel como lo está hoy con nosotros, oyendo nuestros clamores diarios como oyó entonces los de su pueblo. Diariamente nos está enviando su Mensajero y Libertador en la Persona de Jesucristo Eucaristía.

Ahí está el nuevo Dios libertador que continúa cuidando su nuevo pueblo sanándolo de sus heridas psíquicas o espirituales conseguidas en las pequeñas batallas de nuestro quehacer diario, educándonos como un padre y una madre hacen con sus hijos toda la vida, santificándonos cuando a pesar de nuestras limitaciones de criaturas hacemos realidad la esperanza y la fe que Dios tiene depositada en cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos.

El ‘leitmotif’ es ese: interpretar el ‘amar a Dios sobre todas las cosas’ como una entrega incondicional a Él con una vida llena de dignidad y libertad, de manera que cuando nos vean a nosotros, con nuestra propia forma de ser y de vivir, vean a Dios a través de nosotros. Que seamos un reflejo de Dios.

Tenemos por una parte ese hálito de Dios transmitido en la creación de nuestros primeros padres en el Paraíso y heredado por todo el género humano. Por otra parte también tenemos la Ley Natural, contenida en el Decálogo y en nuestro interior como Ley de Derecho Divino, y corroborada por Jesucristo en la frase del encabezamiento de este escrito. ¿Comprenden ahora por qué les decía que de la cita de San Mateo, 5, del principio arrancaba el sentido de esta entrada?

Y Dios reclama exclusividad para Él no por egoísmo propio, ya que en Dios no cabe ese sentimiento porque al ser una imperfección no puede tener cabida en su Ser que es la perfección suma, sino por nosotros, por nuestro bien, para que nos alejemos de cuantos baales, astartés, kishares o anshares del siglo XXI, ya que, como el pueblo israelita, somos capaces (y lo somos de hecho, como veremos después) de crear nuestro(s) propio(s) ‘becerro(s) de oro’ y caer en una idolatría de estos tiempos que nos toca vivir.

Pienso que cuando hay personas que buscan amuletos con el pretexto de que ‘traen buena suerte’, o atribuyen a ciertas cosas un carácter que realmente no tienen (la mala suerte del número 13 o pasar por debajo de una escalera, etc.), o que piensan que con determinadas prácticas a través de la quiromancia o la cartomancia se puede adivinar el futuro, etc., lo que realmente están buscando es una seguridad, unos apoyos equivocados. Acaso estén buscando a Dios sin saberlo, pero por caminos equivocados.

A Dios se le busca desde la fe, desde una confianza ilimitada en Él, desde un ponernos en sus manos fiándonos de su amor paternal y maternal hacia nosotros. Y esa Trinidad Creadora, Santificadora, se nos dará a tope con fiarnos totalmente en Ella. Dios quiere que demos el salto en de la fe para caer en sus brazos amorosos. “Fijaos cómo crecen los lirios del campo.; no se afanan ni hilan; y sin embargo os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno Dios la viste así,¿qué no hará con vosotros, hombres de poca fe?” (Mt. 6, 28-30). Ya sé que ese fragmento evangélico hace referencia al vestido, pero no exclusivamente. También hace referencia al cariño providente de Dios a cada uno de nosotros.

Se trata de evitar que esos falsos ‘dioses’ a los que hoy se rinde culto, porque a quien sea no le interesa que se redescubra al auténtico Dios, el de siempre, el que envió a su propio Hijo a morir por el Género Humano para liberarlo de una esclavitud peor que la de Egipto como es la del pecado, se interpongan entre el Padre y nosotros.

Esos ídolos del deporte, de los macroconciertos, del ocio, del poder, del alcohol, de las drogas y de tantos etcéteras como podríamos encontrar, que sin darnos cuenta nos pueden embrutecer y llevarnos a un alejamiento de nosotros mismos, así como a una carencia de valores y de una personalidad con sólidos criterios propios.

¿Significa eso que es malo ir a conciertos, al fútbol, admirar a figuras del deporte o de la música o divertirse? ¡No, por favor! No es eso. Esas cosas son buenas en principio. Yo mismo soy un gran admirador de Juan Diego Florez y de su magnífica voz de tenor y de sus facultades, así como de otros cantantes, músicos o literatos. Me refiero a que no nos dejemos arrastrar por esas cosas ni por ninguna otra con rumbo a la nada, dejando de ser nosotros mismos y perdiendo el norte de nuestra vida y de nuestro Dios auténtico.

Todos esos ídolos de hoy tienen tendencia a capturarnos con mucha sutileza. Cuando vamos a darnos cuenta nos vemos ‘cogidos’ por ellos hasta el extremo de justificarlos y ver como algo totalmente ‘normal’ todo lo que hacemos, aun a costa de humillar o pisotear a nuestros semejantes. Y, francamente, esto es muy triste.

El “no tendrás otros dioses” es una fuerte y sonora llamada de atención del Padre común de todos a que nos centremos en Él, camino de nuestra instalación permanente en una libertad que nos viene directa y gratuitamente de nuestro Creador.

Permítanme una confidencia personal que comparto con ustedes. Nunca me cansaré de dar gracias a Dios por “SER QUIEN ES” y por “SER COMO ES”. Así. Tal cual. De ese modo me pongo en sus manos con absoluta confianza en que va a entender mis limitaciones en todos los sentidos. Yo estaré dándole culto de Latría desde esas limitaciones, pero nada más. Lo acepto como es y no me preocupo de nada más, porque Él también me acepta a mí como soy con mis ansias de perfección y de eternidad. El resto lo pone Él. (Que no es poco, ¿verdad?).

Acabo ya, pero como la vez anterior, les dejo con otro Salmo. Esta vez es el 103 (102), versículos 13 al 18:


Como un padre siente ternura por sus hijos,
así siente el Señor ternura por sus fieles;
Él sabe de qué estamos hechos,
se acuerda de que somos polvo.

Los días del hombre son como la hierba:
florecen como la flor del campo,
pero cuando la roza el viento deja de existir,
nadie la vuelve a ver en su sitio.
Pero el amor del Señor a sus fieles dura eternamente,
y su salvación alcanza a hijos y nietos,
a todos los que guardan su alianza
y se acuerdan de cumplir sus mandamientos.

Bueno, pues... ahí está. Les deseo lo mejor. Hasta siempre.

sábado 6 de junio de 2009

El Decálogo, ¿desfasado?

Hace tiempo que vengo observando los acontecimientos que de ordinario me van rodeando, tanto a nivel de mi localidad como a nivel nacional o mundial. Resultado: Un desconcierto en todos los ambientes. El sentir general de las gentes con las que hablo es que hay una crisis de valores humanos (y cristianos también), que hace patente una crisis general también a nivel de las familias.

No se da el valor que siempre ha tenido el hecho de respetar las personas, especialmente a las que ya tienen cierta edad, a los que incluso se les llega a despreciar. La violencia, los robos violentos, los malos tratos y especialmente se observa, lamentablemente, que no existe el respeto a ese bien natural e incuestionable que cada persona tiene y disfruta, como es la vida.

Se mata con el menor pretexto.

El aborto y la eutanasia se nos presentan como un progreso social hasta el extremo de afirmarse por parte una determinada persona, con cargo importante en el Gobierno de una Nación, que fue preguntada en una entrevista en una determinada Cadena de Radio si un feto de trece semanas, (que se asemeja mucho a un bebé), es un ser vivo, y ella respondió: "Un ser vivo, claro, lo que no podemos hablar es de ser humano porque eso no tienen ninguna base científica". Todo es válido con tal de justificar el aborto. Demencial, ¿no?

Se pide la protección de animales y plantas en peligro de extinción, lo cual está muy bien . Se pide que no se les maltrate, que también está muy bien, pero ¿y a los niños que están dentro del vientre materno y se les mata? ¿Y a los ancianos a los que se les quiere aplicar la eutanasia activa?

Pienso que solamente Dios es Señor de la vida y de la muerte. Pienso también que ese mismo Dios entregó en un momento dado a una determinada persona y en un monte concreto, unas tablas de piedra conteniendo lo que se ha venido en llamar ‘Los Diez Mandamientos’, que no son otra cosa que la propia Ley Natural que todo ser humano llevamos impresa en nuestro ser, aunque haya personas, acaso en número excesivo, que se empeñen en ignorarlos pensando que ya están desfasados para el siglo XXI y optan por actuar a partir de sus propios impulsos, de su propia voluntad, de su propio egoísmo, ignorando a Dios, sus planes, sus preceptos, sus pensamientos, sus proyectos con la Humanidad e incluso ignorando o cuestionando su existencia.

Y eso no es así. Dios, además de existir, nos quiere con locura. Desea nuestro bien y nuestro auténtico progreso a partir de sus Normas que, en definitiva, entregó a Moisés para nuestro bien. No importa que los primeros destinatarios fuesen los israelitas en pleno desierto. Nosotros hoy vamos caminando por otro desierto y nos vienen de maravilla para esa travesía personal. En ellos está el germen de todos los valores humanos y cristianos. Solamente hay que desarrollarlos en nuestra existencia y ponerlos en funcionamiento. Personalmente pienso que esto es uno de los talentos que Dios nos entregó al nacer y del que nos pedirá cuentas de los intereses que ha obtenido a través de nuestra gestión.

“Los hombres y mujeres de hoy somos libres. Nadie puede impedir que la sociedad progrese hacia la libertad”, parecen decir algunos sectores de la sociedad que ven los Mandamientos como algo caduco. Pero no es válido. Se confunde la libertad con el libertinaje, con el ‘todo vale’ para conseguir más dinero, más disfrute, más ‘tener’ en lugar de ‘más ser’. La realidad es otra aunque no quieran verla ni reconocerla. Es el egoismo personal quien suele imperar en todo.

Los Mandamientos, al ser de origen divino, son inmutables. Como su Autor. Llevamos algunos miles de años desde su promulgación en el Sinaí y siguen jóvenes, lustrosos y útiles. Solamente habrá que descubrir la relación entre valores y Decálogo para darnos cuenta de la vigencia de ambos. ¡Si es que son inseparables! Esos diez Mandatos sí que son el auténtico camino hacia la auténtica libertad si sabemos integrarlos en la cotidianidad de cada momento de la vida. Incluso me atrevería a decir que son de una gran ayuda para sacar pecho ante las dificultades del día a día. Además, “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc. 13, 31). Recuerdan esta cita de Jesús, ¿verdad? Pues…eso. No hace falta más comentario. Lo dice el LOGOS, la Palabra. ¿Qué vamos a añadir nosotros?

Por otra parte no debemos perder de vista que Dios mantiene su fidelidad a las personas de todos los tiempos, incluidas las de hoy. Y ahora, lo mismo que antes, también pide una correspondencia de nuestra fidelidad a Él. Cuando los Profetas hablaban en nombre de Dios, ¿cuál solía ser el motivo de su queja o su denuncia? Que los hombres se alejaban de Yavéh y rompían su Alianza con Él.

Hoy se repite la historia. Las personas solamente ven la corteza de los Mandamientos, su forro, su portada,… Pero debemos ahondar en el mensaje, en su contenido profundo. Sólo así encontraríamos la Gloria de Dios que está latente en ellos así como el camino que nos conduce a la verdadera libertad.

Y, por favor. No pensemos que los Mandamientos solamente hacen referencia a Dios y a los demás. También son una guía para nosotros mismos. Debemos vernos reflejados en ellos, autoanalizar nuestro comportamiento, nuestras actitudes hacia nosotros mismos y hacia los demás.

No son una pesada losa para nosotros, sino una alianza de Amor de Dios para con su pueblo que somos nosotros. Si pensamos las cosas, veremos que cumpliendo su contenido no habría necesidad de tener cárceles, ni puertas blindadas, ni temor a posibles robos, ni violaciones, ni policías… El respeto mutuo, nacido de esa Alianza entre el Creador y nosotros, sería quien vendría marcando las pautas de nuestra conducta.

Cuanto más meditemos sobre este bendito Decálogo, más descubriremos la acción de Dios en nosotros, más descubriremos el amor que nos tiene, más descubriremos quienes somos nosotros a nivel personal y comunitario, más descubriremos el cuidado amoroso del Creador hacia su criatura al descubrir en estas normas los cuidados personales de unos con otros.

Y acabo, pero no me resisto a la tentación de hacerlo con unos versículos del Salmo 19 (18) versículos 8 al 12 :



La Ley del Señor es perfecta; es descanso para el hombre,
El mandato del Señor es firme; hace sabio al ignorante;
Los preceptos del Señor son rectos: dan alegría al corazón;
El mandamiento del Señor es diáfano: da luz a los ojos.
El temor del Señor es puro: estable para siempre;
Los juicios del Señor son verdad: todos justos por igual;
Son preferibles al oro, al oro más fino;
Y más dulces que la miel, más que el jugo del panal.

Por eso tu siervo está atento a ellos,
Y los guarda asiduamente.


Saboréenlo. Y no tengan miedo a orar con todo este Salmo. Que Dios les bendiga.

domingo 31 de mayo de 2009

Pentecostés

Estoy hecho un lío. Sí, y ya lo decía anoche, porque a la hora de escribir sobre este magno acontecimiento como fue Pentecostés, es tanta su riqueza y su grandeza que no sé por dónde abordarlo. Es verdad que soy un enamorado del Espíritu Santo, como ya dije en mi entrada de octubre de 2008, y comprenderán que para mí, como pueda ser para cualquier cristiano, es un día muy especial y entrañable. Es el motor de mi vida porque es el motor de la Iglesia. Y yo, como todos los católicos, somos Iglesia. Es, y eso es magnífico, nuestro Santificador. Por Él somos una UNIDAD eclesial dentro de nuestra propia diversidad.

Bueno. No quiero hacerlo muy largo y eso es difícil. Pero por algún sitio tendré que empezar. Vamos allá. Abramos la puerta a nuestra imaginación.

Jerusalén. Jesús ha causado la gran desolación entre sus Apóstoles y discípulos al ascender a su Reino después de cubrir su etapa humana entre nosotros. Ahora vuelve junto al Padre.

Es cierto que ya fue preparándolos para que no se sorprendieran cuando llegase el momento, pero…’Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy os lo enviaré’. (Jn. 16, 7). Lo recuerdan, ¿verdad? Y esto otro: ‘Cuando venga el Espíritu de la Verdad, os iluminará para que podáis entender la verdad completa’. (Jn. 16, 12-15). Les aconsejo que la lean toda. Yo pongo lo justo para no alargarme, pero ese fragmento de San Juan, no tiene desperdicio. Y también: ‘El Abogado, Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ese os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho’ (Jn. 14,26). Hablaba clarito, ¿no?

Yo me imagino que a lo largo de los tres intensos años que estuvo con los doce que eligió (y no lo hizo por casualidad, sino porque alguien debía continuar la misión por la cual se encarnó), el tema del Espíritu lo iría comentando con ellos e incluso es posible que se apoyase en los textos de los Profetas Ezequiel y Joel: ‘Después de esto yo derramaré mi espíritu sobre todo hombre. Vuestro hijos e hijas profetizarán , vuestros ancianos tendrán sueños, y vuestros jóvenes, visiones. Y hasta sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días’. (Jl, 3, 1-2). Ezequiel también dice algo al respecto. ‘Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que viváis según mis mandamientos, observando y guardando mis leyes’. (Ez. 36, 27).


De cualquier manera, y volviendo al tercer párrafo, son tres ejemplos de los avisos que fue dando antes de la Pasión y, por tanto, antes de la Ascensión, que luego tuvieron su culmen en el cenáculo. Lean, por favor, (Act. 2, 1-4). Ahí tenemos el principio de la actuación del Espíritu Santo que se derramó, no solamente sobre los Apóstoles, sino sobre toda la comunidad cristiana, sobre la Iglesia que en ese momento comenzaba a caminar. Desde entonces está con ella permanentemente. Ese es el hecho fundamentalísimo de Pentecostés: el nacimiento y puesta en marcha de la Iglesia.

Ahí estaba el mismo Espíritu que ‘aleteaba sobre las aguas’ (Gen. 1, 2). El mismo Espíritu que se manifestó en el bautismo de Jesús en el río Jordán. (Mt. 3, 16-17). Y ese mismo Espíritu es el que se hace patente en el cenáculo para llenar a Apóstoles y discípulos de Sí mismo y lanzarlos a su primera actuación, y, por extensión, también para lanzarnos a nosotros como continuadores y herederos de cuantos allí se encontraban, en virtud del Bautismo que hemos recibido, proclamando la Resurrección de Jesucristo.

Su misión y nuestra misión como consecuencia de Pentecostés es empujar y animar la obra fundada por Jesús de Nazaret sobre Pedro. Ahí está la radicalidad del Espíritu en la Historia y en nuestra historia personal. Y su asistencia es permanente para cuantas personas se abren a Él. Por eso es importantísimo para los cristianos recibir el Sacramento de la Confirmación, que por su importancia y trascendencia debe ser el Obispo, como sucesor directo de los Apóstoles, quien lo administre para que nuestras raíces como hijos de Dios sean más hondas, que nuestra unión y comunión con la Iglesia sea más sólida y nuestra incorporación a Jesús de Nazaret sea más firme.

No me extiendo más, fiel a mi propósito, pero les dejo con estos PowerPoint que comparto con ustedes, aunque al ponerlos con anterioridad es posible que ya les hayan echado un vistazo.Pero mediten sus frases.Tienen mucha riqueza interior. Me ha parecido que llevan mucha fuerza en su contenido y que pueden hacer mucho bien a la vez que nos dan pistas para reflexionar. Y desde aquí mi felicitación y admiración hacia quienes son capaces de hacer estas preciosidades. Que Cristo, resucitado y glorioso, nos bendiga y ayude a todos.

Pentecostés (II)

Ya dije anoche que el Espíritu Santo merecía una dedicación especial. Les incluyo este segundo Power Point para que a impulsos del clic en la pantalla lean, piensen y mediten. Vale la pena. Luego ya pondré mi artículo correspondiente.

Pentecostés 2

Pentecostés (I)

Esto es principio de la entrada sobre Pentecostés, porque el Espíritu Santo se lo merece, ¿no? Además, voy algo liado con lo que quiero escribir. Necesito encomendarme a Él y mañana veré si ya me he despejado la cabeza un poco.

Pentecostés 1

domingo 24 de mayo de 2009

El encargo de Jesucristo

Podríamos estar dándonos golpes con la cabeza contra la pared toda nuestra vida y jamás podríamos entender la grandeza de Dios. Ni su generosidad. Ni su providencia. Ni su… Podríamos estar poniendo cuanto quisiéramos. No podríamos entender nada de Dios porque su infinitud no tiene cabida en nuestros parámetros de inteligencia humana.

Pero por esa misma razón, Dios que es omnisciente ha querido que, al menos, podamos descubrir algo de su Esencia, de su forma de ser, de su forma de actuar, de su forma de amar,… Y emprende un largo camino junto a nosotros en el que, a través de su misteriosa pero eficaz e incomprendida pedagogía, nos lleva a través de esa larga Historia de Amor titulada “La Biblia”.

Y por si fuera poco, es capaz de acampar entre nosotros haciéndose el Maestro visible que nos muestra el cumplimiento y la plenitud de esa Historia en esa persona llamada Jesús al que añadieron ‘de Nazaret’ por el lugar en el que vivió bastantes años con su madre. Él nos explica que ha llegado la plenitud de los tiempos y que ese Dios que habló por boca de los profetas y de otras personas está hablando en vivo y en directo con las personas de su época.

Y la Palabra ‘vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron’ (Jn. 1, 11). ¿Cómo le iban a recibir? A los poderosos, a los instalados, no les interesaba. Estaban muy acomodados en su situación. El pueblo llano tenía otro concepto del Mesías que estaba esperando y en Jesús veían un rabí que hablaba con autoridad (Mt.7, 29) y con una manera de decir las cosas diferente a como estaban acostumbrados a oír de los sacerdotes del Templo y de los rabinos. Los milagros les asombraban, pero no llegaban a más.

Es a partir de la Resurrección y de Pentecostés cuando el pueblo empieza a reaccionar a golpes de Espíritu Santo.


Aquel momento de la Anunciación a María de que el Verbo de Dios, el LOGOS, la Palabra, iba a hacerse hombre, es posible que en la Ascensión de Jesús a su Reino, ya se dieran cuenta cuantos contemplaban este hecho que ya no era el Verbo quien se marchaba, sino Jesús de Nazaret, verdadero Dios pero también verdadero hombre. Y su marcha no es para desentenderse de nosotros, sino para que completemos su misión en el tiempo y en la Historia desde dentro de la Iglesia: ‘Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura’ (Mc. 16, 15). Y Él estar apoyándonos desde la derecha del Padre y asistiéndonos en todos nuestros trabajos por el Evangelio: ‘Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos’ (Mt. 28, 20).

Hay personas que recopilan los hechos y ‘dichos’ del Maestro y que luego Mateo, Marcos, Lucas y Juan darán forma literaria desde sus particulares puntos de vista y de sus propios objetivos.

Pero no son solamente estos escritos, pues también hay otros, los Hechos de los Apóstoles, las distintas Cartas y el Apocalipsis de Juan, a través de los cuales nos podemos permitir hoy ir descubriendo el mensaje que nos va transmitiendo la Palabra a cada uno de nosotros y a la Humanidad entera.

Dentro de ese campo de los descubrimientos, y con esto comienzo a responder a Euterpe en su comentario del domingo 3 de mayo, vemos que lo que Juan nos transmite en los capítulos 13 al 17 de su Evangelio en esos momentos de máxima intimidad con los amigos que habían compartido con Él tanta cosas, lo podemos entender mejor o peor, pero podemos vernos reflejados ahí como unos comensales más en esa cena de intimidad y despedida. También nos está hablando muy directamente a nosotros.

Después los Apóstoles y otros discípulos se encargarán de ir anunciando la Buena Nueva por todo el mundo, a costa de no pocos trabajos y de sufrir muchas afrentas y penalidades. Lo demuestra el hecho de que todos, a excepción de San Juan, sufrieran martirio.

Uno de los que se toman muy en serio esta misión es Saulo de Tarso. Con él empieza la Teología a tomar carta de naturaleza. Podríamos decir que San Pablo es el primer teólogo de la Historia de la Iglesia. Con una clarividencia solamente comprensible desde una asistencia personal y especial del Espíritu Santo, va desgranando en sus cartas todos los descubrimientos que va haciendo de las Escrituras y de Jesucristo.

Es el primero, me parece a mí, en descubrir el auténtico sentido y profundidad de esa sinfonía compuesta por Dios titulada “AMOR”, cuya partitura se encuentra en el capítulo 13 de la primera carta que dirige a los cristianos de Corinto. Todos estamos invitados a interpretar esa sinfonía aunque no sepamos solfeo. No es necesario. Pero sí es necesario que tengamos fuerza de voluntad para interpretarla a diario en el gran concierto de nuestra propia vida.

No es solamente para ser leída en las bodas cuando un hombre y una mujer deciden libremente unir sus vidas para siempre, dando un toque más o menos poético a la ceremonia religiosa. Es para hacer vida común de la pareja, DURANTE TODA LA VIDA, el contenido de ese fragmento bíblico a través del esfuerzo cotidiano aun a pesar de las dificultades.

Pero eso también va dirigido a todos los laicos, sean de la condición que fueren, a los sacerdotes y personas consagradas. A todos.

Y eso es solamente un ejemplo de los centenares que se podrían poner. Al descubrimiento del pensamiento y de los planes de Dios, solamente podremos llegar abriéndonos a Él y leyendo, meditando y orando la Palabra divina.

Así es como llegaríamos a conclusiones como la de nuestr@ colaborador/a Euterpe, a quien agradezco su opinión y sus buenos deseos a la vez que l@ animo a continuar con sus trabajos y colaboraciones.

Efectivamente ‘somos templos de Dios’ (I Cor. 3, 16). Pero no somos capaces de descubrir, ni siquiera adivinar, el alcance real de lo que eso significa. ¿Cómo podremos intuir el significado de que la Eternidad, la Omnipotencia, la Perfección, la Inmutabilidad, la Inmensidad, la Infinitud, la Sabiduría Divinas, puedan estar en nuestro interior y seguir siendo pecadores e imperfectos? Pues la solución la da Euterpe: es un Don que Dios nos hace inmerecidamente por nuestra parte, porque somos sus criaturas.

Y permítame decirle que toca usted un aspecto muy interesante para los cristianos, que de alguna manera yo menciono en la última entrada correspondiente al sábado 16 de mayo: la AUTOESTIMA de los cristianos. Personalmente, aunque no mencione directamente ese sentimiento o concepto, pero lo aludo cuando digo que ‘Cristianos y humildes, SÍ. Tontos o pusilánimes, ¡NO!’

¿Por qué? Muy sencillo. Si Dios nos ha llamado a la vida dándonos la categoría de ‘hijos y herederos’ según San Pablo (Rom. 8, 17), no debemos llevar en nosotros falsos conceptos de humildad y transformarlos en estériles conformismos pensando que son voluntad de Dios.

Como hijos de Dios tenemos una dignidad que es LA MISMA dignidad de Dios, por lo tanto no debe tener cabida en nosotros un autodesprecio que solamente nos puede conducir a la nada y al vacío. Y, efectivamente, estoy de acuerdo con ese sacerdote al que oyó decir que ‘el autodesprecio es uno de los peores enemigos de la santidad’. Y si tenemos obligación de desearla y buscarla, como dijo Jesús: ‘Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto’ (Mt. 5, 48), no tenemos derecho a obstaculizar la acción de Dios en nosotros, ya que solamente Él, el Infinitamente Santo, nos la puede dar.

Y en este aspecto, la dedicación a nuestros semejantes en la medida de nuestras posibilidades (y no me refiero solamente a las económicas, ya que les podemos dedicar algo de nuestro tiempo según los talentos recibidos de nuestro Padre, en nuestra profesión, en nuestros ratos de ocio o tiempo libre, desde nuestra vocación y nuestro propio estado, etc., etc., etc.), es realmente fundamental y decisiva.

Pero no debemos desanimarnos pensando que nada tenemos que hacer. No sirve decir que el mundo está muy mal y que no podemos hacer nada. Miremos los más cercanos a nosotros y a poco que profundicemos podremos ver cómo hay montones de viñas del Señor en las que podemos encontrar nuestra propia realización humana y cristiana. Y, ¿por qué no?, también nuestra santificación.