lunes, 2 de octubre de 2017

Dolor..., enfermedad...., ¿por qué? (y VIII)

JESÚS CURA UN CIEGO.-SEBASTIANO RICCI.-S. XVII - XVIII
   A lo largo de estas entradas en las que se han expuesto diversos casos de sufrimiento corporal por enfermedad, pienso que además de la experiencia que cada uno pueda tener de casos propios o cercanos sobre el sufrimiento, también hemos podido adquirir unas informaciones sobre la enfermedad y el dolor ajenos. Pero el interrogante del título de las distintas entradas (Dolor..., enfermedad...., ¿por qué?), aunque posiblemente ya se haya vislumbrado con las citas de los Evangelios y con los comentarios u opiniones de diversos personajes, no podemos dejar de profundizar un poco más. 
     
      En este sentido, no me resisto a poner una opinión de San Agustín: 'Muchos son mártires en cama. Yace el cristiano en el lecho, le atormentan los dolores, reza, no se le escucha , o quizá se le escucha, pero se le prueba, se le ejercita, se le flagela para que sea recibido como hijo. Se hace mártir en la cama  y le corona el que por él estuvo pendiente en la cruz'. (San Agustín. Sermón 286).
      Cuesta de entender. Tal vez cuesta de admitir. Pero estoy convencido que es absolutamente cierto desde el momento que la Redención de todos nosotros costó muchos dolores y sufrimientos físicos a Jesucristo y también a su Madre, la Virgen, viendo su estado después de la flagelación, verlo con la cruz a cuestas y contemplando la barbaridad de la crucifixión (y además perdonando a quienes lo estaban crucificando), las horas que pasó colgando del madero, así como la lanzada en el costado después de muerto. María sabe lo que pasó y cómo lo pasó.
 Jacob Jordaens-Crucifixion-Barroco
      'La Virgen Santísima, que en el Calvario, estando de pie valerosamente junto a la cruz del Hijo (cfr. Jn. 19, 25), participó en primera persona de su Pasión, sabe convencer siempre a nuevas almas para unir sus propios sufrimientos al sacrificio de Cristo, en un 'ofertorio' que, sobrepasando el tiempo y el espacio, abraza a toda la humanidad y la salva'. (San Juan Pablo II. Homilía del 11 de noviembre de 1980).
      Lo cierto es que TODOS los humanos estamos redimidos por ese cruento sacrificio de Jesús. 'Para quien cree en Cristo, las penas y los dolores de la vida presente son signos de gracia y no de desgracia, son pruebas de la infinita benevolencia de Dios, que desarrolla aquel designio de amor, según el cual, como dice Jesús, el sarmiento que dé fruto, el Padre lo podará, para que dé más fruto. (Jn. 15, 2) (Pablo VI. Homilía del 5 de octubre de 1975).
     
JOSÉ PERDONA A SUS HERMANOS
José, hijo de Jacob, vendido por sus hermanos, no entendía el por qué de la actitud de éstos. Sufrió mucho, pero con el paso de los años, cuando reveló al faraón el significado de sus sueños y éste lo nombró Virrey de Egipto, [('Tú serás quien gobierne mi casa y todo el pueblo te obedecerá; sólo por el trono seré mayor que tú. Te pongo sobre toda la tierra de Egipto'. (Gén. 41, 40-42)], tal vez no se dio cuenta en seguida, pero sí más tarde.
      Acaso pudo ser en el momento de encontrarse con sus hermanos en el viaje que hicieron a Egipto para comprar trigo a su padre y a sus familias, cuando conoció la mano de Dios en sus anteriores infortunios y sufrimientos: 'Yo soy José. ¿Vive todavía mi padre? [...] Pero no os aflijáis y no os pese haberme vendido para aquí, pues para vuestra vida me ha traído Dios aquí antes de vosotros...No sois, pues vosotros  los que me habéis traído; es Dios quien me trajo y me ha hecho padre del Faraón y señor de toda su casa...' (Gén. 45, 1-15). Fueron muchos sus sufrimientos, pero en un  momento clave descubrió  el por qué la mano de Dios le había protegido aun dentro de sus penalidades.
       
PADRE ETERNO
Nosotros, aunque nos cueste admitirlo, tenemos una cabida en los planes de Dios que pueda manifestarse de una manera concreta, como en los casos de Santa Faustina Kowalska y de la Beata Ana Catalina Emmerick. 'Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos -oráculo del Señor- Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros padres'. (Is. 55, 8-9). Así es Dios. Solamente debemos confiar en Él. Con nuestros dolores, enfermedades y limitaciones ofrecidos, nos estamos convirtiendo en colaboradores de sus planes, en instrumentos de su voluntad,...Pero realmente no es fácil.
       La Iglesia es la primera que lo sabe porque con una experiencia de más de dos mil años de existencia ya conoce el fondo de muchas cuestiones. En este sentido dice: 'La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede hacer también a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que es. Con mucha frecuencia la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él'. (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1501).
     
SAN IGNACIO DE LOYOLA
A Íñigo López de Recalde le sucedió algo así. Continuando la tradición familiar siguió la carrera militar en el reinado del Emperador Carlos I de España. En la defensa de Pamplona contra los franceses en 1521 resultó herido de gravedad. Me da la impresión que su convalecencia no resultaría muy fácil para él a causa de la inactividad y los dolores que le producirían las heridas que pudiera tener, pero empezó a leer libros piadosos y el resultado de sus meditaciones fue dejar la milicia y consagrarse a la religión. Ahí nació Ignacio de Loyola, posteriormente San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús. Los caminos de Dios con él se manifestaron de esa forma: a través de la enfermedad y del dolor.
       No significa esto que Dios nos llame siempre a través de los sufrimientos y de las enfermedades. Tiene sus propios métodos con cada persona, hombre o mujer, a quienes conoce mejor que nadie puesto que nos ha creado a cada uno a través de nuestros padres respectivos, y cuando nacemos nos da unos valores, unas cualidades, para que las pongamos en funcionamiento por nuestro bien y el de nuestros semejantes. Lo podemos comprobar en la parábola de los talentos que Jesucristo expuso en su predicación y que San Mateo recoge en su Evangelio, en el capítulo 25, versículos 14 al 30).
       Sí, amigos. Estoy plenamente convencido de esto y puedo asegurar que cuando el dolor me amarga la existencia y me dirijo a Dios diciéndole 'Señor, te ofrezco este momento unido a los tuyos en la cruz. Apúntamelo', parece que aguanto mejor y que me encuentro más realizado como cristiano. Más...¿importante? Bueno. No exactamente, pero me identifico mucho con lo que San Juan Pablo II dijo en cierta ocasión y con esto cierro la entrada:
      'Vosotros tenéis un puesto importante en la Iglesia, si sabéis interpretar vuestra situación difícil a la luz de la fe, y si bajo esa luz, sabéis vivir vuestra enfermedad con corazón generoso y fuerte, cada uno de vosotros puede entonces afirmar con San Pablo: Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, a favor de su Cuerpo que es la Iglesia'. (Col. 1, 24) (San Juan Pablo II. Sobre la fortaleza. Audiencia general  del 15 de noviembre de 1978).

      Que Nuestra Señora de la Merced nos acoja en su Sagrado Corazón e interceda sobre todos nosotros. 

miércoles, 30 de agosto de 2017

Dolor...,enfermedad...,¿por qué? (VI)

JESÚS CURA UN CIEGO.-ANDREA MANTEGNA.-RENACIMIENTO
      Decía en la entrada anterior: 'Hubo una persona que dentro de ese contexto quiso aportar un sentido muy diferente de la enfermedad y el dolor  derribando aquellos conceptos y dando unos aires nuevos al sentido de la enfermedad y del dolor: los curaba y, por si fuera poco, a los mismos enfermos les perdonaba sus pecados'. Y también vimos que era Jesús de Nazaret quien así obraba con los enfermos. y no olvidemos que los Evangelios no nos cuentan todos los casos que iba curando, aunque en algunos casos sí que citan, aunque no en número, que 'curó a muchos'. Por ejemplo, San Marcos nos dice:
     
EL ENDEMONIADO DE GERASA.
WILLIAM HOLE
'Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían'. (Mc. 1, 32-34).
      Analizando las curaciones de Jesús estoy convencido que se puede deducir con facilidad una cosa que, al menos para mí, es evidente: A Él no le gusta la enfermedad ni el sufrimiento que en muchísimas ocasiones conlleva. A partir de ahí no es nada complicado inferir que el dolor y las enfermedades no es Dios quien las envía como muchas personas dicen ni tampoco son castigos que envía el Señor, como creían los antiguos israelitas, y aun hoy así lo creen algunas personas.
      No estará de más que recordemos que la noche del prendimiento en Getsemaní, Jesús lo pasó muy mal. Sabía que el momento para el que había nacido y los profetas habían anunciado, ya había llegado, pero como hombre auténtico que era sufrió lo que no podemos imaginar. Lucas nos lo transmite así: '...y puesto de rodillas oraba diciendo: -Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Se le apareció un ángel del cielo que lo confortaba. Lleno de angustia oraba más intensamente y sudó como gruesas gotas de sangre que corrían hasta el suelo'. (Lc. 22, 42-44).

      No. No lo debió pasar muy bien, ¿verdad? Incluso pienso, después de haber reflexionado este sufrimiento de Cristo, que su actitud encierra una enseñanza para toda la Humanidad: el sentido humano del dolor. Y para nosotros, cristianos, aún existe otra enseñanza más profunda: el sentido CRISTIANO del dolor y de la enfermedad.
      Me viene a la memoria sor María Faustina. Dicho así es posible que no sepan a quién me refiero. Pero su apellido era Kowalska. Y si añado que era una religiosa polaca pienso que la identificarán del todo. Estuvo muy enferma y murió de tuberculosis, pero su vida fue un constante sacrificio y ofrecimiento de su enfermedad y su dolor. Jesucristo la eligió para que conociéramos la devoción a su Divina Misericordia.
      Y mientras escribía lo de arriba, he recordado también a otra religiosa, la beata Ana Catalina Emmerick. Le aparecían estigmas en Navidad y Año Nuevo. En 1813 tuvo un accidente y quedó inválida. Desde ese año hasta su muerte en 1824 se alimentaba únicamente con la Sagrada Comunión y agua. Nos podemos imaginar lo que tuvo que padecer. San Juan Pablo II la beatificó en 2004.
     
      Pero además de estos dos casos, ¡cuántos más habrá en el mundo que anónimamente ofrecen a Dios sus sufrimientos físicos e incluso los psíquicos! Pero ¿por qué? ¿Qué sentido tiene? Un amigo mío que tuvo una temporada bastante amarga, me decía que cuando le daban fuerte los dolores, se acordaba del sufrimiento de Jesús en su Pasión y en el Calvario. Y él le ofrecía el suyo y lo ponía al pie de la Cruz. Eso le ayudaba muchísimo. ¿Recuerdan esta frase?: 'Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia'. (Col. 1, 24). En ella esté resumido el sentido que debe tener el sufrimiento para los cristianos: la unión con nuestro Redentor.
       
      No pueden echarse en saco roto las palabras de San Juan Pablo II que incide en el contenido del mensaje de San Pablo. Son extremadamente claras. Fíjense: 'Vosotros tenéis que desarrollar una tarea altísima, estáis llamados a completar en vuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia. Con vuestro dolor podéis afianzar a las almas vacilantes, volver a llamar al camino recto a las descarriadas, devolver serenidad y confianza a las dudosas y angustiadas, Vuestros sufrimientos, si son aceptados y ofrecidos generosamente en unión de los del Crucificado, pueden dar una aportación de primer orden en la lucha por la victoria del bien sobre las fuerzas del mal, que de tantos modos incidían a la humanidad contemporánea. En vosotros, Cristo prolonga su pasión redentora. ¡Con Él. si queréis, podéis salvar el mundo!' (S. Juan Pablo II.- Turín, 13 de abril de 1980).
      Incluso hablar a Dios de los sufrimientos o dolores que tenemos, tanto en la oración como en una conversación que podríamos tener con Él en un momento de intimidad espiritual. O hablar y gastar bromas a las personas que nos rodean, que nos cuidan o atienden para no hacérselo más pesado y que no sufran tanto al vernos más animados. Dirigirles una sonrisa a la vez que unas palabras amables suele ser muy bueno para todos y hacerlo todo más llevadero.
       El Libro de los Salmos no tiene desperdicio alguno. Siempre nos enseña algo cuando somos capaces de abrir nuestros sentidos al contenido de lo que el salmista se vuelca en lo que siente y lo escribe dejándose llevar de la mano del Espíritu. Han llegado hasta nuestros días igual que cualquier otro Libro del Antiguo o del Nuevo Testamento. Pero además de la parte literaria o histórica, los Salmos llevan pedazos de los sentimientos de quienes los han escrito. 

      No sé lo que movió al escritor del Salmo 103 a plasmar sus sentimientos por escrito, pero les puedo asegurar que me sentí aludido cuando comencé su lectura y uve que pasar de inmediato a la oración cuando llegué a este fragmento: '¡Bendice alma mía a Yavé y no olvides ninguno de sus favores! Él perdona tus pecados. Él sana tus enfermedades. Él rescata tu vida del sepulcro y derrama sobre tu cabeza gracia y misericordia. Él sacia tu boca de todo bien, y renueva tu juventud como la del águila'. (Salmo 103(102), 2-5).
      En la oración de ese día descubrí que también podía orar escribiéndole cartas a Dios. Mucho bien me hicieron y esta experiencia la transmití a las personas que asistían a la Catequesis de Adultos que impartíamos mi esposa y yo junto con el Vicario de nuestra parroquia. De las 50 personas que solían asistir a la catequesis por término medio, alrededor del un sesenta y cinco por ciento nos comentaron el bien que les había hecho esta forma de orar, aunque seguían practicando la que hasta ahora tenían. Es la riqueza de la oración. 

      Que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y su Hijo nos bendigan y ayuden.

jueves, 3 de agosto de 2017

Dolor...,enfermedad...,¿por qué? (V)

CURA ENFERMOS.-JAMES TISSOT.-S. XIX
      Hoy, como ayer, el tema sigue igual. Existen unos medios científicos, unas investigaciones que llevan al descubrimiento de nuevos remedios, surgen novedades farmacológicas que van llenando las farmacias, las cuales no cesan de poner carteles propagandísticos de determinados productos de su especialidad que nos conducen a su adquisición aunque no los necesitemos en ese preciso instante, pero se compran 'por si acaso' los necesitasen en otra ocasión posterior.
     
      Pero el dolor y la enfermedad continúan ahí en mayor o menor grado.
      Ciertamente enfermamos y normalmente curamos si acudimos a tiempo a la consulta del médico correspondiente y seguimos sus indicaciones, pero...no siempre lo hacemos, bien porque confiamos excesivamente en nosotros mismos, bien porque nos da miedo (en algunos casos es terror auténtico) acudir a visitar la consulta del galeno correspondiente.
      En la entrada anterior vimos sucintamente el concepto de la enfermedad que tenía el pueblo israelita. Pero hubo una persona que dentro de ese contexto quiso aportar un sentido muy diferente de la enfermedad y el dolor: los curaba y, por si fuera poco, a los mismos enfermos les perdonaba sus pecados. Obviamente esto causó no solamente extrañeza, sino también escándalo, especialmente entre los sacerdotes, los doctores de la Ley y los fariseos.
 CURA AL PARALÍTICO DESCENDIDO POR EL TECHO.-JAMES TISSOT.-S. XIX
      Un ejemplo de esto: 'Le trajeron un paralítico que llevaban entre cuatro, y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo un abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar los pecados, sino solo Dios? Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados -dijo al paralítico- : A ti te digo: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa. Él se levantó y tomando la camilla, salió a la vista de todos, de manera que todos se maravillaron, y glorificaban a Dios diciendo: jamás hemos visto cosa tal'. (Mc. 2, 3-12).
   
        Realmente el texto tiene una gran riqueza en los comentarios que sobre él se pueden hacer, pero en este caso me voy a centrar en el tema de la enfermedad: es un paralítico, un hombre que no puede moverse ni valerse por sí mismo. 

Harold Copping.-S. XIX - XX
    La perícopa evangélica comenta que lo llevaban entre cuatro personas que podrían ser familiares, vecinos o amigos, pero que en cualquier caso tienen claro que Jesús de Nazaret puede curarlo. Tienen fe en Él. Podría ser muy primitiva, pero la tienen, quizá porque alguno podría haber presenciado cualquiera de sus milagros y convenció a los otros llevarlo y tal vez al mismo paralítico, para ver a ese joven rabí que había llegado a Cafarnaúm.
      No lo tienen fácil, pues al llegar se encuentran con un gentío enorme que impide que puedan acercarse, pero no se amilanan. Suben a la azotea, abren un boquete en el techo y descuelgan a su amigo poniéndolo ante de Jesús, el cual tuvo que darse cuenta de la maniobra y deducir su intención.
      Pero cuando ya lo tiene delante, vienen las sorpresas para todos porque no lo cura en el acto, sino que habla con él en un ambiente de confianza y cercanía, pues la primera palabra que le dirige es 'HIJO'. Es posible que esa introducción dejara perplejo a todos, pero al ver la fe del enfermo y de sus amigos, continúa diciéndole 'tus pecados te son perdonados', lo cual causa una enorme extrañeza en todos, especialmente en los escribas que estaban presentes, que como era natural en ellos, se escandalizan porque el perdón de los pecados es exclusivo de Dios y ellos no podían admitir que  Jesús lo fuera.
     
      Pero la catequesis de Jesús parece que va en ese sentido y el evangelista desea hacernos notar que la pedagogía de su Maestro va dirigida precisamente a eso: QUE REALMENTE ES DIOS, porque en otros muchos casos de curaciones primero perdona los pecados y luego cura las enfermedades. Así que se dirige a ellos poniéndolos ante sus propios pensamientos: '¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?'

            Los deja descolocados y no tienen respuesta, pero inmediatamente viene la reflexión que les dirige para que la vayan meditando: 'Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados  (o sea, les está diciendo muy claro que es Dios) -dijo al paralítico- : A ti te digo: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa.'
      Este instante debió ser impresionante. El paralítico enfermo sintió en su interior la fuerza que le impulsaba a levantarse de su postración y ponerse en pie, acaso el sueño que había acariciado toda su vida y que en ese momento se hacía realidad. 
ALEXANDER BIDA.-ROMANTICISMO
      Nada dice el Evangelio de su reacción al verse curado, libre de su postración. Es muy  escueto con la actitud del enfermo: 'Él se levantó y tomando la camilla, salió a la vista de todos', pero si analizamos un poco los sentimientos de esa persona y nos ponemos en su lugar, ¿qué hubiéramos hecho nosotros? Empezaba una nueva vida marcada por la vivencia de su curación, por el recuerdo de cuanto pudo sentir en su interior mientras sus órganos cobraban vida y le impulsaban a un a nueva existencia... ¿Sería muy descabellado pensar que antes de partir dirigiría a Jesús una mirada (¡y qué mirada!) de infinito agradecimiento y la mirada, acompañada de una suave sonrisa del Maestro que le acompañaría toda su vida?
      ¿Y los que presenciaron el milagro? A los escribas ya no los menciona, pero el hecho de haber presenciado este milagro, a todas luces obra de Dios, nos dice que todos se maravillaron, y glorificaban a Dios diciendo: jamás hemos visto tosa tal'. Pues sí. No albergaban duda alguna que en Jesús había Alguien más que un simple rabí. Y se marcharon rápidamente de allí pensando contar a todo el entorno de cada testigo lo que había presenciado.

      Que Nuestra Señora del Coromoto y su Hijo nos bendigan y ayuden, especialmente a Venezuela.

domingo, 25 de junio de 2017

Dolor,...enfermedad,...¿por qué? (IV)

JOB CON SU ESPOSA Y SUS AMIGOS.-WILLIAM BLAKE.-NEOCLASICISMO
      No es muy difícil encontrar enfermos, especialmente si su enfermedad presenta tintes de alguna gravedad, que en su preocupación creen que no se les hace suficiente caso, que quienes lo atienden no presentan una preocupación constante con él y les parece  que están abandonados a sus suerte.
     
Esta preocupación del enfermo ha existido siempre en mayor o menos grado. El enfermo, cuando la mejora o curación no llega pronto, aun sabiendo que todo proceso curativo conlleva un tiempo prudencial, se encuentra desamparado, solo ante su dolor y su malestar, a pesar de que quien lo cuida está en permanente atención con él  dándole ánimos permanentemente.        Tenemos un Libro al que podemos acudir para encontrar la reacción y entereza de un enfermo ante los distintos tipos de males que se le presentan entre desgracias familiares, sociales y enfermedades  diversas. Como dije al final e la entrada anterior, voy a intentar echar un vistazo, necesariamente breve, al Antiguo Testamento de la Biblia y comentar casos a partir de sus citas. En ellos podremos ver conmovedoras angustias o íntimas rebeldías  ante lo que pueda creer que Dios los ha abandonado o que les ha enviado 'aquello' como castigo. Carecen de la necesaria imparcialidad para analizar su situación y darse cuenta de que Dios ni se lo ha enviado ni desea que lo tenga.
     
JOB Y  AMIGOS.-G. DORÉ.-REALISMO
Podemos encontrar algunos casos, pero el paradigma más claro es el Libro de Job. Sí. Ya sé que es un caso muy socorrido y conocido, pero es que aquí se pueden analizar  al detalle muchas formas  de respuesta ante la adversidad manifestada a través de sus desgracias familiares y de sus enfermedades.                                                
Pero no voy a entrar en ello. Solamente deseo mencionarlo superficialmente porque hay muchos escritos, desde libros hasta sucintos artículos que lo tratan con mucha más profundidad de lo que pueda hacerlo yo.                                                               No obstante y con la necesaria brevedad, sí deseo resaltar unos valores que aunque pueden estar muy claros, deseo destacarlos. Hoy ya no se habla de valores personales ni tampoco de la relación de las personas con su Creador, con su Dios. Y sin embargo en el caso de Job, que puede ser el de cualquiera de nosotros porque nadie estamos libres de sufrir algún contratiempo de salud, pienso que debe resaltarse  su respuesta ante la adversidad como consecuencia de la claridad de ideas que tiene Job sobre Dios y su actuación.
JOB.-Leon Joseph Florentin.-S. XIX - XX
      Cuando le comunican todas las desgracias y pérdidas de vidas humanas, entre ellas las de todos sus hijos e hijas, siervos y animales, dejándolo en la más triste miseria, fue esta su reacción: 'Job se levantó, rasgó sus vestiduras, rasuró su cabeza y echándose en tierra, adoró, diciendo: -Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a ella. Yavé me lo dio y Yavé me lo quitó. ¡Sea bendito el nombre de Yavé! En todo esto no pecó Job ni atribuyó a Dios toda su insipiencia'. (Job,1, 20-22).
      En su entereza acepta lo que cree que es una prueba  de Dios y nos presenta una puerta cerrada a cal y canto a cualquier tipo de desesperación, dejando permanentemente abierta la puerta de su alma y su conciencia a la fe y la esperanza inquebrantables en su Dios.
   
 No finaliza todo ahí. Vienen las enfermedades manifestadas en hediondas úlceras: 'Mi carne está cubierta de gusanos y de escamas terrosas, mi piel se arruga y se deshace, mis días corrieron más rápidos que la lanzadera'. (Job, 7, 5-6).                                                                    SATANÁS LLENA DE ÚLCERAS A JOB.-WILLIAM BLAKE.-NEOCLASICISMO                       Debió tener picor (prurito) por todo el cuerpo: 'Salió Satán de la presencia de Yavé e hirió a Job con una ulceración maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Se rascaba con un tejón y estaba sentado sobre ceniza'. (Job, 2, 7-8). Apenas notamos los efectos de la picadura de un mosquito, aparte de rascarnos con desesperación, andamos buscando con la mayor rapidez un antihistamínico que nos calme el picor cuanto antes.
      Alguna otra cosa debió notar en su piel cuando nos relata: 'Ennegrecida se va desprendiendo mi piel y mis huesos queman por el ardor'. (Job, 30, 30).
 JOB CON SU ESPOSA Y SUS AMIGOS .-Gerard Seghers  1591.-BARROCO
      A mi parecer, lo más importante de su comportamiento es la forma de sobrellevar todas sus enfermedades: Conservó su fidelidad a Dios y confió absolutamente en Él. Como cabía esperar, la respuesta de Yavé también se mostró propicia hacia su siervo: 'Yavé restableció a Job en su estado, después de haber rogado por sus amigos, y acrecentó Yavé hasta el duplo de cuanto poseyera. [...] Yavé bendijo las postrimerías de Job más que sus principios'. (Job, 42, 7-17).
 JOB CON SU ESPOSA Y SUS AMIGOS.-WILLIAM-BLAKE.-NEOCLASICISMO
      No es éste el único caso que podemos ver. Baruc, el profeta, también nos muestra el contenido de la oración ante la enfermedad del que la padece: 'Escucha, Señor, nuestra oración y nuestra plegaria por amor de ti; líbranos y danos gracia en presencia de los que nos han traído al destierro para que toda la tierra conozca que tú eres el Señor, Dios nuestro; que tu  nombre es invocado sobre Israel y sobre su linaje. Señor, mira desde tu santa casa y piensa en nosotros; inclina, Señor, tu oído y escucha. Abre tus ojos y mira que no proclaman la gloria y la justicia del Señor los muertos que están en el hades, cuyo espíritu abandonó sus entrañas. Sólo el alma entristecida por la grandeza de los males que padece, que camina encorvado y débil, apagados los ojos y el alma hambrienta, pueden, Señor, pregonar tu gloria y tu justicia'. (Baruc, 2, 14-18).
 LIBRO DE JOB.-ILUSTRACIÓN

      Que Nuestra Señora de la Esperanza, de Calasparra, nos bendiga a todos.

sábado, 20 de mayo de 2017

Dolor...,enfermedad..., ¿por qué? (III)

      En varias ocasiones he intentado analizar el tema que nos ocupa. A nadie nos gusta sufrir y el dolor, en su sentido amplio, es un sufrimiento muy molesto. Cuando llama a la puerta de nuestros sentidos y empezamos a notarlo nos falta tiempo para pensar qué medicamentos podemos tener que nos lo pueda quitar. Y si es algo mucho más serio nos planteamos la necesidad de marchar al servicio de urgencias del hospital que nos corresponda o, en todo caso, al más cercano, para que nos den un remedio que nos solucione cuanto antes el problema que nos acucia.
      Pero ¿qué pasa cuando ese dolor se manifiesta como consecuencia de una enfermedad que padecemos, más o menos importante, pero que al tener el dolor como una de sus manifestaciones en mayor o menor grado, nos ocasiona unas molestias tan desagradables que queremos evitarlas cuanto antes?
      Todo esto es muy humano, muy nuestro, y el sentido de autoprotección que todos tenemos nos impulsa a conservar el bienestar que teníamos. Y nos damos cuenta de ese otro aspecto que incide en esa lucha constante y sin cuartel contra el dolor, el sufrimiento o la enfermedad: acabamos dándonos cuenta que no podemos deshacernos del todo de esas molestias. Y a veces nos enfadamos o, peor aún, nos desesperamos y nos sentimos impotentes.
     
Es necesario un enfoque que , por lo menos, nos haga ver e intentar comprender, el aspecto positivo que pueda tener el sufrimiento que nos ocasiona  la enfermedad o el dolor.
      La Medicina ha luchado durante muchísimos siglos atrás buscando formas y remedios para curar, suavizar o aminorar el sufrimiento y el dolor. Y sigue haciéndolo sin descanso mediante la investigación. Poco a poco han ido lográndose avances en muchos casos (los calmantes para el dolor, la anestesia para la cirugía y muchas cosas más) pero no podemos estacionarnos en ese punto.
      Como enfermos pienso que también tenemos algo que decir, o mejor aún, ALGO QUE HACER. Si somos cristianos y nos sentimos parte integrante de la Iglesia hemos de ver qué  actitud nos corresponde a cada uno de nosotros.

      San Pablo nos ofrece una pista: 'Ahora me alegro de padecer por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia'. (Col. 1, 24). Tanta importancia da a los sufrimientos de nuestro cuerpo, que en la primera carta a los cristianos de Corinto les dice: '¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?' (1Cor. 6, 15). El sufrimiento y dolor de nuestros cuerpos lo eleva a los padecimientos sufridos por el mismo Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre.
     
      Esto le puede plantear esta duda a cualquier persona: ¿Significa ésto que Jesucristo no nos acabó de redimir totalmente? El recordado Papa San Juan Pablo II nos lo explica en su Carta Apostólica 'Salvifici Doloris' de esta manera:
      '¿Esto quiere decir que la redención realizada por Cristo no es completa? No. Esto significa únicamente que redención obrada en virtud de amor satisfactorio permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano. [...] Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final, pero al mismo tiempo no la ha cerrado. [...] Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. Sí, parece que forma parte de la esencia misma del  sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar'. (San Juan Pablo II. Carta Apostólica 'Salvifici Doloris'. Capítulo V: Partícipes en los sufrimientos de Cristo, núm. 24).
     
Leída esta opinión del Papa la podemos encontrar lógica y realmente lo es, pero también resulta lógico que cualquier persona que está atravesando el principio de una enfermedad del tipo que fuere, pero que inevitablemente le va a producir dolor, fiebre o malestar generalizado, lo impulsa a tomar la decisión de acudir a un médico o a la farmacia más cercana para que le aconsejen y vendan el medicamento que combata o aminore sus sufrimientos cuanto antes, como comentaba al principio.
      En el Antiguo Testamento bíblico podemos encontrar ya este tipo de situaciones, pero mejor lo dejamos para la próxima entrada.

     Que Nuestra Señora la Virgen de Loreto interceda por nosotros, por nuestras familias y por la paz mundial.

miércoles, 12 de abril de 2017

Dolor…, enfermedad…, ¿por qué? (II)


UNCIÓN DE ENFERMOS.-ROGIER VAN DER WEYDEN.-GÓTICO
      La voz de los altavoces reclamando la presencia de los familiares de la señora atropellada lo sacaron de aquellos pensamientos y marchó, acompañado de su hija, hacia donde había un médico, que les dijo: '-Está muy grave. Hay que trasladarla al Hospital General porque allí está la Unidad de Neurocirugía. Ya les dirán lo que proceda cuando la reconozca el Equipo de neurocirujanos de guardia'.
      Cuando salieron a coger el coche se tropezaron con el hijo y su esposa que llegaban entonces de la ciudad  donde vivían y marcharon de inmediato al Hospital General.
      Allí, largos momentos de espera e incertidumbre. A su yerno, al ser médico, se le permitió entrar a verla y al salir transmitió a la familia la impresión de sus compañeros: 'Está gravísima. No contéis con ella'. El marido era un manojo de oraciones, en muchos casos deslavazadas. Por su cabeza pasaban escenas de muchos años atrás, cuando siendo estudiantes se hicieron novios, que fueron interrumpidas al oír que reclamaban su presencia por megafonía. Una joven doctora explicó que la iban a subir a planta. Iba sedada y seguía inconsciente.
      En la habitación, junto al control de enfermería, estaba únicamente ella como enferma. Alrededor de las ocho de la tarde su marido se dirigió a una de las enfermeras de guardia preguntando por el capellán del hospital y solicitó que en cuanto pudiera acudiese a la habitación para administrarle el Sacramento de la Unción de los Enfermos. En esos momentos consideró que era lo más importante y adecuado para ella. Si Jesucristo siempre había estado presente en su matrimonio en muchísimas circunstancias, también quería hacerlo presente en estos momentos de dolor e incertidumbre, porque también tenía algo que decir en esta ocasión como en tantas otras de su vida en común. Las enfermeras le indicaron que cualquier cosa que considerase importante, por mínima que fuese, debía comunicársela.
      El teléfono móvil del marido no tenía descanso, pues llamó a todos sus amigos sacerdotes comunicándoles lo ocurrido y pidiéndoles que rezasen e incluso que ofreciesen Misas por ella. También llamó a la familia y a los amigos más allegados pidiendo oración. Mucha oración.         A las ocho de la mañana del día siguiente, festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen, (dato muy significativo), se presentó en la habitación el capellán del hospital y le administró el Sacramento solicitado. El silencio, la oración, la tensa espera , continuaban allí, pero a las ocho horas y veinticinco minutos fue roto el silencio y la oración por una débil voz procedente del lecho de la habitación preguntando: '¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde estoy? Esto no es mi habitación. ¿Estoy en un hospital? ¡Ah! ¿Es por el accidente?'
      Tras darle una respuesta tranquilizadora, el marido marchó al control de enfermería. Había cuatro enfermeras preparando medicación para otros pacientes y otra señora esperando en el mostrador. No esperó a que preguntasen nada. Confuso como estaba les dijo: 'Mi mujer se ha despertado y ha preguntado  qué está haciendo aquí...' No pudo terminar de hablar. Tres enfermeras marcharon inmediatamente a la habitación con un semblante en sus caras de asombro e incredulidad. La encontraron hablando débilmente con su hija pero cuanto decía se podía considerar absolutamente coherente. Las tres hablaron con ella e incluso le gastaron alguna broma y mientras una de ellas se quedó en la habitación, las otras dos marcharon.
     
    Unos diez minutos después aparecieron tres doctores neurocirujanos que tras hacerle unas preguntas pidieron a los familiares que salieran de la habitación para quedarse solos con ella. Unos minutos más tarde salieron y uno de ellos se dirigió al marido para decirle que había experimentado una mejoría. Iban a modificarle el tratamiento y le harían nuevas pruebas radiológicas y analíticas. Le sonrió dándole en el hombro unas palmadas de ánimo y marchó.
      Tal vez el preámbulo de esta entrada haya sido algo extenso, pero es rigurosamente cierto. Lo he elegido para que sirva como punto de apoyo el tema que voy a tratar: el sentido de la enfermedad y el dolor. Es algo que está ahí a diario y difícilmente, de alguna u otra forma, todos los mortales estamos sujetos a él de una manera o de otra desde la más temprana edad.
RAMÓN Y CAJAL CON UN GRUPO DE MÉDICOS
      Nuestro organismo ha atravesado a lo largo de la Historia por circunstancias que muchísimas veces han llamado la atención y la curiosidad de personas que se han sentido atraídas por sus manifestaciones y que han dado lugar a numerosos descubrimientos que, con el paso del tiempo, han dado lugar a la ciencia médica.
      Por supuesto no voy a entrar en esta ciencia porque no soy médico, pero sí quisiera analizar y comentar las distintas actitudes humanas que se dan entre nosotros cuando nos encontramos inmersos en alguna enfermedad, tanto a nivel humano como a nivel cristiano.
      Ya lo iremos viendo poco a poco.

      Que Nuestra Señora la Virgen del Remedio y su Hijo nos bendigan y asistan a todos.

viernes, 3 de marzo de 2017

Dolor…, enfermedad…, ¿por qué? (I)

      Una soleada mañana de cualquier día. Un hombre arrastra lentamente el carro de la compra en una Gran Superficie. Suena su teléfono: '-¿Es don Fulano de Tal? -Sí. ¿Quién es? -Soy una agente de la Guardia Civil. Un coche acaba de atropellar a su esposa frente a su casa. Venga en  cuanto pueda. -Voy allá de inmediato.'
      En unos pocos segundos se había producido como un cataclismo en el interior de aquella persona. Abordó a una empleada de aquel comercio: 'Acaba de decirme la Guardia Civil que un coche ha atropellado a mi esposa...' No lo dejó terminar: 'Márchese en seguida con su mujer y no se preocupe de nada'. Salió rápidamente. El coche arrancó y encontró la puerta de salida ya abierta. Mentalmente dio las gracias a quien la abrió y mientras conducía iba pensando: '¿Por qué, Señor? ¿Qué ha ocurrido? ¿Es así como me han dicho? No lo sé, pero ahora más que nunca confío en Ti. Te encomiendo a mi mujer. Sé que para Ti no hay nada imposible'.

      Cuando llegó al lugar había una enorme muchedumbre y mucha Policía. Uno de los Agentes le indicó dónde podía aparcar y se dirigió de inmediato donde su mujer yacía en el suelo con un charco de sangre bajo su cabeza. Un hombre joven, con unas gasas en las manos, le sostenía la cabeza taponando la enorme herida que tenía. Pensó que sería algún sanitario por la profesionalidad con que hacía las cosas y marchó con los Agentes que lo reclamaban para averiguar quién era ella, dirección y un sinfín de burocracia que en esos momentos odió sin límites porque le impedía estar junto a ella.
      Una potente sirena se oía y la ambulancia que llegó se detuvo prácticamente junto a ella. Bajaron una doctora y dos enfermeros portando una camilla. El marido preguntó a la doctora a qué hospital iban a llevarla y le contestó escuetamente 'al más cercano'. Antes de partir buscó al hombre joven que atendió a su esposa mientras estuvo en el suelo, pero no lo vio. Preguntó por él a algunos conocidos que había y contestaron que no lo sabían. No lo habían visto marcharse. A quienes preguntó, nadie lo había visto marcharse ni tampoco nadie lo había visto nunca, pero lo cierto es que no estaba y no le pudo agradecer su comportamiento y buen hacer con su esposa.
      Subió al coche para seguir la ambulancia y mientras conducía iba pensando muchas cosas. ¿Cómo era posible que nadie le hubiera visto marchar? Necesariamente tuvo que atravesar aquel cordón más o menos circular que rodeaba la escena mirando la actuación de la Policía y de los sanitarios. ¿Habría desaparecido? Esta idea la desechó, pero unos días más tarde que pudo hablar con varias personas que lo vieron llegar pidiendo paso con voz recia diciendo que era médico, se lo volvieron a asegurar al marido, ya que no le quitaron el ojo de encima al llamarles la atención la oportunidad de su llegada y los movimientos precisos y seguros con que colocó de lado en un momento a la persona accidentada, sacó de su bolsillo el paquete de gasas y las colocó en el occipital que sangraba mucho.
      La teoría de la desaparición empezó a tomar fuerza, pero en ese caso, ¿quién era? Dejó esos pensamientos porque tenía que avisar a sus hijos y comunicarles lo ocurrido. Y su mujer, ¿cómo estaría? Sabía que bien atendida, pero él no podía estar con ella para cogerla de la mano por lo menos, porque aparte de ese gesto de calor y ánimo, poco más podía hacer.
        Cuando llegó a urgencias del hospital su hija ya había llegado. Le informó que la habían entrado con mucha rapidez para hacerle radiografías y la sacarían cuando acabasen. Poco después salió en la camilla y él se le acercó: '¿-Cómo te encuentras?', le dijo. '-¿Quién eres?' respondió. '-Soy tu marido'. '-¿Mi marido? ¿Yo tengo marido?' le dijo. Acercándose y poniendo su cara frente a los ojos abiertos de ella,le habló: '-Mírame. Yo soy tu marido'. Alargó su mano buscando su cara. Él la tomó pero la respuesta que le dio lo dejó helado: '-No veo nada. Lo veo todo negro'. En su interior, un pensamiento atravesó su cerebro y su alma: '¡Dios mío! Me la han dejado ciega...'.
      Tal vez el preámbulo de esta entrada, que finalizaré en la próxima, haya sido algo extenso, pero es rigurosamente cierto todo cuanto he expuesto, pues conozco ese caso. Lo he elegido para que sirva como punto de apoyo y de partida al tema que voy a tratar: el sentido cristiano de la enfermedad y del dolor. Al menos lo voy a intentar, ya que en ese campo tengo una larga experiencia. Es algo que está ahí, a diario y que difícilmente, de alguna u otra forma, todos los mortales estamos sujetos a ellos desde la edad más temprana.
 LA LECCIÓN DE ANATOMÍA DEL DOCTOR NICOLAES TULP.-REMBRANDT.-BARROCO
      Nuestro organismo ha atravesado a lo largo de la historia por circunstancias que muchísimas veces han llamado la atención y la curiosidad de las personas que se han sentido atraídas por sus manifestaciones y que han dado lugar a numerosos descubrimientos que, con el paso del tiempo, han dado lugar a la ciencia médica.
       Por supuesto no voy a entrar en esta ciencia porque no soy médico, pero sí quisiera analizar y comentar las distintas actitudes humanas que se dan entre nosotros cuando nos encontramos inmersos en alguna enfermedad, tanto a nivel humano como a nivel cristiano.
      Ya lo iremos viendo poco a poco.
      Que Nuestra Señora de Eunate y su Hijo nos bendigan a todos.