domingo, 13 de febrero de 2011

Comulgar por Pascua de Resurrección (I)

ÚLTIMA CENA.-Andrea del Castagno.-Renacimiento

‘En verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida’ (Jn. 6, 53-55).

Me ha parecido una magnífica introducción para tratar el tercer Mandamiento de la Iglesia: ‘Comulgar por Pascua de Resurrección’. Suele existir un gran desconocimiento y una indiferencia bastante generalizada en muchos cristianos en cuanto a la frecuencia de recibir la Comunión se refiere.

¿Cómo se entiende, si no, que la Iglesia esposa de Cristo, nuestra Madre y Maestra, tenga que hacernos esta llamada para que nos acerquemos una vez al año a recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, y que ésta sea, precisamente, en la Pascua de Resurrección, hecho trascendental y fundamento de nuestra fe.

Yo me pregunto. ¿Realmente se tiene claro lo que se hace cuando cualquier persona se acerca a comulgar? ¿Se tiene claro a Quién se va a recibir? Vemos los templos llenos, incluso abarrotados en ocasiones, pero de los que hay allí, ¿cuántos se acercan a tomar el Pan de Vida? Y de los que se acercan, ¿están todos en las debidas condiciones de tomar la Comunión?

Estos interrogantes y otras cosas voy a intentar tratarlos a nivel básico, elemental, sin meterme en grandes profundidades teológicas ni de ningún otro tipo, más que lo absolutamente necesario para apoyarme en lo que vaya a decir y, por supuesto, desde el prisma docente que la Iglesia tiene para todos sus hijos.

En la entrada anterior ya vimos el tema de la Confesión y de lo necesaria que es para vivir la Gracia. Pues bien, la Comunión es absolutamente necesaria para mantener esa Gracia de forma permanente, hasta que volvamos a alejarnos por el pecado. Entonces hay que volver a empezar el ciclo: confesión, comunión, oración y lucha incesante para mantener e ir aumentando continuamente nuestra amistad y trato con la Santísima Trinidad.

Hemos tenido la inmensa suerte de tener grandes profesores de Religión: los padres Albert, Galvañ, Martínez Sánchez (este último ofició la Eucaristía y el Sacramento del Matrimonio entre mi esposa y yo) y posteriormente hemos contado con la amistad y orientación de muy buenos amigos sacerdotes (Juande, Chimo, José Luis, Gonzalo, Federico, Manuel, Tomás, entre otros) que han contribuido en nuestra formación y profundización de la vida sobrenatural, así como don Darío y don Javier que nos dieron los últimos ejercicios Espirituales Ignacianos.

Todos ellos, de una u otra forma, han contribuido a hacernos conscientes de que ser cristiano no es practicar unos ritos por costumbre sino dar una respuesta comprometida y radical con el Señor de la Creación y de la Historia. Y también a descubrir que no somos células aisladas en el cuerpo de la Iglesia, sino que existe una interrelación de unas células vivas en comunicación mutua que forma lo que conocemos como la Comunión de los Santos, formando la Iglesia militante, purgante y triunfante de Cristo.

Esto nos hace sentirnos especialmente solidarios con los cristianos del mundo entero, de forma especial con aquellos que hoy, siglo XXI, son perseguidos y asesinados por el simple delito de ser cristianos’. Y cuando se recibe el mail de un Obispo de un determinado país del Lejano Oriente pidiendo con angustia, casi con desesperación, oraciones por los cristianos de aquella parte del mundo que corrían un serio peligro de muerte, tanto a laicos como a sacerdotes que figuraban en mis contactos, envié copia del mail recibido para que la oración universal fuese dirigida a Dios por ellos.

Es así. Y la Comunión tiene una fundamental razón de ser en nuestra vida y en esos momentos posteriores a recibirla. En esa especial intimidad que tenemos con el Maestro donde fluye el diálogo íntimo y amoroso entre criatura y Creador, le pedimos por esos casos para que, a través de Él, unirnos a cuantas personas tiene problemas, más o menos graves.

Y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión en él.’ Considerad bien qué inefable dicha es dar hospedaje en nuestro corazón a Dios. Si cualquier persona distinguida o que ocupe algún puesto elevado, o algún amigo rico y poderoso nos anunciara que iba a venir a visitarnos a nuestra casa, ¡con qué solicitud limpiaríamos y ocultaríamos todo aquello que pudiera ofender la vista de esta persona o de este amigo! Lave primero las manchas y suciedades que tiene el que ha ejecutado malas obras, si quiere preparar a Dios una morada en su alma’. (San Gregorio Magno. Homilía sobre los Evangelios). Ya ven cómo explica este Padre de la Iglesia la preparación y disposición para recibir al Señor de los Señores. El Crucificado lo merece, ¿no creen?
CRISTO DE LA VICTORIA

Esta es una de tantas razones por las que no debemos conformarnos con ‘comulgar por Pascua de Resurrección’ solamente. Si realmente somos conscientes de que a Quien recibimos es eje y motor de nuestra existencia, la frecuencia en recibirlo debía ser nuestra pauta de actuación.

Ya ven que varias veces he mencionado la expresión ‘si saben a Quién recibimos’. No lo hago gratuitamente, sino porque me consta que hay personas que se acercan a comulgar y no saben dar razones de qué es la Eucaristía que reciben. De ahí que la Iglesia haya puesto unas condiciones para comulgar como se debe y que a pesar de ello no las conocen.

La fundamental de las tres que hay, es ‘saber a Quién recibimos’. ¿Qué sentido tiene, si no, ir a recibirlo? Hay quien va porque ‘van todos y queda bien’. Eso, alguno hay que me lo ha dicho. Y es de pena, porque esas personas recibieron en su día una catequesis para recibir su Primera Comunión. El paso de los años ha hecho que se hayan enfriado y hayan hecho de la Comunión una costumbre, que yo llamaría acto mecánico, sin profundizar.

No les vamos a pedir que tengan unos grandes conocimientos litúrgicos o cristológicos, pero al menos, que sepan y hagan suyo lo que dice Jesús y San Juan nos transmite: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo’. (Jn. 6, 50-51).

Fíjense con qué claridad se nos explica. ‘Para hacer una buena comunión es preciso tener una viva fe en lo que concierne a este gran misterio; siendo este sacramento un ‘misterio de fe’, hemos de creer con firmeza que Jesucristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía y que está allí vivo y glorioso como en el cielo’. Quien esto dijo fue un gran sacerdote, hoy en los altares. Se trata del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney. Pertenece a uno de sus sermones sobre la Eucaristía.

Me da la impresión que desde el principio de la Iglesia hasta hoy, todas las personas han sentido una especial devoción a la Eucaristía, pero especialmente aquellos que de una u otra manera han marcado hitos en su Historia. Ya hemos visto algunas citas, pero no deseo saltarme esta, aun a riesgo de que digan que soy un pesado. Discúlpenme en ese caso. Fíjense:

‘Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquel era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquel se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no solo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia....Aquello era la sombra, esto la realidad.’ (San Ambrosio. Tratado sobre los misterios). Precioso y profundo, ¿no?

Pero la Fe nos tiene que ayudar y ser nuestro soporte. Nosotros, después de la Consagración, vamos a seguir viendo pan y vino, pero ¡cuidado! Eso son las apariencias. El milagro de la transubstanciación se ha producido y allí está, real y verdaderamente, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Entenderlo no lo entenderemos. Es demasiado para nosotros. Pero tampoco nos hace falta. Por eso he dicho que la Fe nos tiene que ayudar. No caigamos en la incredulidad del apóstol Tomás. Ya sabemos lo que Jesús le dijo.

INCREDULIDAD DE STO. TOMÁS.-CARL BLOCH.-REALISMO DANÉS

Pero San Cirilo así lo explicaba en sus catequesis: ‘Lo que parece pan no es pan, aunque así sea sentido por el gusto, sino el cuerpo de Cristo, y lo que parece vino no lo es, aunque el gusto así lo quiera, sino la sangre de Cristo’. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis sobre los misterios.)

Ha habido, en ocasiones, quien ha dudado. Y Cristo ha querido manifestarse de alguna manera. Hace relativamente poco, unos dos o tres meses, recibí un mail adjuntándome un power point sobre la Eucaristía. Amigos, es precioso. He podido colocarlo al final de esta entrada. Es el abajamiento de Jesucristo hasta nosotros para dar fuerza a nuestra Fe, que es la que nos debe mover. En él se anotan sucesos históricos referentes al Cuerpo de Cristo Eucarístico que manifiestan la evidencia de la presencia de Dios entre nosotros en la Eucaristía, valiéndose de los modos que le parecen mejor.

Aparecen los lugares de Bolsena-Ovieto, Italia, en 1263; Avignon, Francia, 1433; Siena, Italia, 1730; Bolonia, Italia, 1933; Betania, Venezuela, 1991; Marlboro, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1994; … En todos ocurrieron maravillas Eucarísticas. Pero voy a detenerme en el ocurrido en Naju, Korea, en 1994.

Una joven, supongo que nativa, se acercó a comulgar. Cuando el sacerdote depositó la Hostia en su lengua, ésta se transformó en carne y sangre en su boca. Hubo testigos de ello. Este suceso se repitió en otras ocasiones con la misma muchacha. El 31 de octubre de 1995, Julia, que así se llama la joven, fue invitada al Vaticano. Al recibir la comunión de parte de S.S. Juan Pablo II ocurrió lo mismo en el momento de depositarla Sagrada Forma en su boca, con lo cual el mismo Papa fue testigo de este hecho. La Iglesia inició una investigación científica que, según parece, todavía no ha concluido.

Impresionante, ¿verdad? Pero eso no es lo habitual. Jesús quiere que la Fe en Él sea nuestro referente. Cuando se tropezó con la incredulidad de Santo Tomás, lo que le dijo a él, también va dirigido a nosotros: ‘¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto’. (Jn.20, 29).

De momento lo dejamos aquí para no hacerlo muy largo, ya que también está a continuación el power point que les he mencionado. En la próxima entrada concluiremos este Mandamiento de la Santa Madre Iglesia.



Que el Cristo de la Victoria y Nuestra Señora de Gietrzwald nos bendigan y ayuden a todos