miércoles, 23 de febrero de 2011

Comulgar por Pascua de Resurrección (y II)

LA ÚLTIMA COMUNIÓN DE SAN JOSÉ DE CALASANZ.-FRANCISCO DE GOYA.-PRERROMANTICISMO

Sigamos con el tema. A partir de lo expuesto en la entrada anterior, debe deducirse que si se va a recibir a Jesús en la Eucaristía, como Dios que es, debemos estar en Gracia. Se debe tener una ausencia total de pecado en nuestro interior.

San Pablo se encarga de explicarnos esto: ‘Quien coma el pan y beba el cáliz del Señor indignamente, se hace culpable de profanar el cuerpo y la sangre del Señor. Examínese, pues, cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propio castigo’ (I Cor. 11, 26-29).

‘Cuando comes la carne y bebes la sangre del Señor, entonces el Señor entra en tu casa; y tú, lleno de humildad, di: Señor, no soy digno…’ (Orígenes. Catena Aurea).

Bueno, pues…es lo que hay. Comulgar en pecado grave sería añadir otro pecado grave a los que ya tuviéramos: el sacrilegio. Al menos, así lo estudié. Pero es que analizándolo objetivamente resulta lógico. A Dios, que es la perfección absoluta, ¿cómo lo vamos a recibir con la mayor de las imperfecciones que es el pecado? Además, éste es la antítesis de Dios puesto que es el nombre que se le da al hecho de estar en la parte del Maligno, de Satanás, enemigo visceral del Creador.

Ya sé que esto del ‘sacrilegio’ y ‘sacrílego’ suena mal en estos tiempos aparentemente tan ‘progres’, pero a las cosas y a los hechos hay que llamarlos de alguna manera, y al hecho de estar comulgando rematadamente mal (quien lo haga) se le da ese nombre. Son cosas del lenguaje y del vocabulario que lo configura.

Si alguien se da cuenta de que por la circunstancia que sea no debe comulgar, es preferible que se quede donde esté participando de la Misa y haga una Comunión espiritual. Con ella se puede recibir la Gracia del Sacramento sin recibir materialmente la Hostia Consagrada.

¿Qué los demás pasan a comulgar? Que pasen…Ya pasaremos nosotros en cuanto podamos. En este caso los respetos humanos no deben ser tenidos en cuenta y no nos debe importar lo que se piense de nosotros, porque el hecho de no comulgar no significa necesariamente que se esté en pecado, ya que puede existir otra circunstancia que lo impida, por ejemplo que no se esta guardando, por la circunstancia que sea, el ayuno eucarístico.

Esta es la tercera de las condiciones para comulgar bien: el ayuno eucarístico. Hasta que no haya transcurrido una hora desde la última comida o bebida no se puede comulgar. En esto no entra el agua. Esta se puede beber en cualquier momento.

Esta condición suele ser una gran desconocida. Personalmente he presenciado que ha habido personas que se han acercado a comulgar y momento antes de hacerlo se han quitado el chicle de la boca. Y no crean que eran niños. Eran adultos. Esto y otras cosas a las que me referiré después, han motivado que el sacerdote mediante avisos y comentarios antes de comenzar la Misa, indique las pautas que la Iglesia manda para comulgar convenientemente.


El fundamento del ayuno eucarístico viene dado del respeto que Jesús merece. Cuando tomamos algún alimento en nuestro estómago se produce una serie de actos conocidos como digestión. Al tragar la Sagrada Forma la enviamos al estómago. ¿Cómo vamos a recibir a Jesús estando los alimentos que ya están en el estómago en pleno proceso digestivo?

Obligación estricta de comulgar no tenemos. Sabiéndolo, habitualmente nos programaremos el tiempo necesario para que desde el desayuno, por ejemplo, hasta el momento de comulgar, haya transcurrido esa hora necesaria, aunque en general, pasa más tiempo. Si no podemos, ofrezcámosle también ese sacrificio interno de no poder recibirlo.

No obstante existen casos en los cuales hay dispensa para el ayuno eucarístico, por ejemplo, los enfermos. Tomar medicamentos en horarios concretos hace que no puedan guardar este tipo de ayuno. Y la Iglesia lo sabe. Y la Iglesia los dispensa.

No puedo dejar de comentar un hecho que me ha llamado la atención. Hay personas que se han detenido a pensar en lo que es la Eucaristía y han llegado a la conclusión de que no son dignos de recibirla al estar el mismo Dios en la Forma Consagrada. Y no comulgan porque se consideran indignos de ello.

Si todos seguimos pensando en esto, llegaremos a la conclusión de que NADIE es digno de comulgar, PERO por lo que ha dicho Jesucristo y encabeza esta entrada, Él QUIERE que le recibamos, aunque, eso sí, en las debidas condiciones que nos marca la Iglesia.

Además, ¿cómo se pueden explicar esos momentos de intimidad absoluta con la Palabra, con el LOGOS, que está en nuestro interior, que ha hecho morada en nosotros? ¿Pueden existir palabras capaces de expresar esos sentimientos que produce el diálogo ‘que recrea y enamora’ en ese abrazo espiritual?

Gracias a la Comunión nos podemos mantener en Gracia para que nos ayude a vivir mejor nuestro cristianismo y a enriquecer nuestra oración.

En fin. Que la Eucaristía es el regalo más grande que podemos recibir. Es cuestión de estar siempre preparados para recibirla en cualquier momento.
Les dejo con lo que escribió S.S. León XIII en su Encíclica 'Mirae Caritatis' en 1902. A pesar del tiempo transcurrido tiene una gran actualidad.

'Cuanto más pura y más casta sea un alma, tanta más hambre tiene de este Pan, del cual saca la fuerza para resistir a toda seducción impura, para unirse más íntimamente a su Divino Esposo'.


Que Jesús Eucaristía y Nuestra Señora de Cotoca nos bendigan.

domingo, 13 de febrero de 2011

Comulgar por Pascua de Resurrección (I)

ÚLTIMA CENA.-Andrea del Castagno.-Renacimiento

‘En verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida’ (Jn. 6, 53-55).

Me ha parecido una magnífica introducción para tratar el tercer Mandamiento de la Iglesia: ‘Comulgar por Pascua de Resurrección’. Suele existir un gran desconocimiento y una indiferencia bastante generalizada en muchos cristianos en cuanto a la frecuencia de recibir la Comunión se refiere.

¿Cómo se entiende, si no, que la Iglesia esposa de Cristo, nuestra Madre y Maestra, tenga que hacernos esta llamada para que nos acerquemos una vez al año a recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, y que ésta sea, precisamente, en la Pascua de Resurrección, hecho trascendental y fundamento de nuestra fe.

Yo me pregunto. ¿Realmente se tiene claro lo que se hace cuando cualquier persona se acerca a comulgar? ¿Se tiene claro a Quién se va a recibir? Vemos los templos llenos, incluso abarrotados en ocasiones, pero de los que hay allí, ¿cuántos se acercan a tomar el Pan de Vida? Y de los que se acercan, ¿están todos en las debidas condiciones de tomar la Comunión?

Estos interrogantes y otras cosas voy a intentar tratarlos a nivel básico, elemental, sin meterme en grandes profundidades teológicas ni de ningún otro tipo, más que lo absolutamente necesario para apoyarme en lo que vaya a decir y, por supuesto, desde el prisma docente que la Iglesia tiene para todos sus hijos.

En la entrada anterior ya vimos el tema de la Confesión y de lo necesaria que es para vivir la Gracia. Pues bien, la Comunión es absolutamente necesaria para mantener esa Gracia de forma permanente, hasta que volvamos a alejarnos por el pecado. Entonces hay que volver a empezar el ciclo: confesión, comunión, oración y lucha incesante para mantener e ir aumentando continuamente nuestra amistad y trato con la Santísima Trinidad.

Hemos tenido la inmensa suerte de tener grandes profesores de Religión: los padres Albert, Galvañ, Martínez Sánchez (este último ofició la Eucaristía y el Sacramento del Matrimonio entre mi esposa y yo) y posteriormente hemos contado con la amistad y orientación de muy buenos amigos sacerdotes (Juande, Chimo, José Luis, Gonzalo, Federico, Manuel, Tomás, entre otros) que han contribuido en nuestra formación y profundización de la vida sobrenatural, así como don Darío y don Javier que nos dieron los últimos ejercicios Espirituales Ignacianos.

Todos ellos, de una u otra forma, han contribuido a hacernos conscientes de que ser cristiano no es practicar unos ritos por costumbre sino dar una respuesta comprometida y radical con el Señor de la Creación y de la Historia. Y también a descubrir que no somos células aisladas en el cuerpo de la Iglesia, sino que existe una interrelación de unas células vivas en comunicación mutua que forma lo que conocemos como la Comunión de los Santos, formando la Iglesia militante, purgante y triunfante de Cristo.

Esto nos hace sentirnos especialmente solidarios con los cristianos del mundo entero, de forma especial con aquellos que hoy, siglo XXI, son perseguidos y asesinados por el simple delito de ‘ser cristianos’. Y cuando se recibe el mail de un Obispo de un determinado país del Lejano Oriente pidiendo con angustia, casi con desesperación, oraciones por los cristianos de aquella parte del mundo que corrían un serio peligro de muerte, tanto a laicos como a sacerdotes que figuraban en mis contactos, envié copia del mail recibido para que la oración universal fuese dirigida a Dios por ellos.

Es así. Y la Comunión tiene una fundamental razón de ser en nuestra vida y en esos momentos posteriores a recibirla. En esa especial intimidad que tenemos con el Maestro donde fluye el diálogo íntimo y amoroso entre criatura y Creador, le pedimos por esos casos para que, a través de Él, unirnos a cuantas personas tiene problemas, más o menos graves.

‘Y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión en él.’ Considerad bien qué inefable dicha es dar hospedaje en nuestro corazón a Dios. Si cualquier persona distinguida o que ocupe algún puesto elevado, o algún amigo rico y poderoso nos anunciara que iba a venir a visitarnos a nuestra casa, ¡con qué solicitud limpiaríamos y ocultaríamos todo aquello que pudiera ofender la vista de esta persona o de este amigo! Lave primero las manchas y suciedades que tiene el que ha ejecutado malas obras, si quiere preparar a Dios una morada en su alma’. (San Gregorio Magno. Homilía sobre los Evangelios). Ya ven cómo explica este Padre de la Iglesia la preparación y disposición para recibir al Señor de los Señores. El Crucificado lo merece, ¿no creen?
CRISTO DE LA VICTORIA

Esta es una de tantas razones por las que no debemos conformarnos con ‘comulgar por Pascua de Resurrección’ solamente. Si realmente somos conscientes de que a Quien recibimos es eje y motor de nuestra existencia, la frecuencia en recibirlo debía ser nuestra pauta de actuación.

Ya ven que varias veces he mencionado la expresión ‘si saben a Quién recibimos’. No lo hago gratuitamente, sino porque me consta que hay personas que se acercan a comulgar y no saben dar razones de qué es la Eucaristía que reciben. De ahí que la Iglesia haya puesto unas condiciones para comulgar como se debe y que a pesar de ello no las conocen.

La fundamental de las tres que hay, es ‘saber a Quién recibimos’. ¿Qué sentido tiene, si no, ir a recibirlo? Hay quien va porque ‘van todos y queda bien’. Eso, alguno hay que me lo ha dicho. Y es de pena, porque esas personas recibieron en su día una catequesis para recibir su Primera Comunión. El paso de los años ha hecho que se hayan enfriado y hayan hecho de la Comunión una costumbre, que yo llamaría acto mecánico, sin profundizar.

No les vamos a pedir que tengan unos grandes conocimientos litúrgicos o cristológicos, pero al menos, que sepan y hagan suyo lo que dice Jesús y San Juan nos transmite: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo’. (Jn. 6, 50-51).

Fíjense con qué claridad se nos explica. ‘Para hacer una buena comunión es preciso tener una viva fe en lo que concierne a este gran misterio; siendo este sacramento un ‘misterio de fe’, hemos de creer con firmeza que Jesucristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía y que está allí vivo y glorioso como en el cielo’. Quien esto dijo fue un gran sacerdote, hoy en los altares. Se trata del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney. Pertenece a uno de sus sermones sobre la Eucaristía.

Me da la impresión que desde el principio de la Iglesia hasta hoy, todas las personas han sentido una especial devoción a la Eucaristía, pero especialmente aquellos que de una u otra manera han marcado hitos en su Historia. Ya hemos visto algunas citas, pero no deseo saltarme esta, aun a riesgo de que digan que soy un pesado. Discúlpenme en ese caso. Fíjense:

‘Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquel era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquel se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no solo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia....Aquello era la sombra, esto la realidad.’ (San Ambrosio. Tratado sobre los misterios). Precioso y profundo, ¿no?

Pero la Fe nos tiene que ayudar y ser nuestro soporte. Nosotros, después de la Consagración, vamos a seguir viendo pan y vino, pero ¡cuidado! Eso son las apariencias. El milagro de la transubstanciación se ha producido y allí está, real y verdaderamente, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Entenderlo no lo entenderemos. Es demasiado para nosotros. Pero tampoco nos hace falta. Por eso he dicho que la Fe nos tiene que ayudar. No caigamos en la incredulidad del apóstol Tomás. Ya sabemos lo que Jesús le dijo.

INCREDULIDAD DE STO. TOMÁS.-CARL BLOCH.-REALISMO DANÉS

Pero San Cirilo así lo explicaba en sus catequesis: ‘Lo que parece pan no es pan, aunque así sea sentido por el gusto, sino el cuerpo de Cristo, y lo que parece vino no lo es, aunque el gusto así lo quiera, sino la sangre de Cristo’. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis sobre los misterios.)

Ha habido, en ocasiones, quien ha dudado. Y Cristo ha querido manifestarse de alguna manera. Hace relativamente poco, unos dos o tres meses, recibí un mail adjuntándome un power point sobre la Eucaristía. Amigos, es precioso. He podido colocarlo al final de esta entrada. Es el abajamiento de Jesucristo hasta nosotros para dar fuerza a nuestra Fe, que es la que nos debe mover. En él se anotan sucesos históricos referentes al Cuerpo de Cristo Eucarístico que manifiestan la evidencia de la presencia de Dios entre nosotros en la Eucaristía, valiéndose de los modos que le parecen mejor.

Aparecen los lugares de Bolsena-Ovieto, Italia, en 1263; Avignon, Francia, 1433; Siena, Italia, 1730; Bolonia, Italia, 1933; Betania, Venezuela, 1991; Marlboro, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1994; … En todos ocurrieron maravillas Eucarísticas. Pero voy a detenerme en el ocurrido en Naju, Korea, en 1994.

Una joven, supongo que nativa, se acercó a comulgar. Cuando el sacerdote depositó la Hostia en su lengua, ésta se transformó en carne y sangre en su boca. Hubo testigos de ello. Este suceso se repitió en otras ocasiones con la misma muchacha. El 31 de octubre de 1995, Julia, que así se llama la joven, fue invitada al Vaticano. Al recibir la comunión de parte de S.S. Juan Pablo II ocurrió lo mismo en el momento de depositarla Sagrada Forma en su boca, con lo cual el mismo Papa fue testigo de este hecho. La Iglesia inició una investigación científica que, según parece, todavía no ha concluido.

Impresionante, ¿verdad? Pero eso no es lo habitual. Jesús quiere que la Fe en Él sea nuestro referente. Cuando se tropezó con la incredulidad de Santo Tomás, lo que le dijo a él, también va dirigido a nosotros: ‘¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto’. (Jn.20, 29).

De momento lo dejamos aquí para no hacerlo muy largo, ya que también está a continuación el power point que les he mencionado. En la próxima entrada concluiremos este Mandamiento de la Santa Madre Iglesia.



Que el Cristo de la Victoria y Nuestra Señora de Gietrzwald nos bendigan y ayuden a todos

Corpus Christi

Este es el power point que me ha impactado. Se lo pongo para compartirlo con ustedes. Veo un complemento magnífico para esta entrada. Confío haber acertado en su publicación.


EucaristaCorpusChristi

domingo, 6 de febrero de 2011

Confesar los pecados mortales una vez al año,…( y II)


Alegoría de la Virtud y el Vicio.-PAOLO VERONÉS.-MANIERISMO

Bien. Ya hemos buscado, recordado y analizado nuestros pecados. Lo normal es que luego analicemos también nuestros sentimientos con Jesús. Queriéndolo como lo queremos, cuando vemos todas esas cosas que nos han apartado de Él, es normal que sintamos un ‘algo’ en nuestro interior que nos haga sentirnos mal e incómodos con nosotros mismos porque ‘Dios no merece que le haya hecho esto. Señor, perdóname. Lo siento. Voy a confesarme para volver nuevamente contigo y no dejarte más, pero ayúdame’. ‘Ten piedad de mí, ¡oh, Yaveh!, porque estoy angustiado…Haz resplandecer tu faz sobre tu siervo y sálvame en tu piedad’. (Sal. 31 (30), 10-17).

Sí. Esa arrancada, ese sentimiento y ese propósito es la contrición o dolor de los pecados por haberle hecho esa mala pasada al Creador. Ese es el punto de partida de la confesión. Y ese deseo de no volver a dejar a Nuestro Señor, es un deseo vehemente, impetuoso, íntimo,…es el propósito de enmendar nuestras actuaciones, las actitudes negativas de nuestra vida. Luego, la realidad y la experiencia nos enseñan que volveremos a caer, pero siempre tendremos el camino de vuelta. Somos así.

Siempre he oído un dicho o refrán popular que dice que las personas somos el único animal que tropezamos dos veces (y más) con la misma piedra. ¿Lo conocían también ustedes? Y eso nos pasa con Dios. Somos humanos y, por tanto, imperfectos. Pienso que esta pudiera ser la causa que impulsó a Jesús a instituir el Sacramento del Perdón. Nos conocía demasiado bien y dejó las cosas muy bien atadas para que su sacrificio no resultara inútil.

Queridísimos, tened la valentía del arrepentimiento; y tened también la valentía de alcanzar la Gracia Dios por la Confesión sacramental. ¡Esto os hará libres! Os dará la fuerza que necesitáis para las empresas que os esperan, en la sociedad y en la Iglesia, al servicio de los hombres’. (Juan Pablo II.- Discurso a UNIV, 11-04-1979).

Ahora, después de este proceso, viene la hora de la verdad: empezar a contar al sacerdote nuestros pecados. Hay quien a este momento lo llama ‘vaciar el saco de nuestros pecados’. Es un enfrentamiento con nosotros mismos, con nuestra realidad, con nuestras limitaciones y debilidades, con nuestras imperfecciones y fracasos, con nuestros anteriores propósitos de ser mejores y que han vuelto a fallar,…

'La tristeza que causa un arrepentimiento saludable es propia del hombre obediente, afable, humilde, dulce, suave y paciente, en cuanto que deriva del amor de Dios. Sufre infatigable el dolor físico y la contrición del espíritu, gracias al vivo deseo de perfección que le anima. Es también alegre y en cierto modo se siente como robustecido por la esperanza de su aprovechamiento, conserva de continuo el hechizo y el encanto de la afabilidad, y posee en sí todos los frutos del Espíritu Santo’. (Casiano, Instituciones, 9).

No importa. Ahí está Cristo en ese abrazo del perdón haciendo realidad aquello que dijo a Pedro de ‘perdonar hasta setenta veces siete’. (Mt. 18, 21-22).

Después ya viene satisfacer la deuda debida a Dios por los pecados cometidos. Y para evitar olvidos, (¿qué me dijo que tenía que hacer o rezar?, ¿qué lectura debía meditar? ¿cuánto tiempo debo permanecer en oración?...) que muchas veces se dan, teniendo en cuenta que al reintegrarnos a nuestras ocupaciones laborales, familiares o del tipo que sean, es normal que no recordemos, incluso, si ha pasado mucho tiempo, si hemos cumplido ya la penitencia impuesta o no. Y teniendo en cuenta que esta satisfacción es esencial para la validez del Sacramento, debemos realizarla a la mayor brevedad posible.

Esto lo digo con conocimiento de causa porque me ha pasado alguna vez. Desde entonces opté por cumplirla de inmediato o, al menos, cuanto antes. Incluso he anotado en el bloc de notas que siempre llevo conmigo lo que debo hacer para evitar que me volviera a pasar. Luego he buscado tener un momento de serenidad y silencio para cumplir lo que debía hacer, incluso cuando todos estaban durmiendo que es cuando cualquier persona puede disponer de sí mismo sin que nadie lo interrumpa.

Un último punto, pero muy importante. Se trata de otro comentario que he oído algunas ocasiones: ‘¿No es Dios quien perdona? ¡Pues me confieso con Él directamente! ¿Por qué tengo que contarle a otro hombre mis pecados que, aunque sea sacerdote, es otro hombre como yo?’ Veamos las razones de por qué se hacen las cosas como se están haciendo:

Primera, aunque no es la principal. Precisamente por ser una persona como nosotros, que siente como nosotros, que sueña como nosotros, que es capaz de extasiarse ante las maravillas de la Creación como nosotros, que tiene sus limitaciones, problemas y enfermedades como nosotros, puede entendernos perfectamente y desde su objetividad, ver nuestros pecados y dificultades desde una óptica distinta de la nuestra. Y eso le permite, además de darnos el perdón de Jesucristo que administra en su nombre, darnos distintos consejos u orientaciones que nos conduzcan a una mejora personal en el campo de la espiritualidad. Incluso en el campo humano.

Segunda y más importante. Por deseo y mandato concreto del mismo Jesucristo. ‘Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos’. (Jn. 20, 22-23). Eso entra también en aquello que le dijo a Pedro: ‘Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto ates en la tierra, atado será en el cielo; y cuanto desatares en la tierra, será desatado en los cielos’. (Mt. 16, 19). Estos dos pasajes corresponden a dos momentos diferentes. Mientras el segundo se desarrolla en Cesárea de Filipo, antes de la Pasión, el primero ocurre después de resucitado ‘en el lugar donde se hallaban los discípulos por miedo a los judíos’.

Así pues, no hay justificación alguna a esa idea de confesarnos con Dios directamente sin sacerdote alguno. Ya se ve documentalmente que no es así porque el mismo Maestro así lo dijo, así lo quiso y así lo enseñó.

Además. Si alguien lo hace sin ningún sacerdote por cabezonería, tozudez o por las razones que le parezcan, ¿qué garantías tiene del perdón de Dios? Con el sacerdote, si la confesión es válida por existir un auténtico arrepentimiento y no nos hemos dejado ningún pecado sin confesar, a sabiendas, oímos el perdón (Yo te absuelvo de tus pecados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo) e incluso vemos cómo el sacerdote nos hace la señal de la cruz.

No queda duda alguna. Después…a pelearnos con nosotros mismos para ir buscando la perfección personal en el trato con Dios. Sin quedarnos en los mínimos, por favor. No nos quedemos en ‘una vez al año’. Cuanto más frecuente sea la confesión, mayores posibilidades tendremos para mantener nuestra fidelidad a Dios, ya que cada vez tendremos mayor apertura personal a la Gracia.

‘Estad alerta y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar’. (I Pe. 5, 8). El primer Papa no se anda por las ramas y nos advierte que Satanás busca cualquier resquicio para introducirse en nosotros y apartarnos de Dios aprovechando nuestros puntos más débiles. Ya que hablamos del primer Papa, sigamos con otro: ‘La frecuencia en la Confesión y en la Comunión te proporcionará la ayuda más eficaz para perseverar en la práctica de la humildad’. (León XIII.-Práctica de la humildad, 58). No es el Papa actual, pero también tuvo sabias y aleccionadoras palabras para alimentar la frecuencia en la recepción de este Sacramento.

Y también San Pablo nos avisa: ‘El que cree estar en pie, mire no caiga; no os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla’. (I Cor. 10, 12-13). Es un consuelo este aviso de la ayuda de nuestro Redentor en las tentaciones, pero como dice el refrán, ‘a Dios, rogando y con el mazo, dando’, o sea, que nosotros debemos poner en nuestros labios la oración (no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal), pero nuestro coraje debe surgir con un ímpetu mayor que el de un cohete lanzado al espacio sideral.

Ha sido una entrada con muchas citas, pero he querido apoyarme en los Evangelios, como siempre, en la Doctrina de la Iglesia y en los Santos Padres, como siempre que puedo.

Que Dios y Nuestra Señora de los Dolores, de Kurks nos bendigan.

viernes, 28 de enero de 2011

Confesar los pecados mortales una vez al año,…(I)

Cristo y la mujer adúltera.-Tintoretto.-RENACIMIENTO

…en peligro de muerte y se ha de comulgar. ‘Pero ¡qué me dices! ¿Confesarme yo? ¡Pero si no tengo pecados! Mi vida es tranquila y no hago daño a nadie. Además, ¡hasta voy a Misa los domingos!’. No sé si a ustedes les suena de algo esta parrafada. En realidad está compuesta con expresiones que he oído en mi vida, dichas por personas diferentes. Hay, desgraciadamente, bastantes más, pero con este botón de muestra como introducción al tema del segundo Mandamiento de la Santa Madre Iglesia, son suficientes, ¿no creen?

Estas frases y otras semejantes manifiestan unos convencimientos personales totalmente desenfocados de la realidad. En los casos que he podido exponer conceptos y el significado auténtico de este Mandamiento al posibilitar el diálogo, se han aclarado. Otras personas se han mantenido en sus creencias y no han querido salir de su error.

Ignoro si es por orgullo, por no dar su brazo a torcer, por soberbia,…Fíjense: ‘El principio de la soberbia es apartarse de Dios y alejar de su Hacedor su corazón. Porque el pecado es el principio de la soberbia y la fuente que le alimenta mana maldades’. (Si. 10, 14-15). Esto lo dice el Libro del Eclesiástico o Sirácida. Si este tipo de personas lo leyeran, ¿pensarían lo mismo? Dejémoslo en la duda.

Las personas siempre se han reconocido pecadoras ante Dios y le han manifestado la necesidad del perdón divino. Fíjense lo que se dice en el Antiguo Testamento: ‘Ten piedad de mí, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, pues mi delito yo lo reconozco. Mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Así eres justo tú cuando das sentencia, sin reproches cuando juzgas’. (Sal. 51 (50), 3-6). ¿Lo recuerdan? Es el salmo ‘Miserere’, del rey David.

La confesión, por su categoría de Sacramento, hace presente al mismo Cristo cuando alguien se confiesa, pues es Él quien otorga el perdón al penitente a través del sacerdote. Esto es algo que, en general, no se tiene asumido o se desconoce. Pero no sólo es así, sino que al confesarnos se nos aplican los méritos de Cristo. Isaías nos dice: ‘Soy yo, soy yo quien por amor de mí borro tus pecados y no me acuerdo más de tus rebeldías’. (Is. 43, 25). En el mensaje de Dios a través del profeta nos manifiesta que continuamente nos espera para que volvamos a estar con Él.

¿Qué pretende la Iglesia al poner este Mandamiento y en los términos con que lo hace? En relación con nosotros busca nuestro bien. En relación con Jesús, no solamente que tengamos un contacto con Él, sino que lo tengamos ‘algo más’ que una vez al año. Lo ideal es la frecuencia en recibirlo.

Hace doce meses, en enero de 2009, ya escribía en este mismo blog: El Mandamiento de la Iglesia de confesar, al menos, una vez al año, supone una actitud de mínimos. Para el cristiano consciente y enamorado de Dios, debe suponer una frecuencia mucho mayor. (“¿Hijos pródigos? ¡Pues claro que lo somos!”.- domingo 31 de enero de 2010). En esa entrada trataba el Sacramento de la Reconciliación o Penitencia y por eso no me voy a extender mucho en lo que se refiere en cuanto a Sacramento. Si les parece bien, les invito a abrir el historial del blog y leer más en este sentido.

Si tuviésemos en cuenta que con la confesión de nuestros pecados o faltas alcanzamos la Gracia de Dios e incluso la aumentamos cuando nos confesamos sin tener pecados mortales, acaso aumentaría la frecuencia de acercarnos a la confesión.

En cuanto al comentario de algunas personas referente a que “¡Pero si no tengo pecados!”, tal vez debieran tener presente lo que dice el Libro de los Proverbios: ‘Porque el justo, aunque siete veces caiga, se levanta otras tantas; pero los malvados zozobran en la desgracia’. (Prov. 24, 16). Y como cristianos debemos buscar continuamente la sintonía con nuestro Salvador, buscando un mayor trato con Él mediante los Sacramentos y la Oración. También se pronuncia San Juan en este sentido: ‘Si decimos “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está con nosotros…’. (I Jn. 1, 8)

Los últimos jueves de cada mes nos reunimos un grupo que pertenecemos al Apostolado de la Oración con el Delegado Diocesano en la Basílica de Santa María de Alicante. Además de lo provechoso que resulta la hora de retiro con la Exposición del Santísimo y la Eucaristía posterior, siempre se sienta el sacerdote un rato para confesar antes de marchar al Obispado. Siempre hay quien aprovecha la ocasión para confesar. Es que necesitamos la armonía con Jesucristo, sentirnos cerca de Él y permanecer en esa intimidad espiritual que nos da la oración.

Además, la confesión no solamente es manifestar nuestro arrepentimiento de los pecados cometidos. Existe la posibilidad, y somos muchos los que así lo hacemos, de consultar dudas que podamos tener, actitudes que debamos adoptar, caminos que debemos seguir en los problemas que tengamos, en nuestra profesión, en nuestra familia, en nuestra sociedad, para que nuestro cristianismo no sea una mera rutina, sino un compromiso radical con Jesucristo y su Evangelio. Y en la confesión también se suele tratar este tipo de cosas.

No obstante, cada vez que nos acerquemos a la confesión hemos de considerar una serie de cosas que la Iglesia nos aconseja para que el Sacramento que vamos a recibir sea válido. ¿Por qué digo ‘que sea válido’? Ahora lo vemos.

Cuando vamos a ese encuentro personal con Jesús, como tanta gente se encontró con Él según nos cuentan los Evangelios, debemos tener en cuenta que vino precisamente por los pecadores. Esto lo repite varias veces y los cuatro Evangelios coinciden. ‘No he venido a llamar a los justos, sino por los pecadores’. (Mat 9, 12-13 ) ; ‘Yo os digo que en el cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia’. (Lc.15,7).

Debemos pararnos a pensar primero en nosotros mismos. Ver cuáles han sido las actitudes, acciones u omisiones que nos han alejado de Dios y nos han acercado al pecado, desde la última confesión bien hecha, así como las circunstancias que se dieron en ese fallo, ya que según éstas, pueden aumentar o disminuir su gravedad. Hay ocasiones que recordamos un pecado concreto del cual nos debemos confesar, pero…nos da vergüenza contar eso para que el sacerdote no piense mal de nosotros.

Bueno. En cierta ocasión leí, no recuerdo dónde, que a la hora de hacer algo malo, o al menos no correcto, el diablo se encargaba de que perdiéramos la vergüenza, pero cuando reaccionábamos y veíamos la necesidad de confesarnos de ‘eso’ y ponernos en paz con Dios, el mismo diablo nos ponía todas las vergüenzas habidas y por haber para que no nos acercásemos a la Reconciliación con la Divinidad.

Hay veces que por esa vergüenza o por respetos humanos nos callamos algún pecado y nos acusamos de todos los demás. La confesión no nos vale aunque hayamos recibido la absolución del sacerdote, ya que a él lo podremos engañar, pero a Jesús, que está presente en la Confesión, no lo engañamos. ‘Si no declaras la magnitud de la culpa, no conocerás la grandeza del perdón’. (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre Lázaro, 4)

Ya ven lo que dice este Padre de la Iglesia. Cuando venzamos ese miedo o vergüenza debemos confesarnos de lo que ya dijimos y hacer constar el pecado que con anterioridad nos callamos. Por eso decía más arriba del Sacramento ‘que sea válido’, porque si nos callamos algo no nos vale la confesión.

No perdamos de vista que éste es el Sacramento de la confianza en Jesús. ¿Qué le dijo al paralítico antes de curarlo? ‘Ten confianza, hijo: tus pecados te son perdonados’. (Mt. 9, 2). Con nosotros dice lo mismo: ‘Ten confianza’. Además. ¿A qué vamos a tener miedo? El Maestro nos espera con los brazos abiertos para darnos su perdón, y con él, su Gracia, su Paz, su ayuda para esa lucha interior que a veces tenemos y nos ayuda a evitar la caída en tentaciones que nos puedan conducir a un nuevo pecado. ‘Feliz el hombre que soporta la tentación, porque después de probado recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que le aman’. (Stg. 1, 12).

‘El que antes de la culpa nos prohibió pecar, una vez aquella cometida, no cesa de esperarnos para concedernos su perdón. Ved que nos llama el mismo a quien despreciamos. Nos separamos de Él, mas Él no se separa de nosotros’. (San Gregorio Magno. Homilía 34 sobre los Evangelios). Ya ven que eso siempre ha sido una constante de la Iglesia animándonos continuamente a vivir en paz con Dios. En esta ocasión es este Padre de la Iglesia quien lo dio en su momento.

Este es el efecto principal de este Sacramento: la reconciliación con Dios y con la Iglesia, ya que también la perjudicamos de alguna manera al ser miembros de esa gran familia en virtud del Bautismo que recibimos en su día.: San Pablo también decía a la iglesia de Éfeso: “Poneos la armadura de Dios, para poder resistir las maniobras del diablo. Porque nuestra lucha no es contra fuerzas humanas ... Nos enfrentamos con los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del mal” (Ef. 6, 11-12).

Seguiremos tratando este Mandamiento. Que Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora de Concepción de Granada nos bendigan a todos.

domingo, 16 de enero de 2011

Primer Mandamiento de la Iglesia (y III)


ÚLTIMA CENA.-LEONARDO DA VINCI

Queda todavía un punto por tratar, mínimo si se quiere, pero que es necesario tratarlo porque aunque no lo parezca, tiene su importancia y es el hecho de que debamos permanecer en las Eucaristías hasta que éstas finalicen en su totalidad y nos marchemos, salvo casos plenamente justificados, antes de tiempo. No sé si todas las personas que los domingos llenan, más o menos, las naves de nuestros templos, desde la majestuosa Catedral hasta la humilde ermita, tienen clara la razón de ser de su presencia para la celebración eucarística, pero realmente es que este Mandamiento eclesial tiene su fundamento en los Mandamientos divinos que Dios entregó a Moisés en el Sinaí:

‘Guarda el sábado, para santificarlo, como te lo ha mandado Yahvé, tu Dios. Seis días trabajarás y harás tus obras, pero el séptimo es sábado de Yahvé, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el extranjero que está dentro de tus puertas; para que tu siervo y tu sierva descansen como descansas tú. Acuérdate de que siervo fuiste en la tierra de Egipto, y de que Yahvé, tu Dios, te sacó de allí con mano fuerte y brazo tendido; y por eso Yahvé, tu Dios, te manda guardar el sábado’. (Dt. 5, 12-15).

'Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, mas el sábado es el día de reposo del Señor tu Dios. No hagas ningún trabajo en él; ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días el Eterno hizo el cielo, la tierra y el mar, y todo lo que contienen, y reposó en el séptimo día. Por eso, el Señor bendijo el sábado y lo declaró santo'. (Ex. 20, 8-11)

Los hebreos recordaban este mandato con la celebración del ‘sabbat’, día sagrado de la semana judía. Nosotros los cristianos celebramos ese mandamiento divino el domingo, por ser el día de la Resurrección de Jesucristo, nuestro Redentor. Pero la obligación de santificar ese día sigue siendo la misma y para nosotros es la Santa Misa, Memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Maestro, el acto litúrgico idóneo para ello. No olvidemos que cuando instituyó la Eucaristía en el cenáculo, antes de su pasión, nos dijo ‘haced esto en memoria Mía’. (Lc. 22, 19).

El autor de la Carta a los Hebreos, dice: ‘Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios, porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia’. (Heb. 4, 9-11).

No olvidemos que en aquellos tiempos Israel estaba rodeado de pueblos politeístas y esa fue la razón por la que Dios les advirtió que no tuvieran más Dios que a Él. Y cuando surgía alguna de las infidelidades de Israel con Yahvé, siempre aparecía la figura del profeta que reconducía el comportamiento del pueblo de Dios.

El hambre era grande en Samaria por la sequía existente. Ajab, cuando vio al profeta Elías le increpó ‘¿Eres tú, ruina de Israel?’ Y fíjense en la respuesta: ‘No soy yo la ruina de Israel, sino tú y la casa de tu padre, apartándoos de los mandamientos de Yahvé y yéndoos tras los baales. Anda, convoca a todo Israel al monte Carmel, y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, que comen de la mesa de Jezabel’. (I Re. 18, 1-45). Les pongo toda la cita para que lean todo el pasaje, aunque supongo que ya lo conocerán sobradamente. Es uno de los ejemplos de la actuación de Dios cuando se apartaban de Él detrás de otros dioses.

¿Dónde voy a parar con estos comentarios? Pues…ya verán. Nosotros somos hoy los continuadores de aquel pueblo, en ese nuevo pueblo formado por Jesucristo al que llamó Iglesia, dotándolo de una estructura básica con sus doce Apóstoles de los cuales uno de ellos fue el ‘primus inter pares’, o sea, ‘el primero entre iguales’. Es decir, Pedro.

Luego estaban todos cuantos abrazaron el cristianismo y todos tenían claro que debían dar el nuevo culto a Dios a través de la Eucaristía que el Maestro instituyó el primer Jueves Santo de la Historia. Lo hacían por un convencimiento y necesidad viscerales sin necesidad de mandato alguno.

Con el paso de los años se fue enriqueciendo la Liturgia hasta llegar a la celebración que intentamos vivir cada vez que asistimos a la Santa Misa.

Pero es que hoy han aparecido otros ‘baales’ en nuestra sociedad que se adueñan del corazón humano en muchísimos casos y lo alejan del culto al verdadero Dios. ‘No tendrás más Dios que a mí’. (Dt. 5, 7). Pero aparece el dios dinero, el dios sexo, el dios droga, el dios afán de poder y de mando, el dios hedonismo y tantos otros como existen pugnando por desplazar, incluso anular, al Dios verdadero, Señor de la Creación y de la Historia.

Y la Iglesia, como los Profetas de antaño, continuamente está dando avisos de que esos no son los caminos agradables a Dios y denuncian situaciones que nos puedan apartar de Él: aborto, eutanasia, destrucción de la familia natural y de valores humanos y cristianos…Naturalmente, eso molesta a quienes quieren combatir, incluso hacer desaparecer, a la Iglesia y a Dios.

Pero es inútil. Algunos miles de años avalan que eso que pretenden es una pérdida de tiempo. Han caído imperios e instituciones, y si la Iglesia permanece es por la asistencia del Espíritu Santo que la asiste. ‘¿Humana? Luego divina’. Esta frase la decía uno de mis profesores de Religión queriendo decir que si estando compuesta por personas, con sus pecados, infidelidades, fallos y dificultades y todavía permanece, es signo inequívoco de que su Fundador está permanentemente con ella. Y estos tiempos no son ninguna excepción.

Ahí tenemos las múltiples apariciones de la Santísima Virgen (a Juan Diego Cuauhtlatoatzin en el cerro del Tepeyac, México; a Lucía dos Santos y a sus primos, Jacinta y Francisco Marto, en Fátima, Portugal; a Bernadette Soubirous, una pobre y analfabeta niña de catorce años, en Lourdes, Francia; en Zeitoun, Egipto; a la Hermana Agnes Sasagawa en Akita, Japón y tantos otros lugares) en los que recomienda el rezo del Santo Rosario y de la necesidad de hacer penitencia por el mundo, entre otras cosas también con el rezo de la Corona de la Misericordia, contribuyendo de forma decisiva al apoyo de la Iglesia de su Hijo.

Y la Eucaristía, la Misa, es una manifestación de Dios entre nosotros. Y de nosotros uniéndonos a Él con nuestra fidelidad y aceptación que renovamos en cada una de ellas, desde la salida del sacerdote al altar hasta que abandona el presbiterio al finalizar la celebración.

No tienen sentido la aparición de ‘prisas’ que impulsan a marcharnos, por ejemplo, cuando el sacerdote ha finalizado de dar la Comunión. No, por favor. Si alguien está hablando con nosotros y sin finalizar le damos la espalda y nos marchamos, humana y socialmente eso sería, cuanto menos, una grosería.

Si Jesucristo nos habla en la Misa y antes de que termine de decirnos cosas nos marchamos, ¿cómo llamaríamos a ese gesto nuestro con Él? ¿Desprecio? ¿Abandono? No lo sé. Pero en cualquier caso sería una incorrección, como mínimo. Una falta de delicadeza hacia quien tanto nos quiere.

Pienso que ese es el sentido de oír Misa ‘entera’ todos los domingos, fiestas de guardar y cuantas veces acudamos a celebrar la Eucaristía. Todo en ella es importante, incluida la bendición final. Y cuando el presidente de la Asamblea nos diga ‘podéis ir en paz’, enviándonos a nuestros quehaceres, pienso que aún debiéramos esperarnos a despedirnos de la Virgen y a dar gracias por la Eucaristía vivida.

Si miramos esto con objetividad, concluiremos en que esos cuarenta y cinco o sesenta minutos que suele durar una Misa, es muy poco pedirnos en comparación a lo que obtenemos. Realmente ¿podemos considerar mucho este tiempo de estar con Dios en una semana?

Hace muchos años tuve la oportunidad de asistir a una Misa celebrada según el rito oriental. Aquello fue un descubrimiento. La duración fue de poco menos de tres horas, pero el tiempo se me pasó imperceptiblemente. ¡Qué liturgia tan bonita! O al menos eso me pareció a mí. De acuerdo que el valor de la Misa es el mismo, pero la manifestación litúrgica es muy diferente. ¿Y a los cristianos de rito latino nos parecen largas?

Prescindo ahora de que para los cristianos que tenemos las ideas claras nos gustaría asistir a diario a la Santa Misa y recibir a Jesús en la Eucaristía, además del tiempo que permanecemos con Él en la oración que hacemos en nuestro domicilio u otro lugar. Si todos los cristianos fuésemos conscientes de nuestros deberes con Dios y de su presencia real den las Eucaristías, no sería necesario que la Iglesia nos lo recordara con este Primer Mandamiento.

Ya sé que el que no puede asistir a toda la Misa ‘entera’, está obligado, si puede, a asistir por lo menos a la parte esencial, es decir, desde el Ofertorio a la Consagración y a la Comunión, pero eso es en casos excepcionales. Yo me he referido a que en la cotidianidad de nuestra asistencia debemos estar presentes desde que empieza hasta que finaliza, como he dicho anteriormente.


Que Jesucristo y Nuestra Señora del Roble nos bendigan con abundancia.

domingo, 9 de enero de 2011

Primer Mandamiento de la Iglesia (II)

ALBERTO DURERO.-RENACIMIENTO
En la entrada anterior comenzábamos a profundizar un poco en el primer Mandamiento de la Iglesia y en algunas razones por las que se aconseja que sea así y no de otra forma. Vamos a continuar un poco más con este tema.

La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios como la Primera y la Tercera Personas, se hace Hombre para rescatarnos del pecado. Y padece, muere en la Cruz y resucita. Eso es lo que se realiza sobre el Altar.

El sacrificio de Jesús, Sacerdote, Profeta y Rey, se renueva de forma incruenta y, por ser Él quien es, tiene un valor infinito. Si la ofensa a Dios en el Paraíso fue infinita, la reparación debía ser también infinita. Si por un hombre vino el pecado, un Hombre debía satisfacer a Dios y reparar el mal. En Cristo, Dios y Hombre verdadero, se dan las dos condiciones. De ahí el valor infinito de la Misa. De ahí que no tengamos derecho a ninguna objeción. Al amor de Dios por la Humanidad, que se renueva en cada Eucaristía, ¿qué podremos objetar? A través de ella nosotros tributamos a Dios, Uno y Trino, el culto de Latría que le corresponde. A través de él, le damos gracias, lo adoramos y le ofrecemos expiación y satisfacción por nuestros pecados.


‘Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre,, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección; sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera’. (Concilio Vaticano II.- Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’, nº 47).

Es por todo eso que, como decía al principio, si alguien ‘se aburre’ o dice que ‘siempre se hace lo mismo’, es que no tiene claro todavía qué es la Santa Misa y necesita conocerla, meditarla y llevarla a su vida. La Misa siempre será la misma, la celebre un sacerdote o sea concelebrada por cincuenta y dos, se celebre en El Vaticano o en las selvas del Matto Grosso por un misionero.

Cuando Jesús ofreció su Cuerpo y su Sangre aquel Jueves Santo memorable bajo las especies de pan y de vino, anunciaba ya aquel sacrificio cruento que se iba a celebrar en el Gólgota siendo Él mismo el Sacerdote que lo ofrecía y la Víctima que se entregaba en aquel Altar que era la Cruz. Esa fue, realmente, la Primera Misa, al haber Sacrificio y víctima.

Hoy en la Misa sigue ofreciéndose Jesús. La Víctima, pues, es la misma. Pero Cristo resucitado se vuelve a ofrecer de forma diferente al no haber derramamiento de sangre. En el Calvario se ofreció al Padre. Ahora se ofrece nuevamente por el ministerio del sacerdote que preside la Asamblea.

¿Entienden la importancia del Sacerdocio y su dignidad? ¿Entienden la importancia de haya vocaciones de jóvenes que, con una sólida preparación y convencimiento, sean santos y sabios sacerdotes? Sin embargo no se debe olvidar que lo mismo que está la vocación al sacerdocio también hay una vocación al laicado.

Cuando hace muchos años me propusieron ir al Seminario, lo consulté con mi director espiritual y me lo dijo muy claro: ¿Tú sacerdote? No. Tu puesto es ser laico. Seglar comprometido con la Iglesia. Procura ser un buen marido y un buen padre’. Y en ello estoy con todos mis defectos y las virtudes que pueda tener. Todos tenemos algo que hacer y algo que decir en esta aventura de vivir el Evangelio dentro de la Iglesia fundada por Jesucristo. Fíjense:

‘El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordenan el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del único sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial, no sólo gradual. Porque el sacerdocio ministerial , en virtud de la sagrada potestad de que goza, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo; los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio real, asisten a la oblación de la Eucaristía, y lo ejercen en la recepción de los Sacramentos, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y la caridad operante’. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática ‘Lumen Gentium’, núm 10).

Una cosa que me llamó poderosamente la atención hace muchos años en una charla a la que asistí, fue que en la Misa el sacerdote, cuando hace las oraciones, lo hace en nombre de la Iglesia a la que representa y pertenece igual que nosotros. Pero en la Consagración es Cristo quien habla a través de él ofreciéndose al Padre y volviendo a hacer lo mismo que el primer Jueves Santo de la Historia en el cenáculo, junto a sus amigos.

Por eso el sacerdote, válidamente ordenado, es insustituible, porque nadie puede sustituirlo en esa sublime misión. Podrá ser alto o bajo, mayor o joven, mejor o peor, pero eso no cuenta para nada porque es Cristo mismo quien está ahí.

Pero ¿y los que estamos ‘oyendo’ la Misa? Entrecomillo esa palabra porque personalmente no me gusta. Ya sé que el Mandamiento dice ‘Oír Misa entera…’, pero pienso que la Misa es para ‘vivirla’. Oírla parece que indica pasividad, inacción,… Vivirla encierra un dinamismo y participación interna y externa. No somos máquinas. Somos los destinatarios del sacrificio de Jesús de Nazaret y eso requiere una correspondencia que se traduce en la participación activa y convencida de toda nuestra persona.

Quiere decir que debemos sentirnos identificados con la liturgia eucarística sabiéndonos beneficiarios de los frutos del Sacrificio. Sentirnos unidos al mismo Cristo que se hace presente. Tener la honradez y sinceridad necesarias para darnos a Él, que previamente se dio por nosotros. Que no se nos pueda aplicar nunca aquello de ‘este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí’. (Is. 29, 13).

DUCCIO DI BUONINSEGNA.-GÓTICO

Sería terrible, porque con Dios no se juega. Y todos cuantos hacen mofa de Él y de las cosas santas, debieran saber que por una parte llevan las de perder y por otra, que tendrán que rendir cuanta de sus actos ante el Altísimo cuando comparezcan ante Él, como cualquier ser humano cuando muera. Lamento ponerme apocalíptico, pero lo que digo es cierto.

Y respecto a los que dicen que ‘siempre se hace lo mismo’, habría que responderles que cuando a diario comen, por ejemplo, también hacen siempre lo mismo y no se cansan ni se aburren: se sientan, mastican, beben, y no se lamentan por ello ni se cansan.

Verán ustedes. Yo, como cualquier otro cristiano que intentemos vivir visceralmente el Evangelio y seguir las enseñanzas del Maestro, solemos ser fervientes enamorados de la Eucaristía por lo que realmente ES. De Ella sacamos nuestras fuerzas apostólicas. Por Ella nos mantenemos firmes en la Fe. Con Ella podemos tener al Redentor haciendo morada en nosotros y prepararnos para esa Vida Eterna que todos anhelamos tener cuando nos presentemos ante el Altísimo y comenzar esta nueva etapa de Adoración perfecta para toda la Eternidad.

Eso es una de las cosas por las que tal vez me haya extendido tanto en este primer Mandamiento de la Iglesia, para que más que una ‘obligatoriedad’ veamos un camino hacia Jesús de Nazaret, ante esa presencia real suya tantas veces proclamada por la Iglesia y muchos de sus santos que, por Gracia de Dios, han tenido encuentros místicos con Él o con la Virgen.

¿No les parece que por esas razones hay que pensar que nuestra asistencia a la Santa Misa debe ser eminentemente participativa, mediante los cantos del momento y de las respuestas que damos a lo que dice el sacerdote, pero trascendiendo también nuestras propias respuestas, siendo conscientes de lo que significa lo que dice el sacerdote y de nuestras propias respuestas?

Y esa participación personal tiene su máximo sentido cuando somos nosotros mismos los que nos ofrecemos juntamente con Jesucristo al Padre en el Ofertorio, con nuestros problemas, nuestras limitaciones, nuestras enfermedades y dolores, nuestras oraciones y sacrificios, nuestros esfuerzos cotidianos por vivir honradamente, honestamente, y dar una imagen, lo más aproximada posible, de lo que debe ser la vida de un cristiano. Pío XII decía: ‘Es preciso que (los fieles) se inmolen a sí mismos como hostias…y deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acervos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el mismo Sumo Sacerdote y por medio de Él mismo’. (Encíclica Mediator Dei, nº 25)

En el mes de abril, ya del año pasado, concretamente los domingos 11 y 25 de abril, ya escribí algo sobre la Santa Misa y la Eucaristía titulándolos ‘El Amor de los Amores’ y Jesucristo Eucaristía’, pero es que este es un tema, como cualquiera que haga referencia a Dios, inagotable. A ellos les remito si así lo desean.

En cierta ocasión le preguntaron al Padre Pío (hoy San Pío de Pietrelcina) sobre los beneficios que recibimos al asistir a la Santa Misa. No se pierdan la respuesta: ‘No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu Fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración’. No tiene desperdicio. Seguramente conocerán ustedes, incluso mejor que yo, cómo eran las Eucaristías que celebraba, por lo que cuando dice esto, tiene conocimiento de causa para hacerlo. Con este pensamiento les dejo.


Que La Santísima Trinidad y la Virgen de Cotoca nos bendigan