domingo, 17 de octubre de 2010

Bienaventurados los que lloran porque serán consolados


Parece que cuando leemos eso de ‘los que lloran’ nos vamos encaminando a pensar en dolor, tristezas, desgracias, y otras ‘lindezas’ por el estilo. Pero que, además, nos digan que quien así está es ‘bienaventurado’ o ‘dichoso’, parece que sea una hipérbole desproporcionada. Y sin embargo, no es así.

Si Jesucristo fue capaz de anunciar de esa forma esta Bienaventuranza, es porque hay un mensaje contenido en su interior en el que hay que profundizar. No nos quedemos en la corteza, en las apariencias. Entremos y descubramos qué hay en su interior.

De verdad les digo que no me imagino a Jesús de Nazaret como una persona seria, hierática como nos lo presentan en el arte Románico, que solamente era trascendente e incapaz de tener sentido del humor. No. Pienso que no. Al contrario. Ciertamente veo en Él su trascendencia, veo su seriedad cuando había que estar así, especialmente cuando se dirigía a los fariseos, a los doctores de la Ley que querían cazarlo en sus trampas dialécticas, pero ¿y con sus amigos?

Les aseguro que también lo veo gastando bromas a Pedro y a los otros once en la intimidad de sus diálogos. Es cierto que el Evangelio no nos cuenta nada en ese sentido, pero es que el Evangelio nació para transmitir las ‘enseñanzas’ del Maestro, su mensaje, su estilo de vida,…y nada más.

Pero que fuera alegre… ¡Pero si Dios es la fuente de la alegría! ¿Cómo no iba a ser alegre siendo la Segunda Persona del Dios Trinitario hecho hombre? Dios es la alegría misma. Por eso hay que profundizar en el espíritu de la Bienaventuranza.

En Belén, el Ángel ya les dice a los pastores: ‘Os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo: os ha nacido un Salvador’. (Lc. 2, 10). Y ese mismo Salvador, cuando comienza su vida pública y comienzan las primeras críticas sobre el ayuno, compara su misión con un ágape: ‘¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no tiene sentido que ayunen’. (Mc. 2, 19).

¿Recuerdan cuando llamó a Mateo a seguirle? Asistió a la cena de despedida que éste ofreció a sus amigos para despedirse de ellos por una parte, y por otra, presentarles al Maestro. (Mt. 9, 9-13).

Una persona que dice: ‘Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios’. (Mc. 10, 14), y que jugaría y reiría con ellos disfrutando de su inocencia, es que tiene una alegría interior que la desborda con esas criaturas.

Por otra parte, San Pablo nos dice en su carta a los Filipenses: ‘Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres’. (Fil. 4, 4). Recuerdo incluso que, siendo adolescente, iba a ‘ayudar al sacerdote’ (así lo decíamos) en la Eucaristía dominical, y después de la señal de la Cruz, el sacerdote decía ‘Introibo ad altare Dei’. Y yo respondía ‘Ad Deum qui laetificat juventútem meam’. O sea, ‘Me acercaré al altar de Dios’. Y al responder ‘al Dios que es mi gozo y mi alegría’, realmente estábamos diciendo que la alegría debía ser el estandarte que los cristianos debemos mantener a pesar de todas las dificultades que podamos tener. Precisamente porque la fuente de ella es el mismo Dios.

Dando un paso más, recordamos el gesto de Jesús en Naín. Yendo con sus discípulos y mucha gente se tropezó con el entierro de un muchacho cuya madre, viuda, quedaba totalmente desamparada. Y esto sí que lo dice el Evangelio: ‘El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon. Entonces dijo: Muchacho, a ti te digo: levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar; y Jesús se lo entregó a su madre’. (Lc. 7, 11-17). Esa madre trocó su llanto en consuelo y gozo al ver nuevamente a su hijo junto a ella. ¿Podemos imaginar la locura alegre de esa madre? ¿Podemos imaginar la sonrisa de Jesús cuando le entregó a su hijo? ¿Podemos imaginar un poquito el significado de esta Bienaventuranza?

Cuando Jesús dijo que ‘ellos serán consolados’, no lo dijo por hacer una frase bonita. Es que realmente el consuelo de nuestros sufrimientos viene de Él que también experimentó la tristeza, por ejemplo, cuando le comunicaron que su amigo Lázaro había muerto. Allí se dirigió y cuando vio llorar a María, hermana del fallecido, así como a otros judíos amigos de la familia, se emocionó y pidió que le llevaran donde estaba enterrado. ‘Entonces Jesús rompió a llorar’. (Jn. 11, 1-44).


JOUVENET

Sí, así es. Dios sabe llorar. Dios sabe compartir el sufrimiento humano. Dios sabe solidarizarse con todos nosotros y traernos una esperanza. Es el consuelo divino de un Dios que no está en la estratosfera, lejano a nuestras necesidades, sino tremendamente cercano. Tanto, que es capaz de habitar en el interior de cada uno. En la Eucaristía, por ejemplo.

Las lágrimas de los que sufren, física, psíquica o moralmente, son especialmente fecundas. Sé de enfermos que ofrecen sus oraciones, dolores y sufrimientos especialmente por sacerdotes concretos o en general por todos ellos, así como por las vocaciones. Pero me da la impresión de que el dolor seguirá siendo siempre un misterio que el ser humano no será capaz de descubrir en toda su extensión y significado.


Andrea Mantegna

¿Qué podemos decir del mismo Jesús en Getsemaní? Sufrió lo humanamente indecible ante la Pasión que sabía que ya llegaba. Sabía que había nacido para eso, pero sufrió hasta el extremo de sudar sangre según nos cuenta el Evangelio, pero ¿no lloraría, acaso de un terror que le llevó a pedir al Padre que le librase de ese cáliz? No lo podemos saber, pero conocemos la ternura y asistencia del Padre que le mandó un Ángel a confortarlo. A Él se le podría aplicar esta Bienaventuranza: Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. Y esa fue la misión del Ángel. (Lc. 22, 39-44).


Pieter Coecke Van Aelst

Sí. Era preciso que padeciese para llevar a efecto la Redención y así nos lo cuenta el mismo Jesús camino de Emaús, explicándoselo a los discípulos que allí se encaminaban: ‘¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?’. (Lc. 24, 13-35). Desde este prisma, y como destinatarios de la Redención, ¡qué importan los sufrimientos, nuestras lágrimas, si nos sirven para solidarizarnos con la Pasión de Jesús! Es San Pablo nuevamente quien nos da la razón de ser de lo que estoy escribiendo: ‘Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia’. (Col. 1, 24).

Sin embargo no me resisto a comentar también un fragmento de esta Bienaventuranza, pero desde San Lucas, porque me ha llamado la atención, desde siempre, un enfoque muy claro que le da, pero que necesita también una pequeña aclaración, desde mi prisma personal, pero siempre pensando en estar en línea con la Iglesia. Dice: ‘Pero ¡Ay de vosotros que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!’ (Lc. 6, 25).


Bueno. Acabamos de hablar de la alegría. Dios es alegre y nosotros debemos serlo también. ¿Entonces? ¿Qué nos quiere decir? Entiendo que esta expresión nada tiene que ver con el tipo de alegría que hemos comentado. Es otro tipo de ‘alegría’, pienso yo. Me parece que se refiere a esas risas o sonrisas falsas, hipócritas, que algunos van regalando a sus semejantes envolviendo una cruel burla, una crítica solapada con la peor de las intenciones. Yo mismo he sido objeto de ese tipo de risas cuando en el colegio me negué a retirar los crucifijos de las aulas en atención al 96% del alumnado que daba clases de Religión Católica. Pero, miren ustedes. En este sentido me acojo a lo que dice el Eclesiastés: ‘Como crepitar de espinos bajo la olla, así es la risa del necio; también esto es vanidad’. (Eclesiastés 7, 6).

¿Hablamos de las risas de los pederastas que juegan con la inocencia infantil? ¿Y de las risas de los que practican o favorecen el aborto, o se burlan de las cosas más sagradas de nuestra Religión? ¿Y de los que usan y abusan de las personas en las modernas formas de esclavitud en el siglo XXI? Ellos solos se construyen su propia perdición, como nos cuenta el Evangelio en la parábola del todopoderoso epulón que ignoraba al pobre Lázaro y sus mínimas necesidades. (Lucas 16, 19-31). Solamente que hoy, Jesucristo les da un rayo de esperanza, si lo quieren aceptar, mediante el arrepentimiento, el cambio de actitud en su vida y el reencuentro con el Padre a través del Sacramento de la Reconciliación. Quien se acercaba con fe a Jesús, y de eso el Evangelio está lleno de casos, siempre los despedía totalmente llenos. Las expresiones ‘Tu fe te ha salvado’, ‘Vete en paz. Tus pecados te son perdonados’ o ‘Vete y no peques más’, son más que suficientes para enjugar las lágrimas de un pecador arrepentido.

San Pablo nos vuelve a decir: ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo. Él es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones, para que podamos ser capaces de consolar a los que están atribulados, con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.’ (2Cor. 1, 3-4). Y, desgraciadamente, hay demasiada gente en tribulación. Y nosotros podemos ser los elementos de los que Dios se vale para enjugar sus lágrimas, pues ‘si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él’. (1 Cor. 12, 26).

Es necesario superar las dificultades a pesar de los bocados que nos dan en el cuerpo o en el alma. Y la alegría, la sana alegría que brota de un corazón rebosante de Dios y de la Virgen, contribuya a crear optimismo a nuestro alrededor y, de esa forma, contagiarla y compartirla. Jesús nos dijo: ‘Mi paz os dejo. Mi paz os doy’. (Jn. 14, 27). ¿No estamos acostumbrados a darla en las celebraciones eucarísticas? Pues hagamos lo mismo en la calle, en el trabajo o dondequiera que estemos. Vale la pena.

Para finalizar lo hago con esta expresión que le decimos a la Madre en esa preciosa oración que es la Salve: ‘A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas’. Encomendemos nuestras ‘lágrimas’ de todo tipo a su poderosa intercesión.


Que nuestro Redentor y Nuestra Señora del Pilar nos bendigan y acojan nuestras penas y sufrimientos para transformarlos en el gozo y alegría que proporciona el Amor.

domingo, 10 de octubre de 2010

Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra.

Nunca lo he podido evitar. En ocasiones es más fuerte que yo. Siempre he sido un rebelde ante situaciones o personas que no hacían las cosas correctamente, según mis propios criterios, e intentaba hacérselo ver. Y en ocasiones me venía el palo de donde menos lo esperaba y, tras él, la lección correspondiente. ¡Qué le vamos a hacer! En la vida hay ocasiones en las que se aprende a garrotazos. Afortunadamente había otras muchas ocasiones en las que acertaba aplicando un diálogo constructivo a través del cual se llegaba a solucionar algunas cosillas.

Y algo de eso me pasó con esta Bienaventuranza cuando empecé a conocerla y estudiarla en el Bachillerato, cuando tenía alrededor de trece años. ‘Bienaventurados los mansos…’. Y yo me quedé con la letra, no con el espíritu de la letra. Asocié el ser ‘manso’ con ser un ‘borrego’ que tenía que ir por donde me dijeran los demás sin tener un criterio o juicio propio.

Después, con el paso de los años, estudios superiores, cursos bíblicos diversos y mi compromiso personal conmigo mismo de profundizar en el conocimiento de la Palabra, y la acción del Espíritu Santo en mi formación continuada y permanente (a veces he pensado en la infinita paciencia que ha tenido y tiene conmigo), han contribuido a tener unas ideas bastantes más claras de las cosas. Y he ido descubriendo cosas, algunas de las cuales voy a reflejar en estas líneas.

Me fui dando cuenta que ser ‘manso’ no significaba en modo alguno ser fofo, blandengue o abúlico, sino tener una seguridad personal, una firmeza de carácter, una serenidad y dominio de sí mismo, que se aproximaba muchísimo al concepto de ‘persona’ que yo defendía y que me habían enseñado a ser en mi niñez, especialmente mi abuelo, y con el que fui creciendo.

Después fui descubriendo la personalidad de Jesucristo, el Hombre por excelencia, al que procuré imitar, si bien me faltaba mucho (y me sigue faltando) para ser como Él desea que seamos. No en vano nos legó este mandato que es un auténtico reto para cada uno de nosotros: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. (Mt.5, 48). Está claro que jamás seremos así, pero tenemos el deber de alcanzar el máximo nivel posible dentro de nuestras posibilidades. ¿No es así?

La ‘mansedumbre’ evangélica pienso que se refiere a tener un carácter firme, coherente con el evangelio que intentamos vivir. Jesús nos dice a través de San Juan: ‘No se turbe vuestro corazón’. (Jn. 14, 1, 27). Incluso San Lucas nos dice otra expresión del Maestro: ‘Por vuestra paciencia salvaréis vuestras almas’. (Lc. 21,19).


CARAVAGGIO

En un mundo como el que nos ha tocado vivir, donde la fuerza parece ser la razón más convincente, el Evangelio nos presenta un Jesucristo que, aun con el coraje que demostró con los mercaderes del Templo, (Jn. 2, 13-16) nos presenta la otra cara de la moneda: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón’. (Mt. 11, 29). Y con el Evangelio en la mano podemos comprobar que Jesús no tenía nada de blando. Al contrario, tenía una firmeza de carácter que impresionaba: ‘Se maravillaban de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas’. (Mc. 1, 22). En el pasaje de la expulsión de los mercaderes del Templo, Jesús manifiesta lo que podríamos llamar una indignación legítima: ‘…y haciendo de cuerdas un azote, los arrojó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes, derramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas; y a los que vendía palomas les dijo: Quitad de ahí todo eso y no hagáis de la casa de mi Padre casa de contratación’. (Jn. 2, 15-16). Lo cual nos recuerda lo que dice el salmista: ‘Porque me consume el celo de tu casa’. (Salmo 69 (V.68), 10)

Pero no nos engañemos. Eso no significa en modo alguno que demos rienda suelta a los enfados (que pueden ser legítimos en algunos casos) que desemboquen en la ira o en violencia del tipo que fuere, que jamás estará en la línea evangélica. Los cristianos debemos mantener ese autodominio personal que nos conduzca a ser señores de nosotros mismos y desde ese autocontrol, ser lámparas que alumbren vidas ajenas y que a través de nuestra conducta vean a Dios.

Sin embargo en ocasiones surge una rabia sorda, íntima, radical incluso, cuando se oyen en la televisión o se leen en los periódicos del día, hechos que hielan la sangre: violencia doméstica, malos tratos, pornografía infantil, asesinatos (abortos, de bebés por sus propios padres, padres y madres muertos por sus hijos,… etc), violaciones y una lista desgraciadamente demasiado larga. ¿Comprenden ustedes que haya rabia, cólera, indignación, impotencia y todo lo que quieran ante semejantes hechos? Es muy difícil, si no imposible, mantenerse sereno pensando en el horroroso sufrimiento de las personas que reciben y padecen esas desgracias. No se puede permanecer impasible ante las personas causantes de estos actos.

Luego viene la serenidad y la rabia e indignación se truecan en oración por esas personas, por esas víctimas, cuyo sufrimiento podremos imaginar.

Pero también pienso que el sentido de ‘manso’ está referido a esa capacidad que presumiblemente todos tenemos, de aguantar los infortunios que pueden surgir cada día, los imprevistos o malas noticia que pueden surgir en algún momento, los trabajos que en ocasiones debemos hacer sin gustarnos,... con ausencia total de ira, violencia mental o cualquier reacción adversa. O sea, con serena naturalidad.

Es saber dirigirnos a las personas que nos rodean con afabilidad, dulzura sin almibaramientos tontos, con exquisita educación y normalidad, para transmitir paz, que para nosotros los cristianos hay que procurar que sea la que Jesús nos dio, la suya, y así acercarlo a Él a los demás sabiéndonos instrumentos de Dios y sus testigos.

Y aún existe otro tema que tiene su importancia en esta Bienaventuranza: ‘Porque ellos poseerán la tierra’. Es el premio que Jesús ofrece a los mansos, pero ¿a qué tierra se refiere?

Insisto en que no soy un erudito en Sagradas Escrituras, pero me apasionan y son mi meditación frecuente. Y hay pasajes en los que he buceado un poquito en ellos y aunque de todos he sacado alguna enseñanza, algunos han sido para mí especialmente beneficiosos. Otros, me han marcado profundamente.

Benvenuto Tisi call -Garofalo- c. 1510-1520

Uno de los que más me calaron fue el final del Evangelio de Marcos. Era un momento intenso para todos los apóstoles porque sabían que era llegado el momento de la separación definitiva en este mundo. Ahora les tocaba a ellos continuar la labor de su Amigo y Maestro. Aquellos ojos, aquellos oídos, debían estar atentos al menor gesto, a la palabra más insignificante, para no olvidarlo y tenerlo presente en su mente y en su corazón. Y lo que les dijo tal vez les pudo romper todas las expectativas de lo que ellos esperaban: ‘Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; pero el que no crea, se condenará’. (Mc. 16, 15-16). Debían conquistar el mundo, la tierra, con el Evangelio y las armas que les dejó que no eran otras más que el Amor, el sacrificio, la entrega sin condiciones, la oración y ese largo etcétera que la Historia de la Iglesia nos ha ido mostrando y que no pocas veces ha sido escrita con la sangre de sus mártires.

Y esa tarea no fue fácil. Y para nosotros tampoco lo es. ‘Os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas’. (Mt. 10, 16). Es nuestro deber continuar la labor evangelizadora que emprendieron los primeros apóstoles en nuestro siglo XXI a través de las Parroquias, de organizaciones eclesiales, de prensa, poblicaciones diversas, radio, televisión, internet y de cuantos medios modernos ponga la tecnología a nuestro alcance. Pero siempre en contacto con Jesús a través de nuestra oración pidiéndole que su Espíritu nos ilumine en esta permanente misión.

Ellos debían poseer esta tierra en la que nosotros vivimos ahora y nosotros también la debemos poseer, pero no para tenerla de forma definitiva. Eso no serviría de nada puesto que a todos nos llegará el momento de morir y presentarnos ante Jesús, el Padre y el Espíritu. No. Sería para que a través de esta tierra nos ganemos la auténtica Tierra: el Reino de Dios, donde ‘se enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena, porque el primer mundo ha desaparecido’. (Ap. 21, 4).

Ya no habrá llanto porque TODO será consuelo, luz, paz, gloria y, por supuesto, posesión del mismo Dios en una adoración perfecta, infinita, plena,…

Arriesguémonos y veamos, con los ojos del corazón, de la Fe, de la Esperanza y del Amor, lo que Juan vio: ‘Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra y el mar ya no existía. Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente, salida del trono, que decía: -Esta es la tienda de campaña que Dios ha montado para los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos’. (Ap. 21, 1-3). ¿Vale la pena? ¿Nos arriesgamos a colaborar con el Creador a construir esa ‘Nueva Jerusalén'? Vamos a ponerlo a nuestro albedrío y en las manos del Salvador que siempre espera una respuesta de cada uno de nosotros.



Que Él y la Virgen de la Puerta de Otuzco nos bendigan y ayuden en nuestra labor participativa de la Evangelización.

domingo, 3 de octubre de 2010

Bienaventurados los pobres, porque suyo es el Reino de los cielos

No sé, ni creo que nadie lo sepa, si Jesucristo volviera hoy a vivir en nuestra sociedad, cómo proclamaría las enseñanzas que encierran las Bienaventuranzas. Ni tampoco cómo ni dónde lo haría.

Probablemente las proclamaría exactamente igual que lo hizo y con idéntico sentido y proyección, e incluso al mismo tipo de personas, porque el mensaje sigue siendo el mismo. Pero hoy acaso nos podríamos encontrar que también tendría una fuerte contestación por parte de los poderosos de nuestro tiempo.

Hoy a todos se nos educa para que tengamos una profesión, un trabajo digno en el que ganemos dinero, cuanto más, mejor, y los valores éticos y cristianos en los que se educaron nuestros abuelos e intentaron transmitir a hijos y nietos, carecen hoy de valor para muchísima gente por desgracia, si bien siempre hay grupos, más o menos pequeños, que educan en el ‘saber ser’ y en el ‘saber estar’ en vez de en el ‘vivir para tener’.

Pero lo que sí me da la impresión es que cuando Jesús empezase a extender este tipo de mensaje se le vería como una persona rara que no está en su sano juicio, porque parece que esos son los parámetros de los que ‘van de listos por la vida’.

¿Cómo lo verían las personas de su tiempo, en el siglo I? A juzgar por las personas que le seguían y escuchaban (‘Y le seguió mucha gente de Galilea, de la Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán’ (Mt. 4, 25) ; ‘Se reunió en torno a Él mucha gente, tanta que subió a una barca y se sentó, quedando las muchedumbres sobre la playa’ (Mt. 13, 2) ‘Se le acercó mucha gente trayendo cojos, ciegos, sordos, mancos y otros muchos enfermos; los pusieron a sus pies, y Jesús los curó’. (Mt. 15:30), parece ser que a todos les traía una gran esperanza a su existencia.

Y no se dirigía a las élites sociales y a los poderosos de la época, no porque su mensaje no fuese también para ellos, sino porque estaban muy bien instalados en sus bienes y en su adineramiento y toda esa ‘demagogia’ les resbalaba. Estaban muy seguros de sí mismos.

Lo cierto es, pienso yo, que todos tenemos claro que hay necesidad de alimentarnos, vestirnos y cubrir unas mínimas necesidades personales y familiares. Es decir, necesitamos el dinero y éste lo debemos conseguir mediante nuestra profesión, trabajo u ocupación, PERO teniendo en cuenta dos cosas:

a) Que no nos esclavice. Es el dinero el que debe estar a nuestro servicio y no nosotros al servicio del dinero. Debemos saber emplearlo según nuestra conciencia. Que no nos domine el afán de VIVIR PARA TENER dinero.

b) Desde nuestra profesión o trabajo debemos proyectarnos a la Iglesia en la cual vivimos y a la pertenecemos y a nuestros semejantes, teniendo en cuenta que Dios nos ha plantado en el huerto donde estamos para florecer y fructificar haciendo presente el Reino de Dios para que Él obtenga ‘réditos’ a través de los talentos que nos ha regalado cuando nacimos a su vida a través del Bautismo. Y si para eso fuese necesario dedicar una parte de nuestro salario, sería una hermosa manera de compartir lo que tenemos. En este sentido recuerdo que había Cursillos de Cristiandad en los que alguna persona no disponía de dinero para abonar su manutención esos días por la causa que fuere, y el Equipo nos ‘rascábamos los bolsillos’ para cubrir su parte, sin que esa persona lo supiera. Y quien dice eso, dice también las numerosas personas que aportan donativos anónimos a necesidades de Cáritas, de las Parroquias o de Organizaciones diocesanas, por ejemplo.

Necesitamos ser libres en nuestro interior ante los bienes materiales que tenemos, teniendo un espíritu de pobreza para usarlo con quien nos rodea.

¿Por qué digo esto? Pienso, y me parece que ustedes estarán de acuerdo conmigo, que no podemos remediar todas las necesidades de personas que sufren la pobreza, y en ese caso hay que plantearse qué sentido tiene la palabra ‘pobre’ cuando Jesús la emplea en el monte.


Gustave Doré

Las personas que componían su auditorio tenían también unas profesiones, las propias de su época: pescadores, mercaderes, agricultores, ganaderos, si bien no como se ejercen en la actualidad. Es posible que hubiese algún pobre de solemnidad, pero acaso no muchos.
Pedro y Andrés fueron pescadores. Lo mismo Santiago y Juan que estaban con su padre Zebedeo. (Mt. 4, 18-22). Y lo dejaron TODO: seguridades, familia, trabajo, comodidad en el hogar,…para seguir al Maestro.

Decía anteriormente qué sentido dio Jesús a la palabra ‘pobre’. Veamos. ¿Recuerdan los ‘anawin’? En lengua aramea significa: ‘hombre pobre, cuya única riqueza es tener a Dios. Que cree radicalmente en Él y, teniéndolo en su ser, le basta para sobrevivir’.

Histórica y socialmente el pueblo hebreo estaba oprimido por Roma que imponía sus normas y leyes en todos los lugares que conquistaba. Israel no era ninguna excepción. Esto provocaba diversos sentimientos de odio, desprecio y rebeldía contra ellos.

Los ‘anawin’ formaban un grupo, como un resto, cuya existencia se fundamentaba, como dice la definición arriba escrita, en la esperanza en Yavé, en la misericordia y compasión que tendría con su pueblo. Esos eran los pobres de espíritu. Por supuesto carecían de condecoraciones, influencias o prestigio sociales ni honores de clase alguna. Pero sí tenían algo infinitamente superior: su fe y esperanza inquebrantables en su Dios. Y eso no tenía ni tiene precio. Está por encima de todo y de todos.

Ellos eran los humildes a los que Isaías se refería al decir: ‘Dios juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la tierra’. (Is. 11, 4).


La Palabra de Dios recoge en diversas citas a los pobres, pero personalmente me enternecen los gritos y súplicas que dirigen a Yavé, y que en mi oración personal con los Salmos me han enseñado muchas cosas a pesar de los milenios transcurridos: ‘Inclina, Yavé, tus oídos y óyeme, porque estoy afligido y soy menesteroso. Guarda mi alma ya que soy tu devoto; salva, Dios mío, a tu siervo, que en Ti confía’. (Sal. 86, 1-2). ¿Qué me dicen de estos ‘pobres’ ¿Realmente lo son? ¿O son riquísimos a los ojos de Dios? Es como para descubrirse ante ellos y aprender de ellos. No en vano les dijo Jesús que ‘de ellos es el Reino de los cielos’. (Mt. 5, 3). Y nosotros, ¿no es a eso a lo que aspiramos? Realmente es un magnífico desafío para nuestra existencia en el siglo XXI, en medio de nuestras dificultades y problemas, tener esas actitudes y ser los ‘anawin’ de hoy, quizá también siendo otro ‘pequeño resto’.

Es difícil, ya lo sé, pero hay que nadar contra corriente. La Iglesia está perseguida de forma descarada en algunos lugares y en otros de forma taimada, vil y rastrera. Pero nuestra respuesta está en la humildad de los ‘anawin’, pero con la fortaleza que nos da el Espíritu que mueve a la Iglesia y con la sensatez, firmeza y coraje que el seguimiento del Evangelio requiere.

A estos acosadores y difamadores que desprecian el mensaje de Jesús y a Jesús mismo, se les podría aplicar lo que dice el profeta Amós: ‘Escuchad esto los que aplastáis al pobre y querríais exterminar de la tierra a los infelices’. (Am. 8, 4).

Echando una ojeada a la Historia se puede comprobar que por mucho progreso y bienestar social que haya en las naciones, siempre habrá pobres necesitados de algo o de mucho, indigentes con una vida hecha pedazos por la circunstancia que fuere y miles de casos que surgen a diario. (Y digo yo: Si Cáritas internacional, nacional, del país que sea, diocesana y local escribiera los casos que atiende, ‘creo que este mundo no podría contener los libros’. (Jn. 21, 25). ¿Tengo razón? La respuesta la dejo a su criterio.

Pero lo importante es que siempre estemos atentos a remediar esas necesidades y transmitiendo a la vez una esperanza en el Dios del Amor, que es lo que realmente nos mandó Jesucristo en su despedida: ‘Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros COMO yo os he amado’. (Jn. 13, 34-35).

Es el mismo Dios quien nos ha dado el mejor ejemplo de pobreza naciendo en un humilde y maloliente establo en Belén de Judá y admitiendo como sus primeros adoradores, aunque ellos no supieran el alcance de la realidad que estaban viviendo, a los pastores del lugar, los más pobres en la escala social de la época.

El profeta Sofonías NOS dice (porque salvando el enorme montón de siglos es totalmente válido para nosotros): ‘Buscad a Yavé los pobres de la tierra. Dejaré en medio de ti un resto, un pueblo pobre y modesto que esperará en el nombre de Yavé’. (Sof. 2, 3 y 3, 12).

Y para cerrar esta entrada, deseo dedicarla a la persona pobre por excelencia, al perfecto ‘anawin’ a quien debemos todo el género humano muchísimas cosas, aunque algunos sean ‘miopes’ para verloo reconocerlo. Pero ahí está la gran realidad: LA VIRGEN, MADRE DE JESUCRISTO, gracias a la cual, a su SI puesto en manos del Padre, de Yavé, de quien todo lo esperaba, nos vino la Redención: ‘He aquí la sierva del Señor; hágase en mí, según tu palabra’. (Lc. 1, 38). O sea, seguía la voluntad del Todopoderoso con una Fe ciega puesta en Él. Es más.



JOSÉ DE RIBERA

¿Recuerdan el Magníficat? Parémonos, aunque sea brevemente, a mirar, admirar y meditar lo que esta MUJER (así, con mayúsculas, honra de todas las mujeres) responde al saludo de Isabel: ‘…porque ha mirado la humildad de su sierva…Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes’. (Lc. 1, 46-56).

Analicemos: a) humildad. Es pobre de espíritu. b) ‘Tiene misericordia sobre los que le temen’. Es una característica propia de los ‘anawin’. No sé si me equivocaré o no, pero me da la impresión de que el Magníficat podría ser el himno oficial de los ‘anawin’, de los que confían en Dios, de los que se saben sin fuerzas y se entregan a la Santísima Trinidad para que ‘haga cosas grandes en ellos’. (Lc. 1, 49).

Esa es María, la llena de Gracia.
Esa es nuestra Madre por expreso deseo de Jesús desde la Redención en la Cruz.
Esa es nuestra Madre por aceptación personal de cada uno de nosotros desde la libertad con la que el Creador nos ha adornado.
Esa es la Madre a la que nos entregamos en cuerpo y alma para que nos conduzca al Padre, según le pedimos en el Ave María: ‘Ruega por nosotros, pecadores, AHORA y EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE’.



Que Jesucristo Redentor y Nuestra Señora de Guanajuato nos bendigan y ayuden siempre en nuestras necesidades.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Las Bienaventuranzas

¡Qué muralla veo frente a mí a la hora de afrontar las Bienaventuranzas! ¿Por qué? Pues verán ustedes. Por una parte hay cosas que van a coincidir con las Obras de Misericordia, anteriormente expuestas y comentadas.


Cosimo Rosselli, 1481

Por otra parte se agolpan en mi mente un cúmulo de ideas tan grande y tantas vivencias, que no sé si voy a poder ordenarlas adecuadamente para su mejor comprensión, porque el Sermón del Monte es lo suficientemente serio y trascendente como para tener el rango de un programa para toda la vida de cualquier cristiano, sea quien sea, sea como sea, viva donde viva.

La Iglesia es universal y ecuménica y los cristianos tenemos ese denominador común en nuestra vida que es el autor de este programa: Jesús de Nazaret. Y eso supone que hay que llevarlo a la práctica si verdaderamente nos consideramos discípulos suyos, con todas las consecuencias. Es difícil, ya lo sé, pero con la oración, tanto individual como comunitaria, los Sacramentos y una gran dosis de abandono en manos del Padre, del Hijo y del Espíritu, lo podremos conseguir a pesar de las dificultades con las que nos encontraremos en nuestro interior, con nosotros mismos, y también con el exterior que nos rodea: personas, situaciones, disgustos, dudas,…

Mateo las recoge en el capítulo 5, versículos 1 al 12 y Lucas en el sexto de los capítulos de su Evangelio como él. o, versículos del 20 al 23, recogiendo solamente cuatro Bienaventuranzas, en vez de las ocho que expone Mateo. Personalmente ignoro la razón. Tal vez porque Mateo, judío converso en el mismo instante de la llamada del Maestro, escribió para sus conciudadanos, también judíos conversos y pensando tal vez en que de esa manera podría contribuir a que completaran sus conocimientos de la doctrina y la figura del Maestro.

No así Lucas. Era gentil, concretamente de Antioquía, persona culta para la época que le tocó vivir y médico. Los destinatarios de su Evangelio fueron, como él, también gentiles convertidos al cristianismo, y quiso transmitirles el mensaje de Jesucristo, como si quisiera que descubriesen, mediante ese mensaje, la universalidad del Evangelio.

No podían perderse las enseñanzas del Salvador, ni su Pasión, Muerte y Resurrección. Ello comportaba un nuevo enfoque de la vida. Una nueva llamada para aprender a asumir una existencia diferente.

Y las Bienaventuranzas marcaban la pauta a seguir, para ellos y también para nosotros en nuestro hoy particular.

Pero no nos confundamos. El Evangelio hay que vivirlo en su totalidad. Sin reservas de ningún tipo, lo cual significa que aunque las Bienaventuranzas sean un programa de vida (el de Jesús),no se pueden mirar desde fuera del Evangelio porque entonces lo estaríamos mutilando.

No olvidemos que a lo largo de la Historia han surgido personas (Madre Teresa de Calcuta, Teresa de Jesús, Rosa de Lima, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, Juan de la Cruz, Teresa de los Andes y una interminable lista de santos, que hicieron del Evangelio el modelo para sus vidas y de Jesucristo el eje y motor de su existencia.


El joven Rabí de Galilea iba desgranando atardeceres y amaneceres por los polvorientos caminos de su tierra en compañía de sus amigos anunciando la Buena Nueva y ‘viendo la muchedumbre subió a un monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras: Dichosos los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los cielos….’ (Mt. 5, 1-12).

El cómo se enteraron los componentes de la muchedumbre de cuanto decía es lo que menos importancia tiene. Lo realmente importante es el magnífico discurso que pronunció con un contenido lo suficientemente denso como para ser analizada cada una de las Bienaventuranzas despojándonos de las corazas que nos puedan impedir la sinceridad y objetividad con nosotros mismos y ver en qué nos afecta y cómo es nuestro compromiso cristiano desde cada una de ellas.

No olvidemos que las Bienaventuranzas deben ser vistas desde la Palabra divina porque están contenidas en el Evangelio y fue la Palabra, el Logos, quien nos transmitió ese mensaje, hoy vivo, actual, cautivador y… difícil de llevar a cabo, aunque no imposible con Su ayuda. Pidámosla. Nuestra oración debe ser lo suficientemente rica como para que desde nuestra pobreza (Bienaventurados los pobres…) le pidamos fuerza, luz y Gracia para hacerlas posibles en nuestras vidas. ¿No tenemos los Sacramentos? ¿No está a nuestro alcance la Eucaristía, mediante la cual Jesús viene a nosotros y hace morada en nosotros? Pues no tenemos derecho a desperdiciar esas ocasiones de recibirlo.


Sí, amigos. Las Bienaventuranzas deben ser en nosotros un continuo engendrar la Vida de Dios en nuestra existencia. Deben ser ‘una lámpara que se coloque sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa’ (Mt. 5, 15-16). Y esa ‘casa’ es todos los ambientes en los que nos movemos para que vean la verdadera Luz a través de nuestra forma de ser, de nuestra forma de actuar, de nuestra manera de descubrir los signos de los tiempos, de nuestra forma de concebir las cosas y los problemas y seamos espejo a través del cual se refleje Dios a los demás.

Debemos aprender a observarnos a nosotros mismos introspectivamente viendo, por ejemplo, la paradoja de nuestra vida entre la pobreza que debemos observar y la riqueza de dones con que Dios ha enriquecido nuestra persona para que sigamos sus caminos y hagamos realidad en nosotros sus planes, viviendo las Bienaventuranzas en su totalidad.

San Pablo decía: ‘Aunque tuvierais diez mil maestros en la fe, padres no tenéis muchos; he sido yo quien os ha hecho nacer a la vida cristiana por medios del Evangelio. Os suplico, por tanto, que seáis imitadores míos’. (I Cor. 4, 15-16). Y eso es un sabio consejo para sepamos transmitir el mensaje de quien nos ha creado. Que seamos el puente a través del cual pasen todos para llegar a Dios y luego olviden, porque lo que realmente deben ver no es el ‘puente’, sino el ‘fin del puente, donde se encuentra el Absoluto, que a fin de cuentas, es el objetivo real de nuestra vida.


Las Bienaventuranzas son el camino real de planificación de nuestra existencia cristiana. Ese conjunto de promesas que Jesucristo hace en el monte son la manifestación de la misma vida que el Salvador vivía en su etapa humana. Son el retrato que hace de sí mismo. Son una invitación personal a cada uno de nosotros para que sigamos sus huellas y nos pongamos en el camino que nos lleve a escribir la aventura de una nueva Historia a través de nuestra historia personal contribuyendo a continuar la creación de un nuevo mundo que siguiendo las enseñanzas que Jesús nos da a través de las Bienaventuranzas y del resto de la Palabra nos conduzca a hacer realidad, con la ayuda del Espíritu de Dios, ‘un cielo nuevo y una tierra nueva’ (Ap. 21, 1).

Sí Es muy hermoso, ya lo sé, pero a pesar de la dificultad de llevarlo a la práctica, ver al Maligno caer al abismo totalmente vencido, a la Trinidad absolutamente triunfante sobre el Mal y a la Mujer aplastando la cabeza de la Serpiente, todo ello con nuestra pobre aportación, habrá valido la pena.


Confiemos en que Nuestra Señora de la Presentación del Quinche y en Dios y pidámosles también que nos bendigan.

domingo, 19 de septiembre de 2010

La enfermedad y el dolor del cristiano (y II)

Esta semana voy a intentar dejar terminado este tema, si bien estoy seguro que no es así, porque el dolor, el sufrimiento del tipo que fuere y la enfermedad podría tener tantas variantes como personas vivimos en este bendito planeta llamado Tierra y es un tema siempre inacabado. Todos podríamos exponer, con lo cual nos enriqueceríamos mucho y acaso nos ayudásemos mutuamente, nuestras propias experiencias así como la forma de intentar dominarlas entre la Medicina y nuestra confianza en el buen Dios. En fin. Vamos allá.

Acaso alguien pudiera pensar que la época bíblica que relatan estos hechos comentados la semana pasada referentes al dolor y la enfermedad, no es la del siglo XXI y ahora hay muchos avances médicos y farmacológicos. Es cierto, pero eso no modifica un àpice la situación. Continúan las enfermedades, continúa el dolor, continúa la esperanza en la curación y en ocasiones…continúan los desengaños en las esperanzas de curación o mejora que teníamos. Y acaso alguno de ustedes me pueda dar la razón.

Incluso me atrevo a decir y digo con conocimiento de causa, que hay unos médicos, enfermeras y enfermeros, así como sacerdotes que llevan la Capellanía en los hospitales, que con sus concienzudos trabajos, con un trato totalmente humanizado y cristiano hacia los enfermos, preocupándose no sólo de sus dolencias físicas sino también de los problemas personales que pueden ser causa de algunas de esas dolencias, hacen una labor humanitaria que jamás estará pagada ni compensada en lo que realmente vale porque va más allá de las tareas clínicas que les corresponden. Y eso los enfermos sabemos valorarlo porque ese trato, cuando vamos amargados a un hospital y encontramos la afabilidad del trato y del ánimo que recibimos, sentimos un agradecimiento tan grande de ver que nos consideran PERSONAS con los problemas de salud que traemos y los otros problemas que llevamos a cuestas, que sentimos hacia ellos un agradecimiento, una seguridad en sus tratamientos que nos hacen estar predispuestos a la sanación ‘de otra manera’.

Incluso existe una Comisión de Humanización formada por profesionales de la salud que intenta marcar pautas de actuación con los enfermos de los hospitales con el fin de hacerles sentir, dentro de lo que cabe, un bienestar y una seguridad en su estancia hospitalaria de la que están muy necesitados. Que dentro de sus dolencias, se encuentren como si estuviesen en su propio domicilio.

¿Saben una cosa? En el campo de las ayudas a enfermos sería injusto no nombrar al voluntariado de hombres y mujeres de todas las edades que se dedican a atender y ayudar enfermos en muchas facetas: facilitando una orientación sobre ubicación de servicios hospitalarios, estando presentes en algunos servicios (Rayos X, hospital de día, oncología y un largo etc.) independientemente de su permanencia en el despacho en el que tienen lo que podríamos llamar su sede, acompañan a los enfermos que los pueden necesitar en su habitación ayudándoles en la comida u otros menesteres,… Con los niños se encargan de distraerlos con juegos, música, teatro o con la mil y una posibilidades y recursos que tienen para hacerles llevadero su problema de salud. Todos tienen una formación específica en lo referente al voluntariado y en relación de ayuda que les hace ser especialmente válidos en los hospitales.

Está claro que hemos de hacer lo que podamos por mejorar nuestra salud (ya sé que esto es evidentísimo) con la medicación y los tratamientos que se nos puedan dar, pues a nadie nos gusta estar enfermo y aguantar el sufrimiento. Pero desde el punto de vista cristiano todo sigue igual que hace siglos, es decir, con la mirada puesta en la Cruz. Los israelitas hicieron la serpiente de bronce en el desierto para ser curados de la picadura de serpientes venenosas (Num. 21, 6-9). Nosotros tenemos Alguien a quien mirar porque se lo debemos todo. No en vano nos dijo que él es el Camino, la Verdad y la Vida.

La serpiente de bronce. 1841.-F.Bruni

Además, la Iglesia, Madre y Maestra, también se preocupa de esta faceta de sus hijos. Juan Pablo II publicó su Carta Apostólica ‘Salvici Doloris’ dando una muestra inequívoca de la postura que tenía la Iglesia manifestada a través del sucesor de Pedro. Lean, por favor:

‘En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. «Pasó haciendo bien », y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal. Estos son los « pobres de espíritu », « los que lloran », « los que tienen hambre y sed de justicia », « los que padecen persecución por la justicia », cuando los insultan, los persiguen y, con mentira, dicen contra ellos todo género de mal por Cristo..’. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, 16.-11-02-84.)

¿Es así o no? Paro hay más. Pienso que en este tema tan sensible para nosotros, debemos caminar espalda contra espalda, hombro con hombro, ayudándonos y animándonos mutuamente. ‘En caso de caída, el uno levanta al otro; pero ¡ay del solo que cae y no tiene a nadie que lo levante!’ (Ecl. 4 10). Estoy bastante metido en este mundo del enfermo y veo, especialmente en los que no pueden salir de casa o viven prácticamente solos, cuánto agradecen la compañía y el diálogo (especialmente cuando se les escucha) cuando les llevamos la Comunión los domingos o los visitamos entre semana. Procuramos acercarnos a ellos con el respeto y el cariño que merecen. En ellos está Cristo. ‘Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’ (Mt. 25, 40). Ellos son algo que no se acaba de entender bien en nuestra sociedad, excesivamente mundanizada: el tesoro de la Iglesia. Precisamente por el valor redentor de su dolor y de su sufrimiento.


En este sentido dice San Pablo: ‘Ahora me complazco en mis padecimientos por vosotros y en compensación completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia’. (Col. 1, 24). Y eso es, ni más ni menos, que sentirnos unidos a aquel Gólgota de la Historia, cuyo Protagonista cambió la faz del mundo y le dio unos nuevos horizontes de los que nosotros somos herederos. De ahí que miremos el futuro con expectativas de esperanza. Fácil no es mucho, ya lo sé. Pero cuando se tiene el sentido de ser protagonista de una epopeya que escribimos con nuestros sufrimientos bajo las banderas de Cristo Resucitado, que ha vencido el dolor y, sobre todo, la muerte, ¿a qué vamos a temer?

El dolor y la enfermedad pueden ser un aliciente que nos impulse a la superación personal, sin que eso signifique que deseemos estar enfermos, pero jamás deberemos desperdiciar la vida en lamentos y ayes estériles que no conducen a ninguna parte. Está claro que en ocasiones son inevitables y tenemos derecho a desahogarnos de alguna manera, pero luego mantengamos nuestra ecuanimidad, nuestra propia autoestima y, muy importante, nuestro sentido del humor. Es tremendo el valor que tiene y la ayuda que da en estos momentos crudos en que ‘aprieta’ ese vecino tan molesto que todos tenemos llamado dolor, siendo fundamental el apoyo, atención, ánimo y cariño que el enfermo pueda recibir de sus familiares y amigos. De esto, doy fe y siempre le he agradecido. Todos sabemos que nos apoyamos mutuamente en todos los acontecimientos familiares del tipo que fuere, el último de los cuales fue el atropello de mi esposa por un automóvil todos vivimos (y sufrimos) su extrema gravedad, en bloque.

El sentido del humor es imprescindible en cualquier momento. Riámonos de nosotros mismos y de nuestras limitaciones. Seamos como el niño o la niña que se hace daño con cualquier cosa y dice ‘¡Pues ahora no lloro!’ cuando sentimos algún que otro ‘mordisco’ que nos desafía en ese cuerpo que el Señor nos ha dado para darle gloria con él. Para eso tenemos su Gracia que se hace presente en los Sacramentos en cualquier momento de nuestra vida y, en estos casos, con más necesidad que nunca. Que nadie tenga miedo o respetos humanos a solicitar el Sacramento de la Unción DE LOS ENFERMOS. ¡Si está puesto para que nosotros nos encontremos con Jesucristo!

Miren ustedes. En nuestra ermita se programó el ‘Día del Enfermo’. El Equipo, con nuestro Vicario parroquial coordinando todo, preparamos un acto cuidando todos los detalles para que los enfermos se encontrasen a gusto y no se sintiesen como algo que va allí para que todos los miren y los compadezcan. No. No era eso. La compasión es lo que menos necesitamos. Se trataba de que se sintiesen protagonistas, personas útiles a través de sus enfermedades y limitaciones, en esa gran familia que es la Iglesia.

En principio estaba previsto que recibieran la Unción los enfermos aquellos a los que llevamos la Comunión, unos ocho, pero dejando la puerta abierta para que si algún enfermo o persona con edad avanzada lo deseaba, también pudiese recibirlo. Incluso a personas que sabíamos que tenían enfermedades más o menos serias o crónicas les invitamos personalmente a recibir el Sacramento. No se atrevían. Salir en medio de tanta gente a que los vieran…les imponía muchos respetos humanos.

El día llegó. El Vicario hizo una explicación del acto (aquello parecía una catequesis en toda regla) y qué era el Sacramento que se iba a dar, invitando a los presentes que creyeran que podían recibirlo por padecer alguna enfermedad, podían hacerlo, haciendo especial hincapié en que NO ERA LA EXTREMAUNCIÓN, que solamente se aplicaba cuando el enfermo estaba moribundo, sino que la Iglesia, no solamente había cambiado el nombre, sino que había querido que los enfermos, aun sin estar graves, pudiesen recibir el Sacramento.

Todo empezó muy bien. Participaron incluso los cuidadores de los enfermos, pero cuando llegó el momento de recibir el Sacramento, se acercaron al Presbiterio unas ciento veinticinco personas de las presentes. Incluso los que habían declinado el ofrecimiento de recibirlo por los respetos humanos al sentirse protagonistas del acto, como me dijo una enferma que había invitado previamente y me dijo que no. Al finalizar, muchísima gente entró a la sacristía a pedir que ese acto se continuase celebrando. Realmente fue emocionante para mucha gente (yo, uno de ellos, como enfermo y como componente del equipo). Y creo que todos aprendimos un poquito más de lo que supone hacer presente a Jesucristo en nuestras dificultades. Fue como el abrazo de ánimo de Jesús a todos nosotros.

Tanto en Antiguo como en el Nuevo Testamento podemos ver que personas como Abraham, Moisés, Elías, Pablo de Tarso, Esteban, y tantos otros no lo tuvieron fácil en los padecimientos y dificultades que tuvieron, pero no les faltó el auxilio de la Gracia que les ayudó en cuanto Dios les pedía. Ahora nos toca a nosotros y permítanme que les haga una sugerencia. Si tenemos momentos de pasarlo mal por el dolor, el sufrimiento del tipo que sea, la enfermedad o lo que cada uno sabe, ¿por qué no lo ofrecemos por las vocaciones, por la perseverancia de los sacerdotes, religiosos, religiosas y de los laicos que día a día hacen presente la realidad de la Iglesia? ¿Se imaginan el valor y los resultados de lo que podamos ofrecer? Si no lo imaginan, no importa, porque Dios que va a recibir todo nuestro sacrificio sabrá acogerlo y hacerlo fructífero donde Él quiera, como Él quiera y cuando Él quiera.

NAUFRAGIO DE SAN PABLO EN MALTA.-Nicolò Circignani

Comenzaba esta entrada con un pensamiento de José Luis Martín Descalzo, sacerdote ya fallecido, y no me resisto a la tentación de cerrarla con este otro, también suyo, que me dio y me sigue dando una gran esperanza. Con personas así, realistas ante el dolor y la enfermedad desde el prisma cristiano de su dura experiencia, vemos que no es imposible cristianizar el dolor y la enfermedad y hacer de ellos una ofrenda permanente en las Eucaristías que vivamos, aunque sean por televisión si no podemos acudir a ellas personalmente por alguna imposibilidad temporal o definitiva. La Comunión de los Santos y Jesucristo triunfante y vencedor de la muerte, ya se encargarán de que fructifiquen nuestros sufrimientos.

‘Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo’. (José Luis Martín Descalzo. Sacerdote).




Que Dios, nuestro Padre, y Nuestra Señora de Akita nos colmen de bendiciones.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La enfermedad y el dolor del cristiano (I)

‘El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad’. (José Luis Martín Descalzo. Sacerdote)

Estas palabras no son mías. Pertenecen a un sacerdote, también periodista y escritor, José Luis Martín Descalzo, que supo, desde su propia experiencia dolorosa, el desgarro que le producía el dolor de su enfermedad renal que, día a día, le hacía volverse hacia Dios y hacia las personas.

Personalmente debo confesarles que me ha ayudado muchísimo leerlo, lo mismo que otro gran amigo de la familia, también sacerdote: Juan de Dios, Juande para los amigos, el cual lleva soportando sus limitaciones físicas desde hace un mínimo de treinta y ocho años (el tiempo que lo conocemos), con una entereza, alegría, buen humor y optimismo envidiables, así como su hermana Asunción, que también ‘entiende’ de este tema.

Permítanme (y excúsenme) que les haga unas confidencias. Sobre este tema no digo nada ‘de memoria’, porque lo he vivido y lo sigo viviendo. Cuando hace veintisiete años, cuatro días después de mi segunda intervención quirúrgica en la zona lumbar de la columna vertebral, el neurocirujano me dijo: ‘Juan Manuel, la operación ha ido todo lo bien que se ha podido porque usted ya no soportaba más operación. Después de cinco horas y media en quirófano ha habido un momento crítico que nos impidió continuar. El dolor le acompañará mientras viva. Cuando ya no pueda soportarlo tome esta medicación que le prescribo’.

Por mi esposa y unas religiosas amigas, supe después que el ‘momento crítico’ coincidió con el momento de la Consagración de la Eucaristía que se estaba celebrando en la capilla de la clínica. ¿Qué quiero decir con esto? Nada…y todo a la vez.

Previamente había pedido la Unción, porque como yo también sé de Quién me fío, quise que también Él me acompañase en el quirófano.

Después…la vida, las limitaciones, el dolor y el sentido del humor que recobré después de los cinco amargos días posteriores a las palabras del neurocirujano, que no se los doy a pasar a nadie, y de la visita que nos hizo nuestro amigo Juande, muy fastidiado, como hacía mucho tiempo que no lo veía de esa manera, pero que se presentaba con una dosis de optimismo físico y espiritual que me supo inyectar. Ahí empezó mi comprensión de lo que supone participar en la Redención de Cristo, sin ningún mérito por nuestra parte, sino por la misericordia de Dios que nos permite esa participación.

A través de los años hasta llegar al momento de redactar este escrito, ha habido muchas experiencias, muchas llamadas de atención del Maestro y de la Madre, mucha oración esperanzada y, en ocasiones, desesperanzada, pero siempre abierto a un futuro mejor y más prometedor en comunión con Jesucristo. Y, desde luego, no vivir haciendo del dolor el eje de nuestra existencia. No. No le hagamos caso. Los calmantes existen. Tomémoslos cuando los necesitemos siguiendo las normas de los médicos, pero llenándonos de proyectos que nos impulsen, dentro de las limitaciones que podamos tener, a una existencia plenificadora fundamentada en el Evangelio. Olvidémonos del dolor. Cristo, en la Cruz, se olvidó de sí mismo para perdonar a los que le crucificaban y para darnos su Madre como Madre nuestra. Y también Él es nuestro Maestro en este tema.


Giovanni Battista Tiepolo

Sabía y sé que con Él, el sufrimiento, las molestias, los dolores, tienen un significado y un sentido plenos. Es necesaria una purificación continua a través de ellos y encontrarnos unidos a todos los que sufren, cada uno a su manera, y todos juntos unidos a la Vid, podremos encontrar una satisfacción a través del ofrecimiento del dolor que Dios puede hacer fructífero. ¿No decimos que creemos en la Comunión de los Santos? Pues hagámosla realidad con nuestro sufrimiento unido al del mundo entero y, todo junto, unidos a Jesucristo.

En diversas ocasiones me he tropezado con personas que llevaban una enfermedad más o menos seria, con un sufrimiento real y duro, lamentándose e interrogándose de por qué Dios le había enviado ese castigo. Y en estos casos reconozco que soy intransigente y cada vez que se plantea esto delante de mí, no puedo callarme.

Vamos a ver. Si el Evangelio nos relata numerosos casos en los que Jesús SE COMPADECE de los enfermos y los cura en cualquier momento, situación y circunstancia, ¿cómo va a mandar, como Dios que es, las enfermedades a las personas? Fijémonos: ‘Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias del pueblo’. (Mt. 4, 23).



George Percy Jacomb-Hood

Jesús vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo, y a través de ellas quiere acercar el Reino de Dios a los que le llevan y a quienes los llevan. ‘Llegó uno de los jefes de la sinagoga, se arrojó a sus pies y dijo: Mi hijita se está muriendo. Ven e imponle las manos para que sane y viva. Se fue con él….Cuando llegaron a casa del jefe de la sinagoga les dijeron: Tu hija ha muerto. ¿Por qué molestar ya al Maestro. Jesús dijo: NO TEMAS, TEN SÓLO FE. …Llegando a la casa les dice: ¿A qué viene ese alboroto y ese llanto? La niña no ha muerto, duerme….Tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que iban con Él y entró donde estaba la niña. Y tomándola de la mano, le dijo: “Talitha qum”, que significa “Niña. A ti te digo. ¡Levántate!”. Y al instante se levantó la niña y echó a andar’. (Mc. 5, 21-43). Claro, que durante el camino a casa de Jairo ocurrió el episodio de la hemorroísa, a quien también curó por su fe. Me parece que es una prueba fehaciente de lo que supone para Jesús la enfermedad y el dolor.

Sí amigos. Jesús no solamente se dejó tocar por esta mujer y por otros enfermos, sino que era y es capaz de conmoverse ante el sufrimiento hasta el extremo de hacer suyas sus dolencias y las nuestras, como recuerda Mateo en la frase de Isaías: ‘Le presentaban muchos endemoniados y arrojaba con una palabra los espíritus, y a todos los que se encontraban mal los curaba, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías: Él tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias.’. (Mt. 8, 16-17). (Is. 53, 4).

Lo mismo en el sentido del castigo. Jesús venía a SALVAR, no a condenar. Ese concepto de Dios se daba en el Antiguo Testamento. ¿Recuerdan el Libro de Job y sus enseñanzas? Después de todo el calvario que tuvo que pasar, de su entereza y confianza en Dios, Éste le premió: ‘Yavé restableció a Job, después de haber rogado él por sus amigos, y acrecentó Yavé hasta el duplo todo cuanto antes poseyera’. (Jb. 41, 10-17).

Veamos lo que dice Ezequiel: ‘Diles: Por mi vida, dice el Señor, Yavé, que yo no me gozo en la muerte del impío, sino en que se retraiga de su camino y viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos’. (Ez. 33, 11). Ese mensaje de Dios, ¿puede desear el castigo de una enfermedad? Y fíjense en Isaías: ‘¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaría. Mira te tengo grabada en mis manos, tus muros están siempre delante de mí’. (Is.49. 14-16). Incluso podría aplicarse este mensaje divino hoy a este tema tan polémico hoy, por desgracia, sobre la plaga del aborto que la sociedad soporta.

Jesús también se encargó de desmontar este criterio llamando a Dios Padre y mostrándolo con entrañas de misericordia, que no quiere la muerte del pecador, sino su conversión. ‘Vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes que se las pidáis. Así pues, habéis de orar vosotros: Padre nuestro, que estás en los cielos…’ (Mt.6, 8-11).

Pienso que todos tenemos claro que nuestro cuerpo es materia y está sujeto al desgaste de su organismo. Aun cuidándolo estamos expuestos a muchas cosas, desde el simple resfriado al accidente de automóvil con sus secuelas, pasando por las herencias genéticas de nuestros antepasados, que todos tenemos. Incluso, con el paso de los años, cuando entramos en lo que se ha venido en llamar ‘la tercera edad’, una forma muy elegante y compasiva de decir que tenemos muchos años vividos sobre nuestros hombros, Jesús no permanece impasible y valora nuestras dificultades. Si leemos Lc. 2, 22-38, vemos que el evangelista recoge precisamente la actuación de dos ancianos, Simeón y Ana, para anunciar a María y a José lo que va a ser el Niño que llevan en sus brazos. Resalta así el amor a Dios de esos dos ancianos, su piedad y su esperanza en que Dios cumpla sus promesas.

Pero nosotros tenemos nuestro hoy. Nuestro día a día llevando a cuestas nuestra frágil salud de hierro, entera o resquebrajada. Pero sabiendo que hay Alguien que vela por nosotros y nos cuida en la salud y en la enfermedad, en la riqueza o la pobreza (¿les suenan de algo estas palabras? Pero nos vienen como anillo al dedo) todos los días de nuestra vida. Y también de nuestra muerte.

Como el tema es algo largo, lo finalizaremos la semana próxima para no cansarles.


Que Jesucristo, que conoció el sufrimiento en sumo grado y venció la muerte, y Nuestra Señora la Virgen de los Remedios de Riohacha, nos llenen con su bendición.