martes, 12 de abril de 2011

Ayudar a la Iglesia en sus necesidades (1ª de 3 partes)

SANTÍSIMO CRISTO DEL MAR

Sí, amigos. He estado pensando varios días en la forma de enfocar este tema, porque dentro de él hay muchos aspectos para comentar y, evidentemente, no todos podemos estar de acuerdo en todo.

Aunque tengo mi propio criterio y es inevitable que lo deje traslucir, he procurado ser objetivo. Verlo en toda la dimensión social, espiritual y religiosa que tiene. Incluso no sé si me extralimito, aunque creo que no, en su aspecto artístico. Raro, ¿verdad? Pues ya llegaremos.

Lo que lamento verdaderamente es no poder hablar directamente con todos ustedes, pero ¿qué le vamos a hacer? Es éste un tema realmente apasionante, como otros muchos quizá, pero con sus propias características. Vamos allá.

Es obvio que la Iglesia está asistida por personas que se dedican plenamente a ella a través de su servicio y disponibilidad, que tienen una dedicación pastoral distinta al resto de fieles. De la misma manera que un laico vive, se alimenta y viste por el salario que recibe del ejercicio de su profesión o por su trabajo, sea cual fuere, los sacerdotes y religiosos necesitan unos ingresos mínimos para lo mismo: vivir, alimentarse y vestir.

‘¿No sabéis que los que ejercen funciones sagradas viven del templo, y los que sirven al altar, del altar participan?’ (1 Cor.9:13). Esta cita de San Pablo corrobora lo dicho anteriormente.

Los propios templos, monasterios, conventos o el edificio religioso que sea, necesita un mantenimiento como cualquier otra edificación, e incluso mejoras, para potenciar las distintas actividades que se dan, de los tipos que sean. Y eso requiere una economía mínima que debe salir de algún sitio y la mayoría de las veces viene de los componentes de la Iglesia: los cristianos.

Esa es la razón de ser de este Mandamiento que tiene su propia historia, desde las limosnas (recordemos el óbolo de la viuda, en tiempos de Jesucristo y la observación que hace a sus discípulos. Ver Mc. 12, 41-44), hasta las donaciones, grandes o pequeñas, que en ocasiones se han transformado en Casas de Ejercicios Espirituales, lugares para retirarse a meditar y orar o en cosas semejantes, por poner un ejemplo, desde tiempos de Jesucristo hasta nuestros días, pasando por todas las edades de la Historia y con las costumbres existentes en cada una de ellas.

Y la Iglesia siempre se ha amoldado a la etapa histórica que le ha tocado vivir en cada momento y sigue viviendo, desde hace dos mil y pico años, conservando su lozanía a pesar de las persecuciones, incomprensiones, trabas y tantas cosas que tuvo y sigue teniendo, que no han hecho otra cosa que fortalecerla y rejuvenecerla.

La Iglesia, atenta siempre a las necesidades de cada momento, siempre tiende la mano al más necesitado según el espíritu de la doctrina del Maestro, sin importar raza, color de la piel o religión. Es su Catolicidad, su universalidad, su atención a quien ha sido objeto de la Redención: el género humano.

De cualquier forma pienso que no estará de más recordar algo de historia. ¿Recuerdan la antigua forma que tenía la expresión de este Mandamiento? ‘Pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios’. Así lo aprendí en la catequesis de mi Primera Comunión.


Personalmente me parece mejor, más acertada, la redacción actual, pero aquello merece un comentario. En principio, el verbo ‘pagar’ no me parece el más adecuado, porque la Iglesia no ‘cobra’ por realizar su misión o por efectuar algún servicio (dar una Unción, celebrar una Eucaristía por algún difunto o por alguien que realmente necesita que se pida por él o ella, etc.).

Somos los cristianos los que ‘damos’ voluntariamente lo que en conciencia creemos que debemos aportar para contribuir al sostenimiento y mantenimiento de esta sociedad que, aunque divina por razón de su Fundador, Jesús, Hijo de Dios y Dios como el Padre y el Espíritu Santo, también es humana por razón de quienes la componemos a raíz de nuestro Bautismo, por el cual entramos a formar parte de la Iglesia.

Por qué, pues, lo del ‘diezmo’ y las ‘primicias’? El origen está en el Antiguo Testamento. En el Libro de los Números podemos leer: ‘Los levitas de veinticinco años arriba entrarán a ejercer su ministerio en el servicio del tabernáculo de reunión. Pero desde los cincuenta años cesarán de ejercer su ministerio, y nunca más lo ejercerán’. (Núm. 8, 24-25

Es decir, que Dios ya dispone que la tribu de Leví, de la que procedían los sacerdotes, debía dedicarse al servicio del tabernáculo. El resto de las tribus debían contribuir a su sustento con el diez por ciento de sus ingresos. De ahí viene la palabra ‘diezmo’.

Pero también es cierto que ese diezmo debía darse entregando los productos propios del pueblo: aceite, trigo, animales,… Los sacerdotes lo guardaban en una especie de almacén para ir tomando paulatinamente lo necesario para vivir.

No significa esto que no se empleara el dinero en aquella época, pues sabemos, por ejemplo, que Abraham compró la tumba de su esposa Sara en la cueva de Macpela, en Hebrón. Y también se sabe que a los trabajadores se les abonaba un denario por día trabajado. (Mt. 20, 1-16)


Personalmente les puedo decir que en ninguna de mis incursiones lectoras por la Biblia he encontrado pasaje alguno en el que el ‘diezmo’ se nombre fuera del pueblo de Israel. En las primeras comunidades cristianas de la Iglesia, no he leído en Hechos, Cartas ni en parte alguna, que se hable de ese término en sentido propio. Pero sí dice: ‘Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común’. (Act. 4, 32). Y esto es muy importante, para entonces y para hoy.

Es evidente que para los estudiosos de este tema y especialistas en el estudio de la Palabra habrá muchísima más materia para tratar, pero esta breve pincelada histórica me parece suficiente para introducirnos en el origen de las necesidades eclesiales.

NUESTRA SEÑORA DEL SILENCIO

Que nuestro Maestro, desde la advocación de Cristo del Mar, y su Madre, Nuestra Señora del Silencio, nos bendigan.

sábado, 19 de marzo de 2011

Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Iglesia (y II)


‘Al oír estas palabras me senté y lloré durante muchos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos. Y dije: Te suplico, oh Yavéh, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guardas el pacto y la misericordia a los que te aman y guardan tus mandamientos. Escúchenme tus oídos y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. La vanidad de los ídolos nos sedujo, y no hemos guardado tus mandamientos, ceremonias y preceptos que diste a Moisés, tu siervo’. (Nehemías, 1, 4-7)

La intención de la oración de Nehemías sigue siendo válida muchos siglos después. Así es. Hoy tanto el ayuno como la abstinencia siguen teniendo vigencia. Por una parte nos ayudan a educar nuestros instintos para conseguir dominarlos, no dejarnos vencer por ellos y conseguir ese autodominio que necesitamos para vivir socialmente y no dejarnos llevar del genio que a veces nos perjudica.

Fíjense: ‘Tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud. Esas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia. Lo que pide la oración, lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia. Oración, misericordia y ayuno: tres cosas que son una sola, que se vivifican una a otra’. (San Pedro Crisólogo. Sermón 43).

Por otra parte nos permiten vivir más concientemente los períodos litúrgicos que la Iglesia nos va proponiendo a lo largo del año (Adviento, Cuaresma,…), desde nuestra propia libertad y tener mayor consciencia de lo que significa cada uno en relación a nuestro trato con Dios.

Además, no debemos centrarnos únicamente en la materialidad de ‘no comer carne’ o de ‘hacer una sola comida fuerte al día’. ‘Ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos’. (San León Magno. Sermón 6 sobre la Cuaresma).

Si analizamos objetivamente el ayuno que la Iglesia pone ante nosotros, veremos que realmente tampoco es tan fuerte como aparenta, lo que ocurre es que existen personas que, acaso demasiadas, que tienen poco tiempo para hacer ‘esas tonterías’ según ellos, pero les sobra muchísimo de ese tiempo para criticarlas sin base ni argumentos sólidos algunos y en cuanto se les pide que aporten razones serias que avalen sus criterios, no saben (porque no pueden) hacerlo.

Veamos. De los 365 días del año (366 si es bisiesto), solamente DOS días hay obligación de guardar tanto el ayuno como la abstinencia: Miércoles de Ceniza, día en el que da comienzo la Cuaresma y el Viernes Santo, por razones obvias. Cristo muere y culmina la Redención. Nos devuelve la amistad con Dios. (Y nos da a su Madre como Madre nuestra, también). ¿No es una manera de unirnos a los sufrimientos de Cristo en la Cruz, que a partir de ese momento se convierte en nuestro símbolo como cristianos?

Se nos pide un desayuno y una cena ligeros, parcos. Una comida fuerte al día y no comer nada entre horas, desde los 18 hasta los 60 años de edad. Y eso hasta es posible que lo hagamos muchos días que no son de ayuno. Sinceramente pienso que no se nos van a caer los anillos de las manos por hacer ese tipo de ayuno, ¿no? Ni que decir tiene que en caso de enfermedad se está exento tanto del ayuno como de la abstinencia.

Entonces, si pretendemos vivir un cristianismo que nos conduzca a un mayor perfeccionamiento, deduciremos que la penitencia no deberemos practicarla solamente esos tiempos fuertes que hemos mencionado. También deberemos tener iniciativas personales que nos permitan ir en línea con las Escrituras. ‘Mortificad vuestros miembros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad, la concupiscencia y la avaricia, que es una especia de idolatría, por las cuales viene la cólera de Dios’. (Col. 3, 5-6). Quien esto dice y aconseja, es San Pablo.

Esto me da pie para mencionar lo que yo llamo ‘las otras penitencias’. Al nombrar esta palabra, penitencia, suele venir a la mente el concepto de flagelos, cilicios y cosas por el estilo. Pues, ¿qué quieren que les diga? Son, qué duda cabe, unas formas concretas de hacer penitencia muy respetables (hay santos que lo han practicado y yo conozco personas que llevan un cilicio algunos momentos del día) pero no son necesarios, pues pueden no ser aconsejables en determinados casos o circunstancias.

Existen otras formas igualmente válidas, como dejarnos temporalmente alguna actividad que nos guste, por ejemplo, el ordenador: sus juegos, la navegación por Internet como ocio sano y equilibrado,… Hay quien se pasa horas y horas delante de este ‘trasto’, y dejarlo durante unos días o una temporadita más o menos larga, puede ser beneficioso para la persona, especialmente si la aparta de sus actividades habituales. Eso sería un gran sacrificio para ellos. Y quien dice esto del ordenador, se puede aplicar a otras cosas (golosinas, momentos de ocio,…)

Pero nuestro ayuno, si realmente tiene un cariz de sacrificio de cara a Dios, debe evitar el consumo de alimentos que vayan acompañados de del despilfarro de medios económicos o de otro tipo de recursos. ¿Para qué queremos ayunar si luego malgasto dinero en caprichos innecesarios o superfluos? Es San Juan el que nos dice: ‘Si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él, ¿cómo puede permanecer en el amor de Dios?’ (I Jn. 3, 17).

Una de las cosas que leí de San Juan Crisóstomo y me guardé para meditar, fue este referida a lo que antes nombraba como ‘las otras penitencias’. Fíjense en lo que dice: Ayunas con tus manos al mantenerlas puras en servicio desinteresado a los demás. Ayunas con tus pies al no ser tan lento en el amor y en el sacrificio. Ayunas con tus ojos al no ver cosas impuras o al no fijarte en los demás para criticarlos. Ayuna de todo lo que pone en peligro tu alma y tu santidad. Sería inútil privar mi cuerpo de comida pero alimentar mi corazón con basura, con impureza, con egoísmo, con competencias, con comodidades.

Ayunas de comida pero te permites escuchar cosas que se hablan de tus hermanos, mientras se dicen de otros especialmente chismes, rumores o palabras frías y dañinas contra otros. Además de ayunar con tu boca, debes ayunar de no decir nada que haga mal a otro, pues ¿de qué te sirve no comer carne si devoras a tu hermano?’

Ya ven. No tiene desperdicio y es tremendamente actual. Varias veces he lamentado no haber tenido la precaución en aquel momento que lo descubrí, del documento al que pertenece esto que he anotado, porque podrían haber cosas igualmente buenas y útiles para el progreso espiritual.

Personalmente pienso que de este escrito de San Juan Crisóstomo, se puede descubrir que podemos ayunar de juzgar a otros, ya que no somos nadie ni tenemos autoridad moral alguna para juzgar a ninguna persona. Eso, en todo caso, queda reservado para Dios que conoce a cada uno cómo es realmente. Hasta lo más íntimo. Nosotros podremos, en cualquier caso, juzgar hechos, pero nunca personas.

Pienso también que se puede ayunar todos los días del año, de pesimismos y desalientos. Si nuestra roca es Cristo, ¿a quién o a qué temeremos? ¿Dónde estarán nuestra Fe y nuestra Esperanza como Virtudes Teologales?

También podríamos ayunar de todo tipo de amarguras y desalientos. Más bien, al contrario. Dios es Alegría y Misericordia. Llenémonos nuestro espíritu, pues, de agradecimiento al Creador por los dones que diariamente recibimos de su parte. Son tantos que unos los conoceremos, otros los intuiremos, pero la gran mayoría nos pasarán desapercibidos. Nos los concede gratuitamente sin pedir nada a cambio. ¿No tendremos que montar nuestra vida desde nuestro agradecimiento a su Providencia que continuamente vela por nosotros?

‘Mirad los lirios del campo; no se afanan ni hilan; y sin embargo os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que ahora está en el campo y mañana se echa al horno Dios la viste así, ¿qué no hará con vosotros, hombres de poca fe?’ (Mt.6, 28-30).

Jesús es muy claro en lo referente a la providencia divina en nosotros como podemos ver en este fragmento evangélico. ¿No creen que está suficientemente documentado para manifestarle nuestro agradecimiento, así como los sacrificios que hagamos por amor a Él?

Hemos de meditar cómo es nuestro cariño al Creador. Desde él podremos dar valor a los sacrificios penitenciales y a los ayunos que hagamos. Por lo demás, no nos preocupemos. La respuesta de Dios nos llegará desde la obediencia y la docilidad a lo que Él desee y la Iglesia disponga para hacer más perfectos nuestros ayunos y abstinencias.

Concretamente de esta última me voy a detener un poco para hablar específicamente de ella.

La Iglesia nos dice que debemos abstenernos de comer carne todos los viernes de Cuaresma específicamente y todos los viernes del año, si bien estos últimos pueden ser sustituidos por obras concretas de caridad, de piedad o por otro sacrificio específico voluntario.

Esos viernes podremos comer carne, pero la suplencia por las cosas nombradas debe venir desde nuestro cariño a Jesús, desde nuestra solidaridad con su sufrimiento en la Cruz.

REFECTORIO DE LOS CARTUJOS.-ZURBARÁN.-
BARROCO

Un chico o una chica, a los 14 años que comienza la obligatoriedad de la abstinencia, puede tener la madurez necesaria para saber, admitir y llevar a su vida la obligatoriedad de este sacrificio si desde su infancia ha recibido la correspondiente educación cristiana de sus padres que, como tales, son los primeros educadores y formadores en la Fe, y si luego han seguido una catequesis adecuada en su Parroquia.

Luego ya irán despertando a la adultez en la Fe y en su compromiso temporal. El ayuno y la abstinencia serán algo absolutamente normal en su vida, porque desde estos sacrificios llegarán a la conclusión de que el verdadero ayuno consiste en cumplir la voluntad del Padre Eterno ‘que ve en lo secreto y te recompensará’. (Mt. 6, 18).

Existe una especie de crítica a la abstinencia. Hay quien dice que en lugar de carne habría que ayunar con otros tipos de comida más caros. Pienso que hay un error de fondo, pues lo de menos es que sea la carne lo que marque la abstinencia. Lo realmente importante es el espíritu de obediencia a las normas de la Iglesia. Si ella indica que sea la carne, nuestro deber de hijos es obedecer lo que nos dice, porque la obediencia en sí misma y de buena gana, también puede ser un sacrificio grato a Dios.

Si en lugar de abstenerse de comer carne se hubiese decidido no comer pan, por ejemplo, que es un alimento básico igualmente hubiese habido que obedecer y tal vez los mismos que critican el no comer carne en los días de abstinencia, harían lo mismo con el pan. Lo cierto es que cuando lo dice la Iglesia, es porque va dirigido a nuestro bien.

En el fondo y como he dicho antes, lo más importante es unirnos a la Pasión de Cristo. Al morir en viernes, la Iglesia ha puesto ese día para que tengamos presente su sacrificio a través de los nuestros, materializados por el ayuno y la abstinencia.

No debemos perder de vista el beneficio espiritual que nos aporta. ‘Si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis’. (Lc. 13, 5). Siempre contribuirá a ayudarnos a superar nuestras imperfecciones y a abrirnos a la austeridad y a la solidaridad con los demás.

Dice San Pablo: ‘Destruid, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una especia de idolatría. Eso es lo que provoca la ira de Dios sobre los rebeldes, y lo que también vosotros practicasteis en otro tiempo, cuando vivíais en tales pecados. Pero ahora abandonad también todo eso. ¡Lejos de vosotros todo lo que signifique ira, indignación, malicia, injurias o palabras groseras!’ (Col. 3, 5-8).

Es difícil, pero fácil a la vez. Complicado, pero sencillo de aplicar. Todo se reduce a ‘querer’ hacerlo, porque ’querer, es poder’, dice el refrán. Y para ello no nos olvidemos que, tanto la abstinencia como el ayuno, deben tener el ‘aderezo’, el ‘aliño’, de la oración. ‘Todos los que han querido rogar por alguna necesidad, han unido siempre el ayuno (la penitencia) a la oración, porque el ayuno es el soporte de la oración’. (San Juan Crisóstomo. Catena Aurea).

Tendrán más sabor el sacrificio y la penitencia.

Tendrán sabor de Eucaristía.

Tendrán el sabor de Dios.



Que nuestro Padre Jesús de Medinaceli y Nuestra Señora de los Remedios de Malate nos bendigan.

lunes, 7 de marzo de 2011

Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Iglesia (I)

CARL BLOCH.-REALISMO DANÉS

¿Tiene algún sentido que hoy, 2011, ¡siglo XXI!, nos pongamos a hablar de ayuno y abstinencia? ¿Tiene algún sentido que la Iglesia continúe manteniendo este Mandamiento? Personalmente pienso que sí, pero eso no sería una razón por sí misma. Cualquiera podría decirme que es una opinión personal, muy respetable si se quiere, pero nada más. Desde este planteamiento es evidente que podría ser cierto.

Esta semana comenzaremos a vivir un nuevo año el tiempo litúrgico de la Cuaresma, camino que nos va a preparar, precisamente a través de la oración y el sacrificio, entre los que están el ayuno y la abstinencia, el camino que nos lleve a la celebración del eje central de nuestro cristianismo: la Resurrección de Jesús.

Varias veces he dicho que la Iglesia es, además de Madre, Maestra. Pero también le concedo a la Historia esta facultad del magisterio, porque con el paso de los siglos y a través de los acontecimientos que atesora y acumula, nos transmite una enseñanza muy útil para quienes la conocemos algo, la observemos y aprendamos algo útil para nuestra existencia.

Dentro de este aspecto y dentro de la materia que vamos a tratar, la Historia del Pueblo de Dios, en el antiguo Testamento y en el Nuevo, nos transmite una acumulación de actuaciones divinas que se manifiestan a través de los profetas, por la doctrina predicada por Jesucristo fundamentalmente, por los Padres de la Iglesia y por los distintos Papas y Santos que hemos tenido y tenemos.

Entonces es obvio que dentro de este preámbulo, desde mi punto de vista necesario, nos apoyemos en la Palabra para ver el por qué de las cosas.

Al comenzar preguntaba si tenían sentido el ayuno y la abstinencia. Ahora aclaro que ambos tienen sentido dentro del contexto del sacrificio ofrecido a Dios por nosotros mismos mediante unos actos concretos a través de los cuales nos sentimos unidos al Sacrificio por excelencia: el de Jesús en la Cruz. Solamente así, tiene sentido.

Porque no se puede perder nunca de vista que nuestra razón de ser cristianos, sea con, de, en y por Jesucristo. Nuestro horizonte y pauta a seguir para el aprendizaje de unas actitudes que nos lleven a una inmersión en la forma de vivir y actuar del Maestro.

A Él debemos enfocar nuestro comportamiento en la profesión que tengamos, en la familia, en los distintos momentos de ocio que nos gusten, en nuestras relaciones sociales, sin olvidar tampoco que Jesús nació perteneciendo a un pueblo que tenía una larga trayectoria en su relación con Dios.

Y dentro de la Historia de este pueblo podemos comprobar cómo se manifiesta, entre otras muchas cosas, el ayuno y la abstinencia. Veamos algunos casos.
DIEGO VELÁZQUEZ.-BARROCO

Ester, hebrea, es la esposa del rey Asuero. El Primer Ministro, Amán, quiere matar a Mardoqueo, tío de Ester. Ésta debe actuar a favor de su tío y descubrir la infamia de Amán. Dice a su tío (fíjense bien): Pide a los judíos de Susa que se reúnan. Que se pongan a ayunar por mis intenciones. Que durante tres días no coman ni beban. Por mi parte, yo ayunaré acompañada de mis doncellas. Así preparada iré a presentarme al rey a pesar de la prohibición y, si está escrito que yo muera, moriré’. (Ester. 4,16-17).

Para nosotros, el desenlace es lo menos importante en este momento, si bien pueden leerlo en los capítulos 6 y 7 de este Libro. Lo realmente importante es la preparación que ella considera necesaria para ver al rey: ayuno del pueblo y ayuno propio ofrecido al Dios de Israel por una intención particular, desde luego, pero Ester reconoce en el ayuno una forma agradable a Dios para que esté con ella en ese propósito.

Continuando con la referencia de la Palabra como base de lo que Dios mira con agrado, entre otras cosas nos encontramos con Daniel. Quiere mostrarle al profeta mediante una visión, lo que va a ocurrir a su pueblo. Nos dice: Volví mi rostro al Señor, Dios, buscándole en oración y plegaria, en ayuno, saco y ceniza; y oré a Yahvé mi Dios, y le hice esta confesión’. (Dan. 9,3-4). No escribo toda la perícopa. Pienso que no es necesario, ya que lo importante es la actitud del profeta ante Dios.

Los Salmos también se pronuncian en este sentido. Así debía ser y así dice el salmista: ‘Cuando ellos estuvieron enfermos, yo me vestí de saco, afligiendo con el ayuno mi alma, y repetía en mi lecho las plegarias’. (Sal. 35(V34), 13). Ya ven. Oración y ayuno, unidos.

Y sin ánimo de ser exhaustivo, nos encontramos con el perdón que Dios concede a los pecadores cuando se vuelven a Él. Es el caso del rey Ajab. Para Dios no era agradable lo que este rey estaba haciendo y se lo hizo saber. La respuesta del monarca fue ésta: ‘Y sucedió que cuando Ajab oyó las palabras de Elías, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con saco y caminaba humillado, y Yahvé dirigió a Elías, tesbita, su palabra, diciendo: ¿Has visto cómo se humilla Ajab ante mí? Porque se ha humillado ante mí, yo no haré venir el mal durante su vida; durante la vida de su hijo haré yo venir el mal sobre su casa’. (I Re. 21, 27-29).

El ayuno, tomado como penitencia agradó a Dios. Ya lo vemos así de claro. Y aquel Dios de Ajab es el mismo Dios de hoy, a quien nos dirigimos en nuestras oraciones y apuros. Es Inmutable.

Estos fragmentos bíblicos del Antiguo Testamento que nos sirven como introducción, tienen su continuidad en el Nuevo Testamento. El caso más claro nos lo da el mismísimo Jesucristo. ¿Tenía Él alguna necesidad de hacer penitencia o ayunar? Pues no. Pienso que no. Y sin embargo, ¿cómo se prepara para el inicio de la misión para la que había venido?

Cuarenta días con sus cuarenta noches respectivas de riguroso ayuno en un inhóspito desierto así nos lo atestiguan. Y no sería un viaje turístico, ¿verdad? Cabe suponer que la oración y la meditación, las reflexiones sobre su misión, el diálogo continuo y permanente con el Padre serían sus compañeros en esa magnífica aventura que iba a empezar a vivir: la Redención.

Tiempo de preparación ‘amenizado’ con la presencia del Maligno en tres ocasiones en las cuales venció y Satanás tuvo que retirarse vencido y humillado.

(Permítanme un comentario u observación entre paréntesis: ¿Tenía y tiene hoy alguna posibilidad de vencer Satanás a Jesús? Pues no. Ninguna. Y sin embargo lo intenta. Jesús es mucho Hombre y mucho Dios. Por eso hoy, en este bendito siglo XXI en el cual vivimos, donde la Santísima Trinidad y la Santísima Virgen velan por nosotros, si ponemos de nuestra parte cuanto podamos dejaremos al Maligno como el gran perdedor. Dios con su Misericordia y su Justicia será el Gran Vencedor. No nos debemos desanimar a pesar de todas las apariencias. Es cierto que anda suelto y se manifiesta de muchas maneras a través de las actitudes y proyectos de muchas personas que desean eliminar a Dios, pero es Éste quien tiene la última palabra, ¿verdad? Prosigamos)

A partir de la finalización de este período y recuperadas sus fuerzas humanas (‘…y llegaron ángeles y le servían’ (Mt.4, 11) comienza su vida pública y en ella también nos expone la importancia del ayuno.

Es Mateo quien nos expone el caso. Llevan a Jesús un niño endemoniado y, después de expulsar el demonio, explica a los discípulos por qué no han podido hacerlo ellos. Y fíjense en el final de la explicación. ‘Esta especie (de demonios) no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno’. (Mt. 17, 14-21).

JESÚS EXPULSA UN DEMONIO.-Libro de Horas Les Très Riches Heures

Después de su Resurrección y Ascensión, la joven Iglesia practica las enseñanzas recibidas del Maestro. ‘Mientras celebraban la liturgia en honor del Señor y guardaban los ayunos, dijo el Espíritu Santo: Segregadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los llamo. Entonces, después de orar y ayunar, les impusieron las manos y los despidieron’. (Act. 13,2-3).

Este personaje básico para la vida de la Iglesia, Saulo de Tarso, también se preparó para la misión que le esperaba después de su conversión: ‘Saulo se levantó de tierra, y con los ojos abiertos, nada veía. Lleváronle de la mano y le introdujeron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber’. (Act. 9, 8-9).

Pero el ayuno debe tener una característica básica: la humildad. No debemos pregonarlo para dar a entender lo ‘buenos’ que somos. ‘Tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, de modo que nadie note tu ayuno, excepto tu Padre, que está en lo escondido. Y tu Padre, que ve hasta lo más escondido, te premiará’. (Mt. 6, 17-18). Es el mismo Jesús quien lo dice y nos da una norma precisa.

Y por otro lado, San Lucas en el capítulo 18 de su Evangelio, versículos 9 al 14, nos cuenta en la parábola del fariseo y el publicano dos tipos de actitudes. El fariseo proclama su ‘bondad’ y los sacrificios que hace (ayuna dos veces por semana). Y toda esa forma de ser la rechaza. No hay sinceridad. Existe un ‘cumplo y miento’. Jesús se queda con la actitud del publicano que se reconoce pecador y pide clemencia a Dios. Ese será ensalzado y perdonado.

Es evidente que a lo largo de toda la Escritura hay bastantes más casos referentes al ayuno, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pero como la introducción al Mandamiento de la Iglesia que tratamos ya son suficientes, ¿no les parece?

De momento, lo dejamos aquí. Continuaremos la semana próxima.


Que nos bendigan Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y Nuestra Señora del Buen Suceso

miércoles, 23 de febrero de 2011

Comulgar por Pascua de Resurrección (y II)

LA ÚLTIMA COMUNIÓN DE SAN JOSÉ DE CALASANZ.-FRANCISCO DE GOYA.-PRERROMANTICISMO

Sigamos con el tema. A partir de lo expuesto en la entrada anterior, debe deducirse que si se va a recibir a Jesús en la Eucaristía, como Dios que es, debemos estar en Gracia. Se debe tener una ausencia total de pecado en nuestro interior.

San Pablo se encarga de explicarnos esto: ‘Quien coma el pan y beba el cáliz del Señor indignamente, se hace culpable de profanar el cuerpo y la sangre del Señor. Examínese, pues, cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propio castigo’ (I Cor. 11, 26-29).

‘Cuando comes la carne y bebes la sangre del Señor, entonces el Señor entra en tu casa; y tú, lleno de humildad, di: Señor, no soy digno…’ (Orígenes. Catena Aurea).

Bueno, pues…es lo que hay. Comulgar en pecado grave sería añadir otro pecado grave a los que ya tuviéramos: el sacrilegio. Al menos, así lo estudié. Pero es que analizándolo objetivamente resulta lógico. A Dios, que es la perfección absoluta, ¿cómo lo vamos a recibir con la mayor de las imperfecciones que es el pecado? Además, éste es la antítesis de Dios puesto que es el nombre que se le da al hecho de estar en la parte del Maligno, de Satanás, enemigo visceral del Creador.

Ya sé que esto del ‘sacrilegio’ y ‘sacrílego’ suena mal en estos tiempos aparentemente tan ‘progres’, pero a las cosas y a los hechos hay que llamarlos de alguna manera, y al hecho de estar comulgando rematadamente mal (quien lo haga) se le da ese nombre. Son cosas del lenguaje y del vocabulario que lo configura.

Si alguien se da cuenta de que por la circunstancia que sea no debe comulgar, es preferible que se quede donde esté participando de la Misa y haga una Comunión espiritual. Con ella se puede recibir la Gracia del Sacramento sin recibir materialmente la Hostia Consagrada.

¿Qué los demás pasan a comulgar? Que pasen…Ya pasaremos nosotros en cuanto podamos. En este caso los respetos humanos no deben ser tenidos en cuenta y no nos debe importar lo que se piense de nosotros, porque el hecho de no comulgar no significa necesariamente que se esté en pecado, ya que puede existir otra circunstancia que lo impida, por ejemplo que no se esta guardando, por la circunstancia que sea, el ayuno eucarístico.

Esta es la tercera de las condiciones para comulgar bien: el ayuno eucarístico. Hasta que no haya transcurrido una hora desde la última comida o bebida no se puede comulgar. En esto no entra el agua. Esta se puede beber en cualquier momento.

Esta condición suele ser una gran desconocida. Personalmente he presenciado que ha habido personas que se han acercado a comulgar y momento antes de hacerlo se han quitado el chicle de la boca. Y no crean que eran niños. Eran adultos. Esto y otras cosas a las que me referiré después, han motivado que el sacerdote mediante avisos y comentarios antes de comenzar la Misa, indique las pautas que la Iglesia manda para comulgar convenientemente.


El fundamento del ayuno eucarístico viene dado del respeto que Jesús merece. Cuando tomamos algún alimento en nuestro estómago se produce una serie de actos conocidos como digestión. Al tragar la Sagrada Forma la enviamos al estómago. ¿Cómo vamos a recibir a Jesús estando los alimentos que ya están en el estómago en pleno proceso digestivo?

Obligación estricta de comulgar no tenemos. Sabiéndolo, habitualmente nos programaremos el tiempo necesario para que desde el desayuno, por ejemplo, hasta el momento de comulgar, haya transcurrido esa hora necesaria, aunque en general, pasa más tiempo. Si no podemos, ofrezcámosle también ese sacrificio interno de no poder recibirlo.

No obstante existen casos en los cuales hay dispensa para el ayuno eucarístico, por ejemplo, los enfermos. Tomar medicamentos en horarios concretos hace que no puedan guardar este tipo de ayuno. Y la Iglesia lo sabe. Y la Iglesia los dispensa.

No puedo dejar de comentar un hecho que me ha llamado la atención. Hay personas que se han detenido a pensar en lo que es la Eucaristía y han llegado a la conclusión de que no son dignos de recibirla al estar el mismo Dios en la Forma Consagrada. Y no comulgan porque se consideran indignos de ello.

Si todos seguimos pensando en esto, llegaremos a la conclusión de que NADIE es digno de comulgar, PERO por lo que ha dicho Jesucristo y encabeza esta entrada, Él QUIERE que le recibamos, aunque, eso sí, en las debidas condiciones que nos marca la Iglesia.

Además, ¿cómo se pueden explicar esos momentos de intimidad absoluta con la Palabra, con el LOGOS, que está en nuestro interior, que ha hecho morada en nosotros? ¿Pueden existir palabras capaces de expresar esos sentimientos que produce el diálogo que recrea y enamora’ en ese abrazo espiritual?

Gracias a la Comunión nos podemos mantener en Gracia para que nos ayude a vivir mejor nuestro cristianismo y a enriquecer nuestra oración.

En fin. Que la Eucaristía es el regalo más grande que podemos recibir. Es cuestión de estar siempre preparados para recibirla en cualquier momento.
Les dejo con lo que escribió S.S. León XIII en su Encíclica 'Mirae Caritatis' en 1902. A pesar del tiempo transcurrido tiene una gran actualidad.

'Cuanto más pura y más casta sea un alma, tanta más hambre tiene de este Pan, del cual saca la fuerza para resistir a toda seducción impura, para unirse más íntimamente a su Divino Esposo'.


Que Jesús Eucaristía y Nuestra Señora de Cotoca nos bendigan.

domingo, 13 de febrero de 2011

Comulgar por Pascua de Resurrección (I)

ÚLTIMA CENA.-Andrea del Castagno.-Renacimiento

‘En verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida’ (Jn. 6, 53-55).

Me ha parecido una magnífica introducción para tratar el tercer Mandamiento de la Iglesia: ‘Comulgar por Pascua de Resurrección’. Suele existir un gran desconocimiento y una indiferencia bastante generalizada en muchos cristianos en cuanto a la frecuencia de recibir la Comunión se refiere.

¿Cómo se entiende, si no, que la Iglesia esposa de Cristo, nuestra Madre y Maestra, tenga que hacernos esta llamada para que nos acerquemos una vez al año a recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, y que ésta sea, precisamente, en la Pascua de Resurrección, hecho trascendental y fundamento de nuestra fe.

Yo me pregunto. ¿Realmente se tiene claro lo que se hace cuando cualquier persona se acerca a comulgar? ¿Se tiene claro a Quién se va a recibir? Vemos los templos llenos, incluso abarrotados en ocasiones, pero de los que hay allí, ¿cuántos se acercan a tomar el Pan de Vida? Y de los que se acercan, ¿están todos en las debidas condiciones de tomar la Comunión?

Estos interrogantes y otras cosas voy a intentar tratarlos a nivel básico, elemental, sin meterme en grandes profundidades teológicas ni de ningún otro tipo, más que lo absolutamente necesario para apoyarme en lo que vaya a decir y, por supuesto, desde el prisma docente que la Iglesia tiene para todos sus hijos.

En la entrada anterior ya vimos el tema de la Confesión y de lo necesaria que es para vivir la Gracia. Pues bien, la Comunión es absolutamente necesaria para mantener esa Gracia de forma permanente, hasta que volvamos a alejarnos por el pecado. Entonces hay que volver a empezar el ciclo: confesión, comunión, oración y lucha incesante para mantener e ir aumentando continuamente nuestra amistad y trato con la Santísima Trinidad.

Hemos tenido la inmensa suerte de tener grandes profesores de Religión: los padres Albert, Galvañ, Martínez Sánchez (este último ofició la Eucaristía y el Sacramento del Matrimonio entre mi esposa y yo) y posteriormente hemos contado con la amistad y orientación de muy buenos amigos sacerdotes (Juande, Chimo, José Luis, Gonzalo, Federico, Manuel, Tomás, entre otros) que han contribuido en nuestra formación y profundización de la vida sobrenatural, así como don Darío y don Javier que nos dieron los últimos ejercicios Espirituales Ignacianos.

Todos ellos, de una u otra forma, han contribuido a hacernos conscientes de que ser cristiano no es practicar unos ritos por costumbre sino dar una respuesta comprometida y radical con el Señor de la Creación y de la Historia. Y también a descubrir que no somos células aisladas en el cuerpo de la Iglesia, sino que existe una interrelación de unas células vivas en comunicación mutua que forma lo que conocemos como la Comunión de los Santos, formando la Iglesia militante, purgante y triunfante de Cristo.

Esto nos hace sentirnos especialmente solidarios con los cristianos del mundo entero, de forma especial con aquellos que hoy, siglo XXI, son perseguidos y asesinados por el simple delito de ser cristianos’. Y cuando se recibe el mail de un Obispo de un determinado país del Lejano Oriente pidiendo con angustia, casi con desesperación, oraciones por los cristianos de aquella parte del mundo que corrían un serio peligro de muerte, tanto a laicos como a sacerdotes que figuraban en mis contactos, envié copia del mail recibido para que la oración universal fuese dirigida a Dios por ellos.

Es así. Y la Comunión tiene una fundamental razón de ser en nuestra vida y en esos momentos posteriores a recibirla. En esa especial intimidad que tenemos con el Maestro donde fluye el diálogo íntimo y amoroso entre criatura y Creador, le pedimos por esos casos para que, a través de Él, unirnos a cuantas personas tiene problemas, más o menos graves.

Y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión en él.’ Considerad bien qué inefable dicha es dar hospedaje en nuestro corazón a Dios. Si cualquier persona distinguida o que ocupe algún puesto elevado, o algún amigo rico y poderoso nos anunciara que iba a venir a visitarnos a nuestra casa, ¡con qué solicitud limpiaríamos y ocultaríamos todo aquello que pudiera ofender la vista de esta persona o de este amigo! Lave primero las manchas y suciedades que tiene el que ha ejecutado malas obras, si quiere preparar a Dios una morada en su alma’. (San Gregorio Magno. Homilía sobre los Evangelios). Ya ven cómo explica este Padre de la Iglesia la preparación y disposición para recibir al Señor de los Señores. El Crucificado lo merece, ¿no creen?
CRISTO DE LA VICTORIA

Esta es una de tantas razones por las que no debemos conformarnos con ‘comulgar por Pascua de Resurrección’ solamente. Si realmente somos conscientes de que a Quien recibimos es eje y motor de nuestra existencia, la frecuencia en recibirlo debía ser nuestra pauta de actuación.

Ya ven que varias veces he mencionado la expresión ‘si saben a Quién recibimos’. No lo hago gratuitamente, sino porque me consta que hay personas que se acercan a comulgar y no saben dar razones de qué es la Eucaristía que reciben. De ahí que la Iglesia haya puesto unas condiciones para comulgar como se debe y que a pesar de ello no las conocen.

La fundamental de las tres que hay, es ‘saber a Quién recibimos’. ¿Qué sentido tiene, si no, ir a recibirlo? Hay quien va porque ‘van todos y queda bien’. Eso, alguno hay que me lo ha dicho. Y es de pena, porque esas personas recibieron en su día una catequesis para recibir su Primera Comunión. El paso de los años ha hecho que se hayan enfriado y hayan hecho de la Comunión una costumbre, que yo llamaría acto mecánico, sin profundizar.

No les vamos a pedir que tengan unos grandes conocimientos litúrgicos o cristológicos, pero al menos, que sepan y hagan suyo lo que dice Jesús y San Juan nos transmite: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo’. (Jn. 6, 50-51).

Fíjense con qué claridad se nos explica. ‘Para hacer una buena comunión es preciso tener una viva fe en lo que concierne a este gran misterio; siendo este sacramento un ‘misterio de fe’, hemos de creer con firmeza que Jesucristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía y que está allí vivo y glorioso como en el cielo’. Quien esto dijo fue un gran sacerdote, hoy en los altares. Se trata del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney. Pertenece a uno de sus sermones sobre la Eucaristía.

Me da la impresión que desde el principio de la Iglesia hasta hoy, todas las personas han sentido una especial devoción a la Eucaristía, pero especialmente aquellos que de una u otra manera han marcado hitos en su Historia. Ya hemos visto algunas citas, pero no deseo saltarme esta, aun a riesgo de que digan que soy un pesado. Discúlpenme en ese caso. Fíjense:

‘Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquel era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquel se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no solo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia....Aquello era la sombra, esto la realidad.’ (San Ambrosio. Tratado sobre los misterios). Precioso y profundo, ¿no?

Pero la Fe nos tiene que ayudar y ser nuestro soporte. Nosotros, después de la Consagración, vamos a seguir viendo pan y vino, pero ¡cuidado! Eso son las apariencias. El milagro de la transubstanciación se ha producido y allí está, real y verdaderamente, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Entenderlo no lo entenderemos. Es demasiado para nosotros. Pero tampoco nos hace falta. Por eso he dicho que la Fe nos tiene que ayudar. No caigamos en la incredulidad del apóstol Tomás. Ya sabemos lo que Jesús le dijo.

INCREDULIDAD DE STO. TOMÁS.-CARL BLOCH.-REALISMO DANÉS

Pero San Cirilo así lo explicaba en sus catequesis: ‘Lo que parece pan no es pan, aunque así sea sentido por el gusto, sino el cuerpo de Cristo, y lo que parece vino no lo es, aunque el gusto así lo quiera, sino la sangre de Cristo’. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis sobre los misterios.)

Ha habido, en ocasiones, quien ha dudado. Y Cristo ha querido manifestarse de alguna manera. Hace relativamente poco, unos dos o tres meses, recibí un mail adjuntándome un power point sobre la Eucaristía. Amigos, es precioso. He podido colocarlo al final de esta entrada. Es el abajamiento de Jesucristo hasta nosotros para dar fuerza a nuestra Fe, que es la que nos debe mover. En él se anotan sucesos históricos referentes al Cuerpo de Cristo Eucarístico que manifiestan la evidencia de la presencia de Dios entre nosotros en la Eucaristía, valiéndose de los modos que le parecen mejor.

Aparecen los lugares de Bolsena-Ovieto, Italia, en 1263; Avignon, Francia, 1433; Siena, Italia, 1730; Bolonia, Italia, 1933; Betania, Venezuela, 1991; Marlboro, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1994; … En todos ocurrieron maravillas Eucarísticas. Pero voy a detenerme en el ocurrido en Naju, Korea, en 1994.

Una joven, supongo que nativa, se acercó a comulgar. Cuando el sacerdote depositó la Hostia en su lengua, ésta se transformó en carne y sangre en su boca. Hubo testigos de ello. Este suceso se repitió en otras ocasiones con la misma muchacha. El 31 de octubre de 1995, Julia, que así se llama la joven, fue invitada al Vaticano. Al recibir la comunión de parte de S.S. Juan Pablo II ocurrió lo mismo en el momento de depositarla Sagrada Forma en su boca, con lo cual el mismo Papa fue testigo de este hecho. La Iglesia inició una investigación científica que, según parece, todavía no ha concluido.

Impresionante, ¿verdad? Pero eso no es lo habitual. Jesús quiere que la Fe en Él sea nuestro referente. Cuando se tropezó con la incredulidad de Santo Tomás, lo que le dijo a él, también va dirigido a nosotros: ‘¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto’. (Jn.20, 29).

De momento lo dejamos aquí para no hacerlo muy largo, ya que también está a continuación el power point que les he mencionado. En la próxima entrada concluiremos este Mandamiento de la Santa Madre Iglesia.



Que el Cristo de la Victoria y Nuestra Señora de Gietrzwald nos bendigan y ayuden a todos

Corpus Christi

Este es el power point que me ha impactado. Se lo pongo para compartirlo con ustedes. Veo un complemento magnífico para esta entrada. Confío haber acertado en su publicación.


EucaristaCorpusChristi

domingo, 6 de febrero de 2011

Confesar los pecados mortales una vez al año,…( y II)


Alegoría de la Virtud y el Vicio.-PAOLO VERONÉS.-MANIERISMO

Bien. Ya hemos buscado, recordado y analizado nuestros pecados. Lo normal es que luego analicemos también nuestros sentimientos con Jesús. Queriéndolo como lo queremos, cuando vemos todas esas cosas que nos han apartado de Él, es normal que sintamos un ‘algo’ en nuestro interior que nos haga sentirnos mal e incómodos con nosotros mismos porque ‘Dios no merece que le haya hecho esto. Señor, perdóname. Lo siento. Voy a confesarme para volver nuevamente contigo y no dejarte más, pero ayúdame’. ‘Ten piedad de mí, ¡oh, Yaveh!, porque estoy angustiado…Haz resplandecer tu faz sobre tu siervo y sálvame en tu piedad’. (Sal. 31 (30), 10-17).

Sí. Esa arrancada, ese sentimiento y ese propósito es la contrición o dolor de los pecados por haberle hecho esa mala pasada al Creador. Ese es el punto de partida de la confesión. Y ese deseo de no volver a dejar a Nuestro Señor, es un deseo vehemente, impetuoso, íntimo,…es el propósito de enmendar nuestras actuaciones, las actitudes negativas de nuestra vida. Luego, la realidad y la experiencia nos enseñan que volveremos a caer, pero siempre tendremos el camino de vuelta. Somos así.

Siempre he oído un dicho o refrán popular que dice que las personas somos el único animal que tropezamos dos veces (y más) con la misma piedra. ¿Lo conocían también ustedes? Y eso nos pasa con Dios. Somos humanos y, por tanto, imperfectos. Pienso que esta pudiera ser la causa que impulsó a Jesús a instituir el Sacramento del Perdón. Nos conocía demasiado bien y dejó las cosas muy bien atadas para que su sacrificio no resultara inútil.

Queridísimos, tened la valentía del arrepentimiento; y tened también la valentía de alcanzar la Gracia Dios por la Confesión sacramental. ¡Esto os hará libres! Os dará la fuerza que necesitáis para las empresas que os esperan, en la sociedad y en la Iglesia, al servicio de los hombres’. (Juan Pablo II.- Discurso a UNIV, 11-04-1979).

Ahora, después de este proceso, viene la hora de la verdad: empezar a contar al sacerdote nuestros pecados. Hay quien a este momento lo llama ‘vaciar el saco de nuestros pecados’. Es un enfrentamiento con nosotros mismos, con nuestra realidad, con nuestras limitaciones y debilidades, con nuestras imperfecciones y fracasos, con nuestros anteriores propósitos de ser mejores y que han vuelto a fallar,…

'La tristeza que causa un arrepentimiento saludable es propia del hombre obediente, afable, humilde, dulce, suave y paciente, en cuanto que deriva del amor de Dios. Sufre infatigable el dolor físico y la contrición del espíritu, gracias al vivo deseo de perfección que le anima. Es también alegre y en cierto modo se siente como robustecido por la esperanza de su aprovechamiento, conserva de continuo el hechizo y el encanto de la afabilidad, y posee en sí todos los frutos del Espíritu Santo’. (Casiano, Instituciones, 9).

No importa. Ahí está Cristo en ese abrazo del perdón haciendo realidad aquello que dijo a Pedro de ‘perdonar hasta setenta veces siete’. (Mt. 18, 21-22).

Después ya viene satisfacer la deuda debida a Dios por los pecados cometidos. Y para evitar olvidos, (¿qué me dijo que tenía que hacer o rezar?, ¿qué lectura debía meditar? ¿cuánto tiempo debo permanecer en oración?...) que muchas veces se dan, teniendo en cuenta que al reintegrarnos a nuestras ocupaciones laborales, familiares o del tipo que sean, es normal que no recordemos, incluso, si ha pasado mucho tiempo, si hemos cumplido ya la penitencia impuesta o no. Y teniendo en cuenta que esta satisfacción es esencial para la validez del Sacramento, debemos realizarla a la mayor brevedad posible.

Esto lo digo con conocimiento de causa porque me ha pasado alguna vez. Desde entonces opté por cumplirla de inmediato o, al menos, cuanto antes. Incluso he anotado en el bloc de notas que siempre llevo conmigo lo que debo hacer para evitar que me volviera a pasar. Luego he buscado tener un momento de serenidad y silencio para cumplir lo que debía hacer, incluso cuando todos estaban durmiendo que es cuando cualquier persona puede disponer de sí mismo sin que nadie lo interrumpa.

Un último punto, pero muy importante. Se trata de otro comentario que he oído algunas ocasiones: ‘¿No es Dios quien perdona? ¡Pues me confieso con Él directamente! ¿Por qué tengo que contarle a otro hombre mis pecados que, aunque sea sacerdote, es otro hombre como yo?’ Veamos las razones de por qué se hacen las cosas como se están haciendo:

Primera, aunque no es la principal. Precisamente por ser una persona como nosotros, que siente como nosotros, que sueña como nosotros, que es capaz de extasiarse ante las maravillas de la Creación como nosotros, que tiene sus limitaciones, problemas y enfermedades como nosotros, puede entendernos perfectamente y desde su objetividad, ver nuestros pecados y dificultades desde una óptica distinta de la nuestra. Y eso le permite, además de darnos el perdón de Jesucristo que administra en su nombre, darnos distintos consejos u orientaciones que nos conduzcan a una mejora personal en el campo de la espiritualidad. Incluso en el campo humano.

Segunda y más importante. Por deseo y mandato concreto del mismo Jesucristo. ‘Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos’. (Jn. 20, 22-23). Eso entra también en aquello que le dijo a Pedro: ‘Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto ates en la tierra, atado será en el cielo; y cuanto desatares en la tierra, será desatado en los cielos’. (Mt. 16, 19). Estos dos pasajes corresponden a dos momentos diferentes. Mientras el segundo se desarrolla en Cesárea de Filipo, antes de la Pasión, el primero ocurre después de resucitado ‘en el lugar donde se hallaban los discípulos por miedo a los judíos’.

Así pues, no hay justificación alguna a esa idea de confesarnos con Dios directamente sin sacerdote alguno. Ya se ve documentalmente que no es así porque el mismo Maestro así lo dijo, así lo quiso y así lo enseñó.

Además. Si alguien lo hace sin ningún sacerdote por cabezonería, tozudez o por las razones que le parezcan, ¿qué garantías tiene del perdón de Dios? Con el sacerdote, si la confesión es válida por existir un auténtico arrepentimiento y no nos hemos dejado ningún pecado sin confesar, a sabiendas, oímos el perdón (Yo te absuelvo de tus pecados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo) e incluso vemos cómo el sacerdote nos hace la señal de la cruz.

No queda duda alguna. Después…a pelearnos con nosotros mismos para ir buscando la perfección personal en el trato con Dios. Sin quedarnos en los mínimos, por favor. No nos quedemos en ‘una vez al año’. Cuanto más frecuente sea la confesión, mayores posibilidades tendremos para mantener nuestra fidelidad a Dios, ya que cada vez tendremos mayor apertura personal a la Gracia.

‘Estad alerta y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar’. (I Pe. 5, 8). El primer Papa no se anda por las ramas y nos advierte que Satanás busca cualquier resquicio para introducirse en nosotros y apartarnos de Dios aprovechando nuestros puntos más débiles. Ya que hablamos del primer Papa, sigamos con otro: ‘La frecuencia en la Confesión y en la Comunión te proporcionará la ayuda más eficaz para perseverar en la práctica de la humildad’. (León XIII.-Práctica de la humildad, 58). No es el Papa actual, pero también tuvo sabias y aleccionadoras palabras para alimentar la frecuencia en la recepción de este Sacramento.

Y también San Pablo nos avisa: ‘El que cree estar en pie, mire no caiga; no os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla’. (I Cor. 10, 12-13). Es un consuelo este aviso de la ayuda de nuestro Redentor en las tentaciones, pero como dice el refrán, ‘a Dios, rogando y con el mazo, dando’, o sea, que nosotros debemos poner en nuestros labios la oración (no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal), pero nuestro coraje debe surgir con un ímpetu mayor que el de un cohete lanzado al espacio sideral.

Ha sido una entrada con muchas citas, pero he querido apoyarme en los Evangelios, como siempre, en la Doctrina de la Iglesia y en los Santos Padres, como siempre que puedo.

Que Dios y Nuestra Señora de los Dolores, de Kurks nos bendigan.