domingo, 29 de agosto de 2010

Obras de Misericordia (XII): Perdonar las injurias u ofensas


Pienso que no descubro nada nuevo si digo que el perdón es una bandera que todo cristiano debe enarbolar para conseguir una felicidad que todos deseamos poseer.

El mismo Cristo nos lo dejó muy claro en la cruz: ‘Padre. Perdónalos porque no saben lo que hacen’. (Lc. 23, 34). Incluso en un momento concreto de su vida pública, cuando el buenazo de Pedro le pregunta, sin duda pensando con una gran magnanimidad: ‘Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?’ (Mt. 18, 21).

Recuerdo que uno de los cursos que hice sobre la Biblia nos dijeron que los fariseos, referente al perdón, tenían como norma perdonar dos o tres veces. Por eso hablo de la magnanimidad de Pedro que le lleva a proponer hasta siete veces la capacidad de perdón, teniendo en cuenta que el siete es un número que para los hebreos venía a significar la perfección.

Pero su Maestro, a quien va dirigida la pregunta, le imparte lo que hoy llamaríamos una ‘lección magistral’: ‘No te digo siete veces, sino setenta veces siete’. O sea, siempre. Ilimitadamente. Y para que no quedase duda alguna, ni a Pedro ni a nadie, incluidos nosotros mismos, expone a continuación la parábola del rey que quiso tomar cuentas a sus siervos.

Jesús y los Apóstoles

Y el remate de todo esto es, sencillamente, magnífico y resume en sí mismo el sentido auténtico del perdón: ‘Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros’. (Mt. 18, 21-35).

Y ahora ustedes me podrían decir: ‘Oiga. Eso es muy bonito, pero a pesar de estar expuesto en el Evangelio es difícil de llevar a efecto’. Y yo les tendría que responder: ‘Mire. ¿Sabe qué le digo? Que tiene usted muchísima razón, aunque también le digo que no es difícil. Es MUY difícil. Es EXTREMADAMENTE difícil’.

Sí. Creo que estamos de acuerdo en la enorme dificultad de llevar a término el perdón, si bien también es cierto que si para nosotros es difícil, para Dios no lo es. Y si nuestro contacto con Él es fluido y habitual, si tenemos la ocurrencia (y debemos tenerla) de poner nuestro perdón en sus manos para ayudarnos en esa ardua tarea, que no nos quepa duda alguna que el Espíritu vendrá en nuestra ayuda para facilitarnos el camino y los medios.

Pero no perdamos de vista nuestra naturaleza humana que parece propensa a sentimientos de rencor o de venganza. Hemos de procurar sobreponernos a todo esto y meditar que la búsqueda de felicidad, ese querer estar bien y en paz con nuestros semejantes y con nosotros mismos, merece que le dediquemos un esfuerzo especial. La satisfacción posterior merece la pena.

Sabemos que existen muchas cosas que pueden ofendernos produciendo el sufrimiento interno consiguiente. Todos tenemos nuestro ‘talón de Aquiles’ y siempre puede haber alguien que se aproveche de eso para, solapadamente, hacernos sufrir un poquito. O un muchito, quizá. Nuestra primera reacción suele ser el enfado con la consiguiente ofuscación para analizar el hecho en sí mismo y de quién procede la ofensa, porque una de las cosas que se suelen decir es que no ofende quien quiere, sino quien puede. Fíjense lo que dice el Libro de los Proverbios: ‘No respondas neciamente al necio, no sea que te vuelvas como él. Responde haciéndole ver su necedad para que no presuma de sabio’. (Prov. 26, 4-5). Es necesaria la serenidad y no dejarnos llevar de nuestros impulsos.

Y ¡ojo! A veces no son frases o palabras ofensivas, sino una indiferencia premeditada que se tenga con nosotros la que puede hacernos más daño que un insulto visceral o una expresión que intente dejarnos en ridículo. Bueno. Pues no olvidemos que después de la tempestad, viene la calma, la serenidad y, dentro de lo que cabe, la objetividad personal.

Nuestro planteamiento debe ser: ¡Párate! ¡Piensa! ¡Reflexiona serenamente! Y a partir de ahí ver la forma de no hacer caso de la ofensa ni de la persona. Procurar olvidarnos de eso. Y si la ocasión se presenta, buscar un diálogo constructivo con la persona para ver juntos el daño hecho y disculpar quitando importancia a lo acaecido, aunque en algún momento lo veamos complicado. Entiendo que siempre debemos mirar que la reconciliación y el perdón son fundamentales para el entendimiento entre el ofensor y el ofendido. Y sin olvidar que lo que no deseamos para nosotros tampoco lo debemos desear para nadie. Y eso supone que nosotros debemos evitar en todo momento la ofensa a otras personas.

Incluso si fuese necesario habría que recurrir a la corrección fraterna. ‘Si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano’. (Mt. 18, 15-20). Ese es el principio. La lectura completa de la perícopa nos da el sentido completo que tiene. Les aseguro que personalmente lo he tenido que hacer con otra persona después de soportar muchas cosas, pero por el bien de la comunidad tuve que reunirme con ella, dialogar y aclarar muchas cosas de las que no se había dado cuenta (o al menos, eso me dijo) y todo quedó muy claro.

Y que no nos preocupe si quiero perdonar pero no puedo olvidar. Miren ustedes. Somos humanos y una de las facultades que tenemos es la memoria. Cualquier suceso que nos haya afectado negativamente es posible que lo recordemos mientras vivamos. Pero lo fundamental es que no nos detengamos en ese recuerdo de manera que nos haga daño y por otra parte tengamos presente que ‘aquello’ ya está perdonado y no vale la pena volver la mirada atrás. Nos quedaremos mejor. Y cuando hayamos conseguido que nuestro perdón se haya derramado de corazón sobre la persona o personas que en un momento dado nos hicieron sufrir, volvamos nuestra vista a Jesús, hagámosle un guiño de complicidad y digámosle: ‘Como Tú, Señor. Gracias por ayudarme a salir de este atolladero. Gracias por la felicidad que me has dado. Sigue conmigo, porque ¡como me dejes sólo…! arreglado estoy.’ Sí, amigos. Seamos cantores de Luz y Esperanza en la Divinidad.



Que Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y Nuestra Señora de las Gracias de Torcoroma nos bendigan y ayuden en nuestras dificultades y problemas.

No hay comentarios: