sábado, 24 de agosto de 2013

Creo en la Santa Iglesia Católica (I)

JESÚS DA LAS LLAVES A PEDRO.-PERUGINO.-RENACIMIENTO
Pues…esta vez el título de la entrada lo he puesto en forma afirmativa. Claramente afirmativa. Como muchos de los cristianos de a pie que a diario andamos por las calles de nuestras respectivas ciudades con nuestros problemas y nuestras pequeñas (o grandes) cruces a cuestas. Pero, ¿todos los cristianos estamos convencidos de creer en ella? Tal vez usted sí y, además, a conciencia. No obstante hay muchas personas, cristianos que se autodefinen como católicos, que dicen ‘creer en Dios, pero no en la Iglesia’. ¿Lo han oído eso alguna vez?
Créanme. Personalmente sí que lo he oído. Desgraciadamente, muchas más veces de lo que me hubiese gustado. Las argumentaciones de estas personas (insisto en que me refiero a las personas que lo decían delante de mí y de otras personas) eran paupérrimas. No había consistencia alguna en sus planteamientos. En mi interior sentía la tristeza de oír las erróneas conclusiones a las que llegaban, porque estaban planteando una ausencia de experiencia eclesial por una parte y por otra una ignorancia de los Evangelios y de la persona de Jesús de Nazaret.
BASÍLICA DE SAN PEDRO, EN EL VATICANO
Daban a entender en el primer caso que no les interesaba conocer la Iglesia porque su doctrina, (fundamentada en la doctrina de Jesucristo contenida en los Evangelios), era un serio obstáculo para su concepción de la vida y del tipo de sociedad que les interesaba vivir. En cuanto al segundo, estaba claro que su concepto de Dios y del Redentor, lo tenían definido según les convenía a ellos. Se habían fabricado un dios a su medida que no tenía nada que ver con Quien había venido a redimir el género humano a instancias del Padre y apoyado en todo momento por el Espíritu Santo.
Por supuesto que aquí hay tema para muchísimo espacio, pero tampoco se trata ni de escribir ningún libro ni tampoco, eso menos todavía, de criticar o juzgar esas personas.
JESUCRISTO DA LAS LLAVES A PEDRO.-PIERRE BERGAIGNE.-BARROCO
 No es de mi competencia, si bien me ha servido como un hecho, que desdichadamente se da, para entrar en este punto del Credo que comentamos. Sin embargo, por la importancia que tiene según creo, le voy a dedicar varias entradas, no muy largas para no hacerlo pesado.
En primer lugar, ¿de dónde procede el nacimiento de la Iglesia Católica? De los evangelistas que vivieron el día a día con Jesús, Mateo y Juan, solamente el primero lo menciona.  Debió tener una vivencia tan íntima que en su Evangelio nos lo dejó explícitamente claro: Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Él les dijo: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo’. (Mt. 16, 13-20).
Lo primero que todos debemos tener claro es que el mismísimo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quiso hacerlo así y así lo hizo. Con una base humana, los Apóstoles y discípulos que le seguían, y con un ‘primus inter pares’, es decir un primero (Pedro) entre sus iguales (el resto de Apóstoles). 
DOCE AMIGOS DE JESÚS
Sobre esa roca se fundamenta la base humana de la Iglesia Católica con la primacía de Pedro, por designación directa del Redentor, como primer Vicario del Maestro. O sea, que fue, como lo nombramos hoy, el primer Papa de la Historia de la Iglesia. Permítanme que insista: Así lo quiso el Fundador de nuestra Iglesia Católica para entonces y para los siglos venideros, como estamos viendo ahora y cuyo testigo de que así ha sido con el paso del tiempo es la HISTORIA UNIVERSAL DE LA HUMANIDAD desde el año uno, siglo primero después de Jesucristo. ‘Nada hizo Él ni padeció que no fuera por nuestra salvación, para que todo lo bueno que hay en la cabeza lo posea también el cuerpo’. (San León Magno. Sermón 15, sobre la Pasión).
Los distintos sucesores de Pedro, los Papas, hasta llegar al actual Francisco, y de los Apóstoles, los Obispos de las distintas Diócesis del mundo, hasta llegar al que cada uno tenga en su Diócesis respectiva, son los encargados de cumplir con el deseo y la misión que Jesús encomendó. Y ellos y nosotros sabemos que para ello tenemos la promesa de la Cabeza de la Iglesia de ayudarnos a todos: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta el fin del mundo’. (Mt. 28, 16-20).
PENTECOSTÉS.-GIOVANNI LANFRANCO.-BARROCO
Digamos que esto es el principio histórico que se ha ido desarrollando. Pero es necesario decir también que el nacimiento de la Iglesia como tal, su puesta en marcha, está en el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua de Resurrección: Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso, llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo.
 Al oír el ruido, la multitud se reunió y se quedó estupefacta, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Fuera de sí todos por aquella maravilla, decían: "¿No son galileos todos los que hablan? Pues, ¿cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra lengua materna?’. (Act. 2, 1-6).
Naturalmente que ustedes conocen este fragmento de los Hechos. ¿Cuántas veces lo habremos meditado y lo habremos recordado? ¿Y no hemos sentido un poquito de sana envidia por no estar allí en esos instantes? Pues no, no estábamos allí en ‘esos’ instantes, pero estamos ‘aquí’ también en esos instantes, porque el mismo Espíritu de Dios que los llenó a ‘ellos’, también hoy nos llena a ‘nosotros’ cada momento. No me detengo en esto porque las dos últimas entradas hemos hablado de Él. Pero es así y cada uno de los que están abiertos a su acción, podría contar múltiples experiencias y vivencias personales en este sentido.
MISA SOLEMNE EN LA CATEDRAL DE SAN SALVADOR
Precisamente porque el Espíritu actualiza aquel Pentecostés en el Papa, la Jerarquía, sacerdotes y religiosos y religiosas aquí y ahora, y porque también lo hace con cada uno de los laicos bautizados, cabe hacer una consideración. La palabra ’Iglesia’ puede encerrar un concepto más o menos abstracto, pero de alguna manera hay que llamar a ese conjunto de personas que aceptan seguir a Jesucristo reunidos en una comunidad. Sin embargo el concepto ‘Iglesia’ encierra en sí mismo un concepto mucho más claro, mucho más útil, mucho más práctico, mucho más…revelador. Un concepto que para muchas personas, especialmente para aquellos que nombraba al principio que dicen no creer en ella pero sí en Dios, si se dieran cuenta de este pequeño ‘detalle’ tal vez creerían en la Iglesia. No podemos olvidar que el sentido auténtico de la Iglesia es que somos todos y cada uno de nosotros, los que la componemos, las piedras VIVAS que componemos esa Iglesia Universal que Jesús quiso fundar sobre una de esas piedras: Pedro. Y la Iglesia será lo que nosotros, con nuestra actuación y trabajo cumpliendo con la voluntad de Dios, la construyamos, conservemos y prestigiemos día a Día.
‘Tu es Petrus et super hanc petram ædificabo ecclesiam meam  et Portae inferi no prævalebunt adversus eam’. Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. 
JESÚS ENTREGA LAS LLAVES DE LA IGLESIA A PEDRO.-MASTER OF THE LEGEND OF THE HOLY PRIOR, c. 1470.-RENACIMIENTO
Disculpen el latín anterior, pero me lo hicieron aprender así cuando estudiaba el Bachillerato. Es un pequeño homenaje a aquel sacerdote-profesor que tuve. Continúo. Si aquella roca, aquella ‘piedra’, era un hombre, el resto de las piedras para formar este magno edificio somos todos los que hemos recibido el Sacramento del Bautismo. Si esas personas a las que me refiero no creen en la Iglesia y están bautizados, no están creyendo en ellos mismos y se están echando piedras a su propio tejado. Y cada uno de nosotros, ellos también, tenemos nuestra propia responsabilidad en nuestra pertenencia y permanencia en la Iglesia de Jesucristo.
Pero sí que deseo destacar también  un detalle, aparentemente insignificante en el primitivo Pentecostés que nos relatan los Hechos de los Apóstoles: ‘Estaban todos juntos’, es decir, estaban unidos. Y unidos siguieron cumpliendo el encargo del Maestro. Si hacemos una mirada introspectiva a nuestro cristianismo, ¿podemos decir que sentimos la misma unión que tenían ellos? Me da la impresión que eso ya es más complicado, ¿verdad? Por mi triste experiencia vivida a lo largo de más de cincuenta años trabajando por la Iglesia en las Parroquias y en varias Diócesis, ocupando en ocasiones cargos diocesanos, he visto muchas cosas, pero jamás he permitido que hicieran mella en mi cristianismo, aunque momentos de desánimo y tristezas…algunas hubo. A fin de cuentas, la Iglesia si se mantiene en su puesto, a pesar de las persecuciones que ha sufrido y vergonzosamente aun continúan hoy en distintos lugares del planeta, no es por las personas que la formamos.
NUESTRA SEÑORA DE LA ISLA DEL PRÍNCIPE EDUARDO
Dejemos momentáneamente aquí esta entrada que continuaremos próximamente. Que Nuestro Señor Jesucristo resucitado y triunfante y su excelsa Madre, Reina de la Creación, nos bendigan. 

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