sábado, 28 de enero de 2012

LA IRA (I)

MARTIRIO DE SAN ESTEBAN.-REMBRANT HARMENSZ VAN RIJN.-BARROCO

Me parece que si yo les preguntase si en alguna ocasión se han enfadado o irritado contra algo o con alguien, me encontraría con un elevado índice de probabilidades de que me respondieran afirmativamente. Es más. Hasta es posible que alguno de ustedes (si no todos), me aseverasen que eso es algo que nos ocurre a TODOS.

Y realmente es así. Incluso entre los niños pequeños hemos presenciado sus rabietas infantiles cuando sus padres les han contrariado (por su bien, aunque ellos no lo entiendan) en alguna petición o capricho. Esto parece propio de la naturaleza humana.

Incluso es posible que a más de uno podría ocurrirle que ante una situación injusta, ante la que se encuentra totalmente impotente, haya sacado ese genio que todos tenemos y haya pronunciado alguna que otra palabra altisonante (en España lo llamamos ‘tacos’) con las cuales parece que se libera y acaso encuentra un alivio o válvula de escape ante la impotencia que siente.

LA IRA.-PATRICK VARACHEZ.-CONTEMPORÁNEO

Conozco muy directamente personas que ante la Ley que legaliza esa lacra asesina del aborto han dicho, fuera de sí, las mayores barbaridades. Incluso cuando se leían las declaraciones de un determinado personaje político diciendo que un feto de trece semanas es
"Un ser vivo, claro, lo que no podemos hablar es de ser humano porque eso no tiene ninguna base científica", esos amigos míos (discúlpenme: yo, también) se exaltaban hasta llegar a rozar el insulto al ver su sectarismo y su carencia de los conocimientos más elementales de la ciencia que en cualquier escuelita, por pequeña que sea, se enseña como uno de los conocimientos básicos elementales.

Y es que resulta muy difícil contener el justo furor que produce el asesinato de seres indefensos o la incultura de semejantes entes que en lugar de ocupar un puesto en la política de una nación, acaso debieran volver a la escuela elemental primaria para no demostrar el bochornoso ridículo que hacen.

NIÑO ABORTADO, HACIA EL CIELO

Esta especie de preámbulo parece muy rebuscado, pero en realidad no es así. He partido de situaciones que he presenciado y de alguna manera he vivido y participado también en la indignación provocada por los hechos comentados. De alguna manera dan pie para introducirnos en el tema de ese otro pecado capital que es la ira.

¿Quiero decir entonces que los hechos comentados anteriormente son pecado? Pues no. No es eso precisamente lo que quiero decir. En principio, para que una acción sea pecado grave, deben darse tres condiciones: que la materia sea grave, que haya advertencia de esa gravedad por nuestra parte y que, siendo conscientes de esto, consintamos en hacerlo. Y la ira, como pecado, debe cumplir estas tres condiciones.

Entonces no confundamos la justa indignación que nos puede producir algo que esté en contra de la razón, con que ese sentimiento de indignación nos conduzca a un deseo desordenado de venganza, o de desearle el mal a quien nos produce la indignación, cosa totalmente en contra de la razón y del mandamiento divino del Amor.

¿Podremos decir, entonces, que existe un tipo de ‘ira’ bueno, que se mantiene dentro de los límites de la moderación que podría presidir cualquier conducta? Pienso que sí, y por lo que dice San Pablo, parece que así nos lo da a entender: ‘Si os enojáis, no pequéis, ni se ponga el sol sobre vuestro enojo. No deis entrada al diablo’. (Ef. 4, 26-27).

RUINAS DE ÉFESO

Distingue entre el enojo, que puede producir cualquier situación, y el pecado en que puede desembocar esa hipotética situación. Acaso el mismo sentido que tenemos de la justicia, de la rectitud, del bien, nos pueda impulsar en determinados momentos a perder el equilibrio emocional y conducirnos a la exageración de nuestros juicios y criterios.

Abundando en esto, San Agustín tiene algo que decir: ‘Quien se enfurece con causa no es culpable; porque si la ira no existiese, ni aprovecharía la doctrina ni los tribunales estarían constituidos, ni los crímenes se castigarían. Así, quien no se enfurece cuando hay causa para ello, peca: la paciencia imprudente fomenta los vicios, aumenta la negligencia e invita a obrar el mal, no solo a los malos sino también a los buenos’. (SAN AGUSTÍN. Sobre la Ciudad de Dios).

Pero no perdamos de vista lo que piensa Santo Tomás: ‘Si uno se encoleriza cuando debe, en la medida que debe, por lo que debe encolerizarse, etc., es entonces la ira un acto de virtud’. (SANTO TOMÁS. Sobre los Mandamientos).

SANTO TOMÁS DE AQUINO.-FRANCISCO HERRERA, EL JOVEN.-BARROCO

Ya ven. En principio podríamos decir que la ira no es mala y eso acaso nos condujese a pensar que todo está bien. Esto hay que matizarlo. La ira, en el sentido de enfado, de simple enojo, de irritación ante situaciones injustas o el furor que pueda producirnos, no es malo, SIEMPRE QUE no nos lleve a desear mal a nadie. No olvidemos que no somos quienes para juzgar a NADIE. Faltaríamos a la caridad. El Juez solamente es Uno y Trino. Para nosotros queda juzgar situaciones, problemas, cosas en general.

Hecha esta salvedad, aquí nos vamos a referir a la ira como pecado. Esa ira que nos impide ser nosotros mismos y caer en deseos de venganza, de desear mal a los demás, que nos impulsa al odio y al rencor. En una palabra: ser irracionales. Perder nuestra característica de personas ‘razonables’ capaces del autocontrol, del diálogo, del reconocimiento de nuestras propias limitaciones,…

La ira, así entendida, la ha perseguido la Sagrada Escritura desde siempre. El Génesis ya nos cuenta cómo vino el primer homicidio de la Historia. Caín y Abel hacen ofrendas a Dios. Los sacrificios de Abel eran gratos a Dios. Los de Caín, no.

CAÍN Y ABEL.-PEDRO PABLO RUBENS.-BARROCO

‘Se ENFURECIÓ Caín y andaba cabizbajo…’ (Gen. 4, 1-16). Dios le avisó que esa conducta no era correcta, pero al final se impuso la irracionalidad, el rencor, la envidia que roía el corazón del hermano de Abel. Y lo mató. A eso puede conducir el pecado de la ira.

Cuando el rey David ordenó matar a Urías para casarse con Betsabé, hizo brotar la cólera de Dios, porque se indignó contra David al ver tamaña injusticia, como hubiéramos hecho, posiblemente, nosotros. Natán fue el encargado de hacérselo ver con un ejemplo que se puede leer en 2Sam., cap. 11 completo y 12, 1-15. El mismo rey se indignó y lanzó la frase justa: ‘¡Vive Yavéh que el que tal hizo es digno de muerte! (2Sam., 12, 5).

NATÁN REPRENDE A DAVID SU PECADO

Y la respuesta de Dios le llegó a través del profeta: ‘Tú eres ese hombre’. Este ejemplo está referido a la indignación de Dios con David por su orden de matar a Urías. Es lo que anteriormente he nombrado como ‘ira buena’, en sentido de indignación.

En este sentido tenemos también la justa indignación de Jesús con los mercaderes del Templo. (Jn. 2, 13-18). Hace tiempo leí una frase que seleccioné por lo que encierra de positivo y que me ayudó mucho a entender esto del ‘genio’ que tenemos las personas. Aunque no recuerde de dónde ni de quién es, ya que es la frase en sí lo medité en su día, la transcribo: ‘Bíblicamente, la ira es una energía dada por Dios con la intención de ayudarnos a resolver problemas’. Si se dan cuenta, en su significado está contenido que en sí misma no es mala. Son nuestras actitudes la que transforman su contenido.

A partir de ahí podríamos hacer un retrato robot de la persona iracunda. En principio son poco o nada dialogantes y la tolerancia no suele figurar entre su vocabulario habitual. Cuando se encuentran en medio de un diálogo y éste desemboca en algún aspecto que no concuerda con su concepto del mismo, los gritos y la furia es muy posible que hagan acto de presencia a través de ellos. Si alguien desea restablecer la calma y desde la concordia pretende suavizar el clima de tensión, lo más probable es que se estrelle ante la actitud ciega y torpe del que se deja llevar por su ira absurda.

En esos momentos parece que todas las venas de su rostro, normalmente rojo por su actitud, están dispuestas a estallar. Todas las palabras que brotan de su garganta surgen atropelladas e incoherentes en ocasiones y las que se suelen entender muy claras son las que hacen referencia a los insultos que dedica a cuantos cree que puedan estar en contra de sus criterios o puntos de vista. Tampoco sería extraño que alguna mesa recibiese el puñetazo de rigor con el rubricarían su ‘actuación’. Pero lo peor de todo es que no se dan cuenta de lo que realmente están haciendo. Fíjense:

‘Cómo el hombre encolerizado jamás tiene por injusto su enojo, alimenta su ira con muchos falsos juicios. De lo dicho se infiere que vale más aprender a no enfadarse que intentar enfadarse con moderación y prudencia; y por si por imperfección o flaqueza nos sorprende la ira, más vale rechazarla al instante que entrar con ella en capitulaciones, pues por poco lugar que se les dé, se apodera de la plaza y hace como la serpiente, que donde entra la cabeza fácilmente entra todo el cuerpo’. (SAN FRANCISCO DE SALES. Introducción a la vida devota).

SAN FRANCISCO DE SALES, DOCTOR DE LA IGLESIA

Siempre existen algunas citas que hacen referencia a este tipo de personas. Por ejemplo, esta otra: ‘Cuando somos zarandeados por la ira, estamos faltos de lucidez en el juicio, de la imparcialidad en el discernimiento, de la justa medida indispensable para dirimir las diferencias’ (CASIANO. Instituciones). Parece que este pensamiento hace una clara referencia a este tipo de personas, ¿no creen?

Es triste. Muy triste este tipo de actuaciones por las personas que obran así. Si la pasión que se siente llevase a tomar actitudes de venganza deseando para los demás castigos inmerecidos mayores de los que en justicia le corresponderían, en contra de la caridad y sin moderación alguna, se podría convertir en el pecado de la ira.

LA IRA.-EL BOSCO.-GÓTICO

Ya que como cristianos hemos de estar en continuo crecimiento en la perfección de nuestra conducta, creo que es conveniente y necesario eludir todo aquello que nos pueda producir enojo o alguna alteración mayor que nos lleve al pecado, ya que cuando nos serenamos y analizamos objetivamente nuestra actuación, sentiríamos esa justa vergüenza que nos produce las actitudes tomadas. Y ¿para qué pasarlo mal? Es cierto que en ocasiones, tal vez muchas, sea inevitable, pero al menos vayamos con cuidado continuamente.

Ante esto tengamos en cuenta que no estamos solos.’No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza’. (2 Tim. 1, 7). Apoyados en la Gracia de Dios podremos superar las dificultades y vencer, no solamente la ira, sino cualquier situación o pecado.
En la próxima entrada finalizaremos este tema. Que nuestro Redentor y Nuestra Señora de Roncesvalles nos colmen de bendiciones.

miércoles, 11 de enero de 2012

La gula (y II)

EL GUSTO.-JAN BRUEGHEL DE VELOURS.-BARROCO

Pues como les dije vamos a terminar este tema de la gula y sus posibles soluciones, si bien aquí no se trata de dar recetas ni tampoco de tratar exhaustivamente de todos los remedios posibles.

Muchas. Muchísimas veces hemos oído hablar del ayuno. A muchas personas les repele porque no les gusta el sacrificio. Me parece que bastantes religiones lo aconsejan y practican, pero me voy a referir concretamente a la religión Católica que es la que más conozco por ser la mía.

Parto de una pregunta. ¿Qué tendrá el ayuno que hasta el mismísimo Jesucristo lo practicó? Y no solamente lo practicó, sino que quiso prepararse para el comienzo de su vida pública en la que iba a transmitir la voluntad del Padre y desarrollar la misión para la que había nacido y asumido nuestra naturaleza humana. Después de su bautismo marchó al desierto, a la soledad, al silencio, posiblemente, ¡quién sabe!, a preparar un esquema para su futura evangelización, a cuarenta días de ayuno riguroso al final de los cuales (¡claro!) sintió hambre.

‘El ayuno fortifica el espíritu, mortificando la carne y su sensualidad; eleva el alma a Dios; abate la concupiscencia, dando fuerzas para vencer y amortiguar sus pasiones, y dispone el corazón para que no busque otra cosa distinta de agradar a Dios en todo’. (San Francisco de Sales. Sermón sobre el ayuno).

Me parece que estaremos de acuerdo que ayunar supone siempre, de entrada, un sacrificio que nuestra condición humana no está dispuesta a aceptar. Pero yo me atrevería a decir que el ayuno es útil, necesario y provechoso, porque con ese tipo de sacrificios se consolida la personalidad, podemos ser más objetivos para saber ver cómo somos realmente, podemos conocer mejor los inconvenientes, peligros y problemas que podemos tener en nuestro quehacer diario y desde ese prisma podemos ver con mayor imparcialidad y objetividad cómo es realmente nuestra actuación con respecto a la Palabra, con respecto a nuestro trato con Dios y con respecto al Mensaje del Maestro.

Sí, amigos. Jesús nos lo pone ahí y nos lo propone para enriquecer su seguimiento. Con el ayuno acaso podamos purificar más y mejor nuestras actitudes cristianas. El mismo Dios lo pide así a Israel como mandato: ‘Esta será para vosotros una ley perpetua. El día diez del séptimo mes ayunaréis y no haréis trabajo alguno, ni el nativo ni el emigrante que reside entre vosotros. Porque ese día se hará rito de expiación sobre vosotros para purificaros y seréis purificados de todos vuestros pecados delante del Señor’. (Lev. 16, 29-30).

‘Mas ahora –oráculo de Yavéh- volved a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con lamentos’. (Joel, 2, 12). Isaías expone más claro lo que Dios le comunica, y que a nosotros nos marca una pauta en nuestros ayunos, que además de lo referido al sacrificio en comidas o bebidas, manifiesta sus preferencias. Así habla Dios: ‘El ayuno que yo quiero es éste: que abras las prisiones injustas, que desates las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas las tiranías, que compartas tu pan con el hambriento, que albergues a los pobres sin techo, que proporciones vestido al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes. Entonces brillará tu luz como la aurora y tus heridas sanarán en seguida, tu recto proceder caminará ante ti y te seguirá la gloria del Señor’. (Is. 58, 6-8). ¡Buff! ¡Casi nada! Menudo programa nos propone nuestro Padre Celestial, pero ¿es que no vale lo que dice al final? Cumpliendo todo esto, ‘TE SEGUIRÁ LA GLORIA DEL SEÑOR’. Es para meditarlo y revisar continuamente nuestra relación con Él, ¿no les parece?

La Iglesia Católica solamente pone dos días de ayuno en todo el año: El Miércoles de Ceniza, con el da comienzo la Cuaresma, y el Viernes Santo, en el que se conmemora el Sacrificio Redentor de Cristo en la Cruz por todo el género humano, sin distinción de razas o nacionalidades. Aparte, figura el Día del Ayuno Voluntario y los días que, voluntariamente y por la razón que fuere, cada cristiano ayuna por sí mismo sin que nadie se lo mande. El Beato Juan Pablo II, de feliz memoria, dice: ‘El ayuno significa un dominio sobre nosotros mismos; significa ser exigentes en las relaciones con nosotros mismos; estar prontos a renunciar a las cosas, y no solo a los manjares, sino también a goces y placeres diversos’. (Juan Pablo II. Homilía del 28 de noviembre de 1979).

CRISTO DE LA CLEMENCIA.-JUAN MARTINEZ MONTAÑÉS.-RENACIMIENTO

No obstante, la Iglesia Católica propone, como hace con todos los pecados capitales, una virtud opuesta a la gula y marca unas sugerencias para poder seguirla en orden a nuestro bien, a nuestro perfeccionamiento en el servicio del Salvador. Se trata de una de las cuatro Virtudes Cardinales: la Templanza. Mientras preparaba este tema me planteaba: Como otras tantas cosas de nuestra Religión, ¿tendremos claro los cristianos en qué consiste esta Virtud? Me parece que no, al menos en la mayoría del pueblo llano que llena nuestras iglesia los domingos pero que no profundizan en su formación cristiana.

San Pablo nos lo dice a nosotros explícitamente a través de los escritos que les dirigió a la comunidad cristiana de Tesalónica: ‘No durmamos como los demás, antes bien, estemos en vela y vivamos con templanza’ (I Tes. 5, 6). Su discípulo Timoteo, al que se supone encargado de la Comunidad cristiana de Éfeso, también le dice: ‘No nos ha dado Dios espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza’ (2 Tim. 1, 7). Estos consejos siguen siendo vigentes hoy para nosotros.

Nuevamente el Beato Juan Pablo II dice haciendo alusión a la Templanza: ‘No se puede ser hombre verdaderamente prudente, ni auténticamente justo, ni realmente fuerte si no posee también la virtud de la Templanza. Se puede decir que esta virtud condiciona indirectamente todas las demás virtudes, pero se debe decir también que todas las demás son indispensables a fin de que el hombre pueda ser “moderado” o “sobrio”.’ (Juan Pablo II. Sobre la Templanza. Audiencia general del 22 de noviembre de 1978).

LA TEMPLANZA.-PIETER BRUEGHEL, EL VIEJO.-RENACIMIENTO

Hoy, en esta sociedad en la que se minusvalora el esfuerzo, el sacrificio personal y cualquier tipo de valores humanos, esta virtud, como cualquiera de las otras, está infravalorada, minusvalorada, cuando no ridiculizada. Pero lo cierto es que cuando surge en el ambiente social una persona que desarrolla una personalidad fuerte, que sabe controlar los hechos que le van surgiendo día a día siendo dueño de sí mismo y de sus actos, congruente con lo que piensa y con lo que dice y reconoce sus limitaciones y debilidades y a pesar de todo ello intenta ser cada vez mejor e incluso ser el mejor, levanta la admiración y la confianza de cuantos le rodean.

Cabe pensar que una persona así es una utopía, pero no es así. Conozco algunas de ellas y las tomo como referencia para escribir esto, aunque tengan también sus debilidades, contra las cuales me consta que luchan sin descanso.

PASTORES DE LA ARCADIA.-NICOLÁS POUSSIN.-BARROCO

Al decir esto estoy refiriéndome a la Templanza en cuanto se refiere a la gula, pero se puede aplicar lo mismo a cualquier otro vicio que nos pueda apartar de Dios y de nosotros mismos. Con la Templanza podemos moderar esa fuerte atracción que podemos sentir como seres humanos que somos, hacia esos caprichos que van apareciendo cada día al alcance de cualquiera. Y con la Templanza aseguramos el dominio de la voluntad sobre cualquiera de los instintos que podemos sentir.

En la Sagrada Escritura hay muchas referencias a esta Virtud. Así, podemos leer ‘Hijo, fíjate en lo que es bueno para tu salud, mira lo que te perjudica y prívate de ello. Porque no todo les conviene a todos, ni todo satisface a todos. No comas sin medida cualquier manjar, ni te abalances sobre la comida; porque la glotonería produce enfermedad, y la intemperancia provoca cólicos. Muchos han muerto por comer demasiado, pero el que se controla, prolonga su vida’. (Eclo. 37, 27-31). Sabios consejos, ¿no?

Lo curioso y real es que realmente somos y nos sentimos más libres y satisfechos de nosotros mismos cuando sabemos que podemos dominar esas pequeñas (o grandes) cosas que de alguna manera nos han tentado. Con el ejercicio de la templanza viene también el ejercicio de la sobriedad, de la humildad, de la moderación en cuanto tiene algo que ver con nosotros, a pesar de ese aluvión mediático de la sociedad, de la propaganda de cosas a través de anuncios, y un largo etcétera que para cada persona puede ser diferente en cuanto que no hay dos personas iguales.

Y eso requiere un entrenamiento, un ejercicio diario en aquello que cada uno sabe que debe resistir o apartar. Se debe buscar una reflexión serena y objetiva para conocer lo que nos conviene en cada situación y ‘saber estar’ y ‘saber ser’ como personas y como cristianos.

Dios nos ha adornado con uno de sus mejores regalos: la libertad. Pero lo que ocurre es que hay quien la puede confundir con el libertinaje que, obviamente no es lo mismo. El recto ejercicio de la libertad es uno de los medios que tenemos para la forja de nuestra personalidad, de sanos criterios de discernimiento, de humanizarnos más.

Pienso que es en este sentido como se pronuncia este Padre de la Iglesia: ‘Sé sobrio como un atleta de Dios: el premio ofrecido es la inmortalidad y la vida eterna, en la que tú crees también firmemente’. (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a San Policarpo).

Parece ser que viene como anillo al dedo sobre esto último escrito lo que también dice el Eclesiástico: ‘No te dejes arrastrar por tus pasiones y refrena tus deseos. Si te concedes todos tus caprichos, serás el hazmerreír de tus enemigos. No te aficiones a una vida de placer, ni te dejes dominar por él. No te arruines banqueteando con dinero prestado, cuando no tienes nada en el bolsillo’. (Eclo. 18, 30-33). Esto no se consigue de hoy para mañana. Es necesario, con la ayuda de Dios, tener una constancia que nos vaya acercando progresivamente a la posesión, cada vez más perfecta, de esta Virtud.

Claro que… quizá alguien pudiera argumentar que ‘eso’ que dice el Eclesiástico pertenece al Antiguo Testamento, pero ese argumento caería por su propio peso, aunque solamente mirásemos los aspectos humano y educativo, ya que ese Libro, por muy A.T. que sea, continúa siendo actualmente válido para nosotros porque continúa siendo Palabra de Dios. ¿Qué padre no daría hoy esos consejos a sus hijos?

LA BURLA DEL BORRACHO.-FRANCISCO DE GOYA.-ROMANTICISMO

Pero de todos modos, San Pablo lo manifiesta muy claro cuando se dirige a Tito, a quien llama ‘mi verdadero hijo en nuestra fe común’ (Tito, 1, 4), dándole este consejo: ‘Se ha manifestado la Gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres. Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad, aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y salvador, Jesucristo’. (Tito. 2, 11-13).

Posteriormente, a los cristianos de Tesalónica, también les dice: ‘No durmamos como los demás, antes bien estemos en vela y vivamos con templanza’. (1 Tes. 5, 6).

No alberga, pues, duda alguna el sentido de este mensaje, consejo, recomendación o como lo queramos llamar. En definitiva, todo va dirigido a la Parusía. ‘Velad sobre vosotros mismos, no suceda que se ofusquen vuestros corazones con la glotonería y embriaguez y os sobrecoja de repente aquel día’. (Lc. 21, 34)

JUICIO FINAL.-MARTEN DE VOS.-MANIERISMO

Y me reservaba el argumento definitivo para el final. Jesús está en la fase final de su ayuno voluntario en el desierto. Sintió hambre y Satanás no dudó en hacerle una ‘visita’. ‘Si eres Hijo de Dios, di a esa piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre. (Lc. 4, 3-4). Nadie puede rebatir este argumento del Maestro, porque es la mismísima Palabra quien lo dijo. Fue el Logos quien habló a ese enemigo visceral de todos que es el diablo.

Después, con el paso de los años y de los siglos, la Iglesia continuó y continúa señalando orientaciones y caminos a seguir en la búsqueda de esa perfección que nos aconsejó Jesucristo: ‘Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto’. (Mt. 5, 48). Así se nos dice: ‘La templanza en el comer, la abstinencia en el beber preservan del vicio, porque así como se libra de él quien de sus causas huye, así no es raro que caiga en sus redes, quien temerariamente con ellas juega’. (SAN AMBROSIO. Tratado sobre las vírgenes, 1).

Comer y alimentarnos es bueno, saludable y necesario, pero siempre con moderación y templanza. Ahora ya es cuestión de que sigamos las enseñanzas de nuestro Salvador y las llevemos a nuestra vida.

Que Él y su Madre, Nuestra Señora de Ostra Brama nos bendigan y acompañen siempre.

sábado, 24 de diciembre de 2011

La gula (I)

BANQUETE NUPCIAL.-PIETER BRUHEGUEL.-RENACIMIENTO

‘Portémonos con dignidad, como quien vive en pleno día. Nada de comilonas y borracheras. Nada de lujuria y libertinaje. Nada de envidias y rivalidades. Por el contrario, revestíos del Señor Jesucristo y no fomentéis vuestros apetitos’. (Rom. 13, 13).

Puede inducir a confusión el hecho de leer este pasaje de San Pablo de manera frívola, ligeramente, de pasada, sin profundizar ni analizar el contexto. Incluso podría parecer para algunos que tanto el comer como el beber sea pecado o algo así. Y nada más lejos de la realidad.

Creo que estará suficientemente claro para todos, no solamente que no es pecado comer o beber DEBIDAMENTE, sino que es absolutamente necesario y vital. Nuestro organismo se encarga de recordárnoslo con ‘eso’ que solemos nombrar o llamar ‘hambre’ o ‘apetito’.

Volviendo al texto paulino que encabeza la entrada, el mismo Pablo nos indica la pauta: Vivir con dignidad. ‘Nada de comilonas y borracheras’. Por lo que se puede deducir, los destinatarios romanos de la Carta se extralimitaban y abusaban en lo referente al comer o beber.

GULA.-EL BOSCO.-GÓTICO


Casiano nos expone, según su criterio, los tipos de gula: ‘Hay tres géneros de gula. La primera trata de anticipar la hora regular establecida para la refección. La segunda solo atiende a satisfacer el apetito, importándole poco los manjares, con tal que pueda comer hasta la saciedad. La tercera gusta de los platos exquisitos y suculentos’. (Casiano. Instituciones, 4)

Está claro que la comida y la bebida son necesarios en tanto que nuestra salud corporal se beneficia de las sustancias nutritivas que componen los distintos alimentos. Incluso es muy agradable hacerlo cuando saboreamos una comida (especialmente si es de nuestras preferidas) o si paladeamos un buen vino o licor.

El mismo Dios, cuando creó a Adán y a Eva les dijo: ‘Dijo también Dios: Ahí os doy cuantas hierbas de semilla hay sobre la haz de la tierra toda y cuantos árboles producen fruto de simiente, para que todos os sirvan de alimento. También a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todos los vivientes que sobre la tierra están y se mueven les doy para comida cuanto de verde hierba la tierra produce’ (Gen. 1, 29-30). Ya ven que casi es un mandato divino. Entonces, ¿dónde está el pecado de la gula?

En España (ignoro si también se conoce en otros países), hay un refrán o máxima que dice: ‘Hay que comer para vivir; pero no vivir para comer’. La primera parte hace referencia a lo positivo y necesario de la comida. La segunda apunta a lo negativo: concebir la vida hacia un disfrute desmesurado de la alimentación descuidando, incluso, otros aspectos importantes de nuestro quehacer diario, desembocando en abusos y excesos que pueden conducir a enfermedades o algo peor. Me parece claro que todas las cosas tienen una medida. La comida y la bebida, también.

En los límites normales de la alimentación de nuestro cuerpo, incluso podemos estar cumpliendo la voluntad de Dios que nos ha creado así, con lo cual lo estaremos glorificando. Ese puede ser uno de los sentidos que tiene la bendición de la mesa cuando nos sentamos la familia o los amigos alrededor de una mesa a pasar un buen rato mientras saboreamos una comida o cena.

Mateo, después de ser llamado por el Maestro a ir con Él, se despidió de sus amigos dando un banquete al que asistió quien lo había llamado. (Mt. 9, 9-17); (Mc. 2, 13-17); (Lc. 5, 27-32); El mismo Jesús quiso despedirse de sus amigos con una cena, celebrando la Pascua, antes de su cruenta Pasión y cruel crucifixión. (Mt. 26, 17-29); (Mc. 14, 17-25); (Lc. 22, 7-23); (Jn. 13, 1-20 y siguientes)

ÚLTIMA CENA.-JUAN DE JUANES.-RENACIMIENTO

Bueno, pero ¿y la gula?, me preguntarán ustedes. Pues sí. La gula surge cuando perdemos el norte en los límites de la comida. Cuando no se distingue lo justo para alimentarnos de lo que comemos de más, por el buen sabor que pueda tener, por ejemplo, aunque ya no tengamos apetito, el hambre esté saciada y nos sintamos ‘llenos’.

O cuando se empieza saboreando un vino, cerveza o licor y se acaba bebiendo más de lo que podemos o debemos, con lo cual se puede acabar en un coma etílico o borrachera descomunal, perjudicando nuestro organismo o cayendo, con el tiempo, en esa lacra que es el alcoholismo.

Con eso, además de caer en la gula como pecado, también se peca contra el quinto Mandamiento del Decálogo Divino, que en su parte positiva ordena cuidar la salud de nuestro cuerpo, que, dicho sea de paso, es templo de la Santísima Trinidad.

PECADO DE GULA.-TAPIZ.-VAN ORLEY.-RENACIMIENTO

El Cardenal Newman lo manifestó así: ‘La glotonería es un pecado más sutil que la embriaguez, porque no se nota tanto’ (Cardenal J. H. Newman. Sermón en el Domingo I de Cuaresma. Entrega a Dios). Y Santo Tomás de Aquino también nos indica algunas consecuencias de este pecado: ‘La gula es un vicio capital, cuyas cinco hijas son: la alegría necia, la bufonería, la impureza, las palabras necias y el embotamiento de la mente’. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica.)

Para no caer en la gula es necesario tener la mesura suficiente en el comer y en el beber evitando cualquier insaciabilidad y desenfreno que nos haga caer en ese pozo sin fondo. Eso puede conseguirse partiendo de nuestra objetividad en la observación de cada situación, dándonos cuenta de la medida justa que pueda corresponder a nuestro apetito y no traspasarlo. Es tener la fuerza de voluntad suficiente para saber cortar en el momento preciso. Estaremos demostrando que sabemos ser señores de nosotros mismos.

Y ese señorío se consigue con la constancia y la templanza, teniendo en cuenta que esta última es una de las cuatro Virtudes Cardinales. Debemos autoeducarnos continuamente siendo conscientes que ese proceso, como el de formación y perfeccionamiento cristianos, siempre es inacabado. Nunca se sabe todo ni se consigue todo.

LA TEMPLANZA

Para los cristianos es fundamental la oración y el contacto con el Logos, con la Palabra, para aplicarla a nuestra vida. Por ejemplo. Fijémonos en las recomendaciones que hacen en el Antiguo Testamento, totalmente vigentes hoy para nosotros, salvando la redacción y la forma de expresión del pueblo israelita de aquella época:

‘Dirán a los ancianos de la ciudad: Este hijo nuestro es indócil y rebelde y no obedece nuestra voz; es un desenfrenado y un borracho’. (Dt. 21, 20). Pasamos ahora a los Proverbios. ‘Cuando te sientes la mesa de un señor, mira bien a quién tienes delante. Y pon un cuchillo a tu garganta si sientes mucho apetito. No codicies sus manjares delicados, porque es pan engañoso’. (Prov. 23, 1-3). Y también: ‘El que guarda la Ley es hijo prudente, el que se acompaña de glotones es vergüenza de su padre’, (Prov. 28, 7).

El tema no se acaba. En el Nuevo Testamento continúan prodigándose las citas sobre el tema que tratamos, de las cuales entresacamos éstas: ‘¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque tendréis aflicción y llanto’. (Lc. 6, 25). Jesús precavía a sus Apóstoles diciéndoles: ‘Velad sobre vosotros mismos, no suceda que se ofusquen vuestros corazones con la glotonería, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque ese día caerá de improviso sobre vosotros’. (Lc. 21, 34).

San Pablo no pierde la ocasión de insistir en este tema precaviendo a las distintas Comunidades que ha visitado: ‘Su paradero es la perdición: su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y solo piensan en las cosas de la tierra’. Fil. 3, 19). Y a los de Colosas les dice: ‘Bien manifiestas son las obras de la carne…embriaguez, glotonería y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo,, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios’. (Col. 5, 19-21).

Personalmente sí les comento, aunque brevemente, mi propia experiencia vivida en los años de docencia. Los alumnos traían para almorzar golosinas y dulces en abundancia suficiente como para que, con el tiempo, se impusieran a sus padres en la elección de almuerzos y posteriormente de otras comidas poco sanas por el exceso de azúcares y de la comida-basura. Llegaron a presentarse más casos de obesidad de los que nos podíamos imaginar. Después, los lamentos de las madres especialmente los recibíamos en las tutorías. ‘¡Qué quiere que haga! ¿Si no puedo con él!’

De ahí se deduce la importancia que tiene el control paterno en todos los buenos hábitos, y en el caso que nos ocupa acostumbrarlos a comer con sobriedad y tomar alimentos saludables desde muy pequeños con autoridad y firmeza, porque los pequeños van a intentar ‘tomarnos las medidas’ para ver cómo pueden conseguir sus caprichos.

Para estas cosas y para otras muchas son necesarios formación y educación personal en hábitos que fomenten buenas costumbres y valores personales. La personalidad de cada uno pasa por conocerse a sí mismo, conocer cada cual sus propios límites y valorar cosa por cosa, situación por situación, en esa escala inmaterial que cada uno debemos tener. Me refiero a la escala de valores, porque a la hora de hacer una elección, y en la vida hemos de hacer muchas, debemos tenerla en cuenta.

En el caso concreto del que tratamos hay que saber valorar la gula por defecto o por exceso. En el primer caso me da la impresión que tiene cabida esa especia de enfermedad que es la anorexia. Bajo la excusa de tener un ‘buen tipo’ hay personas, especialmente jóvenes, que dejan de comer incluso lo necesario. Su adelgazamiento no es natural, pero en su afán por querer imitar los/las modelos de las pasarelas, les puede hacer perder el norte en lo que a su alimentación se refiere. Por desgracia, hoy se está dando un excesivo culto material al cuerpo físico. Además del sufrimiento y preocupaciones que ocasionan a sus familias respectivas (padres, abuelos,…), cuando se dan cuenta de lo que hacen ya puede ser tarde. Su curación costará más.

En el segundo caso, tenemos lo contrario: la bulimia, que es comer con exceso. Otro modo de llamarla es la glotonería. No haced falta vivir en el antiguo Imperio Romano participando en alguno de los banquetes que los poderosos daban. Se comía y cuando ya no podían más se producían el vómito voluntario para continuar comiendo. Quien lo ha presenciado, dice que hoy, en el siglo XXI, también se dan esos casos en determinados banquetes de bodas u otros semejantes.

En estos casos de comer en demasía para luego tirar (así, literalmente hablando) los alimentos que sobran, pienso que puede existir un pecado, no sé si de escándalo o de qué clase, pero habiendo familias que carecen del mínimo alimento cotidiano por lo que están pasando hambre y necesidad absoluta, es como darles un bofetón a su tremendo problema con su falta de sensibilidad y solidaridad ante sus problemas.


Si a esto añadimos los problemas de hambre que existen en bastantes partes de nuestro planeta, donde diariamente mueren muchísimas personas por falta de alimento, ropa y otras cosas, es para que quien derrocha comida en caprichos o lujos excesivos, se planteara un ajuste en su alimentación o cosas superfluas y si, como puede parecer, le sobra dinero para derrocharlo, colaborase de alguna manera a través de lo que considerase más oportuno, ayudando a quienes lo están pasando mal.

Pero aún queda algo más que tratar de este tema que veremos en la próxima entrada.


Que nuestro Salvador, nacido hoy en Belén de Judá, y su Madre, Nuestra Señora, bajo la advocación de Santa María la Antigua, que lo dio a luz en la pobreza y humildad más absoluta dándonos ejemplo de fe y esperanza en el Padre Celestial, nos bendigan y nos tengan presentes en su intercesión. ¡¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!!

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La lujuria (y II)

JOSÉ HUYE DE LA MUJER DE PUTIFAR.-MURILLO.-BARROCO

En la entrada anterior estuvimos viendo un poco el pecado capital de la lujuria. Ante esta lacra, desgraciadamente de plena actualidad en nuestra sociedad, la Iglesia nos ha propuesto desde siempre la virtud contraria que ayuda a vencerla. Continuamos el tema iniciado en la entrada anterior y terminamos con la virtud de la castidad, que aunque se pretenda obviarla alegando que hoy es imposible vivirla, lo cierto que es que continúa viva y actual. Veamos.

Nada le daría más satisfacción a Satanás que en momento supremo de la muerte poder acusarla de haber caído en la lujuria o en cualquier otro pecado, porque el Apocalipsis ya lo llama ‘el acusador’: ‘Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que les acusaba delante de nuestro Dios de día y de noche’. (Ap. 12, 10). No obstante lo intentó y lo seguirá intentando. San Pablo también insiste en este punto: ‘Embrazad en todo momento el escudo de la fe, con que podáis apagar los encendidos dardos del Maligno’. (Ef. 6, 16). Veamos los ejemplos de unos santos muy conocidos:

San Jerónimo (se retiró al desierto donde sufrió tentaciones, siendo la más habitual la aparición de hermosas mujeres que bailaban de manera lujuriosa a su alrededor). Santo Tomás de Aquino (Siendo todavía novicio supera la tentación de una ramera a la que hace huir con un leño encendido. En el cuadro podemos ver al santo sostenido por un ángel mientras otro tiene en sus manos una cinta blanca para ceñírsela, que simboliza la castidad). Son algunos de los montones de ejemplos que se pueden poner de personas que han hecho una opción en su vida y son fieles a ella hasta el heroísmo, como se ve en estos ejemplos.

TENTACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO.-DIEGO VELÁZQUEZ.-MANIERISMO

La manera de vencer las tentaciones lujuriosas, como las de cualquier pecado, es pedir ayuda a Dios, refugiarnos en la oración aunque nos parezca árida e insípida, hacer algún sacrificio que nos pueda ayudar a salir de la situación en la que nos podamos encontrar y ofrecerlo todo al Padre Misericordioso que todos tenemos, que nos ama con locura y no duda en ayudarnos prontamente. Pero, como dice el refrán, ‘A Dios rogando y con el mazo, dando’. Es decir, orar y confiar en el Creador, pero poniendo por nuestra parte cuantos medios podamos para autoayudarnos.

En un escrito anónimo del S. XIII se puede leer este mensaje totalmente válido hoy, ocho siglos después: ‘¿Y qué cosa más cercana al hombre que su corazón? Allá, en el interior, es donde me han descubierto todos los que me han encontrado. Porque lo exterior es lo propio de la vista. Mis obras son reales y, sin embargo, son frágiles y pasajeras; mientras que yo, su Creador, habito en lo más profundo de los corazones puros’ (Meditación sobre la Pasión y Resurrección de Cristo).

TOBÍAS Y SARA ORAN A DIOS.-JAN STEEN.-BARROCO HOLANDÉS

Uno de esos medios es potenciar la virtud que se opone frontalmente a ese vicio capital de la lujuria: la castidad. La pureza. Ya en el Antiguo Testamento se nos presentan algunos casos de castidad, como es el caso de Tobías y Sara.

Las palabras del anterior texto del S. XIII recogen un magnífico contenido ya que, incluso, nos hacen ver los mártires que han entregado su vida (realmente se la quitaron de mala manera) por defender su castidad, como es el caso de Santa Águeda, que fue torturada y le cortaron los senos por defender su virginidad.

SANTA ÁGUEDA.-ZURBARÁN.-BARROCO

Pero ¿en qué consiste esta virtud? En principio me da la impresión de que en los días y tiempos que estamos viviendo goza de mal cartel. No se valora ni tiene prestigio alguno. Que un muchacho o muchacha digan que son vírgenes es hacerse candidatos a burlas y bromas pesadas sin ninguna consideración, como si fueran bichos raros o procedieran de algún planeta a miles de años luz de nuestro sistema solar. Y sin embargo, los hay. Y saben mantener el tipo, por lo que en muchos casos la marginación se ceba en ellos. Realmente es cruel, ¿verdad?

Sin embargo es perfectamente compatible esta virtud con la vida del siglo XXI. Conozco chicas que con sus estudios universitarios terminados y la licenciatura en el bolsillo, han hecho la opción de entrar como novicias en un monasterio de Carmelitas Descalzas siguiendo el mismo tipo de vida que Santa Teresa de Jesús y posteriormente han hecho los votos solemnes. Así es. La castidad es perfectamente compatible con cualquier persona del mundo de hoy, laicos incluidos, que sepa lo que realmente es y se empeñe en conseguirlo.

‘Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que estén manchadas’. (SAN LEÓN MAGNO. Sermón sobre las bienaventuranzas.)

Porque se puede hacer, ya ven lo que dice este Padre de la Iglesia, pero…es necesario poner lo mejor de nosotros mismos en el empeño y tener claro que requiere un aprendizaje fundamentado en el esfuerzo personal, en el sacrificio que supone renunciar a determinadas cosas, para conseguir un autodominio que nos lleve a controlar cualquier situación, cualquier tentación, desde nuestra propia libertad.

LA CASTIDAD.-CAPITEL ROMÁNICO

Miren ustedes. Para mí, como para cualquiera, sería muy fácil decir que ‘Castidad es la virtud que gobierna y modera el deseo del placer sexual según los principios de la fe y la razón’. Pero esta definición, como cualquier otra que pudiéramos encontrar, aun siendo cierto cuanto dice, pienso que hay que bucear en las entrañas de la definición e intentar analizarla y buscar a través de ella nuestro compromiso con Dios. Ver qué nos pide y cómo seguir el camino que nos lleve a la consecución del dominio de la lujuria, del dominio de la sexualidad irracional. Con la práctica de esta virtud, favorecemos nuestro carácter y nuestra voluntad y nos ayudará a ver las cosas que debemos vencer para erradicarlas de nuestra existencia y no ser esclavos de nuestras pasiones.

Podremos vencer la lujuria mientras mantengamos pura la mente evitando la lectura de revistas o imágenes pornográficas que nos puedan incitar a este vicio. Nuestras energías hemos de orientarlas al servicio de Jesucristo y de la Iglesia, no del pecado, por mucho que las tentaciones nos acosen. Cuando una persona se entrega en cuerpo y alma a servir al Redentor ofreciéndose como instrumento en sus manos, no le queda tiempo para otra cosa que no sea el servicio a los demás, como imagen de Dios que son, igual que nosotros.

COMBATE ENTRE EL AMOR Y LA CASTIDAD.-GHERARDO DI GIOVANNI.-RENACIMIENTO

Sé que no es fácil. Pero también sé que no es imposible. El esfuerzo que hay que hacer para conseguir el autodominio personal es permanente y en su consecución hay veces que se progresa más y otra menos, pero si tenemos en cuenta que la castidad forma parte de esa Virtud Cardinal llamada Templanza, llenaremos de racionalidad nuestros actos y poco a poco llegaremos a la meta final.

Yo me atrevería a decir que para los laicos responsables, la sexualidad, la castidad, debe ser vivida desde la perspectiva de la Cruz y de la Redención del Salvador. Los pensamientos que puedan impulsar el apetito sexual fuera de las normas contenidas en la Ley Natural deben ser controlados por cada uno según sus capacidades y con la ayuda de lo Alto. Solos, será casi imposible.

Nuestro cuerpo merece un respeto muy grande que muchos no le dan porque ignoran lo que dice San Pablo: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le aniquilará’. (1Cor.3, 16) Y más adelante nos aclara todavía más: ‘Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa un hombre, fuera de su cuerpo queda; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis? Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios con vuestro cuerpo’. (1Cor. 6, 18-20)

No en vano rezamos en el Credo que ‘creemos en la resurrección de la carne y en la Vida Eterna’. Y por la Misericordia divina, estamos llamados a gozar y participar de la Gloria con nuestro propio cuerpo. ¿Habrá que mantenerlo puro y limpio de las vejaciones a que lo somete la lujuria? Y si estamos proyectados hacia el infinito y la eternidad, la consecución de este objetivo está muy por encima de torpes gozos pasajeros que denigran la persona humana.

La Iglesia permanentemente está llamando la atención en lo referente al sexto y noveno Mandamientos de la Moral cristiana, que a pesar de que existe mucha gente que la pueda considerar represiva y retrógrada, impropia de los tiempos de hoy, lo que realmente hacen esas personas, es que los cristianos caminemos hacia la esclavitud del vicio y del pecado.

Como cristianos hemos de tener esto muy presente y tomarlo muy en serio. A pesar de las dificultades que tiene, porque las tiene y no pequeñas ni insignificantes, tampoco será tan difícil de lograr cuando el mismo Jesucristo nos dice a los que le seguimos que ‘mi yugo es suave y mi carga, ligera’. (Mt. 11, 30).

No quiero terminar esta entrada sin mencionar esas personas que libre y voluntariamente renuncian a la sexualidad matrimonial y dedican a Dios su virginidad perpetua mediante el celibato de su vida. ‘Hay eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor al reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda’. (Mt. 19, 12) Una vida que junto a su oración, sus sacrificios, su entrega, sus actividades, van conformando las columnas de la Iglesia. A ella ofrecen ‘todo’ en sus conventos o monasterios, en sus misiones por el mundo transmitiendo la Palabra, dedicándose a los demás, al prójimo, por el Amor al Salvador cuya llamada han aceptado, han acogido, han abrazado y han cumplido.

A modo de ejemplo les diré que no puedo olvidar la vivencia que tuve en mi visita a las Comunidades de los Hermanos de San Juan de Dios en las ciudades de Zaragoza y de Palencia. Increíble pero cierta la entrega y dedicación absolutas de los Hermanos y del personal de sus hospitales a los disminuidos físicos y psíquicos o a los enfermos terminales de SIDA.

Y lo mismo me ocurrió cuando visitamos mi esposa y yo, junto con unos amigos, el Cottolengo del Padre Alegre. Compartimos con las religiosas y personal de la Comunidad, así como con los enfermos allí acogidos una jornada de su vida. Oramos juntos, ayudamos a dar de comer a los impedidos, ayudamos a fregar y a limpiar,… Esto no se paga jamás con dinero aunque éste sea necesario para llevar adelante a los enfermos. Pero básicamente son las toneladas de dedicación y cariño que les dedican lo que más llama la atención.

Sí. Así como tenemos la desgracia de tener la lujuria ante nosotros compartiendo su existencia de quienes hacen de ella el eje y entro de sus vidas, también tenemos el honor de tener entre nosotros la castidad, la pureza, como la respuesta a aquel vicio. El Beato Juan Pablo II dijo: ‘La pureza es exigencia del amor. Es la dimensión de su verdad interior en el corazón del hombre’. (Audiencia general del 3 de diciembre de 1980).

EL BESO.-FRANCISCO HAYEZ.-ROMANTICISMO

Ésta nos acerca a Dios. Nos ayuda a mantener la sexualidad en sus justos límites. Nos hace controlar los instintos de nuestro cuerpo, contribuye a llevar a efecto el alejamiento de las relaciones prematrimoniales, no queridas por Dios, y ayuda a prepararnos conveniente y adecuadamente a la recepción del Sacramento del Matrimonio. Desde él podremos vivir santamente la sexualidad y Dios se hará presente de forma especial en ese hombre y en esa mujer, unidos indisolublemente por el matrimonio, camino ¿por qué no? hacia la santidad.

DESPOSORIOS DE LA VIRGEN.-PHILIPPE DE CHAMPAIGNE.-BARROCO

Termino con este pensamiento del Santo Cura de Ars: ‘Debemos profesar una ferviente devoción a la Santísima Virgen, si queremos conservar este hermosa virtud; de lo cual no nos ha de caber duda alguna, si consideramos que ella es la reina, el modelo y la patrona de las vírgenes. San Ambrosio llama a la Santísima Virgen señora de la castidad; San Epifanio la llama princesa de la castidad, y San Gregorio reina de la castidad. (Sermón sobre la pureza).

Realmente vale la pena sacrificarse un poco para ganar eternamente ‘lo que Dios tiene preparado para los que le aman’. (1Cor. 2, 9)

INMACULADA CONCEPCIÓN.-BASILIO SALAZAR.-S. XVII

Que el Creador y Nuestra Señora la Inmaculada Concepción nos bendigan.