domingo, 27 de junio de 2010

Obras de Misericordia (III). Visitar y cuidar a los enfermos


Cabizbajo, como sobrellevando el peso del mundo, sin humor y resignado a la fuerza,…Sí. Éste podría ser el retrato de un enfermo con escasos horizontes. Es un cuadro con el que muchos de nosotros nos hemos podido encontrar casi a diario, si no lo hemos sufrido en nuestras carnes.

Y sin embargo existen muchísimos enfermos que llevan su enfermedad ‘deportivamente’, porque son capaces de reírse de ellos mismos y de su enfermedad y vivir el día a día con un envidiable sentido del humor, procurando no amargar a quienes tienen a su alrededor. Pero ¿eso es lo habitual? No lo sé, pero me temo que no.

Y acaso esta obra de misericordia vaya en este sentido, porque estas personas, estos enfermos, están necesitados de ayuda y cuidados, no solamente físicos, sino también afectivos. Y no digamos espirituales.

La enfermedad es algo inherente a la persona y me parece que todos, en mayor o menor grado, hemos pasado por ella. Y según vamos avanzando en edad y nuestro cuerpo va perdiendo fuerzas y defensas, nos volvemos más vulnerables y nos percatamos que vamos avanzando etapas en la vida.

Nos volvemos más sensibles y acaso tengamos más necesidad de comunicación, de ser escuchados, de sentir un calor humano a nuestro alrededor por parte de la familia, de los amigos, de los compañeros,…

Es un hecho que hemos constatado cuando hemos llevado la Comunión a los enfermos que no pueden salir de casa por su enfermedad. Desean contarnos cosas de sus dolencias, de su familia,… Y se les debe escuchar. Esa actitud es para ellos como un bálsamo que les alivia de alguna manera. Cuando terminamos suelen pedirnos que vayamos a verlos en cuanto podamos entre semana.

Puede haber alguno que piense o diga (les aseguro que yo lo he oído) ‘¿Por qué me castiga Dios con esta enfermedad? ¿Qué habré hecho yo?’ Y las cosas no pueden ir por ahí. Seguir ese camino es una demostración de no conocer las Escrituras, porque no podemos ni debemos perder de vista la actitud de Jesús con los enfermos en su etapa vivida entre nosotros.

Por donde iba, le sacaban enfermos de toda índole y demostró que no era insensible ante el dolor ni el sufrimiento humanos. Paralíticos, ciegos, cojos, leprosos,… A todos curaba aunque previamente les pedía que tuvieran fe. Incluso muertos, a quienes resucitó (la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naím, a su amigo Lázaro).

Tanto es así, que la Iglesia recogió su testigo y hace presente a Jesús en la enfermedad desde los primeros tiempos hasta hoy, a través de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, pero específicamente podemos leer lo que dice Santiago: ‘Si alguno de vosotros cae enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con óleo en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor lo restablecerá, y le serán perdonados los pecados que hubiera cometido’. (Sant. 5, 14-15).

Pero nosotros, aun siendo mucho lo que dice, no podemos quedarnos ahí. Hemos de llegar a lo que dice San Pablo: ‘Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia’. (Col. 1, 24). Si sabemos que hay enfermos y sin importar que los conozcamos o no, nuestros propios padecimientos podemos ponerlos en manos de Dios y ofrecérselos por ellos. Él sabe lo que cada uno necesita en cada momento.

Por eso, aunque nos tengamos que morder nuestra propia impotencia ante el hermano enfermo al que visitamos intentando transmitirle paz, serenidad o ánimo. Al no poder aliviar sus padecimientos, tenemos la oración de intercesión y el ofrecimiento de los males propios para que el Padre común que tenemos actúe como quiera y cuando quiera. ¿Es así o no lo es? Y eso es poner en funcionamiento la Comunión de los Santos.

Recuerdo una vivencia muy especial para mí que voy a compartir con ustedes. Un amigo y compañero de profesión con quien tenía una relación personal muy frecuente, ya que estábamos en el mismo grupo de oración y de formación, enfermó. Su corazón estaba muy castigado y había estado ingresado en el hospital en diversas ocasiones. En una de ellas fuimos varios a compartir con él nuestro tiempo y nuestro humor, ya que él lo tenía muy desarrollado.

Cada vez que íbamos no podíamos evitar la impresión de que la habitación donde estaba encerraba algo muy especial, porque nos parecía que era como un lugar donde el mismo Jesús estaba sufriendo a través de Ricardo, nuestro amigo. Pues bien. Cuando llegó la hora de irnos le cogí la mano para despedirme de él hasta la próxima visita. ‘Hasta pasado mañana’, le dije. Él me respondió indicando hacia arriba con el índice de la mano libre: ‘No. Hasta el Cielo. Allí nos veremos’.

¿Cómo podría decirles el sentimiento y el impacto que recibí? Se me hizo un nudo en la garganta que me impedía decirle nada, pero aun pude balbucear algo ininteligible. Veinte minutos después, cuando llegué a mi casa, mi esposa me dijo que habían llamado del hospital diciendo que Ricardo había fallecido. Sinceramente, lloré. Eran muchas vivencias las que compartimos y que en ese sentimiento de impotencia recordé agolpándose en mi memoria. Después, vino la oración y la vuelta inmediata al hospital para organizar las cosas necesarias junto con los demás compañeros del equipo de formación.

Es muy probable que ustedes también tengan sus propias experiencias ante el dolor y la enfermedad y tal vez de mayor envergadura. Discúlpenme la confidencia y la confianza con ustedes. Creo que me entenderán.

El mundo de la enfermedad y del dolor abarca un campo muy grande, pero cuando nos metemos dentro, bien como enfermos bien como visitadores, cuidadores o animadores, sabiendo empatizar con quien sufre, pienso que estamos siendo solidarios con esos pedazos de la Cruz de Jesucristo en el siglo XXI. Y eso no es difícil. Basta que queramos compartir nuestro tiempo libre con esas personas que directa o indirectamente están pidiendo un mínimo de atención y saber que se les sigue considerando personas. Es el sentido que tiene esta Obra de Misericordia.

Y con los ancianos ocurre exactamente lo mismo. Son seres humanos que han dejado lo mejor de su vida en la familia, en la sociedad,…Han luchado mucho por sacar todo cuanto dependía de ellos adelante. Y cuando pienso que se habla de darles ‘una muerte digna’, en un infame gesto de ocultar la eutanasia, me sublevo contra los que así piensan bajo la capa de un falso e inicuo progresismo. ¿Quiénes son ellos para arrogarse una función que únicamente pertenece al auténtico Señor de la vida y de la muerte? Solamente Dios puede disponer de la vida. A cada uno nos va a llegar el momento y será cuanto menos lo esperemos. ‘Velad, pues no sabéis el día ni la hora’ (Mt. 25, 13).

Si somos personas que participamos de la sensibilidad de Jesús ante los enfermos y ancianos nos sentiremos portadores del calor humano que pueda llevar a esas personas el bálsamo de la compañía, del saber escucharles, del detalle oportuno ante su soledad haciéndole ver que es una persona muy importante para todos, pero especialmente, para Dios.


Que Jesús de Nazaret y Nuestra Señora del Cabo nos bendigan y ayuden en nuestra labor de cada día.