domingo, 10 de enero de 2010

La Unción de Enfermos y ¿la muerte? (y II)

Después de ver la semana pasada que Jesucristo se hace especialmente presente en los momentos de la enfermedad y el sufrimiento, seguimos ahora con el tema viendo el papel que la Unción de Enfermos tiene en estas circunstancias.

Veíamos que Jesús no es insensible ante el sufrimiento y actúa curando leprosos, ciegos y distintas clases de enfermos. Incluso resucita muertos. Y la gente acudía a verlo con la esperanza de que los sanase.

Ahora bien. Nosotros no vamos a tener ocasión de encontrarnos físicamente con Él al doblar alguna esquina. Así no está hoy entre nosotros, pero está de otra forma distinta pero real. Él se vale de signos para llegar hasta nosotros y comunicarnos su Gracia.

De la misma manera que cuando no estoy en presencia de un amigo para hablar con él le escribo una carta, le mando un mail con el que le animo o le telefoneo, le apoyo en sus problemas o dificultades y le transmito algo de ilusión y ánimo ante la adversidad empatizando con él, con lo que de alguna manera me hago presente en su existencia, así Jesús se hace presente y cercano a nosotros también, desde su perspectiva de Dios y de Hombre, a través de los Sacramentos.

Especialmente en esos momentos difíciles de incertidumbre que lleva consigo la enfermedad en la que una persona se siente débil y limitada. Es cuando podemos experimentar el sentido de lo que se manifiesta en el Antiguo Testamento como ‘el pobre de Yavéh’, el ‘pobre de Dios’, sólo, enfermo y triste, pero con una gran esperanza puesta en su Señor, como Job.

Siente esa ansia humana de clamar a Dios, como se manifiesta en los Salmos, para que les cure y les ayude. Y esa acción-respuesta de Dios, como dijo Isaías en el pasaje anteriormente citado, la manifiesta públicamente Jesús en la sinagoga de Nazaret, donde tras leer este pasaje del profeta continúa diciendo: ‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír’ (Lc. 4, 16-21).

Cuando un enfermo es religioso, aunque no lo manifieste con su presencia física en la Iglesia, en el Templo, cuando se encuentra con su problema vital de enfrentamiento a su enfermedad y, en su caso, a la muerte, surge la fe que tenía escondida por muy primitiva que ésta sea, pero que le transmite una esperanza. Y se comunica con Dios. A su forma, pero lo llama, clama a Él en una oración angustiosa pero tremendamente humana, visceral, desde lo más hondo de su ser. Y acaba encontrándolo.

Por eso Dios quiere estar presente en todos los momentos trascendentes y decisivos de las personas: cuando se nace, en la juventud, cuando se casa o elige otro estado de vida, en el ejercicio de una profesión, en la madurez,…en el pecado y el arrepentimiento,…pero máxime en los momentos de dolor y sufrimiento (físico o psíquico) y de la muerte, que es única.

Ahí tiene su sentido y razón de ser el Sacramento de la Unción de Enfermos, porque acarrea a la persona que está en situación de ‘pobre de Yavéh’ una fuerza interior, misteriosa, que le ayuda a superar esos momentos difíciles y, sobre todo, que le ayuda a encajar en su experiencia humana ese momento tan difícil para él.

Es una pésima pasada que por cualquier absurda tontería, algunas personas no consientan que entre el sacerdote a su casa con la excusa de que el enfermo o enferma se vaya a asustar al verlo y pueda pensar que su final está próximo. ¿Por qué negarle la fuerza de Dios en ese momento crucial y definitivo de su existencia? ¿No es preferible que sepa que se va a encontrar con ese Dios-Amor que le perdona igual que perdonó a los que le crucificaron?

Dios no va a estar con la vara de medir o la balanza de pesar para ver en qué nos sorprende, sino que va a estar con los brazos abiertos para recibirle como nos explicó en la parábola del Hijo pródigo: para ofrecer una fiesta, la Fiesta de la Vida, en su honor. Y a eso no hay derecho a que se le prive.

Parece que en la Comunidad cristiana falta una conciencia muy grande, una sensibilización básica, hacia este Sacramento. Parece ser el gran desconocido de los Sacramentos. Antiguamente que recibía el nombre de Extremaunción aún podía parecer que se le recibía solamente cuando se tenía la certeza de la muerte, pero ¿ahora?

Personalmente lo he recibido, como mínimo, cinco veces coincidiendo con otras tantas intervenciones quirúrgicas. Y me ha ayudado y confortado saber que el mismo Cristo que recibimos en la Eucaristía se hacía presente en mí a través de la unción con los Óleos y la imposición de manos del sacerdote, Y la familia y algunos amigos han estado presentes en ese momento de oración eclesial donde se ha manifestado de forma especial el sentido de unidad familiar y de la amistad.

Y no dudé lo más mínimo cuando mi esposa, aún semiinconsciente en el hospital después de ser arrollada por un coche, en solicitar que se le administrase ese Sacramento, porque estando en estado grave y siendo creyente practicante sabía que lo iba a aprobar, como así fue, cuando ya estuvo plenamente consciente dos días después.

No se administra la Unción solamente porque se padezca una enfermedad grave de la que puede sobrevenir la muerte, sino que dado que es una realidad que puede llegar, que se reciba el consuelo de nuestra fe para que nos ayude en esos momentos recibiendo toda la fuerza salvadora de Jesucristo. La presencia del sacerdote contribuirá a que seamos conscientes del cariño infinito que Dios nos tiene a cada uno.

Y lo magnífico es que ese sufrimiento que tengamos puede contribuir a salvar el mundo y dignifique el culto a Dios. San Pablo afirma: "Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, a favor de su Cuerpo que es la Iglesia." (Col 1, 24)


Por el hecho de haber recibido la Santa Unción, su sufrimiento queda inmerso en el Misterio de Cristo que muere y resucita. Es el culto que le ofrecemos a Dios mejor que veinte mil sermones o que las montañas de engaños de algunos familiares para que el sacerdote no entre a administrar el Sacramento, ya que esa persona se está santificando ofreciendo lo más propio que tiene, su sufrimiento y su enfermedad, como culto al Dios que le dio el ser y lo llamó a la vida. Y eso es salvación para sí mismo y para la Humanidad.

Entonces la Iglesia caminará con alegría y esperanza porque el sufrimiento de esa persona servirá, entre otras cosas, para que el mundo camine mejor hacia la paz verdadera y el auténtico progreso.

Ante esa perspectiva, ¿no se sentirá mejor sabiendo que Dios le ha perdonado y se ha hecho presente en ese momento crudo del sufrimiento y que para él, el nacimiento de un nuevo sol de amanecer será absolutamente diferente porque le va a bañar la Luz verdadera que proyectará su alma a la Fuente de Vida Eterna?

Y nosotros hemos de saber encajar que el Sacramento de la Unción es muy importante. Tanto como los otros seis. Lo que ocurre es que al no ser tan conocido como los demás no se le valora lo suficiente. Pero al menos que nosotros tengamos claro que en cuanto se nos presente una ocasión razonable para recibirlo, aunque no estemos en peligro de muerte, no la desaprovechemos y vivamos esa ocasión que nos brindan Dios y su Iglesia de acompañarnos en el sufrimiento, en el quirófano o en la circunstancia que nos permita ‘disfrutar’ de la presencia de Cristo en nosotros. Incluso de procurar que otros lo reciban cuando sepamos que lo pueden necesitar.


La Iglesia lo ha puesto fácil para que lo recibamos tantas cuantas veces sea necesario, ya que al recibir la fuerza de Dios, el sufrimiento de esa persona tiene un sentido salvador y Cristo se hace presente para ayudarle, consolarle e incluso para curarle de su enfermedad si le conviene, porque de Dios se puede esperar TODO y sus métodos y formas de actuación son muy diferentes de las nuestras. Él Es-Quien-Es y Es-Como-Es.

No olvidemos que este Sacramento es antiquísimo, ya que las primeras Comunidades cristianas ya lo administraban. ‘¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor; y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará, y los pecados que hubiere cometido le serán perdonados.’ (Sant. 5, 13-15).


El signo del Sacramento es el Óleo, el aceite bendecido por el Obispo en la Misa Crismal del Jueves Santo, y simboliza el vigor y la fuerza del Espíritu Santo, el cual vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador.

En el título de esta entrada he puesto ‘la Unción de los Enfermos y ¿la muerte?’, así, entre interrogantes, porque me parece que tiene una razón de ser.

Verán ustedes. Para un creyente convencido que ha descubierto a lo largo de su vida la acción de Dios en su propia vida y en la de su familia, así como en las vidas de otras personas, el momento de la muerte no es para que se asuste. Es cierto que nos duele dejar hijos, esposa o esposo, nietas o nietos, amigos y aquello que nos ha causado muchas satisfacciones en la vida, pero por encima de todo eso está el encuentro con ese Dios por el que hemos estado dando la cara durante toda nuestra existencia, que ha depositado en nosotros unas cualidades o talentos que hemos puesto a su servicio, y su Fe y Esperanza divinas las ha puesto sobre nuestros hombros para que seamos sus instrumentos en la extensión de su Reino en este mundo.

Ahora es el momento de conocerlo cara a cara. Es cuando tiene sentido el poema de Santa Teresa de Jesús: ‘Vivo sin vivir en mí. Y tal alta dicha espero, que muero porque no muero’.

Poner ‘la muerte’ entre interrogantes es, simplemente, porque considero que no es un final que desemboca en un vacío sin sentido, en una nada absurda, sino que ES REALMENTE EL COMIENZO DE TODO. Es un nacimiento, un tránsito, un viaje a una Vida sin fin, de adoración y alabanza en plenitud y perfección al Dios de la vida y el Amor.

Es el gran momento de manifestar nuestra fe y nuestra esperanza en la Misericordia divina, en la realización plena en cada uno de nosotros de las promesas de Jesucristo, si hemos sabido permanecer fieles a la voluntad de Dios, Uno y Trino, que un día nos llamó a la vida y nos tuvo unos cuantos años dándonos la ocasión de vivir por Él, con Él y en Él a través de nuestros condicionantes y limitaciones personales y que ahora ya nos llama nuevamente a esa Vida verdadera que no tiene fin: LA SUYA.



Benditos sean Jesucristo y su Madre Inmaculada.

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